A Fondo
Domingo 12 de Junio de 2016

Pensar en tiempos de distracciones

Luciana Actis/ De la Redacción de UNO
lactis@uno.com.ar


A menudo me pregunto si obras como La Divina Comedia, de Dante Alighieri, o la Novena Sinfonía, de Ludwig Van Beethoven –por citar solo dos ejemplos–, hubieran sido posibles si sus creadores hubiesen estado rodeados de celulares, tablets y cualquier otro dispositivo conectado a Internet. Si cada vez que se sentaban frente a la hoja en blanco, dispuestos a plasmar en ella las sinuosidades de su ingenio, les llegara media docena de videos de un grupo de Whatsapp o solicitudes de amistad en Facebook.

Nadie pone en tela de juicio la grandeza de estos genios indiscutidos de la literatura y la música, pero es válido imaginarlos en ese bizarro escenario paralelo –que para nosotros es la realidad actual– y preguntarse cómo afectaría ese entorno sus capacidades creativas.
Mientras escribía estas líneas –una empresa considerablemente más humilde que las de ellos– las notificaciones de redes sociales, los mensajes de Whatsapp y los tentadores títulos de artículos pseudoperiodísticos sin otro fin que la procrastinación iban interponiendo obstáculos entre la mente y el documento en blanco.

Es que vivimos en la era de la distracción. A cada instante recibimos propuestas para pensar en algo diferente a lo que estábamos pensando, para hacer algo distinto a lo que estábamos haciendo. La atención concentrada es hoy un recurso cada vez más escaso.

Es más, todo parece estar diseñado para coartar la productividad y adormecer el pensamiento. Esto último se nota a las claras en las cifras del tráfico en sitios de Internet: los artículos cuya extensión va más allá de cuatro párrafos y tienen una cierta densidad informativa son los menos leídos, mientras que las noticias de marcado corte pasatista son las que más clicks tienen. La tendencia es mucha imagen y poco texto.
A primera vista, la culpa de nuestro pobre desempeño se atribuye a la tecnología y al diseño de los sitios digitales; pero cabe preguntarse si la distracción tecnológica no tiene raíces aún más profundas, en corrientes culturales que desde siglos nos apartan cada vez más de la realidad, pues ese bombardeo de estímulos fugaces tiende a convertirnos en meros espectadores, en vez de transformadores.

Nadie puede absorber semejante volumen de información no jerarquizada, caótica y superficial que potencia una visión del mundo desordenada e incomprensible. A riesgo de sonar adepta a teorías conspirativas, todo forma parte de una estrategia bien planificada de adormecimiento masivo, que en definitiva tiene los mismos efectos que la censura.
En 1984,  la novela distópica de George Orwell, el lema del monopólico partido gobernante es “La Guerra es la Paz. La Ignorancia es la Fuerza. La Libertad es la Esclavitud”. Hoy no existe tal partido, pero existe un Gran Hermano mucho más poderoso, que excede las banderías políticas, un ente sin rostro que todo lo controla y, sin imponerse violentamente, logra anular nuestra capacidad de crear y de razonar. Solo hace falta un dispositivo conectado a Internet.

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