La Provincia
Domingo 15 de Noviembre de 2015

Mi tierra está llenita de forasteros

En busca de una respuesta de los candidatos a las poesías de Román, Yupanqui y Ortiz

Tirso Fiorotto/ De la Redacción de UNO
tfiorotto@uno.com.ar

Entre Ríos es un país de campesinos sin tierra. Decenas de miles de chicas y muchachos con padres o abuelos campesinos vagan por los barrios sin expectativas, desterrados, librados sin armas al comercio de voluntades. Eso, cuando han logrado permanecer aquí. Otros cargan parecidos desamparos en barrios de Buenos Aires, de Rosario.
Son familias que se marcharon de sus casas empujadas por el gran capital.
Ya las veían hace varias décadas los poetas y todo fue desmejorando. “Derrumbados afanes fundadores, taperas,/ montoncitos de historia, rastros de vida rota./ Adiós querencia, hogar, enseres, sementera,/ tanta gente sin tierra por la tierra rebota”, decía Marcelino Román.
“Para que esta tierra se hiciera para nadie/ fue necesario que os arrojaran a los caminos”, decía Juan. L. Ortiz y en la misma línea aportaba Atahualpa Yupanqui: “Mi tierra está llenita de forasteros/ campesinos sin campo, indios sin cerro,/ qué tremendo silencio sobre nosotros”.
Los jóvenes
Un principio milenario de este suelo conocido como yanantin explica el equilibrio que surge de la paridad que se muestra como oposición pero es complementaria. Por ejemplo, la mujer y el hombre consumando la persona humana. Los entrerrianos perdimos en estas últimas siete décadas el yanantin, porque el equilibrio entre sociedad urbana y sociedad campesina fue destruido con el éxodo rural.
El acaparamiento de tierras, la extranjerización, el copamiento de las propiedades por sectores muy alejados de los temas campesinos (militares, profesionales, futbolistas, banqueros, políticos, pooles), no solo desterró a las familias afuera de la provincia o las hacinó en los barrios, sino que además destruyó un tejido cultural milenario.
A pesar de todo, los jóvenes se juntarían, gustosos, en cooperativas, formarían con agrado un ayllu, una comunidad donde vivir y trabajar y tejer los sueños.

Allí le cantarían al amanecer, allí sembrarían el maíz si tuvieran dónde, cultivarían tomates, criarían pollos.
Pero no: el régimen los ha condenado como ciudadanos de segunda y los mantiene confinados. El destino de esos jóvenes es el subsidio apaciguador, alguna labor más o menos precarizada y, cuando molesten un poco, la cárcel.
No la esclavitud, no, porque el gran capital, para que su máquina se mueva, necesita a esos jóvenes en el ejército de consumidores.
Pobres y atormentados de propaganda, es probable que las pocas monedas que les lleguen sean usadas en la compra de las estupideces que el mercado necesita meterles.

¿Quién se opone?
El campesino convive con la naturaleza, entra en una relación de armonía que puede ser un ámbito de libertad y conocimiento, de vivir bien. Con austeridad y con solidaridad. Pero ¿quién se opone?
El régimen. El capital. Porque el régimen está hecho para los privilegiados que acumulan 500.000 hectáreas en una sola familia y desplazan así a 500.000 familias que podrían desplegar sus modos, sus oficios, desplegar sus alas, compartiendo el suelo y cuidando el paisaje.
¿Pero es que hay en verdad grupos que se han adueñado del destino de los argentinos, de los entrerrianos? Por supuesto, grupos que reinan, hacen y deshacen a su antojo, y privan al resto de sus derechos.
Si los argentinos somos 40 millones, es decir algo así como 10 millones de familias de cuatro integrantes, hay que decir que con la tierra usurpada por sólo 20 familias todas las familias del país tendrían una hectárea.

La guerra no es, como se ve, con todos sino con una camarilla que decidió acaparar, y esos terratenientes (digamos 100), los mayores poseedores de la tierra, nada tienen que ver con el cultivo, con la crianza, con el amor a la Pachamama.
Cuál sacrificar
Dice el investigador entrerriano Américo Schvartzman: “Una de las contribuciones más interesantes de Alejo Peyret es su concepción de la ‘democracia agraria’, en la que centra su análisis del problema de la tierra, y su planteo de que entre ‘la estancia’ y ‘la colonia’ (las dos formas de producción que a partir de su labor comenzaron a convivir en Entre Ríos) había una contradicción insoluble y de cuya resolución dependía el futuro de la república. ‘Ha llegado el momento de decidir cuál de estas dos señoras ha de sacrificarse’, le escribe a Urquiza, en la saint-simoniana ilusión de que este, irrepetible espécimen de estanciero ilustrado e industrialista, comprendiera su idea igualitaria y optara por liquidar ‘a esa señora’ que era precisamente la base de su poderío.
Y es que las colonias organizadas por Peyret estaban afincadas en las tierras particulares que Urquiza había provisto para ello (y también que por aquellos años, no había gran diferencia entre lo que era público y lo que era del General en estos lares).
Peyret vincula la idea de la subdivisión de la propiedad rural a la cooperación, y a la ‘democratización de la propiedad aristocrática, la propiedad puesta al alcance de todos los trabajadores, de todos los hombres de buena voluntad, de corazón puro y de generosas intenciones…’ Esa reforma agraria, gradual e incruenta –añade Américo-, la soñó como proyección natural del escenario post-Caseros y la Constitución de 1853. En su Visita a las colonias… cree ver su sueño realizado en la provincia de Santa Fe, donde ‘los latifundios, los desiertos poblados por excepción, han desaparecido para dar lugar a la subdivisión de la propiedad…’ Esa era la base para una democracia sostenida en una pequeña y media burguesía del campo, surgida de la inmigración colonizadora, y preparada para el cooperativismo”.
Macri y Scioli
Hace siglos que en Entre Ríos se discute y fuerte el problema de la propiedad y la tenencia de la tierra. Siglos. Aparte de las luchas sangrientas desatadas por pueblos nativos para sobrevivir, la misma autoridad europea (Rocamora) apuntó al latifundio como fuente de males. Ni hablar de Artigas que expresó en su Reglamento el modo de hacer justicia.

¿Por qué los candidatos Mauricio Macri y Daniel Scioli esquivan este problema? En Buenos Aires, sectores de izquierda acusan al macrismo y al kirchnerismo de connivencia a la hora de votar a favor de los intereses del magnate Eduardo Elsztain, el mayor terrateniente y banquero del país.
Pero vamos a suponer que le dejen sus propiedades al amigo que tienen en común, ¿y el resto?
Vastos territorios fueron cercados como zonas de sacrificio. La expulsión de las familias da lugar a los negocios del gran capital (que expulsa y enferma). Hasta ahora los sectores autoproclamados neoliberales o progresistas, cualquiera de los dos, le han ladeado el cuerpo al gran problema argentino. ¿Por qué no pensar que un nuevo gobernante, aún de sectores que vienen del riñón del régimen como Scioli y Macri, puedan sorprendernos con una política activa en favor de la distribución de tierras para una economía sustentable?

El debate
Si bien podemos fundamentar nuestro pesimismo, gane quien gane, no deja de extrañarnos que el tema no sea puesto sobre la mesa por esa variedad de organizaciones que debieran mostrar planes bien desarrollados.
Con otras políticas, millones de jóvenes tendrían un lugar en el territorio, la biodiversidad escaparía de la encerrona actual, y se acotarían los múltiples problemas que provoca el hacinamiento. ¿Estará eso en el debate?

¿Cuántas chicas y cuántos muchachos rebotan por ahí? ¿Irán los jóvenes por su lugar? Pero ¿qué hacer, cuando el mismo régimen los ha alejado del territorio y muchos no ven allí un lugar amigable sino un sector extraño?







 

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