A Fondo
Sábado 31 de Enero de 2015

Menos flojos de lengua

Hay muy pocas conductas de los padres más nocivas y destructivas para un hijo que el ser tratado en forma despectiva por ellos.

Valeria Girard/ De la Redacción de UNO

vgirard@uno.com.ar

 

Hay muy pocas conductas de los padres más nocivas y destructivas para un hijo que el ser tratado en forma despectiva por ellos.

Es cierto que cada pareja tiene su propia forma de concebir la paternidad, que cada madre y cada padre tiene su modo especial de interactuar con sus chicos. Aún así hay ciertos errores a la hora de comunicarnos, inconscientes tal vez, que pueden tener en los niños (quienes todavía no tienen la madurez suficiente para decantar lo que escuchan) repercusiones funestas.

Tiempo atrás fuimos con mis hijos al cumpleaños de un amiguito. Por cuestiones de cercanía, a pocos minutos de llegar comencé a escuchar el diálogo de una mamá con sus dos chiquitos y sin querer comencé a observarlos. “No tragués agua, no seás bobito”, le gritó en un momento al mayor de sus hijos, de 5 años, que jugaba entusiasmado a tirarse de panza hasta tocar el fondo de la pileta y de repente salió a los tosidos. Ni siquiera le preguntó cómo estaba y lo peor es que lo avergonzó frente al resto de los compañeros de juego. El nene cruzó los brazos en el borde de la pileta, se quedó mirándola fijo por unos instantes, vaya a saber qué pensó, se dio vuelta y salió chapoteando hacia el borde más alejado de nosotras. No lo vi en el resto de la tarde intentar volver a hacer otra pirueta.

“Esta negra es más calzonuda”, me referenció en otro momento mientras la nenita de un año le tironeaba de la camisa para que la tuviera a upa. Lo decía con orgullo. Parecía contenta de que así fuera, porque incluso al alzarla la abrazó y la mimó un ratito. Probablemente lo que me quería decir era que sus hijos eran muy apegados a ella y que eso la hacía feliz. Lo que no hallaba eran las palabras correctas. Lo que no medía era el peso emocional de lo que decía.

Las frases despectivas siguieron toda la tarde, incluso hubo calificativos mucho más hirientes que los que me limité a narrar, por lo que entendí que formaba parte de una rutina diaria.

Me encontré de pronto ensimismada, tratando de hallar mis propias palabras y actitudes nocivas para con mis hijos y mi entorno, para no limitarme a hallar la paja en el ojo ajeno. También recordé mi niñez y volví a rabiar con algunas frases inoportunas en el momento menos indicado por parte de algún familiar directo, que me desmoralizaron y me llevaron mi buen rato de amargura.

El significado de las palabras, el tono y la actitud con la que nos dirigimos a nuestros hijos, les define el valor que tienen.

Sin darnos cuenta usamos palabras duras e hirientes, muchas veces creyendo que los estamos estimulando para que logren sortear un problema o avanzar en algún desafío cotidiano, cuando en realidad terminamos haciéndolos sentir inferiores. Sin mala intención, caemos en el uso de palabras que pueden afectar o herir susceptibilidades y que muchas veces no son las que realmente quisiéramos decir.

Debemos pensar antes de soltar la lengua para evitar que salga toda la agresividad y la acidez y así evitar herir a las hagamos daño a las personas que nos rodean y sobre todo a nuestros hijos.

Somos sus espejos, por lo que los chicos aprenden a usar la palabra como un arma que destruye al que no está de acuerdo con lo que piensan y como consecuencia vemos niños y niñas refiriéndose a sus maestros en términos soeces; escuchamos a los adolescentes descalificar a sus compañeros de clase y amigos con términos como bruto, estúpida, tonto, bobo, boludo, y cuántos más. Además, no tenemos que olvidarnos que las personas actuamos de acuerdo a lo que se espera de nosotros y si mi mamá piensa que soy un inútil, actuaré como tal.

A los padres nos corresponde ayudar a nuestros hijos a desarrollar un gran amor propio y demostrarles que son amados, aceptados y valorados por lo que son.

Las palabras que decimos son capaces de animar, edificar, consolar, dignificar pero también pueden desanimar, destruir, herir, humillar. Depende de nosotros. Intentemos no emitir juicios ni utilizar palabras violentas, intentemos no ser flojos de lengua.

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