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Policiales

Domingo, 28 de agosto de 2011

Muchas dudas y demasiadas coincidencias, con un final abierto

Llega la sentencia del caso que más dio que hablar en los últimos tiempos. Hubo acusaciones con pruebas, pero las confusiones no se pudieron borrar.

José Amado

De la Redacción de UNO

 

El 26 de setiembre de 2009 amaneció soleado, y algunas nubes que se pronosticaban no iban a impedir los planes del sábado. Enzo Benedetich se levantó y fue a trabajar a la concesionaria de autos. Esa mañana su esposa, Liliana Rivas, le llevó unos bizcochos al trabajo. Por la tarde fueron a jugar al padel y visitaron a unos familiares. La noche no daba para quedarse en casa, Enzo se vistió con ropa Martina Di Trento, que su esposa vende por catálogo, y se prepararon para ir a cenar al Costerito. Invitaron a la hija mayor de la mujer, pero la chica prefirió quedarse. Se subieron al Honda Fit y emprendieron su último paseo.

 

A las 10.15 pasaron por el cajero automático del banco Bersa del barrio Corrales, donde Rivas sacó 180 pesos. El policía de guardia en el lugar saludó a la mujer, y una caravana de autos pasó por Almafuerte tocando bocina a los recién casados. “¡Viva los novios!”, humoreó la mujer cuando se retiraba. Nadie más los vio hasta alrededor de las 11.20, cuando llegaron al hospital San Martín Rivas y su marido ya fallecido por cuatro balazos letales por la espalda. Quién se subió al auto, qué recorrido hicieron, dónde mataron a Enzo y porqué, quedará en el secreto de la historia del crimen entrerriano. Uno de los pocos crímenes sin escena conocida.


Pasada la medianoche de ese sábado, en la fresca madrugada de Colón, sonó el celular del técnico de Olimpia. La madre de uno de sus mejores jugadores le avisaba que habían matado al padre y había que darle la noticia. La fiesta en el balneario Thompson de Paraná recién empezaba, pero uno de los participantes se tuvo que ir cuando le dijeron por teléfono que su hermano había muerto. Los otros hermanos estaban en sus casas cuando recibieron la noticia, y a los pocos minutos todos se encontraron en el hospital San Martín. No quedaba otra que abrazarse. Lo más difícil, como siempre en estos casos, era avisarle a la madre, de 80 años, que habían matado a su hijo. Las explicaciones de lo que pasó las iban a recibir después, aunque la única vedad se escabulló entre tanta información desparramada los días siguientes, donde ya todos hablaban y opinaban de Enzo Benedetich y de su esposa.


En una sala de la Guardia del nosocomio la viuda preguntaba por su marido, y contaba que habían sufrido un asalto, mientras el médico le suturaba la herida en la cabeza con cuatro o cinco puntos, y la enfermera le suministraba un tranquilizante. Policías de la comisaría segunda, enfermeros, familiares de las -hasta entonces- dos víctimas, personal de la División Homicidios, jefes policiales, el cuidador de autos de calle Perón, todos los que rondaron por el lugar dieron cuenta de lo que observaron, en medio del caos y la tragedia. Desde la llegada de la mujer con su marido muerto en el Honda Fit en contramano, el alboroto en la sala de espera donde hasta los demás pacientes reclamaban la asistencia del personal, el accidentado traslado del cuerpo desde la puerta del hospital hasta la sala de emergencias, los gestos y palabras de Rivas a cada momento. Todos fueron testigos de actitudes impredecibles para cada ser humano en circunstancias como esas, y aportaron datos que se incluyeron en la causa: si la mujer llegó rápido o despacio al nosocomio, si lloraba con o sin lágrimas, si cuando se enteró de que Enzo había muerto estaba más angustiada o más tranquila, si estaba bajo un shock emocional, orientada o no, si era precisa con respecto al lugar donde ejecutaron a su marido.


El asesinato de un tipo tan querido y conocido en la ciudad como lo fue el Longa obligaba a dar una rápida y sólida respuesta a la sociedad, y llevar la tranquilidad de que la investigación iba por buen camino, pero ni siquiera había un sospechoso. El mismo domingo trascendió la versión de un ajuste de cuentas por las deudas que acumulaba la víctima por su trabajo como vendedor de seguros en localidades de Paraná campaña. Al día siguiente, se debió corregir, e informar que Benedetich trabajaba en una concesionaria de autos.


El velorio fue un de ir y venir de personas, familiares, conocidos, allegados, amigos, compañeros de trabajo, ex basquetbolistas que compartieron partidos con Enzo, con la misma camiseta o como rivales, pero que lo quisieron tanto adentro como afuera de la cancha. Preguntas sin respuestas, sospechas sin origen, recuerdos y anécdotas del flaco, todos unían fuerzas para soportar el dolor y seguir adelante. Pero la visión de todos sobre Rivas también fue dispar: algunos la notaron tranquila, explicando a cada momento cómo habían sufrido un violento robo y no había podido reconocer al delincuente, que subió al auto en Zanni y Almafuerte, los llevó a punta de pistola a la zona del Centro Mariápolis, le pegó un culatazo con el arma en la cabeza, la desmayó y cuando volvió en sí su marido ya estaba herido y el ejecutor se había fugado. Otros la vieron simplemente dolorida y triste.

 

El peligro de ser sospechoso
El domingo por la tarde despidieron los restos de Benedetich, y luego llevaron a Liliana Rivas a declarar como única testigo a la División Homicidios. El interrogatorio se extendió entre las 19 y las 3 del día siguiente. Según declararon luego los policías que intervinieron, la mujer contó otra versión del hecho, diferente a la que había relatado hasta el momento: suben a un hombre al vehículo en Miguel David, le reclamó a su marido por unas deudas, los obligó a recorrer la ciudad hacia una zona descampada, donde la golpeó y luego disparó contra la víctima. Esta declaración fue anulada en la causa, porque ningún sospechoso puede autoincriminarse, pero quedó el recuerdo de las palabras de Rivas en los oídos de los oficiales, quienes luego fueron testigos de este momento clave. Que se tengan en cuenta o no, es angular en el desenlace de esta historia. Así como si se valora o no el testimonio del hermano de Rivas, quien le preguntó esa madrugada porqué demoró tanto al llegar: “Cambié la versión porque no me dejaban ir”, le respondió.


Aquí comenzó y terminó el caso. En el juicio oral y público desarrollado este mes en la Sala II de la Cámara del Crimen, la gran mayoría de los más de 60 testigos dijeron haberse enterado de algún aspecto de la causa a través de los medios de comunicación, donde se llevó a cabo, vía información proveniente de la investigación policial, un “juicio paralelo”. Según el registro periodístico, la sentencia ya casi estaba escrita. Las imprecisiones sobre el lugar del hecho que brindó Rivas el domingo dificultaron la investigación, pero a su vez hicieron que la empezaran a mirar con otros ojos. El entonces juez de Instrucción Nº 7, Eduardo Ruhl, había dictado inmediatamente el secreto de sumario sobre la causa. Sin embargo, al día siguiente se informó sobre la declaración de la mujer en Homicidios y “varias contradicciones en la información”. El entonces director de Investigaciones, Alejandro García, dijo: “Tras la declaración de la mujer de la víctima, podemos decir que estamos trabajando sobre elementos seguros. Hicimos un allanamiento en el domicilio y quedó totalmente descartado que esto fue un asalto a la salida del cajero y sí se apuntala la idea de una venganza o hecho pasional”. ¡48 horas después del crimen se había descartado la hipótesis del robo! El alto jefe agregó: “Otra cosa rara fue que la mujer directamente fue al hospital San Martín, pese a que a metros de donde ocurrió el hecho tenía la comisaría 14ª”.


Con Rivas en la mira, faltaba el autor material del crimen. El entrecruzamiento de llamadas telefónicas que ya había comenzado y las noticias titulaban sobre “un testigo de identidad reservada que sería clave”. Desde la querella se informó que era “un hombre mayor de edad, conocido de la señora Rivas” cuya declaración “provocaría un abrupto y sorpresivo avance en el expediente”. Sin embargo, el testigo secreto jamás apareció. Algunos estiman que podría haber sido Ramón Lorenzi, el hombre de la Residencia Municipal que conocía al policía y albañil Rubén Flores, quien le confesó que le habían encargado “hacer desaparecer a una persona por 7.000 pesos”. ¿O era el mismo Flores, quien desapareció de la vista de todos el 29 de setiembre y apareció muerto, suicidado y en avanzado estado de descomposición casi un mes después?


Luego vino la difusión de “comprometedores mensajes de texto” entre la viuda y una amiga, producto del análisis de las comunicaciones que hizo Inteligencia Criminal: “Vamos a quemarlo así nos quedamos con la casa”, se leía. Lo cierto es que este mensaje nunca apareció en la causa, además de que la vivienda estaba a nombre de Rivas. En la misma noticia ya se hablaba de Flores, el policía misteriosamente desaparecido.


La pieza desaparecida
El juez observó en el expediente el cúmulo de sospechas suficientes y el 21 de octubre ordenó la detención de Rivas. Flores seguía sin aparecer, y era el único sospechoso de ejecutar a Benedetich. Se supo que realizó trabajos de albañilería en la casa del matrimonio, y tuvo 64 contactos telefónicos con Rivas durante setiembre, pese a haber terminado las obras en la vivienda, aunque la mujer lo había contactado nuevamente para realizar arreglos en su departamento de calle Carbó. La foto del rostro del policía ocupó las páginas de los diarios y las planas de los noticieros. El 28 de octubre, el hombre apareció muerto, con un disparo en la cabeza, a unos 50 metros de la entrada de la quinta que cuidaba y donde vivía con su familia, en San Benito. La Justicia determinó que se trató de un suicidio, y archivó la causa, pero ahora la viuda, María Zárate, apeló la decisión porque asegura que a su marido lo mataron.

El mismo tribunal que mañana dictará la sentencia a Rivas deberá resolver la apelación.
Zárate recordó que la noche del 26 se setiembre su marido salió a la tardecita rumbo al bingo, a encontrarse con un santafesino con quien compartía momentos de ruleta y cervezas. Por unos mensajes de texto y llamadas, el hombre le dijo que su amigo no había llegado y lo seguía esperando. La siguiente persona que lo vio fue un policía conocido que estaba haciendo adicionales en una estación de servicios de Blas Parera. Fue a las 3, lo vio tranquilo, con los ojos brillosos por alguna que otra bebida, ya que “andaba de joda”. Luego Flores llegó a su casa y se acostó, algo descompuesto. Los días siguientes fueron aparentemente normales, hasta el martes 29, cuando desapareció.


El auto donde ejecutaron a Benedetich se peritó por completo, pero no hallaron huellas de Flores. La marca de una zapatilla en un asiento iba a ser reveladora y contundente, pero tampoco coincidió con ningún calzado del policía. Los contactos telefónicos con Rivas pasaron a un primer plano en la hipótesis acusatoria.

 

Estigmas
La imputación fue cerrando, y los acusadores entendieron que Rivas contrató a Flores para matar a Benedetich. Sólo restaban los motivos del asesinato. ¿Por qué la mujer mató a su esposo? Varias horas del juicio transcurrieron con numerosos testigos que dieron cuenta de una relación para nada fácil, conflictiva, como la mayoría de las parejas, pero con escenas dignas de un culebrón televisivo. Tres empleadas domésticas dieron cuenta de los celos y la obsesión, discusiones sin sentido, insultos, amenazas y hasta gualichos y brujerías. En oportunidades, la mujer le quemó ropa y cortó las zapatillas a su marido, y no faltaron los escándalos en público.

Los familiares de Enzo dejaron en claro que nunca se llevaron bien con la mujer, y describieron tensos episodios. Un “remisero espía” llevaba de un lado para el otro al matrimonio y su hija, pero también debía estar al tanto de los movimientos de Benedetich, y llegó a seguirlo por kilómetros, por orden de Rivas. La novia de Enzo durante el año que estuvo separado de Liliana recordó las amenazas recibidas por cartas, mails y fax. Un compañero de trabajo de la víctima recordó que Rivas le envió un mensaje de texto: “¿Sabías que Enzo se está comiendo un puto en San Benito?”, y algo similar dijo en su testimonio una compañera de la acusada: “Es un puto reprimido”, le comentó.


La pericia psiquiátrica forense completó el estigma social de Rivas: tiene una personalidad psicopática e histérica, posesiva y obsesiva con conductas explosivas de agresividad. Se llegó a esta conclusión luego de entrevistas en la cárcel y un test de 567 preguntas. Este análisis fue duramente cuestionado y contrastado en el juicio por otra psicóloga y psiquiatra ofrecida por la defensa, quien negó tales características.


Mañana a las 18.30 se definirá la situación de Rivas, ya que el tribunal decidirá si la condena a prisión perpetua por el Homicidio doblemente calificado por el vínculo y alevosía, o si la absuelve de culpa y cargo.


La megacausa que dio que hablar a gran parte de la sociedad paranaense durante dos años dejó demasiadas dudas y demasiadas coincidencias como para aventurar un resultado, y por unas horas más tiene un final incierto.

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