Tiempo sindical
Domingo 26 de Junio de 2016

Origen y actualidad del sindicalismo revolucionario

Las ideas del francés Sorel acabaron por abonar la creación de organizaciones del más variado perfil ideológico que va del facscismo al guevarismo

El sindicalismo revolucionario es una corriente sindical histórica inspirada en Georges Sorel y Arturo Labriola, donde el sindicato era la institución clave tanto para proteger a los trabajadores de sus patrones y del Estado como para organizar la vida productiva y administrativa de la sociedad. En sentido amplio, suelen denominarse como sindicalismo revolucionario aquellas corrientes sindicales radicalizadas que se oponen al parlamentarismo democrático y, en algunos casos, a la sujeción de los trabajadores y su lucha a un partido político. Es caracterizado por la defensa de la autonomía de las luchas de las clases trabajadoras que había sido manifestado en el lema de la Primera Internacional: la liberación de los trabajadores será hecha por los trabajadores mismos o no será.
Algunos de los sindicatos que han usado el término para definirse han rechazado la injerencia partidista salvo que dicho partido sea comunista, trotskista, guevarista, maoísta, socialista revolucionario o incluso, en una posición no de izquierdas, nacionalsindicalista en España. En algunos países, sindicalismo revolucionario se toma como sinónimo del anarcosindicalismo, o como su antecesor, tanto por la tesis del accionar sindical que busca la negociación laboral-patronal directa y rechaza realizarla a través del gobierno como por aquella que busca organizar la sociedad a través de asociaciones laborales.
El sindicalismo revolucionario nace en Francia a fines del siglo XIX, a partir de las crisis internas que sufrían las corrientes sindicales socialistas y anarquistas. A fines del siglo XIX los socialistas había comenzado a inclinarse por la vía democrática y la promoción de los cambios sociolaborales mediante una presencia creciente en los parlamentos; eventualmente este camino conducirá a la creación del Estado del bienestar en el siglo XX. Por su parte, los anarquistas se habían volcado a la vía terrorista bajo el principio de "propaganda por el hecho", lo que llevó a ser víctimas de una durísima represión y un gran aislamiento.
A partir de 1895 un grupo de dirigentes sindicales dirigidos por el anarquista Fernand Pelleutier y el socialista Victor Griffuelhes, preocupados por el aislamiento en que se encontraba el movimiento sindical, comienzan a sostener la necesidad de que la organización sindical sea independiente de las corrientes ideológicas y políticas, lo que históricamente significaba mantener a los sindicatos fuera de los compromisos políticos de los socialistas y de las acciones violentas de algunos anarquistas, al mismo tiempo que abrir una tradición de convivencia pluralista en los sindicatos.
La Confederación General del Trabajo (CGT) francesa, creada en 1895, evoluciona gradualmente hacia las posiciones sindicalistas revolucionarias que finalmente se imponen en el Congreso de Amiéns de 1906, donde se redacta la Carta de Amiens documento clave y fundacional del sindicalismo revolucionario redactado por Victor Griffuelhes, donde se establece una estricta distinción entre el sindicato y la ideología política.
Como consecuencia, en aquello que concierne a los individuos, afirman la entera libertad para el asociado, de participar, fuera del grupo corporativo, en cualquiera de las formas de lucha que correspondan a su concepción filosófica o política, limitándose a exigirle, en reciprocidad, no introducir en el sindicato las opiniones que profesa fuera del mismo.
En lo que concierne a las organizaciones, deciden que con el objeto de que el sindicalismo alcance su máximo de efectividad, la acción económica debe ejercerse directamente contra la patronal, no teniendo las organizaciones confederadas, como asociaciones económicas, qué preocuparse de los partidos y de las sectas que, afuera y al margen, puedan perseguir, en absoluta libertad, la transformación social.
El sindicalismo revolucionario concede una gran importancia estratégica a la huelga, y en especial a la huelga general, exaltándola como eje central de la acción sindical.
El principal teórico de sindicalismo revolucionario en Francia fue Georges Sorel (1847-1922), quien desarrolló sus ideas fundamentalmente en su conocido libro Reflexiones sobre la violencia (1908). A través de Sorel, el sindicalismo revolucionario influenció considerablemente a Mussolini y el movimiento fascista (una de las diferencias teóricas entre el fascismo originario -y el de su última etapa en los años 1944 y 1945- y nacionalsocialismo).
En Italia, el sindicalismo revolucionario se desarrolló a partir del socialismo (PSI). Sus máximos exponentes fueron Arturo Labriola y Enrico Leone que rechazaban la opción por la acción parlamentaria que había adoptado el Partido Socialista Italiano. Sostienen entonces que es el sindicato y no el partido la verdadera organización de la clase obrera. En 1912 crean la central sindicalista revolucionaria de Italia, la Unión Sindical Italiana (USI), opuesta a la CGL. Arturo Labriola escribe que los obreros deben luchar para realizar en el mundo la forma igualdad sindical que se desprende de las exigencias de la vida sindical. Deben obligar a la vida a tomar una forma exclusivamente sindical.
El acto revolucionario de la toma de posesión de los instrumentos de producción de una rama de industria por el sindicato obrero de la misma determina el paso del capitalismo al socialismo

Encuentro con el anarquismo
En algunos países el anarcosindicalismo se inspiró en el sindicalismo revolucionario, y con el tiempo se identificaron, a tal punto de que en muchos lugares, en la actualidad, el término sindicalismo revolucionario es casi un sinónimo de anarcosindicalismo. Esto sucede, ejemplo en algunos países de Europa Occidental. Existen organizaciones sindicales que reclaman el nombre de sindicalistas revolucionarias sin declararse anarquistas, pero que son muy cercanas a los planteamientos anarquistas o son escisiones de sindicatos anarquistas. Por ejemplo en Estados Unidos, Industrial Workers of the World), conocida popularmente como los Wobblies, creada en 1905, se desarrolló un sindicalismo revolucionario muy cercano al anarcosindicalismo, siendo sus integrantes hasta hoy en gran parte anarquistas, oponiéndose tanto a la legislación obrera como a los contratos colectivos de trabajo que impulsaba la American Federation of Labour. Así también algunos dirigentes sindicales proanarquistas o sindicatos de anarquistas que no se apegan estrictamente a los principios del anarcosindicalismo se declaran sindicalistas revolucionarios.
En otros países, como Italia, el sindicalismo revolucionario inspiró el nacimiento del fascismo. Este fue el aporte del sindicalismo revolucionario al fascismo a través de Labriola, Michels, Panunzio, Orano y Mussolini. Durante la guerra del 14 el sindicalismo revolucionario se convertiría en sindicalismo nacional y así en fascismo.
También se considera sindicalista nacional (nacionalsindicalista) al movimiento político Falange Española de las JONS y a su ideología, el Nacionalsindicalismo, hoy representada en el plano sindical por la Unión Nacional de Trabajadores (UNT).
En América del Sur y Francia, el sindicalismo revolucionario se desarrolló desde el socialismo de inspiración marxista, y desarrolló una cultura de sindicatos y centrales unitarias, autónoma de los partidos políticos, en los que podían convivir diferentes corrientes ideológicas.
En la Argentina, el sindicalismo revolucionario fue una de las corrientes sindicales que más influyeron en la fundación del peronismo. Especialmente importante fue Luis Gay, presidente de la Unión Sindical Argentina (USA), de tendencia sindicalista revolucionaria, quien adhirió al peronismo, siendo luego secretario general de la Confederación General del Trabajo y fundador del Partido Laborista, decisivo en la victoria electoral de Juan Perón en 1946.
Debido a la fuerte influencia del sindicalismo revolucionario en Argentina, no se limitó al peronismo, sino que no tardaron en aparecer los sindicatos revolucionarios asociados a organizaciones guevaristas. En la actualidad la organizaciones que se reclaman como sindicalistas revolucionarias en todo el mundo son las que de alguna forma se relacionan con los movimientos anarquistas, comunistas, maoístas, guevaristas, trotskistas. Diferentes vertientes del sindicalismo revolucionario se han organizado en asociaciones internacionales: en 1923 la vertiente anarcosindicalista creó la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT); en 1938 la vertiente trotskista creó la Cuarta Internacional; en 1945 la vertiente comunista creó la Federación Sindical Mundial (FSM).
Definiciones contrapuestas
Historiadores y teóricos sociales mantienen definiciones contrapuestas respecto del sindicalismo revolucionario. Aparte de la bastante evidente contraposición entre el sindicalismo revolucionario y la socialdemocracia, en sus expresiones política y sindical, existen versiones diferentes respecto de la relación entre sindicalismo revolucionario y anarcosindicalismo, entre sindicalismo revolucionario y anarquismo. Las tensiones por definir un movimiento autónomo, también del anarquismo, las podemos encontrar en el sindicalismo revolucionario a lo largo de sus etapas de auge y de decadencia.
Edouard Dolléans glosando la figura de Émile Pouget, secretario adjunto de la CGT francesa y director de su publicación La Voix du Peuple en los primeros años del siglo XX, escribe: "...fue uno de los primeros, el primer anarcosindicalista, expresión que parece inexacta, porque el sindicalismo revolucionario es una ruptura tanto con el anarquismo como con el socialismo".
Por contra, historiadores actuales opinan que sindicalismo revolucionario y anarcosindicalismo no sólo no son antagónicos sino que además suponen una síntesis de marxismo y anarquismo: "Precisamente el anarcosindicalismo, o sindicalismo revolucionario, quiso ser una síntesis entre la teoría marxista del análisis de clase o de su concepción del proceso histórico y la tradición anarquista de lucha sin intermediarios políticos".
Sin embargo Victor Griffuelhes, secretario general de la CGT francesa y uno de los artífices de la Carta de Amiens, parece más cercano a la primera tesis: "los unos se esfuerzan por vincular los orígenes del movimiento obrero actual a los principios expuestos por la concepción anarquista; los otros se dedican, por el contrario, a hallarlos en la concepción socialista... En mi opinión, el movimiento obrero no se remonta a ninguna de esas dos fuentes. No se vincula directamente a ninguna de esas concepciones que quisieran disputárselo: es el resultado de una larga práctica, creada mucho más por los acontecimientos, que por tales o cuales hombres".
Es más, según Dolléans que conoció personalmente a los autores de la Carta de Amiens, considerada generalmente como el origen programático del sindicalismo revolucionario, la referencia a las sectas en el segundo apartado estaba destinada a los anarcosindicalistas.
Salvador Seguí, secretario general de la CNT asesinado por pistoleros de la patronal en 1923, y denostado por ciertos anarquistas puristas, hace una llamada a la integración y al trabajo de los anarquistas en la CNT: "Hoy no espanta, como en otros tiempos, el Anarquismo... Gracias a la influencia ejercida por los anarquistas, pudo darse el caso de que la organización sindicalista aceptase en los Congresos Regional de Catalunya y Nacional de los años 1918 y 1919 respectivamente, la declaración incluyendo que nos dirigíamos a la conquista del comunismo libertario, cosa que quizás hubiera sido rechazada el año 1914 por el alejamiento de los anarquistas de las organizaciones".
Para Seguí el anarquismo encuentra su razón de ser en el sindicalismo y éste se convierte en su avanzada, en el elemento que "substituirá los valores burgueses y capitalistas". El Noi del sucre resume perfectamente esta simbiosis con la metáfora de "El genio del anarquismo y el hombre práctico del sindicalismo", en una conferencia en la prisión de La Mola, en Mahón, a finales de 1920.
Pero es evidente que no todos los anarquistas tenían la misma concepción de clase y que ello provocó conflictos con el sindicalismo revolucionario. Para Federico Urales, destacado propagandista anarquista y editor de la Revista Blanca, "el comunismo libertario no es un ideal de clase y por tanto no tiene que estar defendido solamente por los trabajadores, sino por cuantos individuos lo sostengan, aunque no dependan de un jornal".

La táctica de la acción directa
Para los sindicalistas revolucionarios el modo más eficaz de obtener resultados a corto y largo plazo era "la acción directa y colectiva de los trabajadores, movilizados principalmente contra los patrones en el frente de la lucha de clases y más generalmente contra la totalidad del sistema sociopolítico sobre el que se erigía la economía capitalista".
Dolléans plantea que, a pesar de la oposición en espíritu y táctica entre la Federación Americana del Trabajo y el sindicalismo revolucionario francés, éste tomó de la organización sindical norteamericana el método de la conquista directa. En especial, la propuesta que los trabajadores se diesen a sí mismos la jornada de 8 horas generalizando un movimiento que debía culminar el 1º de mayo de 1886, mediante la suspensión del trabajo para los patronos que no aceptasen la reducción de jornada. Este modelo de actuación fue imitado por la CGT francesa en su Congreso de Bourges (1904), marcándose el 1º de mayo del 1906 como fecha límite y día en que los trabajadores y trabajadoras abandonarían las fábricas al acabar su octava hora de trabajo. El resultado final no fue la conquista de la jornada de ocho horas en la fecha programada, pero sí 2 años de agitación y lucha por la reducción de la jornada que acabó afectando directamente al sector de la minería y de manera parcial a otros.
Pero, la acción directa era una táctica a utilizar cotidianamente, que permitía mejoras inmediatas y preparaba a la clase trabajadora para las grandes conquistas. En una conferencia en 1904, Griffuelhes define así la acción directa: "... quiere decir acción de los obreros mismos, es decir acción directamente ejercida por los interesados... Por la acción directa el obrero crea el mismo su lucha, es él el que la conduce, decidido a no dejar a otros sino a él mismo la tarea de emanciparle. La lucha debe ser de todos los días... Hay,..., una práctica cotidiana que va creciendo hasta el momento en que, llegada a un cierto grado de poder superior, se transformará en una conflagración que nosotros llamamos huelga general y que será la revolución social".
Veinte años después Peiró profundiza aún más en la definición de acción directa, para darle un contenido aún más decididamente político. En un artículo en Solidaridad Obrera titulado "Nuestra acción política es la acción directa", señala: "La acción directa utilizada sólo para resolver los litigios entre el capital y el trabajo, de tú a tú, patronos y obreros... y para disputarles a los gobernantes alguna presa, es una pobre acción directa,... es acción directa toda acción popular que, echando de lado a los políticos profesionales y al sistema parlamentario,.., se oponga a todos los vicios, corrupciones e injusticias... y destruya todos los obstáculos opuestos por el Estado a las iniciativas liberadoras del pueblo. Y repitamos una vez más que esta acción, concebida en los medios proletarios, no ha de ser sólo practicada por y para el proletariado, sino también por el pueblo y para el pueblo".
En resumen, estos elementos definirían sustancialmente el sindicalismo revolucionario: "La clase obrera constituía la fuerza para el cambio; el ámbito económico, su campo de batalla natural; la acción directa, su arma natural, y las asociaciones obreras autogestionadas, los agentes naturales para unir, ordenar y aplicar el poder colectivo y transformador de los obreros".

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