La Provincia
Martes 15 de Marzo de 2016

“Paraná crece día a día en forma totalmente anárquica”

Diálogo abierto.  El arquitecto Javier Arrieta diagnostica sobre la pérdida de calidad de vida y desnuda las falencias –que también traslada a sus colegas– de quienes deciden las políticas urbanísticas y de la gestión de los suelos

Julio Vallana / De la Redacción de UNO
jvallana@uno.com.ar 


Acorde a sus múltiples aspectos anacrónicos –y a sus gestiones municipales con acciones muchas veces cortoplacistas, retrógradas e ineficaces– la capital provincial carece de un planeamiento urbano –que incluya la calidad ambiental– desde el siglo pasado. El resultado está a la vista y se multiplica a lo largo de toda su extensión, donde cotidianamente estallan problemas y conflictos frutos de un Estado ausente que ha dejado el espacio público librado al azar y a determinados intereses. El arquitecto Javier Arrieta –integrante de la junta regional del Colegio de Arquitectos, y especializado en gestión ambiental y políticas urbanas– señala las principales anomalías y sugiere algunas propuestas correctivas.

Centro invivible

—¿Dónde naciste?
—En Paraná –en la zona del microcentro– donde sigo viviendo. 

—¿Cómo era el lugar en tu infancia?
—No obstante ser el microcentro, viví en un barrio –que ya no lo es– porque se podía salir a jugar a la calle, tenía la tranquilidad propia de un barrio y se podía vivir. Hoy, cada vez, se hace más difícil. La presión de la economía urbana ha generado que muchos vecinos de la zona –jubilados y gente de trabajo– se hayan ido. Genera una dinámica urbana pero también es un avasallamiento a los derechos de la ciudad. 

—¿Qué otros factores influyen además del económico?
—Sociales, urbanísticos y también ha cambiado lo cultural en cuanto a cómo se construye y vive en las ciudades. Muchas características de la ciudad se han perdido. 

—¿En qué momento comenzaron a incidir fuertemente esas variables en la zona donde vivís?
—Desde hace 15 o 20 años que se pierde calidad de vida. Lo principal en ese momento –aunque no lo único– fue la instalación de un hipermercado, lo cual generó un gran dinamismo. 

—¿Qué modificaciones provocó?
—Un gran flujo de circulación vehicular. Además por ese entonces cambió la economía urbana en cuanto a la valorización de los terrenos –porque la tierra comenzó a ser un elemento más de la economía, lo cual no lo era.

—No lo era tanto.
—No era tanto, se podía comprar un terreno y construir una vivienda, lo cual hoy es casi inaccesible. Todo eso incide en la calidad de vida y genera un gran desarraigo porque la dinámica urbana genera expulsión. 

—¿Cuáles eran los límites de lo que considerabas “el barrio”?
—El club Ciclista. También tenía familiares que estaban en barrios alejados de la zona del centro, íbamos bastante seguido y a veces me quedaba. Luego el límite fue el parque (Urquiza). Mi vínculo con la ciudad también tiene que ver con lo que hacían mi mamá y mi papá, porque trabajaban en prevención en salud en barrios carenciados y nos llevaban. Antes de comenzar la carrera, tuve la curiosidad por conocer toda la ciudad, la cual mantengo porque crece día a día y hora a hora, sin límite y sin objeto, para un lado y para otro.

—¿Anárquica?
—Vos lo dijiste. Totalmente anárquica, difusa, sin límites y sin ningún tipo de contención. Estimo que la Municipalidad no debe tener registros totales de cómo ha crecido la ciudad, porque no puede mapearlo. Me ha pasado de observar que se construye una casa en cinco o seis días, así que cuando pasaste por lo que era una plazoleta, volvés y ves que hay una casa, obviamente en situación de informalidad. La ciudad es incontenible porque no determina límites.

—¿Qué lugares o situaciones te impresionaron en las primeras recorridas?
—Ninguna. Mucho de los barrios actuales viven como yo vivía cuando era chico. Todo lo que hemos perdido, el vínculo con el entorno y con el vecino, allí se conserva –más allá de las características particulares de las zonas vulnerables.  

—¿A qué jugabas cuando eras niño?
—Hice muchos deportes pero fundamentalmente jugué al básquet, también en un club de barrio –Ciclista– que queda cerca de mi casa. Pasaba todo el día ahí, hasta que comencé la secundaria y luego me fui a estudiar a Córdoba. 

—¿Otros juegos?
—No recuerdo… salir a la calle, jugar al fútbol, con agua en el carnaval –costumbre que se perdió.

—¿Desarrollaste alguna afición durante bastante tiempo, además de los deportes?
—Idiomas –Inglés y Portugués–; con la computación no me llevé bien hasta ser grande.

—¿Hasta que te encontraste con el Autocad?
—Te diría que sí pero hoy ya manejo otros programas. Igualmente me dediqué a vivir mucho la ciudad en sus calles, porque me encantan sus espacios.

—¿Qué actividades profesionales desarrollan tus padres?
—Relacionadas con la salud: médico y kinesióloga. 

—¿Leías?
—Leo sobre cualquier tema, aunque generalmente sobre sociología, economía, urbanismo, psicología social –que estudió mi mamá… Luego de que me recibí hice varias especializaciones. En mi casa se lee mucho. 

—¿Había biblioteca en tu casa?
—Sí, grande y muy variada.     

—¿Influencias?
—Desde muy chiquito leí mucho sobre los procesos políticos en Latinoamérica, a Eduardo Galeano, Horacio Quiroga… 

—¿Qué imaginabas ser?
—Desde chiquito –a los diez años– decidí lo de la Arquitectura. También me encanta el diseño de vehículos pero sabía que era imposible desarrollarlo en el país –e irme no era lo pensado. Lo que nunca pensé fue poner tanto énfasis en los temas urbanos, no obstante que trabajo como arquitecto y es mi actividad principal. Me sigo especializando y asisto a espacios donde se debate el tema, porque hay una enorme posibilidad. Nuestros estados todavía están muy tímidos en cuanto a las conocimiento urbano y posibilidades, y modernización de las herramientas para la gestión del suelo y el factor ambiental. 

Estado y carrera retrógrada

—¿Tienen una visión clásica?
—Clásica y con pocas herramientas para la planificación; hay un mundo de cuestiones –de las cuales manejamos una o dos– y profesionales que se han dedicado a estudiarlas. Parece que todavía no ha llegado la hora en nuestra ciudad y en nuestra provincia, tanto en lo urbano como en lo territorial. 

—¿Por qué el entusiasmo temprano por la Arquitectura?
—Me gustaba dibujar, me la pasaba dibujando casas y me llamaba mucho la atención la construcción. Viví mucho tiempo con albañiles en mi casa, porque mis viejos la iban haciendo de a poco.

—¿Cuál fue la primera gran contradicción?
—Conseguir los trabajos. En lo urbano y en la arquitectura todos nos creemos que somos un poco arquitectos y urbanistas, ya sea porque vivimos en la ciudad, la disfrutamos o sufrimos. Con la casa pasa lo mismo, porque todos vivimos en una y creemos saber cómo se resuelven sus problemas. Muchas veces los clientes se dan cuenta que es acertado contratar un profesional porque con menos recursos se solucionan problemas que no se tienen en cuenta y se mejora la habitabilidad. 

—¿Qué visión o consideración se tiene en la carrera sobre la problemática urbana?   
—En mi experiencia lo urbano tuvo una participación no menor, con varias materias de cursado intensivo. Pero con una visión bastante antigua, estanca y retrógrada, cuando la ciudad es dinámica, compleja, múltiple y diversa –lo cual se manifiesta día a día. Esto muchas veces genera respuestas o políticas urbanas que no tienen que ver con la realidad. 

—¿Esto explica tantos engendros que se hacen?
—Sí. Muy pocos de quienes estudian Arquitectura tienen una visión urbana profundizada y el profesional sólo se dedica a su entorno inmediato, sin medir las consecuencias, como en el caso de obras importantes y de alto impacto. No se logra entender la integralidad y trabajar en función de la ciudad. 

—¿Qué elementos definen esa visión retrógrada?
—El no entender la diversidad en todos sus órdenes: social, ambiental, productiva… La forma en que se analiza la ciudad es una forma retrógrada y además se lo hace separado de la potencialidad de desarrollo. Entonces se investiga y generan datos sin saber para qué. 

—¿Este enfoque es el dominante en el Estado?
—Nuestras instituciones están bastante atrasadas en términos de herramientas de desarrollo para generar políticas urbanas, las cuales se toman en función de la coyuntura y no de un plan de ciudad –la cual debiera tener un rumbo y esto es lo primero. Sin esto, no se puede desarrollar el Código Urbano, el de Edificación, y hacer políticas específicas y planificación. Muchas ciudades se han actualizado y se están demostrando los resultados –que son parte de los procesos. La gestión municipal actual tiene un antecedente de un plan estratégico, que marcó un rumbo y fue interesante –aunque sin continuidad. Es lo que nos falta a los paranaenses. 

—¿Qué revisaste de tu formación cuando incorporaste otros elementos al análisis?
—Lo hice más desde lo humano que desde lo arquitectónico. En este último caso tiene que ver con cómo comenzar a construir contemplando el asoleamiento o las condiciones climáticas, para lo cual hay otras formas de construir pero los municipios en sus códigos de edificación no acompañan esas tecnologías. En cuanto a lo urbano, considerar el ambiente y la relación con la Naturaleza en el día a día. Particularmente, no puedo pasar más de un día si no paso por un lugar con espacio verde, porque te revitaliza y oxigena. Lo más importante es eso y después podemos hablar de cuestiones técnicas. 

Los arroyos y la ciudad

—¿Otras aproximaciones a la ciudad además de las recorridas de las cuales me hablaste?
—Trabajé en un proyecto grande sobre la recuperación de los arroyos de la ciudad –que incluía la agricultura urbana– e hice foco en el arroyo Antoñico en un trabajo de investigación proyectual. Recorrí la situación de todos los barrios y en mucha  gente noté que por una cuestión cultural –ya que venían de un entorno relacionado con el campo, expulsados por un modelo agrario intensivo– tenían la costumbre de elaborar sus propios productos y comida. Tienen una forma de urbanización bastante interesante en cuanto a la improvisación, que responde a ciertos patrones como la utilización de los espacios –más allá de que generalmente viven hacinados. En cuanto a lo social, hay una red de contención que es impresionante y no podrían subsistir sin esa forma. La abuela del vecino es quien cuida a todos los nenes de la gente de cuatro o cinco casas que la rodean, porque tienen que salir a trabajar y hacer changas, y toda esta lógica es muy interesante. Si uno piensa en una relocalización de esas personas, corta todo ese entramado de contención y se genera un problema importante. 

—¿Cuál es el mayor elemento de desintegración de estos sectores respecto de otras zonas de la ciudad?
—Tiene que ver con una formalidad e informalidad urbana, en cuanto a las necesidades y derechos básicos sociales: no tienen agua ni cloacas, y si la tienen es de manera informal o dudosa. El agua es tomada de algún punto que no se sabe si es salubre o insalubre; la energía y el gas lo tienen de otra manera, y el ensamble entre la ciudad y la no ciudad. Paraná tiene la característica de esos arroyos, donde se desarrollan estos asentamientos –que además son peligrosos para ellos mismos durante las grandes lluvias. Hablo de los sectores de mayor precariedad. 

—¿Trabajaste a lo largo de toda la cuenca?
—Básicamente sobre la cuenca baja –que es el propio curso de agua– y la media.  

–¿Cuál fue el sector más problemático que observaste?
—En términos sociales, todos. En la zona de barrio Humito hay una situación crítica importante –más allá del problema social en sí– vinculada con las grandes lluvias y correntadas que provocan erosión hídrica y desbarrancamientos. En otras áreas es la inundabilidad de ciertas viviendas –por la proximidad con el arroyo–, hay estrechamiento y mucha mugre en las cabeceras de los entubamientos –los cuales fotografiamos– que genera un “cuello de botella” enorme. Se encuentran cocinas, partes o autos enteros, heladeras… además de la mugre y la vegetación que se enreda, con lo cual se hace una malla que, muchas veces, no deja pasar el agua, o deja pasar muy poca. Es lo más crítico porque hay una planificación e intervención humana sobre una situación, pero se genera más conflicto que el que había en su momento. Antes, el agua corría, pero con el entubamiento no mantenemos el lugar como se debiera o no logró resolver la situación problemática. 

—¿Por qué la ciudad se olvidó de estas zonas?
—Cuando era chico siempre me llevaban a jugar a la zona del barrio 33 Orientales, donde había una cascada natural hermosa –de la cual tengo fotos– que no tenía nada que envidiarle a zonas similares de Córdoba. Lo tuvimos hasta hace cierto tiempo y no supimos leerlo como parte integrante de la ciudad. También porque no había una conciencia en torno a lo ambiental o directamente se lo negaba. 

—Ni siquiera se las consideró por su potencial valor, como objeto de especulación inmobiliaria.
 —Es un conjunto de situaciones. El interés inmobiliario es bastante reciente ya que hace 30 años esas cosas no se ponderaban como importantes, quizás a la sociedad le parecían lindas e interesantes pero no lograba entender qué pasaba sino estaban. Es lo mismo que pasó con los temas ambientales: uno no entendía qué función o servicio social cumplían esos espacios tales como los arroyos, su vegetación y un corredor de biodiversidad dentro de la ciudad. La desaparición de los arroyos y sus cuencas, o las obras en ellas, han generado un impacto muy grande. El crecimiento de la ciudad y una cuenca con otra lógica hídrica provoca inundaciones urbanas que en otros momentos no se producían. Esto también tiene que ver con el entendimiento de los factores ambientales naturales del territorio, que hoy los entendemos porque nos generan los problemas. 

—¿Cuál considerás que ha sido la mayor pérdida en tal sentido?
—En términos urbanísticos, se perdió una posibilidad de generar un eje de desarrollo urbano-paisajístico-ambiental-social muy interesante, y diría hasta productivo, no obstante que todavía se puede recuperar mucho. Si bien la naturaleza tiene capacidad resiliente, la intervención humana ha sido bastante en ciertos sectores y no tiene capacidad de volver hacia atrás. El entubamiento grande que se hizo detrás del supermercado Coto, es muy difícil de revertir en cuanto a lo que naturalmente fue. Más allá de eso, también forma parte de una oportunidad de sostén de lo que podría hacerse. Siempre se tienen una potencialidad. Tenemos mucha población asentada a la vera de los arroyos, con un montón de realidades diferentes y es un trabajo muy arduo para revertir situaciones. 

—¿Es complicado el abordaje y la gestión de estos espacios?
—Hace falta una decisión tajante, un compromiso social de quien gobierne, una política de Estado municipal que entienda que los primeros resultados se verán en quince años y los finales en cincuenta. En términos de recursos –que es lo que más tracciona cuando se habla de esto– me tomé el trabajo de hablar sobre el trabajo que realicé en escuelas y universidades. Y busqué publicaciones de diarios de los últimos 20 años en los cuales encontré que “venían 18 millones de Nación para la reconversión del tramo tal del arroyo tal, vienen 20 millones para sanear el arroyo tal, 40 millones para el entubamiento de las cinco cuadras del arroyo tal…”. La plata que se ha invertido es inconcebible a la luz de los resultados y consecuencias en la salud y el clima –que no se puede o quiere cuantificar. Es un tema que ya no tocaría porque si uno quiere, los recursos están y seguramente demandaría menos que lo que tenemos pensado.

“Se construyen barrios  y no tienen servicios”

Una de las consecuencias de la falta de planificación y ordenamiento del territorio municipal es el surgimiento de poblaciones sin los servicios básicos para su normal funcionamiento, desarrollo y calidad de vida. Arrieta propone redensificar racionalmente determinada zonas para generar una “ciudad de proximidad”

—¿Qué observás al recorrer Paraná?
—Vivo los espacios, me encanta recorrerlos, observar las transformaciones y su dinámica. En términos de funcionamiento, uno de los problemas más notable es el crecimiento sin control y en ese proceso deja un tendal de población sin servicios, infraestructura, enormes costos en cuanto a movilidad e  impacto sobre la estructura de la ciudad. Por ejemplo, aparece un barrio donde era una huerta fruti-hortícola o un bosque peri urbano –que tenía una función interesante. Estos “parches” aparecen en distintos lugares y son muy difíciles de resolver por su enorme costo social y económico. Llevar infraestructura a un barrio que está a tres kilómetros del último tramo de infraestructura es costosísimo. Lograr que un colectivo pase, también, porque la línea no lo amortiza. Además hay que llevar agua, cloacas, luz y asfalto. Genera un gran inconveniente cuando todavía hay mucha ciudad por desarrollar “adentro” –muchos bolsones vacíos y áreas para re desarrollar y redensificar– donde están todos esos servicios. Cuando hablo de redensificar no pienso en algo gigante sino que donde vive una familia puedan vivir tres, lo cual no es una locura porque no se pierde calidad de vida y a la vez genera un dinamismo en el sector de la construcción, inmobiliario, productivo y económico. Se genera una ciudad de proximidad, que tiene todos los servicios y equipamiento cerca: salud, escuela, clubes, cloaca, aguas… Otro tema es la movilidad, que con un plan mejoraría la calidad de vida del centro –que se ha perdido. Paraná es una ciudad administrativa, comercial y de servicios –con una productividad muy baja– y debería generar oportunidades en sectores primarios y secundarios no solo de ese tipo. Eso marca un empobrecimiento. Tenemos una facultad como la de Biotecnología y expulsamos una gran cantidad de profesionales porque no se pueden quedar en la ciudad, ya que no hay un desarrollo que los acompañe. Así nos pasa con casi todos los técnicos y carreras. Hemos tenido una pérdida de calidad de vida por un desarrollo desordenado y desequilibrado: Paraná tiene 4,8 metros cuadrados por persona de espacio verde público –con todos sus servicios ambientales–, cuando como indicador la Organización Mundial de la Salud dice que una ciudad como ésta debiera tener entre 12 y 15 metros, a lo cual hay que sumarle que el 78 por ciento está sobre la ribera –la zona costera del Parque Urquiza, Thompson y Parque Nuevo, y solamente 22 por ciento dentro de la ciudad que funciona todo el día.  

—¿Qué grado de vigencia y de relación con estas realidades tiene el Código Urbano?
—Es lo que se está comenzando a debatir. Soy parte de la Junta Regional del Colegio de Arquitectos y estamos en relación con otros colegios para tratar esta cuestión. El Código Urbano es una herramienta de un plan, que la ciudad no tiene desde hace mucho tiempo. Es muy difícil readecuar ese código y el de Edificación sin saber para qué. Debe ser un plan integral y multidimensional, y en función de eso se piensan los códigos. 

—¿Dos o tres claves indispensables de un potencial plan? 
—Cómo y de qué manera pensamos el crecimiento y desarrollo urbano, es uno de los grandes temas a discutir. Otra de las grandes cuestiones tiene que ver con la redefinición de la movilidad, porque es insustentable. Hay un montón de población que no está cubierta por un sistema de transporte, en el área céntrica hay un atoramiento de vehículos, transporte público –totalmente deficiente– y el lugar para el peatón prácticamente no existe. El parque automotor ha superado las posibilidades de la ciudad. Además, en verano es imposible caminar por el centro, por el calor. Tampoco se puede seguir creando ciudades que sean grandes consumidoras de energía, porque no deja lugar para el peatón y quien anda en bicicleta. Otro tema es cómo pensamos el espacio público, que hoy es la definición entre el límite de lo privado y el requecho que quedó para afuera. El privado define ese límite jurídico y legal, y el espacio público es lo que queda por fuera, que no está ni ordenado, pensado, planificado y diseñado, sea la calle, la vereda, el parque o la placita. No existe una idea de espacio público y tampoco en cuanto al mobiliario urbano. Hay que readecuar las necesidades en función de la ciudad que queremos y eso dará como resultado una ciudad habitable, que hoy no lo es en cuanto a calidad de vida, salvo algunos sectores. 

—¿Qué impacto han tenido las políticas de vivienda?
—El último gran plan que hubo es el Procrear, una interesante herramienta que permite financiar la construcción, pero con un problema importante como lo es la gestión del suelo. Eso generó un incremento de los precios porque había mucha demanda y poca oferta, y una vez que suben, no bajan y el mercado se distorsionó. En términos urbanos no ha sido una política integral como herramienta de generación de hábitat, porque se olvidó que no solamente es la casa sino el entorno. La mayoría tuvo que comprar terrenos alejados de la ciudad o fuera de ella, con un enorme traslado diario al lugar de trabajo, infraestructura que habrá que comenzar a costear y tampoco se creó ciudad, porque en estos lugares no se crean relaciones sociales. Hay barrios donde hay una casa, a dos o tres cuadras, otra… Se crean esas estructuras anémicas en cuanto a lo social producto de no pensar desde una integralidad. Fue muy positivo en términos sociales, dado que mucha gente pudo encontrar una solución real y posible a uno de los temas más importante para la población –que de otro modo quizás no hubiese podido– como es llegar a tener o construir la casa propia e impulsar una dinamización muy importante en la propia industria social de la construcción como sector productivo.

—¿Y los formatos del Instituto Autárquico Provincial de la Vivienda?
—No han sido favorables. Lo último se ha hecho en otras ciudades, donde hubo que llevar un montón de población de acá a diez o 15 kilómetros. Son personas que trabajan acá, entonces hay que resolver otro problema. Se construyeron esos barrios y no fueron acompañados con infraestructura y servicios: faltan escuelas, centros de salud y todo el complemento de la vida diaria. 

—¿Cuáles son y serán las consecuencias para la estructura urbana de lo que llamo “las conejeras de la soja”, en cuanto a la proliferación en la última década de torres con mono ambientes?
—La economía y los procesos sociales son dinámicos, entonces hoy se piensa la construcción de esos espacios en función de la capacidad de renta. Cuando es más ajustada, se piensan espacios más ajustados. Es mi gran duda y no tengo respuesta, pero cuando la capacidad económica de la persona sea mucho mejor, ¿esos espacios se adaptarán a lo que la población demande? Viví en un mono ambiente pero no me veo toda la vida viviendo allí.  Estamos construyendo enorme cantidad de edificios con mono ambientes: ¿Qué haremos cuando la economía de cada uno permita aspirar a algo más y en qué los convertiremos? En Córdoba viví en una zona universitaria cuya densidad por manzana era tal que la cantidad de edificios equivalía a un barrio –o sea más de 5.000 habitantes. No creo ni quiero que Paraná llegue a eso porque no es lo deseable en cuanto a calidad de vida: los edificios eran muy lindos pero no tenías luz natural, la ventilación no llegaba, los conflictos sociales son permanentes por la tensión concentrada en un lugar muy chico, y enormes problemas de capacidad permeable del suelo e infraestructura que nunca logra adaptarse. Paraná podría redensificarse como ciudad, hay áreas que están degradadas o barrios desatendidos en términos urbanos, para los cuales podrían generarse políticas de fomento. Otras no y deberían estancarse en cuanto a crecimiento. La solución no son gigantescas torres y culturalmente tampoco está asumido, independientemente de que estén bien resueltas. 

—¿Tu visión de la arquitectura de la ciudad, independientemente de eso?
—Tuvo muy buena calidad arquitectónica pero hoy tengo que ser crítico y auto crítico ya que ha bajado mucho la calidad en términos constructivos y estéticos –no obstante que hay muy buenos profesionales. Recorro mucho otras ciudades e incluso el interior de la provincia, y veo una calidad arquitectónica superior. 

—¿A qué lo atribuís?
—No lo sé… las circunstancias del país y el costo de la construcción hace que muchas cosas se releguen o se alejen de las prioridades. No es por el accionar de los profesionales colegas –arquitectos, ingenieros o maestros mayores de obra– sino por el gran crecimiento de la edificación y construcción en condiciones de clandestinidad  e informalidad. Existe un altísimo porcentaje de  edificación sin intervención de un profesional, tanto como responsable del proyecto como de la obra. La resultante inevitable es el empobreciendo de la imagen de la ciudad y su arquitectura. Frente a esta situación crítica también es bueno destacar que existen muchos ejemplos de obras  y proyectos muy interesantes realizados por profesionales.

Datos
* Según Elkin Velázquez –director de ONU Hábitat para América Latina y Caribe– la ciudad ideal debe ser conectada e incluyente, con suficiente suelo urbano para lo público, para los servicios colectivos y para las calles. La proporción ideal –dice– sería de 50-50 o 60-40 entre dedicación a suelo privado y al público.
* Otro criterio de sostenibilidad es promover usos mixtos del suelo en torno a nuevos centros con una muy buena conexión gracias a sistemas de movilidad apropiados, privilegiando el transporte público frente al vehículo particular.
* Un buen desarrollo urbanístico tiene un impacto económico directo al favorecer el crecimiento y reducir las desigualdades y la pobreza.
* El esquema de desarrollo que prevalece en América Latina hace que los pobres vivan alejados de las oportunidades, de los lugares de trabajo o del acceso a los servicios sociales.
* Las viviendas de interés social tienen un indicador crítico que es el precio del suelo y el suelo más barato es, en general, el que está alejado de las áreas centrales.
* Se entiende como ciudad sostenible aquella que ofrece una alta calidad de vida a sus habitantes, que reduce sus impactos sobre el medio natural y que cuenta con un gobierno local con capacidad fiscal y administrativa para mantener su crecimiento económico y para llevar sus funciones urbanas con una participación ciudadana.

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