Campo
Domingo 27 de Noviembre de 2016

Me niego a llamar "el campo" a la patronal de los latifundios

ubriendo Entre Ríos. El difundido equívoco se disipa fácil con la consulta a poetas que no llaman "el campo" a los dueños de títulos de propiedad, algunos de ellos especuladores, productivistas y explotadores. Presente y futuro

Cuando los panzaverdes decimos "el campo" hablamos de tierra, vida, frutos, trabajo, gauchada, paisaje, y en el paisaje la familia campesina, la chacra; estamos diciendo lomada, arroyo, pastizal, lluvia, amanecer, biodiversidad, alimentos, armonía.
También decimos éxodo, destierro, taperas. Y decimos campo como Pachamama, como oficios y destrezas múltiples y lucha agraria.
Hay en la expresión "el campo" algo de todo eso, y todo eso está muy pero muy lejos del término "campo" que la burguesía terrateniente agarró de rehén para bañarse en prestigios ajenos en los últimos años.
"El campo" no son los ricos ni son los dirigentes empresarios. Esa es una distorsión. A ellos hay que llamarles por sus nombres: ricos y dirigentes empresarios, algunos, sí, productores.
Esta necesidad de precisión en los conceptos se debe a un título periodístico muy ilustrativo. El miércoles leímos en un diario de Buenos Aires: "El campo pagará un bono de $ 2.000 a los peones rurales".
Correcto sería: "El campo cobrará $2.000 de la patronal".
¿Quién es el campo? ¿El que trabaja la tierra o el gran propietario? ¿O el arrendatario que paga por la propiedad y paga al obrero?

La gota gorda
¿Quién es? ¿El que gana dinero con la inversión, el que especula, o el que ama la tierra? ¿Puede haber, también, un punto de confluencia?
En cualquier caso, decir que "el campo" paga y el peón cobra es síntoma de una supina confusión. Hay muchos involucrados en el campo, pero el primero en la lista es el trabajador, sin ninguna duda, es decir: el campo es la mujer o el hombre que se embarran, pasan frío, saben las artes y los oficios del trabajo; el campo es el que monta el caballo o el tractor, es el caballo, es el tractor; el que siembra, riega, poda, cosecha; el que conoce las semillas, los brotes, el que suda la gota gorda.
Todo eso, claro, y sus aledaños. Un empleado, un maestro, un ingeniero, un veterinario, un patrón también.
Pero campo no es capital. Campo no es especulación. Campo no es corporación ganadera ni es agronegocio. Nada de eso agota el sentido de esa voz: campo.
El mismo que ve la tierra como negocio mañana cambiará sus fichas a un plazo fijo. El campesino, en cambio, seguirá labrando la tierra, cuidando los animales, enamorado del paisaje y su gente, sea obrero, arrendatario o pequeño propietario. No está allí para enriquecerse ni para controlar el precio del dólar o el valor de las acciones sino para sencillamente vivir.

No es Anchorena
El capital, la empresa, la sociedad anónima, el alto profesional que hizo unos ahorros e invirtió en estancias por diversión o especulación, el industrial o el político que hizo un colchón y quiere una inversión más o menos fija... Todos ellos medran con la superficie y la valoran en kilómetros cuadrados y en rindes pero no en amores ni en bullicio comunitario.
El campo no es cantidad, el campo es hondura. No se mide, se vive.
Si no hacemos esta distinción nos empantanaremos en debates estériles por los conceptos equívocos. La primera regla de un buen acto de comunicación radica en definir el código, aclarar el significado de las palabras para no enredarnos.
El terrateniente argentino es enemigo del pueblo desde los tiempos de la colonia hasta hoy. El campo, en cambio, es un término amigable que involucra biodiversidad, cultura, artes, trabajo, modos y alimentos.
Aquí veremos el uso de la voz "campo" entre algunos poetas entrerrianos, bien cerca del campesino trabajador (con sus matices, claro está). Ese significado profundo está lejos de la expresión "campo" como sinónimo de Martínez de Hoz o Anchorena. Confundir campo con oligarquía o con alta burguesía es una interminable fuente de enojos.

¿El campo paga o cobra?
La palabra "campo" ha provocado en la Argentina peleas inconducentes. Al naturalizar que el "campo" es la patronal nos resignamos ante un capricho de la prensa de alcance, adicta a los terratenientes. Y ellos no son el campo, definitivamente.
¿Quién es "el campo"? ¿Es el que pagará los 2.000 pesos o el que cobrará los 2.000 pesos?
Si nos refiriéramos al campo como sector, no hay razones para excluir a los peones.
Pero apuntando mejor, ¿por qué llamar "el campo" a personajes de altísimos ingresos y enormes propiedades que en general viven en la ciudad, dan la vuelta al mundo, se conducen en alta gama? ¿Por qué serían "el campo" los que viven, comen, hablan y se relacionan como urbanos y no como campesinos?
¿Entonces si mañana compro los libros de Borges soy el escritor?
No hay aquí una cuestión de celos. Las cosas por su nombre, nada más. El campo es el campo, el estanciero es otra cosa.
Los políticos cercanos a los grandes terratenientes y al negocio inmobiliario difundieron esta distorsión, con complicidad de medios masivos de gran alcance.
Ellos son capaces de decir: "están parados sobre millones de pesos", porque ven en un predio el valor inmobiliario, no la producción, no el arraigo, no la vida a pleno, no el árbol ni el pájaro. Ven lo único que sus parámetros les permiten apreciar: dinero, negocio, especulación, cantidad.

Amaro Villanueva
En asuntos vinculados a la tierra muchos periodistas somos medio "salieris" de Amaro Villanueva, le robamos melodías a él, como dijera León Gieco de Charly García.
Es muy probable que en asuntos de la tierra, lo que digamos hoy ya lo hayan dicho antes Amaro y Marcelino Román, por nombrar poetas periodistas, y también Juan L. Ortiz, y el propio Carlos Mastronardi. Entre tantos.
Y en esto Villanueva es irrefutable. Dice que el "fraude prologal" de los "revolucionarios" de Mayo que combatieron a José Artigas "constituye la clave de las desventuras pasadas y presentes que el pueblo argentino experimenta en su vida económica, política y social".
"Con la derrota de las montoneras en el litoral se consumó la frustración definitiva del espíritu democrático-burgués de la revolución de Mayo, pues esa derrota significó el afianzamiento de las bases económicas feudales preexistentes, sustentadas por los terratenientes porteños, cuya intervención dominante en los gobiernos patrios explica de sobra nuestra recaída colonial".
Tiene razón Amaro. Hoy mismo, llamar "el campo" a los terratenientes es otra recaída colonial que excluye al pueblo.
Villanueva usa la expresión "campo" en cientos de versos y párrafos con una acepción muy distinta a la del capricho actual. Esas referencias están al lado del rancho, el domador, la parva. El campo es el paisaje, el paisano, el trabajo, el espacio común. Incluso cuando le canta al torturado y desaparecido médico rosarino Juan Ingallinella lo hace en la confluencia de las luchas: "por comunistas, por las masas obreras y campesinas", dice en Epitafio.

No son cajetillas
"Las mañanas de hielo, los vivos resplandores, y el campo en su abandono feliz, hondura y pájaro", canta Mastronardi.
Su poema Luz de Provincia es referencia obligada si de Entre Ríos se trata, desde los versos primeros: "Un fresco abrazo de agua la nombra para siempre".
En esa sola poesía Mastronardi repite campo en una veintena de versos, pero ese campo es paisaje, monte, río, pájaros, trabajo, identidad.
Mastronardi y Villanueva miran las cosas desde distintos ángulos y sin embargo coinciden en la mirada integral sobre el campo.
"En su anchura porfían los hombres con la suerte", dice de Entre Ríos, de sus lomas y riachos, y en seguida: "Preparando cada uno los colores del campo, capaz el brazo, justa la boca, el pecho en orden".
No habla de capitalistas, habla de familias campesinas, gente que sabe y practica las faenas, que domina tantas labores.
Para Mastronardi, los del campo no son cajetillas, al contrario. "Una callada gente en cuyos ojos nunca se enturbia el claro día, atardece en sus costas o cruza con haciendas, dichosa en la costumbre y en la amargura, digna".
¿Qué tiene que ver eso con la alta burguesía rural, dispendiosa, soberbia, banquera? Nada.

Campo es paisaje
Veamos otros versos del mismo poema: "El campo se ofrecía misterioso, y sus hombres ganaron soledades, removieron la gracia descuidada y ociosa de unas tierras tupidas".
En Mastronardi el campo es vida. "La vida, campo afuera, se contempla en jazmines, o va en alegres carros cuando perfuma el trigo cortado, cuando vuelve la brisa a trenzas jóvenes y el ocio, en la guitarra, menciona algún cariño".
El hombre de campo no es un tilingo ni es un estanciero de por ahí: es un trabajador de tierra adentro o es un islero. "Se puede, es un agrado, saludar la esperanza, que suele quedar sola, y los medidos actos del hombre que se afirma con la reja en la escarcha o rige noche y día la marcha del ganado".
Es decir, el campo es laburante, el campo es el sudor de un obrero capaz de pasar días y noches sobre el lomo de un caballo cuidando las vacas ajenas. ¿Se comprende, entonces, lo que es el campo para alguien que sabe mirar?
"Cruzan como dormidos los troperos, al paso", y vuelven "de unos campos ardidos por la luz veraniega".
Mastronardi se asombra de "los anhelos atados a un destello del campo, el riesgo, siempre hermoso, y el valor que no brilla". Y vuelve: "es bueno ver los hombres, allí, alegres de campo, rigiendo altos motores, sudando entre las parvas". Entonces, ¿habla de Martínez de Hoz o de Juan Pérez?


Mastronardi, Juanele y Marcelino Román
El campo puede ser gaucho, criollo, gringo, pero el sentido profundo es de trabajo, de armonía del humano en el paisaje.
No es especulación, ganancia, dinero, poder. Mastronardi puede no acudir a reminiscencias aymaras, quechuas, guaraníes, charrúas, gauchas, que le abran el cielo del Abya yala (América), pero tiene sí olfato para su pueblo, y sabe que ese campo del que habla está emparentado con la Pachamama, con la tierra olorosa, y no con la alta sociedad que se tapa la nariz.
Dice Mastronardi de sus paisanos panzaverdes: "Conocen duras penas y alguna vez la dicha, entienden las tormentas, las promesas del campo".
Esas promesas dicen amor, comunidad, gauchada, no dicen "retenciones", no dicen "pool".
"Estos serenos campos fueron selva y ternura de cantos extrañados". "¡Qué vistosas se ponen sus leguas cuando el aire perfuma, y la tarde alza como dormidos vuelos! Yo pondero esos campos, los nombra el afectuoso. Mi corazón es dádiva de su amable silencio".
Así es como un entrerriano habla del campo. Por eso nuestra rebelión ante el uso y abuso aporteñado del "campo" como corporación.
Es quizá el poema más representativo de las entrerrianías, Luz de provincia, y termina así: "Quedo en la brisa, tierno de campo, libre, oscuro. Una vez yo pasaba silbando entre arboledas".
Este poema está incluido en su obra "Conocimiento de la noche".
En "Tierra amanecida" publica una poesía anterior, con ese nombre: Campo. "El campo largo y hondo que humillan alambrados, bajo el día redondo se alegra de sembrados".

Feliz de campo

"Cuánta dicha que se da para nadie, ay, para nadie... He visto los campos iluminados y estrellados de esa dicha" (en Los perfumes solos). Juan L. Ortiz dice campo y dice panorama, historia, acuarela, pobrezas, destierro.
"Si nuestro amor fuera el de la penumbra lenta sobre estos campos..." (En Aquel anochecer cálido de otoño).
"Pero tiene ella un encanto de mujer, de sencilla, de agreste belleza, vestida de un silencio verde y feliz de campo". (En Entre Ríos).
"El corazón del campo está soñando con la primavera" (El corazón del campo).
Y bien: el campo que decimos con estos poetas tiene de antiguo una tendencia a lo comunitario. Las distorsiones de la ganancia como motor de la economía y del individuo como propietario no logran tapar del todo esta verdad.
La chacra familiar es muy parecida a la comunidad que decimos. Allí uno no vuelve a su casa sino a "las casas" que es como decir el pago de uno, el tekohá.
El campo no es enemigo de nadie, el campo es el tekohá, el lugar donde desplegar el tekó porá, el vivir bien y bello.
Los terratenientes buscan camuflarse con el campo para medrar con el crédito ajeno. Esa puede ser su pretensión, pero no son el campo.
"Tanta gente sin tierra por la tierra rebota". Ese es el campo al decir de Marcelino Román que lo conoce bien.
"El rancho ahí, su mundo, su tibieza, la soledad del campo y la pobreza, los viejos con las hijas y la nuera...". Así pinta Marcelino el destierro.
El campo es nostalgia y lucha. El campo comparte, no acapara, no expulsa.
En este campo de batalla, el de la lengua, no hay derecho a la resignación frente a la propaganda del capital que también quiere quedarse con nuestras bellas palabras.
Como remate, dice la noticia del diario de Buenos Aires sobre el bonito de 2000 pesos: "según el presidente de Coninagro, la medida no incluirá a las economías regionales porque, argumentó, siguen en crisis y 'no están en condiciones de darlo'".
Es decir, para la alta burguesía argenta el campo no incluye a los peones ni incluye las regiones que no están a tiro del porteño... ¿Repetiremos nosotros como loros las gansadas?

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