La Provincia
Jueves 16 de Abril de 2015

Piden una protección para las ruinas jesuíticas de El Palmar

Son los últimos rastros de la acción colonial en la región. Actualmente forman parte de un sendero turístico por el lugar, y muchas de ellas están siendo dañadas por los visitantes.

En el Parque Nacional El Palmar, dentro de la región Espinal y  sobre el río Uruguay, se encuentran las Ruinas de la Calera de Barquín, sitio histórico por antonomasia debido a que fue uno de los establecimientos coloniales más antiguos de Entre Ríos.

Un proyecto de resolución presentado en la Cámara de Diputados –a instancias de la diputada Emma Bargagna– insta a la Provincia a gestionar ante organismos nacionales y provinciales para que “planifiquen y concreten una intervención sistematizada destinada a la protección y el rescate histórico de las últimas ruinas jesuíticas existentes en Entre Ríos, y que la intendencia del Parque Nacional El Palmar, el directorio de la Administración de Parques Nacionales y la Universidad Privada Jesuita San Salvador (USAL), “planifiquen y concreten una intervención sistematizada”.

Historia

La Calera data del año 1650, fue construida a mano por indígenas dirigidos por jesuitas misioneros de la Compañía de Jesús. Su función era explotar yacimientos de calizas organógenas, que se mandaban en barco, por el río Uruguay, a las Misiones Jesuíticas.

En 1768, el gobernador del Río de la Plata, Francisco de Paula Bucarelli y Ursúa, cumpliendo con la orden recibida del rey de España Carlos III el 27 de febrero de 1767 organizó una expedición de 1.500 hombres que expulsó a los jesuitas de las misiones guaraníes. Desde entonces La Calera dejó de ser explotada por estos.

En 1778, el virrey del Río de la Plata, Pedro de Ceballos nombra a Manuel Antonio Barquín como veedor en la zona del Palmar.

Así fue como Barquín vuelve a poner La Calera en funcionamiento, utilizando la fuerza de trabajo de negros y aborígenes esclavos, alimentados a base de carne del ganado cimarrón.

La cal que se obtenía se enviaba en barcos a Buenos Aires y Montevideo. Por eso se puede observar que las ruinas de las construcciones que aún quedan en pie datan de diversas épocas y están, en algunos muros, superpuestas.

En La Calera se edificaron casas, almacenes, un oratorio y un cementerio. Incluso hay un túnel del cual quedan escasas ruinas. Son los últimos vestigios de la acción colonial en la región. Actualmente forman parte de un sendero turístico, y muchas de ellas están siendo sometidas a la acción dañina de los visitantes.

En 1782 el virrey Vértiz relevó de sus funciones a Barquín y nombró en su lugar a don Tomás de Rocamora, el fundador de Concepción del Uruguay, Gualeguay y Gualeguaychú.

Durante varios años La Calera estuvo abandonada. En 1825 la recuperó Bárbara Barquín, hija de don Manuel Antonio. La heredera hizo negocios con River Plate Agricultural Association, empresa que intentó instalar una colonia de 50 británicos pero fracasó, ya que al poco tiempo se fueron del lugar.

En 1857, la empresa Sociedad Arcos, Bilbao y Beaumont usó La Calera para sacar por su puerto palmera Yatay (recurso natural único en su especie) que esta compañía extrajo por un tiempo, hasta que don Justo José de Urquiza adquirió el lugar a los herederos de Manuel Antonio Barquín.

Durante el siglo XX La Calera se usó por la empresa Salvia Hermanos para sacar ripio, ocupando la fortaleza de las construcciones jesuíticas.

El 23 de enero de 1966 se sanciona la Ley Nº 16.802 que creó el Parque Nacional El Palmar, por lo que la empresa extractivista debió retirarse del lugar.

La Calera fue varias veces y durante largos períodos ocupada por ejércitos (el lusitano, el de Artigas, el argentino) en las luchas de la época colonial, de la independencia y organización de las Provincias del Río de la Plata y en la Guerra de Brasil.

Era una fortaleza que servía como puerto. Durante el año 1873, en el lugar se produjo el combate de la Calera de Barquín.


Lo que queda de La Calera

Quedan en pie restos de ruinas jesuíticas, sostenidas por alambres, a modo de gaviones.

Hay dos hornos (que se usaban para la elaboración de cal viva), un embarcadero, tres edificios, un oratorio, un túnel y un cementerio.

Sobre el cementerio, que era un lugar sagrado para los jesuitas y los aborígenes, hay un “alto tránsito” de turistas que ignoran, (por falta de información y prevención en el cuidado de las reliquias del lugar) que están pisando un terreno debajo del cual es muy probable existan restos que serían muy preciados por los arqueólogos e historiadores.

Estado actual

Para describir la situación actual no es menester más que hacerse presente en el lugar y observar directamente: entre la frondosa vegetación que avanza sobre los restos de las construcciones, cruzan los senderos destinados a la llegada de los turistas al margen del Uruguay y se ofrecen servicios de actividad náutica sin considerar que ese era el lugar destinado a cementerio de los jesuitas y de los esclavos y guaraníes que allí dejaron su fuerza de trabajo y su vida. Lo mismo sucede con el oratorio, intervenido con graffitis, que no está protegido del constante contacto de turistas y de las inclemencias del tiempo.

 

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