Hoy por Hoy
Sábado 18 de Junio de 2016

Muerte y silencio

La primera vez que entré a La Candelaria sentí mucho frío. Atardecía aquel martes de invierno de 2003 y a los Gill todavía los buscaban vivos. Era un frío sobrecogedor. Nos metimos sin pedir permiso en la estancia donde había vivido la familia desaparecida, tal vez violando la propiedad privada, pero no había a quién pedirle permiso, y tomamos unas imágenes que aún hoy se utilizan.

Asomado por la ventanita de la casita del peón vi la garrafa desconectada. “Se la estaban por llevar. Se fueron sin decir nada estos ingratos”, me diría después Alfonso Goette. Lo conocí esa tarde, primero por mentas.

Los vecinos decían que era terrible: si un chancho se metía a un sembrado, lo mataba. Si era un perro el que cruzaba el alambrado, no corría mejor suerte. Lo vimos en su casa de Seguí. Allí, en el cálido living, se grabó la única nota televisiva en la que Goette habló de la familia desaparecida de su campo.

Antenoche cuando me enteré de su imprevista muerte sentí el desconcierto de la intuición fallida. Yo creía, estaba seguro, que antes de morir el hombre iba a contar algo más del caso, lo que él sabía, para irse más tranquilo. Era una corazonada. No solo por la Biblia ajada de varias relecturas que vi en su casa, sino porque siempre tuve la impresión de que al hombre le molestaba lo que tenía en el buche.

Solía ver hasta hace unos años a uno de los hermanos del Mencho Gill sentando en la vereda de su casa, por el Paracao, como mirando lejos, pensando tal vez en estas cosas, en que no pudieron despedirse, qué sé yo... Capaz que aquel hombre que veía en la vereda ya murió. No lo vi más, pero recuerdo su postura, mirando lejos aunque el horizonte fuera la vereda de enfrente.

Era la misma postura que adoptaba Goette cuando hablamos del caso. Con el tiempo sentí que aquella nota entreabrió una pequeña puerta de la esquiva personalidad del productor agropecuario, y que tal vez no supe aprovecharla para indagar. Después de aquel reportaje, Goette se apareció por mi casa algunas veces, a la hora de la siesta, para hablar del tema. No le gustaba hablar adentro, íbamos a alguna plaza o un parque, y hablaba siempre mirando lejos. Me explicó versiones diferentes a lo que había dicho antes: que una secta, que la enfermedad de Mencho Gill que le impedía tener vida de pareja con su esposa, que la promesa de mejor trabajo de un conocido en Tucumán, que las deudas...

No recuerdo con precisión los encuentros. La memoria para los detalles nunca fue mi fuerte, y seguramente debí haber tomado notas de las charlas. Lo que sí recuerdo es la sensación de que muchas veces estuvo a punto de contar algo más, y que se frenaba al límite de hacerlo. Era obstinado al sostener, por ejemplo, que la Policía lo había tratado como si fuera cualquier hijo de vecino durante la investigación.

Decía que los Gill habían sido ingratos por irse sin avisar. Varias veces me dijo que me tenía confianza y que por eso se arrimaba a charlar. Yo creo que él presumía que yo sabía algo más del tema, tal vez porque tengo parientes en la zona, o tal vez porque nos aparecimos por su casa de prepo y con varios datos cuando el caso todavía no era resonante. Y tal vez por eso, cuando se convenció de que yo no sabía nada más, simplemente dejo de verme. No quiero ser injusto en la apreciación, y menos detenerme en especulaciones, aunque algunas parezcan obvias.

La relación con Mencho se había deteriorado y la comunicación de Goette era más con su esposa. En las charlas hablaba mucho de la nena más grande, que estaba ingresando en la adolescencia, y del más chiquito de los cinco hermanos. Decía que los extrañaba. Goette sabía más de lo que dijo.

Siempre pensé que antes de despedirse de este mundo iba a aportar algún dato a la investigación. La muerte, que llega a veces de manera inesperada, le arrebató sus secretos, si los tenía. Yo creo que sí.

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