Hoy por Hoy
Martes 20 de Diciembre de 2016

No porque lo diga Depardieu

"Me sorprendió la mala calidad de la televisión argentina. Creo que es la peor que vi en mi vida. En realidad no es televisión: es pornografía. En los 10 días que estuve nunca la pude mirar más de cinco minutos", dijo el actor francés Gerard Depardieu.

El protagonista de Novecento presentó en el teatro Colón un espectáculo que lleva su apellido y se lo vio interpretando escenas de Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand, Ruy Blas, de Víctor Hugo, y Carnaval de animales, de Camile Saint-Saëns. Sin ánimo de caerle bien a su público, ególatro como pocos y fiel a su estilo, el millonario no solo criticó despiadadamente la grilla local, también el malbec argentino. Podríamos preguntarnos con qué moral habla un tipo que se hizo ciudadano ruso vía Vladimir Putin para no pagar impuestos en su país, pero es obvio que recorre el mundo y que su profesión le da herramientas para establecer comparaciones en lo que se refiere a la industria cultural. Además, a las pruebas nos remitimos, el reinado absolutista del medio más popular de los últimos decenios terminó hace tiempo y la calidad fue decreciendo a pasos agigantados con decisiones desesperadas en la lucha por permanecer.

Por un lado fueron los cambios de costumbres. Las nuevas generaciones acuden cada vez más a Internet, a los juegos electrónicos o al chateo en detrimento de la pantalla chica. La tele, con la programación que ofrece, aparece como una alternativa más, que para muchos y sobre todo los que tienen acceso a varias pantallas, fue quedando desdibujada frente a las otras propuestas más novedosas. Pero también los fabricantes de los productos han hecho lo suyo para que decaiga, y esto no necesitamos que lo diga Depardieu.

La programación, ya desde la época de Porcel y Olmedo insulta la inteligencia del tele espectador. Abundan los programas de juegos que no dejan ningún tipo de mensaje, reality-show en los que encierran a personas comunes a convivir e intentan mostrar sus más bajos instintos, noticieros sensacionalistas con poco contenido periodístico, programas de chimentos en donde se han hecho hasta test de embarazos en vivo, programas de fútbol en donde cinco tipos se deshacen en análisis descorazonados, encima ya con el "diario del lunes".

La propuesta de Marcelo Tinelli es ícono de la decadencia televisiva con la cosificación constante de la mujer, sin olvidar las históricas cámaras ocultas en la que promovían mofarse de la reacción de la "víctima", con participantes que ventilan todas sus miserias para mantenerse con rating aunque esto implique exponer a sus familias y como corolario un jurado paupérrimo que poco analiza las dotes para el baile, porque ellos mismos no lo tienen. La falta de creatividad y originalidad los puso en jaque, y por sobre todas las cosas la subestimación del espectador.

La TV argentina es señalada como un terreno de explotación comercial camuflada de servicio público, artístico, humanitario, político, propagandístico y una gran cantidad de rubros más. La realidad es que el público no manda, solo elige entre lo que los empresarios le proponen ver. Instalaron la idea de un espectador modelo que llega cansado de trabajar, se calza las chancletas y se apoltrona a ver algo básico, que lo haga reír de la infelicidad ajena, que le muestre cuerpos desnudos y que no lo obligue a pensar ni estimule su juicio crítico. Debería discutirse sobre la calidad de los contenidos televisivos, no para cambiar la opinión de Gerard Depardieu, sino por respeto a quienes consumen los productos televisivos.


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