Ovación
Jueves 29 de Junio de 2017

A 31 años del último beso a la Copa del Mundo

El 29 de junio de 1986, Argentina derrotó 3-2 a Alemania en México y se consagró campeón por segunda vez en su historia. La deuda sigue abierta

En alguna pared de la casa de José Luis Brown en Ranchos cuelga, atrapada por un marco blanco, una camiseta de la Selección Argentina. No se ve el número 5 de la espalda, pero un agujero a la altura de la panza en la franja blanca del centro entrega la prueba irrefutable de que es esa y no otra. La del 1-0. La que rompió para tener un lugar donde apoyar el dedo y sostener el peso de ese brazo derecho que quemaba desde el hombro dislocado hacia abajo. La que este jueves, hace exactamente 31 años, sintió el roce de la Copa del Mundo en el Estadio Azteca de México.

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Esa casaca ajada por los propios dientes del Tata es el símbolo perfecto de cómo vivió aquella final de 1986 el combinado albiceleste: nada, ningún obstáculo, iba a impedir que llegase el segundo título de la historia. Porque la corajeada contra Uruguay en octavos era de un equipo campeón. El gol de Diego contra los ingleses tenía que valer un título (o más). La exhibición futbolística frente a los belgas en la semifinales merecía ser coronada con el trofeo. Y Alemania, por más Alemania que fuera, no iba a impedir el final feliz de la historia. Si hasta Dios había metido la mano para ayudar la causa albiceleste.

En el Azteca, la mala salida de Harald Schumacher y el cabezazo de Brown, antes de la media hora de juego, empezaron a encaminar la historia. El contragolpe que Jorge Valdano empezó en su área y finalizó en la de enfrente, a los 11 del segundo tiempo, pareció haberla liquidado. Pero Karl-Heinz Rummenigge y Rudi Völler, con apenas siete minutos de diferencia, llegaron para reflotar todas las dudas que el conjunto de Carlos Salvador Bilardo había mostrado en las Eliminatorias y que se habían borrado por arte de zurda durante el periplo mexicano. Y entonces, apareció él.

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Faltaban seis minutos para el final. Los de verde se venían. Una pelota empiojada voló por el aire en la mitad de la cancha, a unos metros nomás del lugar exacto en el que había empezado a dejar en el camino a tanto inglés para que el país fuera un puño apretado. Limpió el juego de cabeza hacia la derecha, pero la bola le volvió rápido (sus compañeros, en esos momentos calientes, se la daban casi mecánicamente). Dos germanos salieron a anticiparlo por ambos flancos y un tercero lo esperaba plantado sobre la línea de cal que separa un campo del otro. Dominarla era complicarse. Jugar a los costados, imposible.

Picó la pelota una vez. La tenía casi encima. Y ahí decidió hacer lo que sólo él vio. Rebotó de nuevo la redonda, pero antes de que pudiera empezar a ganar altura, el pie izquierdo de Maradona transformó una situación complicada en fantasía: de primera, tocó hacia adelante con la parte interna del empeine. Lothar Matthäus quedó parado sobre la línea media, esperando una gambeta que nunca llegaría. Karl Heinz Förster vio pasar la bola por al lado suyo y giró tranquilo sobre su eje, como si nada malo pudiera pasar. Cuando se dio cuenta, ya era tarde: Jorge Burruchaga corría en soledad rumbo a la gloria. Rumbo a la historia.

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Schumacher tardó en salir a achicar. Andreas Brehme no llegó a cortar. Y el 7 -¡no definía nunca!- punteó al gol en el último instante. Y la Copa del Mundo se encontró por primera vez con los labios del hombre que mejor tributo le rindió a la pelota a lo largo de la historia.

Demasiado tiempo pasó desde aquel 29 de junio de 1986. Las imágenes de aquella final ya están gastadas de tanto repetirlas. Pero ya dos veces se negaron a renovarse. Tal vez, la Copa no quiera otro amor argentino que no sea el de ese petiso enrulado que la supo querer más que ningún otro que la haya jamás besado. Aunque Lionel Messi ya le avisó que en 2018 piensa terminar el levante que un rubiecito alemán le arruinó en una noche de Maracaná hace casi tres años.

Fuente: Goal

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