La Provincia
Domingo 15 de Mayo de 2016

Otra historia de olvido a Santa Elena: Sin Gisela, un dolor en el alma y un duelo en el aula

Búsqueda y día después. Las marchas impulsadas desde la escuela. Sentimientos de culpa, ausencia de apoyo oficial; jóvenes con pocas esperanzas y docentes en soledad. El desafío de cómo superar la adversidad o lo irreparable

Daniel Caraffini/De la Redacción de UNO
dcaraffini@uno.com.ar


Cómo explicar que una compañera salió de la escuela, desapareció, la buscaron, pasaron los días y la encontraron muerta, cerca de su casa.
Cómo explicar la lentitud de los procesos judiciales y policiales, que no encuentra culpables.
Cómo manejarse con una joven que siente culpa, dolor, porque no la acompañó como en otras oportunidades.

Cómo hacer que la escuela se muestre más humana si está sola, con bajo presupuesto y con una realidad alrededor que golpea desde hace décadas por la falta de trabajo, de oportunidades.

Cómo se sigue ante la adversidad, ante lo irreparable.

Anselm Grün es un monje alemán que intenta sanar el espíritu –muy mencionado por el papa Francisco y uno de los más convocantes en su reciente visita a la Feria Internacional del Libro– refirió sobre la adversidad: “La muerte de un niño es en sí un sinsentido. Pero lo que importa es cómo yo reacciono ante un hecho irremediable. Viktor Frankl (el psiquiatra austríaco, fundador de la Logoterapia) dice: el destino puede tomar todo de uno, incluso la vida, pero no puede tomar algo: la libertad para reaccionar y también darle un sentido a lo difícil”.

Gisela era una chica de tan solo 19 años, que quería terminar la escuela para seguir con una licenciatura en Turismo. Trabajaba como niñera; era callada pero respetuosa, nunca involucrada en problemas, como la describen quienes la conocían. El miércoles apareció sin vida, luego de 18 días de desesperación de una comunidad harta y signada en sus fibras más íntimas por una historia de pérdidas.

Lo ocurrido durante estos días expuso cruelmente también que los alumnos y docentes de escuelas nocturnas están librados casi a su suerte, sin apoyo de un gabinete psicológico o de especialistas para acompañarlos durante esas semanas de búsqueda, o para los complejos días después. Hubo indiferencia del Consejo General de Educación (CGE), según la propia comunidad, ante una dura realidad que deben afrontar 300 jóvenes entrerrianos que asisten a una escuela nocturna de un pueblo postergado del norte entrerriano siempre olvidado.

Frente a todo esto, la Escuela Secundaria de Jóvenes y Adultos (ESJA) Nº 5 Padre Fidel Alberto Olivera salió a la calle, reaccionó frente al dolor, reaccionó por Gisela y también por otros tantos chicos de esa escuela y de otras nocturnas, que todavía persiguen el objetivo de terminar sus estudios, aún cuando la desesperanza cunde en un pueblo con pocas oportunidades. Sin colectivos, entre las penumbras, desandando amplias distancias, desafiando los peligros de la noche.

Otra historia de una joven vida perdida, que desnuda la raquítica realidad educativa, la indiferencia a la escuela nocturna, la ausencia de entramados institucionales que colaboren con chicos y adultos para aprender a superar y transformar el dolor. Y también revaloriza al docente, que en su soledad, debe actuar como psicólogo para contener a los chicos, luchar para pedir justicia y exigir cambios para que a otros chicos no les ocurra lo mismo; y que debe empujar a una sociedad donde el silencio parece cómplice; porque hay silencios que duelen en el alma, como los que se repiten entre los compañeros de Gisela, pero hay otros silencios que indignan.

El día después exige una escuela acompañada, como no sucedió hasta ahora, para dotar a los jóvenes de herramientas que le permitan no perderse, no marginarse, no decidir dejar un estudio para no estar expuestos a riesgos. Y porque no todos pueden sobreponerse de la misma forma, ahí debe estar el rol del especialista que no debe ser el docente que le da clases; se necesita más que eso para sacar el miedo a la oscuridad, a la muerte, a la violencia, cuando las cámaras se apagan, la Justicia deje de investigar y la Policía se retire. Esos jóvenes no podrán alejarse del dolor; tendrán que atravesarlo y transformarlo, convivir con él.

Ana Yolanda Pemayón había asumido el cargo de directora de la ESJA Nº 5, tres días antes de la desaparición de Gisela, el 19 de abril.

Ella y el grupo directivo y de docentes impulsaron las marchas, y al mismo tiempo debieron seguir con el desarrollo “normal” de clases. En diálogo con UNO, testimonió las experiencias y sentimientos de una comunidad educativa atravesada por una tristeza que inunda el alma, los injustos sentimientos de culpabilidad que afloran en estas circunstancias, y clamó por apoyo desde las autoridades educativas.
“Estamos shockeados emocionalmente y hasta ahora las autoridades educativas no han mandado nadie, hasta el día de hoy, para venir a contener a los jóvenes, y a acompañarnos a nosotros que estamos haciendo de todo, para darnos también herramientas”, contó. Relató también que los chicos “están haciendo un proceso de dolor y no lloran, están en silencio. Y nosotros lo único que hacemos es abrazarlos o ponernos al frente de la marcha, con ellos”, contó sobre el grupo compuesto por jóvenes de 16 a 21 años. Y pese a la falta de especialistas para abordar la situación, aseguró el compromiso de la institución, a través de la propuesta de todos sus actores, para seguir con charlas y jornadas de reflexión, que permitan mantener viva la memoria por Gisela y también para contener “a esos chicos para que no se nos vayan de las manos”.

Gisela cursaba el penúltimo año, del segundo ciclo. Pemayón había sido docente suya durante dos años en la Secundaria común, en la escuela Maipú Nº 76, que funciona en el mismo edificio. Al cumplir 19 años, y tras haber repetido, llegó a esa ESJA, que es lo que antes era un Bachillerato para Adultos (BAPA). Allí cursaba junto a otros dos de sus hermanos.

—El impacto con la confirmación del peor final tras la aparición del cadáver seguramente se reflejará con el paso de los días, pero cómo han sido estas semanas en las aulas, en la escuela, en los chicos, durante estos 18 días de búsqueda?

—En la escuela, todos con una incertidumbre total desde el momento en que la familia anunció la desaparición. La escuela estuvo muy desordenada antes de mi asunción; cuando llegué planteé que esto no era una facultad, que están bajo mi responsabilidad y tenemos que anotar quién se retira antes, más allá de que sean mayores. Ese día, atendiendo un problema de los comunes con otros alumnos, Gisela se fue una hora antes, pero tomando en consideración que teniendo 19 años siempre iba y venía sola. Ella no avisó, se fue, salió porque el alumno puede salir antes, ese día ella salió una hora antes, a las 9.45. Había terminado un módulo.

—A nosotros, los adultos, nos cuesta entender y comprender este tipo de hechos. Pero ¿cómo se le puede transmitir o explicar a chicos en formación este tipo de cosas? ¿O qué se les puede decir?
—Esa escuela estaba muy vapuleada en las relaciones humanas, Mi tarea fue unirnos para buscar a Gisela, tal es así que cuando nadie sabía nada, nadie ni la Policía sabía, nadie tenía una noticia cierta, nosotros programamos la primera marcha pidiendo por Gisela, que fue a la semana de su desaparición. Vos me decís transmitir. ¿Qué vas a transmitir? Contención, pero qué pasa: en el mano a mano, en la persona que ves todos los días, se creó una especie de psicosis. La escuela se preparó en función de armar una red más que nada con los chicos, jóvenes. Porque teníamos una alumna, una compañera de la escuela que vivía cerca y a veces acompañaba a Gisela, no hacían el mismo trayecto pero por ahí se juntaban y también eran de reunirse en la casa. Esa noche le había pedido a la compañera que la acompañara, y la chica como había perdido una clase porque estuvo enferma, no quería perder el módulo siguiente, que creo era de Matemática. Entonces le dijo que no podía, que ya había faltado, por eso no podía acompañarla. Eso es lo que sé por la compañera, por sus dichos. Esa es la chica más afectada porque se sintió culpable. Gisela no aparecía y entonces quizás se hacía el cuestionamiento que todos nos hacíamos. Yo, por ejemplo, tenía que hablar con Gisela. Yo la veía muy desmejorada, muy delgada, y esa noche entré al curso a dar un mensaje al grupo y la veo sentada, y la iba a llamar para decirle ‘quiero hablar con vos’. Entre todas las cosas que uno tiene que hacer, tal vez siempre hay primero otra cosa y uno deja de lado algo, y no pude hablar yo tampoco con ella. Entonces es como que todos nos sentimos un poco culpables.
Alcancé a mirarla, y me llaman. Entonces dejé el grupo porque me necesitaban en otro lugar de la escuela. Cuando me acordé que quería hablar con ella, Gisela ya no estaba.

—¿Por qué quería charlar con ella?
—Porque yo cuando ingresé a la escuela, a Gisela la veía desmejorada, delgada. Ella era una chica tranquila, nunca había tenido ningún problema en las escuelas, nunca nada, tenía una educación en valores, porque no era irrespetuosa o que tuviera problemas. Era una chica callada, reservada, pero yo la veía más delgada. Y le iba a preguntar cómo andaba. Porque yo no dejo lo humano de lado, más allá de alguna función. Y no alcancé, y todos nos sentimos así culpables de, no sé… Tal vez ella con una mirada me estaba diciendo algo.

—Me comentaba el caso de la compañera. Imagino que deben haber fluido de otros chicos muchos otros sentimientos, experiencias también. ¿Qué transmitieron los chicos durante estos días de incertidumbre de la búsqueda?
—Nosotros tenemos a los hermanos, que obviamente dejaron de ir a la escuela justificando la ausencia, porque la Departamental de Escuelas me dio la orden de que siga con las clases normales. Igual que la compañera que se descargó y me dijo ‘me siento culpable señora, yo no voy a poder venir a la escuela. Quiero que ustedes me entiendan porque esa noche yo no acompañé a Gisela’. Eso nos dijo, y qué vamos a hacer nosotros... Contenerla, comprenderla, atender a ella y a todo el grupo, que estuvo presente en las marchas.
En todo el grupo hay tristeza, una tristeza profunda, y a nosotros los adultos nos llega a lo más profundo del alma, porque estos chicos están haciendo un proceso de dolor y no lloran, están en silencio. Y nosotros lo que hacemos es abrazarlos o ponernos frente con ellos anoche (durante la marcha). Yo los vi tan solos, sin poder siquiera llorar; en silencio.
—Acá mismo, en Paraná, en la provincia, hubo otros casos de chicos que desaparecieron trágicamente, y hay un grupo escolar que debe procesar eso y seguir. ¿Hay un protocolo de actuación e intervención para afrontar este tipo de situaciones en una comunidad educativa?
—Mirá, es lo que yo te decía, la contención la damos entre nosotros, el grupo humano que está en la escuela, porque en verdad hasta ahora no se hizo presente ningún gabinete de psicólogos, de especialistas, de técnicos, nadie hasta el día de hoy han venido a contener a los jóvenes, por empezar, y a acompañarnos a nosotros que estamos haciendo de todo. De todo, porque Gisela estaba con vida y ahora es un cadáver. Venimos desde el 22 de abril con que nadie duerme bien, ni come bien, me entendés. Estamos shockeados emocionalmente y hasta ahora de la Provincia no han mandado a nadie. Lo único que nosotros hacemos es convocar a especialistas para que vengan a dar charlas sobre todas estas hipótesis que se manejan, de la violencia en la juventud, en los noviazgos, de la trata de personas, en todos esos temas. Nosotros vamos a procurar seguir, pero no tenemos armado un gabinete de contención. La escuela no cuenta con recursos para contar con un gabinete de especialistas durante todo el año. Pienso en lo que cuestan estos tratamientos, y en cómo lo necesitan estos chicos...

—Y han pasado varios días.
—Muchos días, y nadie se ha hecho presente. La única autoridad fue la supervisora de la zona, en la primera marcha que hicimos. Luego nadie, yo pedí que mandaran, pero nadie, ni un gabinete con especialistas, para contener a los chicos o que nos den herramientas a nosotros los docentes para saber cómo tratar estos temas. A mí es la primera vez que me pasa en 19 años de carrera docente.

—Las actividades escolares, me decía, continuaron pese a todo.
—Cuando encontraron el cuerpo, la Departamental dio dos días de duelo.  

—Esta semana ha sido como las anteriores, seguramente muy dificultosa para la enseñanza de contenidos, y por el ausentismo de alumnos.
—El profesor puede dar clases, como se puede decir ‘normalmente’, pero el tema de Gisela está latente, en todo momento, en la sociedad y en la escuela, en la escuela mucho más. Nosotros tenemos la ausencia todos los días de los hermanos, que tendrían que ir todos los días a clases, y se dedicaron a buscar a su hermana, me entendés. Es una familia completa. Hay profesores que han atrasado exámenes porque el ánimo no da, y yo no puedo obligarlos porque tampoco es el ánimo de nadie.

—Lo más duro será la semana que viene…
—Sí, cuando retomemos ‘normalidad’. Sí, porque los chicos siguen pidiendo justicia. Queremos hacer otra jornada frente a la escuela, que está ubicada frente a la plaza principal Centenario, de la ciudad. Queremos hacer una jornada de reflexión, y otra vez pedir justicia, esa justicia que nunca llega y nunca nos enteramos de nada.
—Además del pedido de justicia, ¿cómo imagina procesos futuros en la escuela, también como para tener presente a Gisela, en la memoria, con contenidos en el aula, tratamiento de temas específicos, o como decíamos de capacitación? ¿De qué modo podría continuar el aula su presencia, más allá de la cuestión judicial?

—Tendrán que seguirse estas temáticas, porque todas las escuelas están involucradas. No es la única escuela que es a la noche. Acá hay muchas escuelas que funcionan a la noche, y nosotros no tenemos colectivos hasta altas horas de la noche como ustedes (Paraná), quizás. Entonces nosotros seguimos preocupados por nuestros jóvenes. Y vamos a seguir dando charlas. Nosotros le decimos a los chicos que tenemos memoria frágil, y entonces no tenemos que olvidarnos de Gisela, y surgió del grupo que la mejor forma de tenerla presente y recordarla todos los días es tener una foto de ella dentro de esas aulas, que son cerradas y frías, para acordarnos siempre. Y dando charlas, y contando nuestras experiencias. Así nos vamos a manejar todo el año, porque tiene que estar presente ella y muchos chicos más, porque acá hay una situación en Santa Elena con muchos chicos muertos, sin hacer nada. Y si vos me decís qué clase específica vamos a dar... Y bueno, dentro de los contenidos que hay que dar, porque no se pueden sacar; porque lo humano parece a veces estar después de los contenidos en las escuelas. Tendremos que ingeniar un sistema y una red de contención para seguir tratando el caso, y plantearnos cómo seguimos ahora. Y ahí nos vamos a juntar con otras instituciones, para ver cómo podemos armar una red de contención para que no se olviden estos casos. Porque hoy nos golpea esto, y mañana no sabemos qué nos puede golpear. Y hay que estar preparados para estos embates; son duros pero siempre dejan, aparte del dolor común que tenemos, un montón de enseñanzas más en la vida. Desde el hecho de ser docente, ya armamos las redes de contención, y en gestionar, como fuimos al municipio, para que haya un colectivo, un horario para que pase a recoger a los chicos en la puerta de la escuela. Nosotros mismos, los profesores no tomamos al colectivo porque no lo tenemos. Entonces debemos procurar para que lleve a los chicos a los lugares más apartados de la ciudad, porque esta chica caminaba una enorme distancia.

La realidad de los ex-BAPA está compuesta por chicos de la Secundaria que son jóvenes y que no han tenido oportunidades en la Secundaria común, son chicos repitentes, que tienen problemas, que no los reciben en otras escuelas, y nosotros le estamos dando ese lugar de contención. Porque son chicos que se autoexcluyen o excluyen del sistema, y nosotros rescatamos un montón de chicos, porque los BAPA son cortos. Imaginate que trabajamos de 19 a 23, hay chicos que no pueden ir todos los días a la mañana en horario común, desde las 7 hasta las 13, porque trabajan acá en Santa Elena. Vos sabés cómo estamos, los chicos que trabajan, las chicas que son niñeras, que es el empleo más común. Gisela era niñera de una profesora vecina, profesora nuestra y de ella. Esos empleos precarios tienen los chicos.

La vida siempre te da una oportunidad, pero depende de vos si la sabés aprovechar o no. Y así estamos, dando consejos y conteniendo a esos chicos para que no se nos vayan de las manos. Las familias están desgranadas, pero con el agravante de que aquí no hay empleo genuino, son precarios. Acá están quedando solo los empleos públicos. La juventud está con ese desánimo, y pagar una carrera tampoco es fácil, pero gracias a Dios hemos avanzado y tenemos profesorados; entonces los alentamos para que al menos sigan con una tecnicatura. Esas son las redes de contención que armamos nosotros.

Una experiencia de superación, tras el frigorífico
Como tantos otros santaelenenses, Ana Yolanda Pemayón también tiene como una marca registrada, el paso por el frigorífico que supo hacer brillar a una comunidad que hace más de tres décadas vive la postergación y el dolor de “ya no ser”, un sentimiento infiltrado en las fibras más íntimas de la ciudad.
“Trabajé en el frigorífico, más de 10 años. A mí también me tocó la experiencia de trabajar en negro. En el frigorífico estuve 12 años, desde 1982 cuando comenzó la guerra de Malvinas. Yo terminaba la Secundaria y mi papá murió. Entonces me tocó asumir su rol en la casa, porque era la mayor: tuve que abandonar mis estudios terciarios porque pensaba estudiar Magisterio, y no lo pude hacer. Luego tuve otra oportunidad en la vida, a los 30 años, de estudiar profesora de Historia. Salí de todas las dificultades, me incorporé en la docencia y cumplí el sueño de haberme superado”, reflexionó. Y acotó: “Santa Elena es un pueblo de obreros, que sufrió el impacto social y económico de la caída del frigorífico, que trajo una hecatombe en los jóvenes de hoy, que vemos que no tienen esperanzas, están sin esperanzas de conseguir trabajo; entonces te plantean: ‘¿Para qué voy a estudiar si acá no me puedo quedar, si la manera más fácil de conseguir plata es robar o meterme en la política’. Los valores están tergiversados. Entonces por ahí estamos nosotros contando nuestras experiencias. Porque la miseria a vos no te condiciona, yo vengo de un hogar muy humilde y a mí no me condicionó en nada. Esa experiencia le podemos contar a los chicos”.
 

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