A Fondo
Domingo 08 de Mayo de 2016

Mundos paralelos


Daniel Caraffini | De la Redacción de UNO
dcaraffini@uno.com.ar

Hay un mundo para quienes van por el camino y que observan imágenes como parte del paisaje cotidiano; y hay otro, para quienes pasan sus días allí desde hace muchos meses, que es parte de su rutina diaria. 
Dos mundos paralelos: uno que pasa rápido, a más de 100 kilómetros por hora; y otro muy lento, demasiado, al ritmo de la bajante del río, a la espera de poder regresar a lo que puede haber quedado de sus casas.
Entre medio, un accidente, una vida que se apaga y que poco se sabe si tuvo que ver con esa otra realidad que existe al costado del camino. Se dijo que la joven volanteó ante la presencia de un perro que se encontró muerto en el lugar, aunque pudo no haber sido la causa.  
Ese accidente que terminó con la vida de una ingeniera paranaense que hacía su posgrado en Santa Fe nos conmociona solo por un rato.
Acostumbrados, quienes habitualmente viajan a la vecina orilla tal vez no perciben los riesgos; lo mismo les puede pasar a aquellos que observan el entorno en un paseo esporádico, pero la tragedia está latente entre los centímetros que separan ambas realidades.
Los niños de los asentamientos que se ubican cerca de La Guardia juegan al costado del guardarrail, y los autos pasan a más de 120 kilómetros por hora. Ellos tiran la pelota, corren y se empujan a la vera de una ruta nacional. ¿Habrá que esperar una tragedia mayor para entender que la reubicación de esas personas, con sus baños sobre la banquina, desde hace meses, fue una absurda y temeraria decisión? 
El ganado asoma sus cabezas cerca del destacamento de Gendarmería porque ya no tiene tierra para moverse. Caballos trotando, boyeros, cajones de abejas, todo amontonado porque el agua los ha cercado.
Y la vida sigue como si nada. La gente se acostumbra a su realidad. Pero qué pasaría si los animales se cruzan; qué haría un conductor si un niño se encuentra corriendo en la ruta porque su perro se cruzó o la pelota se le escapó. ¿Hay tiempo de reacción? ¿Esa reacción terminará provocando un accidente automovilístico? ¿Se puede prevenir?
A diario se refleja con fotos el devastador panorama que va demarcando la creciente de los ríos y las intensas lluvias en gran parte de la vecina provincia. Entre ellas describieron que entre los 18 kilómetros que separan la ciudad de Santa Fe –desde la fuente de la Cordialidad– hasta el ingreso al túnel subfluvial se cuentan cientos de vacunos, equinos, ovejas, chivos y perros. Se los ve pastando, contenidos por el tendido de precarios boyeros eléctricos o deambulando con andar cansino sobre ambas márgenes de la ruta nacional 168 e incluso, en el cantero central de la autovía. Aprovechan el poco pasto que queda, apurados por el hambre, lindando a la traza y ocasionando peligrosos para los conductores y para cuidadores. 
El panorama, cierto, es complejo. Mínimamente, habría que garantizar el funcionamiento del alumbrado público que ese extiende por toda la vía, pero que usualmente tiene sectores fuera de servicio. También una presencia permanente de Gendarmería, que impongan reducción de velocidad a la altura de los asentamientos, o donde los animales pastan. 
La Ley Nacional de Tránsito y Seguridad Vial Nº 24.449, establece en el artículo 25: “Es obligatorio para propietarios de inmuebles lindantes con la vía pública (...) tener alambrados que impidan el ingreso de animales a la zona del camino”; o en su artículo 48: “Está prohibido en la vía pública (...) dejar animales sueltos y arrear hacienda”.
Atados con alambres, casi literalmente, en precarias construcciones, sin la protección que deben propiciar las autoridades, hay vidas que quedan libradas a la mano de Dios, a suerte o desgracia.

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