A Fondo
Martes 08 de Diciembre de 2015

Mi “antiprincesa” preferida

Liliana Bonarrigo / De la Redacción de UNO
lbonarrigo@uno.com.ar

Durante la Segunda Guerra Mundial, mi nona Rosa caminó desde su pueblo, Gualtieri Sicaminó, hasta Messina para tener noticias de su marido, cuyo destino militar era Forte “Consagra” (Gonzaga), una de las 14 fortificaciones que el ejército italiano, integrante del Eje, tenía en esa ciudad. Al no recibir su habitual correspondencia, y sabiendo que mi nono Francesco había estado muy enfermo, dejó a sus tres pequeños hijos con sus hermanos y caminó más de 50 kilómetros por senderos de los montes Peloritani, solo para saber si su amor seguía vivo. Fue antes de la Operación Husky, como le llamaron los vencedores al desembarco de los aliados en Sicilia. Después de eso la isla fue un pandemonio. Años más tarde, ya viuda, Rosa dejó su patria desgarrada por la guerra, en busca de un mejor pasar en América. Unos pocos ahorros y cuatro hijos fueron su único capital. Llegó en 1948, después de un terrible mes dentro de un camarote de tercera clase. Tenía treinta y pico de años y jamás volvió a casarse. Su mayor preocupación fue que sus hijos tuviesen una buena vida y fuesen personas de bien. 

Mi abuela murió siendo yo muy chica por lo que tengo el recuerdo vago de una anciana menuda yendo y viniendo en la cocina, o tejiendo crochet. Sus anécdotas repetidas en las sobremesas familiares por mi padre y mis tíos, forman parte de mi identidad.

Ella era una mujer común, casi sin estudios, educada en una sociedad patriarcal que vivió las miserias de una guerra hecha por hombres. Fue una trabajadora incansable, protectora de sus seres queridos, inquebrantable. Según la familia, físicamente me parezco bastante a ella, aunque mi anhelo haya sido siempre parecerme en carácter, fortaleza y valentía. La Nonna es para mí una especie de heroína de carne y hueso, sin corona de princesa ni súperpoderes. Por eso, hace unos meses, me maravillé cuando una editorial autogestiva editó una colección de libros infantiles denominada “Antiprincesas” con la intención, no solo de desarticular estereotipos de género, sino también de contar las vidas de mujeres terrenales y cercanas.

En una primera instancia, las editoriales Sudestada y Chirimbote lanzaron las historias de Frida Kahlo, Violeta Parra y Juana Azurduy.

Nadia Kina, maestra jardinera, periodista y escritora, es la autora de los textos; Pitu Sáa es quien los ilustró y Martín Azcurra, el responsable del diseño. Cada una de las mujeres que abren esta colección trascendió como representante de la cultura y de la historia de su país, aunque no son tan populares como debieran serlo. Y es que las mujeres que pelean por trazar sus propios destinos no encastran en el molde aceptado de la doncella con zapatos de cristal. Quiénes fueron, cuáles fueron sus sueños, sus ideales, sus desafíos, sus contextos históricos, su cosmovisión, son historias dignas de ser leídas por niños y niñas. Como ya se dijo en otra oportunidad en esta misma columna, los cuentos de hadas y princesas refuerzan la imagen de mujeres pasivas que solo sueñan con casarse y hacer feliz a un príncipe proveedor. Las heroínas propuestas por Antiprincesas muestran una sana rebeldía hacia ciertos mandatos sociales, son tesoneras e incansables en pos de sus sueños. Hay que darles a los chicos la oportunidad de acceder a otras historias más próximas a su propia identidad y realidad. Y también acercarlos a los héroes y heroínas anónimos que trabajaron, construyeron, crearon, descubrieron, ayudaron, se rebelaron y desafiaron miedos y enemigos, sin tanta prensa. Como mi Nonna Rosa, mi antiprincesa preferida.
 

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