Hoy por Hoy
Miércoles 28 de Septiembre de 2016

Pistolas que se disparan solas

Ninguna autoridad de la provincia acusó recibo de la gravedad institucional del asesinato ocurrido el sábado en Concordia. Silencio de radio del gobernador Gustavo Bordet; del ministro de Gobierno que tiene bajo su órbita a la Policía, Mauro Urribarri; del jefe de la fuerza provincial, Gustavo Maslein. Un hombre al que el Estado provincial le dio un arma, un uniforme y una función de prevención, saca la 9 milímetros y le dispara a un joven que había esquivado un control. Y no hubo más voces que las de la familia de Sebastián Briozzi, su abogado, el fiscal y la burlesca defensa del sargento Antonio Acosta. Tampoco se escuchó a nadie de Cambiemos ni del Frente Renovador, ni siquiera por puro oportunismo, repudiar lo sucedido. Evidentemente tampoco les importa, como sí los preocupó el bizarro plan para matar a un diputado.

Con este silencio, ¿qué línea se está bajando a los miles de policías que están en la calle? ¿Le tienen miedo las autoridades a una fuerza que en los últimos años ha incrementado notablemente su poder en distintos ámbitos? ¿Es un caso aislado el de Acosta o este hombre de 31 años actuó en un contexto que los tienta a pulsar el gatillo?

Hay sectores en la Policía que son profesionales y ejemplares, principalmente la Dirección Criminalística, que cuenta con personal altamente calificado en las distintas áreas, y es una referencia nacional. Salvando los buenos ejemplos, es necesario poner bajo la lupa cuál debe ser la política de prevención: ¿Vehículos de última generación o personal capacitado ? ¿Cámaras de vigilancia por todos lados o investigación de las organizaciones que están atrás del delito más visible? ¿Cacheo por portación de gorra con visera en el centro o presencia en los lugares más conflictivos? ¿Policías permeables al narcotráfico o control estricto y auxiliares de la Justicia? (Otro capítulo merecerían, en este sentido, los fiscales y jueces que son cajeros automáticos de órdenes de allanamiento).

Estoy convencido de que, al menos en esta sociedad, la Policía es el último eslabón de la prevención, mucho después del trabajo, la educación y la inclusión. Pero así las cosas, hoy urge una reforma policial, una Ley que actualice la de 1975 y cambie una fuerza que es accesoria de la política, una gran caja recaudadora y, como demostró el crimen de Briozzi, a veces un peligro para muchos.

Pero los funcionarios del Poder Ejecutivo, los legisladores provinciales y la Justicia, que bien podría sugerirlo como lo hace en otros asuntos, están en otra cosa.

En los 90 se le puso nombre a lo que antes se consideraba "exceso en las funciones de un policía": gatillo fácil. Los Piojos cantaban: "Pistolas, que se disparan solas/ caídos, todos desconocidos/ bastones, que pegan sin razones/ la muerte es una cuestión de suerte/ es así, no hay más que hablar/ te va a salir, por donde no esperaste/ que se maten nomás, que se maten nomás/ que se maten nomás en el gran buenos aires/ en la parte de atrás/ háganse su guetto, quédense en su barrio/ y que no se ajuste el cinturón de Rosario/ Santiago del Estero, peleando su dinero/ pongamos policías que se maten nomás".

Hoy muchas cosas nos recuerdan a los 90, o mejor dicho nos muestran que nunca se fueron sino que habían cambiado de discurso. El asesinato de Briozzi parece una más de ellas. Es peligroso: tanto hoy para la gente, como en el futuro para el propio sistema porque algún día el disparo puede salir al revés.

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