Policiales
Domingo 02 de Octubre de 2016

Pola Larrea: "Nadie nació para ser narco ni ladrón"

Con un pasado como transa y asaltante, hoy es pastor y rescata a jóvenes de la droga y el delito

La Iglesia Evangélica Asamblea de Dios (fichero de culto 248) es un oasis en medio del barrio Gaucho Rivero de Paraná. La mayoría abrevia y dice "lo del Pola". En realidad, es un oasis para todo el cordón oeste de la capital provincial, un desierto de pobreza, exclusión y violencia. Desde calle Palma, Los Ceibos empina una cuesta y Luján serpentea hasta el ingreso al predio, en Los Talas al final, que hace poco era un terreno baldío a punto de convertirse en villa. Hoy es otra cosa: la prolijidad del césped, la huerta que promete verduras para diciembre, una casita, una cocina con un tablón y una garrafa, un espacio al lado con un par de colchones para los dos pibes que hoy puede albergar, un templo de reuniones y el proyecto de muchas cosas más. Pero el cambio del espacio es lo de menos. Acá, lo que cambian son las personas. Y si cambió el Pola, puede cambiar cualquiera, parece ser el mensaje.
Como la fe que predica, la cuestión es creerle o no creerle: Héctor Larrea fue, en los 90, el dolor de cabeza más grande para la Policía en Paraná. De la venta de droga pasó a su mayor vicio: los asaltos a empresas. Un golpe tras otro, hasta cinco en un día. Una fuga de película de la Unidad Penal N° 1, más robos en Buenos Aires y la caída final en Misiones. Cuando se quiso escapar otra vez, debía matar a un policía y no pudo. Faca en mano, víctima indefensa, no pudo. El hombre que debía asesinar lo transformó. En 2003 regresó a Paraná con una idea en la cabeza: cambiar a los pibes que andan como supo andar él. Los que lo rodean y lo siguen a donde va se muestran como la prueba de que no miente.
"Tengo un chico que hace poquito llegó y lo tengo que controlar. Los que están conviviendo acá son dos nomás. Los otros son siete, que los manda el Juzgado con un exhorto, y a veces los tengo separados porque uno tiene problemas con el otro. Primero vienen, se miran feo pero después tratando de que se hablen se arregla. Yo me enfermé un tiempo y dejé un par de meses, pero no se puede dejar porque viene uno y viene otro. Estamos viendo para hacer cuchetas, poner otros colchones. Esto es lo que me alcanza el presupuesto", dice el Pola. Además del Evangelio, se trajo del noreste la tonada misionera, y dejó en algún lugar los modales callejeros. Desde Tribunales le envían jóvenes pero desde el estado no llega un peso.
Por eso, sostiene: "Yo me alejo del estado porque es un espiral burocrático de andar pidiendo acá y pidiendo allá, me desgasto andando, contando, yendo, y no hago lo que tengo que hacer. Así que más vale trato de manejarme con la caja de la Iglesia, lo que podemos, que esté a nuestro alcance, de hacer lo que podamos, porque si el estado quisiera hacer algo, ven que un pibe se está esforzando, que no es algo improvisado, vamos a darle una mano, y si hay algo que tiene que ponerse, ubicarse, vamos a tratar de ayudarlo. Que la gente vea que se recompensa el esfuerzo, pero hoy se recompensa al que aprieta, entonces todos dicen que ese es el camino, y van a ir todos a apretar porque es como reciben respuestas".

El barrio, el delito y el cambio
Héctor Larrea nació hace 43 años en una familia de trabajo y esfuerzo, en un barrio donde no queda otra que el trabajo y el esfuerzo: "Antes todo era Anacleto Medina. Mi mamá es de Tucumán y mi papá era de Buenos Aires, y de ahí vinimos a este barrio. En el tiempo militar que estaba el intendente Quinteros había muchas familias problemáticas, entonces las asentaron cerca del arroyo, lejos, y siempre hubo esa idiosincrasia, muertes, problemas", dice al recordar lo que le contó Rita, una monja católica del barrio.
El padre de los Larrea murió cuando Héctor tenía 11 años, de cáncer de estómago. La madre quedó a cargo de 11 chicos. "El único que se le escapó del sistema fui yo -dice Pola-, porque tengo una hermana que es licenciada en Literatura, hermano que es director de una escuela, otra enfermera instrumentista, otro está estudiando Ciencias Políticas, otro que es director de otra escuela y licenciado en Biología, o sea que esta familia le dio bastante fruto a la sociedad, pero a mí me tocó otra tarea".
Fueron ocho años, desde los 18 hasta los 26, de intensa actividad delictiva. Empezó con la droga, pero a vender, porque no consumía, era un negocio, recuerda Pola: "Se hacía efectivo en ese momento, mucho, pero los clientes eran diferentes. Algunos eran periodistas, abogados, otro era juez, diputado, y esa gente bajaba al barrio y compraba, y para nosotros era algo bueno. Imaginate que por fin la gente de plata venía a buscar algo de nosotros, y ahí empezamos a conocer pantalones, zapatillas, camperas, motos, autos, era algo que uno se impresionaba. Pero ¿qué pasó? Lo malo es malo, porque ellos tenían trabajo, posición, conocimiento, por ahí mantenían el vicio, pero la gente pobre quería consumir y consumir, tenía que robar, y fue un caos. Empezó a haber problemas entre vecinos, tiros, ajustes de cuentas, y ya era algo feo, y dije 'no', voy a hacer algo mejor, voy a robarle a la gente que tiene. Y ahí me enganché, ahí fue mi vicio, parece que quería sentir esa adrenalina".
La técnica era sencilla: hasta que las víctimas daban la descripción a la Policía, tenía unos 10 minutos para cruzar a Santa Fe. La lista de golpes comando se le viene a la memoria: "Hicimos la Sancor, Serenísima, Ilolay, Cotapa, Dánica, hasta una casa de cambio en Paraguay. La J&H, Expreso Imperial, Cuminí, Cerámicos Mizawak, Bodegas Santa Ana, Camping del Golf, Frescor, firgorífico Los blanquitos de Tórtul". Y Pola se las sabía a todas, hasta en la Justicia tras caer detenido: "Si yo iba tipo comando, iba al reconocimiento con una camisita, pantalón pinzado, el pelo cortito, me ponía un lente recetado, una birome en el bolsillo, y la persona tenía la imagen de un tipo que había ido ligero a robar. Y si iba de saco, corbata y anteojos recetados, después me iba villero".
En la cárcel de Paraná, a donde llegó después de ser arrestado por un asalto a una distribuidora de fiambres que estaba en la Circunvalación, decidió fugarse, porque en el juicio le iban a pegar todos los robos de la ciudad. Convenció a una mujer que le consiguiera un arma, con otros dos presos apretaron la guardia y huyeron. Hicieron un atraco en Buenos Aires y viajaron a Posadas, que en pocos días asolaron con los asaltos a colectivos y empresas. Su amigo recibió cuatro tiros y él uno. Terminar en la cárcel de Misiones fue lo mejor que le pasó en su vida: "Para mí fue algo muy bueno, cambió mi vida totalmente", afirma Héctor. Entró a la Iglesia que tiene sede central en Oberá y hoy es un pastor más.

Todos quieren salir
Por esa experiencia, Pola le habla a los pibes que llegan a su huerta desde un lugar de autoridad, y ellos lo escuchan sabiendo que no les miente. "Ellos ven el mito, el Pola, pero encuentran que vienen con una intención y acá aprenden a orar, yo les digo que el valiente no es el que tira tiros, el que roba, sino el que le sirve a Dios de verdad, el que primero se vence a uno, el que sirve para la sociedad, el que labura, ese se la banca de verdad. Entonces les desvirtúo los códigos que tienen, porque ellos quieren tirar tiros, es una moda", asegura.
En tiempos de mano dura y justicia por mano propia (solo para los ladrones), Héctor ayuda a entender a esos pibes que roban o tiran tiros: "Lo único en que ellos pueden ser reconocidos es por eso, y no siendo un periodista, un profesor, un abogado. Yo les digo que ellos tienen que tener la cultura del trabajo, del esfuerzo, eso se ha perdido. Ellos quieren salir, todos quieren salir, yo quería salir, ¿vos te creés que yo quería estar? No sabía cómo salir, había momentos que pensaba, la Policía, la persecución, todo eso, yo quería salir, pero no creía que podía, no tenía esperanza. Hoy, como iglesia, entendemos que es algo espiritual".
"El hombre debe escoger"
A dos de los hombres considerados como los más pesados del ambiente delictivo de Paraná, el Pola los conoce muy bien. Por respeto, se resguardan sus identidades. A uno de ellos, un día lo encaró porque sintió que Dios se lo pedía. "Si yo era valiente para meter un caño iba a ser valiente para Cristo", pensó. Le habló y lo convenció. Estuvo dos meses y medio en su Iglesia, iba todos los días como uno más. "No hubo droga en ningún lado -recuerda Héctor-, gritó la calle, todos los gurises andaban buscando". Hasta le hizo entregar bolsos llenos de armas que luego entregó al Renar. Pero al tiempo volvió a circular la droga como antes, Pola supo que era de ese hombre, quien se lo negó, pero él le aclaró: "La Biblia dice que el impío no permanece en la congregación de los justos, y si es verdad vos no durás una semana en la Iglesia. Dios mismo te saca". Esa misma noche se fue y no apareció más. "Pero hicimos lo que pudimos, le hablamos, le aconsejamos, yo creo que hoy, por más que él esté así, Dios le ama. Y está tratando de ayudarlo que reconozca, pero está en él, el hombre decide", asegura Pola, esperanzado.
Sobre el otro personaje, Héctor solo dijo: "Fue un pibito, es más un mito de lo que realmente es. Al poder lo da la droga, que es muy fácil de dar plata".
Pero Pola no juzga a nadie: "Lo único que puedo decir es que ninguno fue nacido y criado para ser narco, ni ellos quisieron ser narcos de chicos, nadie quiere ser narco, asaltante, ladrón, esa es una mentira, sino que es la circunstancia y la vida. La Policía me quiso matar, tuve suerte de que Dios no quiso. Dijo 'yo lo voy a sacar, lo voy a transformar y le voy a meter devuelta en ese lugar'. El tema es que yo quise. Hay una diferencia, el hombre debe escoger, hoy el mundo es muy materialista, pero nadie nació para ser narco, para ser ladrón, el delincuente no nace, se hace".

Un referente y mediador
Los días en el predio del Gaucho Rivero arrancan a las 6, con una hora de oración. Las tareas se distribuyen y la disciplina y el respeto son la norma básica para la convivencia. Uno se va a vender pan a un semáforo, otro a mantener la huerta, otro a limpiar o lo que haya que hacer. Al dinero que juntan entre la venta de pan y el diezmo de las reuniones de los sábados tienen que hacerlo rendir como sea, pero no siempre alcanza. Y la demanda de ayuda de los jóvenes del barrio y también de las madres que se acercan por ellos, es cada vez mayor.
Con el tiempo, la imagen del Pola se fue convirtiendo en una referencia para muchos en el barrio y hasta en un mediador de los conflictos entre bandas. Un día reunió a dos que se estaban por matar a tiros. Resultaba que se tenían miedo mutuamente por alguna mala mirada, y todo se arregló con unas palabras. Otro día, los integrantes de dos banditas que se juraban la muerte compartieron un guiso en el predio de la iglesia.
Al Pola se le puede creer o no creer. Un rosarino que andaba en la mala y hoy es una de sus manos derechas dice que ni su familia le creía el cambio que dio en su vida. Tal vez deberán tener siempre la mirada desconfiada de otros. Pero cada pibe que rescata, de esos que jamás tendrían una oportunidad, es mucho más de lo que un prejuicio puede lograr.

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