La Provincia
Domingo 17 de Julio de 2016

Poemas de un abuelo plantean otra manera de mirar la vejez

Tercera edad. Juan Carlos Cámara vive en un geriátrico y deleita con sus versos. La vida a partir de los 80 años es una etapa que se puede tomar con optimismo a pesar de que la sociedad valore al extremo la juventud, la fuerza y la belleza física.

¿Cómo nombrar la vejez? ¿Por qué resulta tan incómoda la palabra? ¿Por qué se le teme tanto? La palabra "viejo" está asociada a muerte y decrepitud. ¿Anciano? Trae aparejada inactividad. Decir adultos mayores parece una redundancia necesaria. Las sociedades actuales tienden a caracterizarse por el envejecimiento de sus poblaciones que cada vez más incrementan su expectativa de vida, hasta el punto que en Japón, Hidekichi Miyasaki, se convirtió en el primer corredor en establecer un nuevo récord mundial en 100 metros llanos para la categoría de 105 años.

Según explica la socióloga, antropóloga y magister en gerontología, María Julieta Oddone, las políticas científicas están orientadas a extender la vida humana a límites extremos y la vejez se convierte en un período de la vida que puede prolongarse por más de cincuenta años, superando a las otras etapas. En todas las sociedades siempre existieron personas viejas pero en la actualidad parece que las "viejas" son las sociedades.

Si todo sigue como se espera, en América Latina en 2050, una de cada cuatro personas no va a saber cómo llamarse: si anciano, adulto mayor o alguna que otra moda que maquille el temor de volverse un viejo. Antes, nuestros abuelos o bisabuelos morían a los 50 años. Hoy se vive, en muchos casos, hasta los 100.

El proceso de transición demográfica, ocurrido en la segunda mitad del siglo XX produjo una disminución de la tasa global de fecundidad, pasando de seis hijos a menos de tres por mujer. Paradójicamente, la única población que crece en las sociedades actuales es la de los viejos: la población total se multiplicó por dos veces y media.

Como cualquier casa antigua de Paraná, ésta fue remodelada para un negocio. La puerta amplia y de vidrio con una rampa da a calle Rosario del Tala. Al entrar a la vivienda hay una especie de hall con cómodos sillones estampados de colores llamativos que rodean un televisor plasma. La vivienda es grande y bajo el techo a media agua cuida a abuelos que van desde los 60 hasta los 99 años. Algunos están allí por elección y otros porque "no tienen otra".

El olor cerca del mediodía es confuso: una mezcla de desinfectante, pañal de niño viejo y milanesas con puré de papas. Los residentes están sentados en distintas rondas, las manos puestas en sus quehaceres invisibles. Suena de fondo el informativo de algún canal de noticias y pocos adultos mayores charlan, gritan. Hay uno que se distingue porque canta. Se trata de la mesa de madera en la que está Juan Carlos Cámara. A él lo acompañan tres personas: uno de sus hijos y dos abuelos más.

"Me encanta escribir y cantar. Es mi pasión, siempre lo hago y con mucho gusto. Tengo 82 años y estoy acá desde el año pasado y estoy bien, creo que lo único que no envejece es mi gusto por la literatura y la música", dice a UNO Cámara, mientras sus acompañantes lo miran atentos, embobados.

Juan Carlos parece un joven, no sólo por su memoria intacta -a pesar de haber sufrido un accidente cerebrovascular- sino por su manera de desenvolverse. Lleva puestos una camisa cuadrillé y un suéter azul. Hace que sus compañeros de mesa se emocionen y que todos en la sala lo vean cuando recita sus vals y milongas. Canta de memoria, son de su autoría y no necesita ningún ayuda memoria para revivir su pasión. Ante la pregunta por su familia, él contesta que estuvo 60 años junto a su esposa Marcela, quien murió recientemente, y ahora le quedan sus dos hijos, seis nietos y un bisnieto.


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María Julieta Oddone, que es investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de la Nación Argentina (Conicet), explica que los cambios demográficos generan nuevas formas familiares que presentan en la actualidad una coexistencia de varias generaciones.

Hay más personas viejas (abuelos, bisabuelos y tatarabuelos) y menos jóvenes (producto de la disminución de la natalidad). Existen ejemplos de familias compuestas por cinco generaciones vivas: familias que se caracterizan por tener muchos ascendientes y, por lo tanto, pocos descendientes en comparación con la familia tradicional de inicios del siglo pasado. Estos cambios se acompañan, muchas veces, de nuevas necesidades. Entre ellas, es de vital importancia la relación de cuidado: una disminución de la demanda social para con los niños y, un incremento por parte de los ancianos. Básicamente hablando: hay menos chicos para cuidar y más personas viejas para sostener.

El costo mensual de un hogar privado varía entre unos 8.000 a 25.000 pesos en la provincia. Los hay de todo tipo. Los que parecen un hotel alojamiento, con televisores de plasma colgados a más de dos metros de altura y camas con colchón de goma espuma, y los que parecen hoteles caros con estrellas que tienen pileta de natación, mucha cera en los pisos y gimnasio con mancuernas y aparatos último modelo para que los abuelos se muevan. Otros, parecen sacados de un libro de historias tenebrosas ya que presentan las condiciones mínimas de higiene y los viejos no tienen oportunidad de queja. También hay geriátricos con oscuros pasadizos y largos salones comunitarios en donde domina la depresión ambiental en contrapartida a los que apuntan a políticas de no aburrimiento y rejuvenecimiento.

El último censo nacional señaló que en Entre Ríos existen unas 775 viviendas colectivas, en las que se incluyen los hogares de ancianos. Por su parte, la Dirección de Atención Médica, que depende del Ministerio de Salud de la provincia, asegura que hay un total de 55 geriátricos habilitados para funcionar en Entre Ríos y se debe a un relevamiento en el marco de la Ley Nº 9.823, sancionada en 2007, la cual regula las prestaciones gerontológicas y geriátricas.

Las instituciones estatales albergan a aquellas personas de mayor edad en situación de vulnerabilidad social, es decir, aquellos que no tienen plata, ni casa, ni familia. Los viejos viven en las ciudades donde tienen un mayor acceso a servicios sanitarios y a obras sociales. No obstante, aún en los países con mayor urbanización de la población vieja, hay personas que no quieren dejar su casa y se encierran, aislados y aferran a sus pertenencias, recuerdos y fantasmas. También, hay hombres y mujeres que abandonan su entorno conocido y viajan del campo a la ciudad, solos o abandonados, sin casa ni familias, para recibir algún tipo de cuidado.

Más de la mitad de los viejos viven en hogares conformados. Esto puede explicarse debido a que, los países que tuvieron una tradición política de más larga data focalizada en la seguridad social, muestran que los ancianos viven en hogares de menor tamaño. Sin embargo, son bajas proporciones de personas que viven en hogares geriátricos. Se trata de un porcentaje menor de las personas de mayor edad debido a que la tradición de la familia aún es un núcleo sólido. Cuando por algún motivo extremo las personas mayores deben vivir en una institución de larga estadía como los geriátricos, si cuentan con sus hijos, nietos o bisnietos, suelen ser visitados frecuentemente y salen ansiosos para visitar a sus familiares.

Hace más de ocho meses que Juan Carlos Cámara vive en un geriátrico privado de Paraná. Sus hijos, nietos y bisnieto lo visitan todas las semanas. El hogar es agradable y alberga a 20 abuelos. "Son tres geriátricos los que pertenecen al mismo dueño, dos están en calle Salta y uno acá, en Rosario del Tala. En este hay 20 abuelos, en uno de calle Salta hay 10 y en otro 20, también. Así que en total se están atendiendo unas 50 personas que van desde los 60 a los 99 años. Algunos están lúcidos y otros no tanto", explica Yohana Díaz, una de las enfermeras del Hogar en donde duerme Cámara. Ella cuenta que hace cuatro años funciona la institución en la capital entrerriana.

La casa es de una construcción compacta, maciza, con un amplio jardín que llama a tomar el sol de la siesta de un invierno que marca los 12 grados. El living de la casa sirve como un hall de recreación, de cuyas paredes cuelgan cuadros pintados con colores radioactivos. Cámara sigue sentado a la mesa con las mismas personas. Él canta y todos continúan mirándolo. Nació el 24 de mayo de 1934 en el barrio San Agustín de Paraná, fue a la Escuela Ernesto Bavio y cuando terminó el colegio entró a trabajar en el Ministerio de Planeamiento, Infraestructura y Servicios de la Provincia de Entre Ríos. Se jubiló a los 56 años y fue ahí cuando decidió abrir un almacén. A este emprendimiento lo pudo sostener hasta 2015, ya que sufrió un accidente cerebrovascular que lo llevó a dormir a diario en un geriátrico.

Mientras cuenta su historia de vida y entrelaza versos de sus canciones que hablan de su barrio natal y del amor de su vida, Marcela, los otros viejos continúan deleitándose. La privacidad es un bien precioso y en un geriátrico cada acto está en escena: es visto por sus compañeros, por médicos, asistentes, familiares. Se pierde independencia porque prevalece el régimen colectivo y no existe una adecuación a necesidades particulares o a los gustos personales de los internos en los servicios que ofrecen. Aunque diversos en sus orígenes culturales y modos de vida, la mayoría opta en el paso del tiempo a adaptarse a las normativas y también a sus compañeros de cuarto y de mesa, generando nuevas y extrañas relaciones.

"Este lugar está bueno, estoy bien. Acá hay un constante cuidado de la salud que éso es muy bueno", afirma Juan Carlos mientras una joven enfermera acompaña por décima vez al baño a un abuelo bajito con andador. Él tiene un polar gris oscuro y un joggin negro. Camina con pasos cortos, como si tuviera los cordones de los zapatos trenzados entre sí. Cuando llega a una silla de plástico de la sala blanca, se sienta, suspira, descansa.


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Juan Carlos no es reacio a hablar sobre su pasado. Le gusta contar lo que pasó y cómo llegó a estar registrado en el hogar. A pesar de que nunca estudió música y no sepa tocar ningún instrumento, él escribe y canta. "Hermosa muchachita, qué has hecho de mi vida que ya no tengo calma en mi corazón. No ve que estoy enfermo por sus encantos, amada, no ve que estoy muriendo ya loco por su amor", interpreta Cámara dejando a más de uno de los presentes mudos. "Este vals lo escribí para ella, Marcela, mi amada esposa", agrega con ojos brillantes, emocionados. Él dice que ella fue el amor de su vida y su única mujer: "Estuve como 60 años con ella, la conocí en un club del barrio San Agustín, fue amor a primera vista".

Según el Centro Latinoamericano de Demografía, actualmente, hay menos de 80 hombres por cada 100 mujeres en la población añosa. La esperanza de vida a los 60 años, es mayor para las mujeres. Acá, en este geriátrico de Rosario del Tala, si se organizara una milonga, las mujeres tendrían muchos problemas para encontrar una pareja de baile porque hay más damas que caballeros. Esto quiere decir que Juan Carlos y otros abuelos solteros que viven en el Hogar lamentablemente no tienen la oportunidad de echar pasos con alguien del sexo opuesto.

En el envejecimiento, los hombres suelen requerir cuidados: su esperanza de vida es mucho menor al de las mujeres. Tienden a enfermar antes y recibir el cuidado por parte de sus cónyuges. En el caso de las mujeres, son atendidas por sus hijas o por una señora ajena a su familia y, en el último de los casos, por sus hijos. Pero cuando el cuidado pasa por los dueños de una residencia, al juntarse nuevamente y socializar con otros, los géneros se separan como en un colegio primario: los nenes con los nenes, las nenas con las nenas. Mientras ellos escuchan la radio, ven las noticias y discuten de la actualidad. Ellas chusmean, tejen, cosen.

María Julieta Oddone, que también es directora del Programa Envejecimiento y Sociedad de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, detalla que el concepto de gerontofobia es un término muy utilizado últimamente para definir un tipo de discriminación hacia los viejos cuya raíz se encuentra, implícitamente, en reacciones políticas, económicas y sociales. En la actualidad se valora al extremo la juventud, la fuerza, la belleza física, y se le atribuye a la vejez valores negativos como declinación, enfermedad y muerte.

¿Qué representación tienen las sociedades jóvenes sobre la vejez? El aumento de la "cronologización" vital -la utilización de la edad para determinar en qué actividades deben comprometerse los individuos- produjeron un curso de vida standard que está separado en tres compartimientos: educación para los jóvenes, trabajo para los adultos y ocio para los viejos. Ocio que en muchos casos se convierte en una cárcel de inactividad; un resto improductivo, un domingo perpetuo.

Si la división en tres compartimientos es reemplazado por un modelo menos restrictivo, la educación debería volverse cada vez más accesible para las personas de mediana edad y adultas mayores. Sin un aprendizaje permanente, es inevitable que, en una sociedad que cambia rápidamente las personas se vuelvan cada vez más obsoletas a medida que pasa el tiempo. En la disciplina gerontológica se propuso ampliar la integración en el contexto de las aulas de la educación tradicional, ya que podría jugar un papel en la promoción del aprendizaje entre los que no son jóvenes. Un ejemplo que entra al dedillo para esto es el Departamento de Mediana y Tercera Edad de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER), el cual funciona hace años y lleva adelante diversos programas y proyectos para que los más grandes puedan disfrutar de las artes, la literatura, los idiomas, etcétera.

Juntar a jóvenes y mayores con intereses similares para trabajar en un proyecto a largo plazo (como un voluntariado, por ejemplo) puede ayudar a romper las barreras. En general, uno puede anticipar que los tipos de interacción que conducen a resultados más positivos deben consistir en relaciones persistentes que impliquen igualdad, intimidad y cooperación y se podría plantear la hipótesis de que la integración entre edades tendería a reducir los estereotipos relacionados con la inactividad, la decrepitud y sobre todo la inmanencia de la muerte que los jóvenes tienen con respecto a los viejos.

Por tomar un ejemplo: la sinergia que se produce en una empresa recuperada, como fue el caso de Zanón -en Neuquén- durante la etapa de flexibilización laboral, previo a la cooperativa, las áreas de Recursos Humanos enfrentaban a jóvenes contra viejos por prejuicios tales como "estos jóvenes son los que te vienen a echar" o "no les pidas consejos a los viejos que no saben nada". En el proceso de recuperación de la empresa se da una interacción condicionada por el contexto en donde los jóvenes aprenden de los viejos y viceversa.

Si para un joven insertarse en nuestra sociedad le resulta cuesta arriba (incluso con recursos económicos y sociales), la desigualdad que sufren los viejos es continua y en muchos casos estructural. No hay igualdad de posibilidades y las oportunidades dependen en gran medida de los atributos sociales, de clase, si sos hombre o mujer, la pertenencia a un estrato social y económico determinado, y demás.

Esas mismas ventajas o desventajas que se padecen socialmente durante la juventud y la adultez repercuten de un modo acumulativo en la forma de envejecer. Dime cómo has envejecido y te diré qué tipo de geriátrico te espera al final de tu vida. Así que, por lo general, el perfil de las personas que viven en instituciones geriátricos son los solos, sin familia, con serios problemas económicos, o sus familias tienen problemas económicos, o las personas muy enfermas. En los hogares privados, van los solos que no tienen familias, los de sectores más altos, o los que están muy enfermos. De los primeros se ocupa el Estado, de los segundos, los dueños del negocio.

Ya pasado el mediodía y mientras los abuelos almuerzan en el gran salón del geriátrico, un hombre del Hogar abre la puerta de la residencia, comenta el precio mensual de la institución -14.000 pesos- y luego se despide. Minutos después, en un viaje en taxi surge un interrogante que queda abierto: Si los padres criaron y cuidaron a sus hijos cuando éstos eran chicos, ¿por qué éstos no hacen lo mismo con sus padres una vez que envejecen? Más allá de los diferentes matices que puede presentar cada situación, queda la sensación de que algunos abuelos son "depositados o abandonados" en un geriátrico.


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***
"Mi San Agustín querido" por Juan Carlos Cámara

Me gusta el tango y la milonga
y en este barrio mi juventud pasé
toda era linda en ese entonces hasta que un día me planté.
Dios me cambió el destino para cumplir mi camino al cumplir los 33.
A Dios estoy agradecido por haber tenido suerte
de contar algo del barrio que lo vi nacer
San Agustín es mi barrio que lo vi yo nacer
y quiero contar cómo empezó a crecer.
Setenta años atrás lo único que había era ranchos sembrado por sembrado
no existía el alumbrado y del asfalto ni que hablar
agua potable no había ni en tarritos de azafrán
fue adelantando de a poco con mano de obra local
albañil, carpintero, electricista, todos se daban una mano
conectaron a trabajar para cambiar el ranchito por casa de material
por eso yo que me crie junto a este barrio querido
le pido a todo vecino seguir adelantando
con mucho fe y seguir trabajando al bien de nuestros hijos y por proteger nuestro destino para hacer de este barrio lindo
con el tiempo una ciudad.


***
Vals de amor por Juan Carlos Cámara

Hermosa muchachita qué has hecho de mi vida
que ya no tengo calma en mi corazón
no ve que estoy enfermo por sus encantos amada
no ve que estoy muriendo ya loco por su amor.
Son sus ojos hermosos, lindos como el lucero
que alumbran mi camino con mucha claridad
si los dos nos amamos para qué seguir fingiendo
este amor profundo y tierno que no tiene rival.
por eso que el destino que marca nuestro camino
nos da su recompensa haciéndonos feliz
y juntos de esta vida nos seguiremos queriendo
el día que nos llame el Padre Celestial
y allá en el cielo nuestras almas juntas.

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