La Provincia
Domingo 20 de Diciembre de 2015

“Me bajé del caballo y me senté a hacer dibujos sobre un tablero”

Diálogo Abierto. Mario Milocco transitó por el oficio de dibujante publicitario y serigrafista hasta encontrar las formas y formatos –variados por cierto– de su expresión artística, sin clausurar la búsqueda. El impacto del origen rural

Julio Vallana / De la Redacción de UNO
jvallana@uno.com.ar


En cierto momento de su vida un grave accidente lo llevó a reflexionar sobre su compromiso con el arte, al cual –no obstante dibujar desde su más temprana niñez– había sobrevolado sin demasiada dedicación y profundidad. Se formó en el ambiente gráfico como dibujante publicitario, serigrafista, transitó el potente mundillo fanzinero porteño de la década de 1980 e integró las revistas O no, Zurmenage y HGO. Por estos tiempos asumió con convicción aquello de que “la inspiración me encuentre trabajando” y por eso sus largas horas diarias dedicadas al dibujo y a explorar las posibilidades artísticas de distintos materiales. Mario Milocco cuenta algo de ese viaje.

“Gringuito de campo”

—¿Dónde naciste?
—En Paraná –por casualidad– porque a mi madre –de apellido Rey– la trajeron al hospital San Martín. Mi primera infancia y hasta los 19 años me crié en el campo, primeramente en Colonia San Martín, Curtiembre –donde nacieron mis padres. En 1969 –cuando tenía 11 años– nos trasladamos a Colonia Hernandarias –al monte, a 15 kilómetros del pueblo–, desde allí me vine a Paraná a trabajar en gráfica y no volví más al campo. También aprendí la cultura del río porque con algunos pescadores –cuando tenía 15 años –íbamos a las islas.

—¿Cómo era Colonia San Martín durante tu infancia? 
—Lo recuerdo todo y cada tanto necesito ir a dar una vuelta por allí –donde vive una tía. El pueblo de Curtiembre no tiene nada que ver con el que dejé y se transformó totalmente. Por entonces conservaba ciertas reminiscencias antiguas y colores propios de su origen, cuando estaban los galpones de Solari y se recibía el cereal. Los Milocco tenían cosechadoras y tractores. 

—¿Vivían en el pueblo o en la campaña?
—A cinco kilómetros, en el campo. Todo el cereal que se cosechaba, se acopiaba y despachaba por el río Paraná, hasta que comenzó a utilizarse el tren y dejaron de existir los puertos. Por eso el pueblo se fue achicando, pero cuando yo era chico se conservaban –y aún se conservan– algunas casas originarias muy lindas.

—¿Qué se veía próximo a tu casa?
—Absolutamente todo era campo. Soy hijo de colonos y éramos productores chicos. Puedo decir que soy un gringuito de campo y que iba a la escuela Primaria a caballo, y en Hernandarias, también. 

—¿La escuela estaba en el pueblo?
—No, también en el campo, aunque en el pueblo estaba la escuela N° 25.  

—¿Qué materias te gustaban?
—Parte de la Secundaria la hice en la Escuela de Artes Visuales y me gustaba mucho Historia del Arte. 

—¿Quiénes de tus ancestros llegaron a la zona?
—Mi abuelo –originario de Údine y uno de los primeros Milocco que llegó de Italia– se radicó en la zona de Oro Verde y San Benito. Se casó con una descendiente de italianos pero nacida en la Argentina –Gianotti– y se estableció en Curtiembre. 

—¿Conociste a tu abuelo?
—No, porque murió cuando mi padre tenía 11 años, eran 13 hermanos.

—¿Se mantuvieron tradiciones originarias en el hogar?
—Poco, porque –según mi viejo– en su casa se hablaba el friulano, era medio rebelde, no le gustaba hablarlo y nunca lo aprendió. Con los años descubrí qué era Údine y el Friuli. Se identificó más con lo criollo, andaba siempre de bombacha, sombrero ancho y le sigue gustando la cultura criolla.  

—¿Cómo era tu vida cotidiana?
—En mi casa había una propensión a escuchar e informarse sobre las noticias por la radio, ya que mientras viví en el campo no había televisión, y mamé eso. Te puedo contar todas las asunciones de presidentes porque las seguí a través de la radio, desde Illia en adelante.

—Escuchar la radio era una especie de ritual.
—Totalmente. Los informativos se escuchaban religiosamente y había que hacer silencio, porque luego venían las necrológicas y era la única forma de enterarse. Había teleteatros y los correos del campo –como el programa de Manuelito Lencina. Además leía con mucha avidez todo lo que caía a mis manos. En la adolescencia escuché más radio –de Paraguay, Uruguay y emisoras porteñas– porque era muy curioso e iba una vez por semana a ver televisión a lo de un vecino. 

—¿Cómo llegaba ese material escrito a tus manos?
—Cuando mi viejo iba de compras a Cerrito compraba diarios y revistas, o había en la casa de algún pariente. Leía Selecciones de Reader’s Digest, Así –la revista de Héctor Ricardo García, que “chorreaba sangre”–, Gente, Siete Días y Panorama… 

 —¿A qué jugabas?
—En Curtiembre tenía tres amigos con quienes jugábamos a los cowboys, con caballos de verdad. No obstante que éramos humildes, tuve una infancia muy feliz. Era hijo único y tal vez por eso siempre me las ingenié para pasarla bien. Sufrí en la adolescencia porque estaba lejos de lo que buscaba. Muchos de mis amigos no querían ir al pueblo porque se sentían discriminados, pero yo empujaba, iba y me hacía amigo de alguno del pueblo. En Hernandarias hubo cine, pero los chicos del campo no me acompañaban nunca. El fútbol no me llamaba la atención. 

—¿Con qué periodicidad iban al pueblo?
—Cada 15 días y era una alegría porque había autos y me gustaban. En Colonia San Martín eran gringos productores, entonces había tractor, camioneta y cosechadora, así que a los 10 años aprendí a manejar un tractor. Cuando fuimos a Colonia Hernandarias el contexto era distinto y no había tanta maquinaria, incluso ahí conocí los bueyes y algún vecino con carro a buey. 

—¿Dibujabas?
—Desde los 3 o 4 años tenía facilidad para dibujar. Me sentaba y dibujaba en cualquier parte, como en los bordes blancos de las revistas y cuando no tenía lápiz hacía trazos en el patio de tierra. Me fluía naturalmente. Luego dibujaba a la gente del pueblo y me hice famoso por eso. Viviendo en Colonia Hernandarias, mi padre vino a Paraná y charlando con un primo mío que trabajaba en la agencia Avero Propaganda, le dijo si yo no quería trabajar. Le comentó a su jefe y le dijo que yo le mandara unos dibujos. Se los mandé, me llamaron para hacer una prueba y me tomé el colectivo. De un día para otro me bajé del caballo y al otro día estaba sentado junto a un tablero de dibujo, algo totalmente nuevo para mí. 

—¿Qué sensaciones te generaba dibujar?
—Me divertía con la cara de los demás por cómo se reían al ver mis dibujos. 

—¿Sentías una vocación?
—No recuerdo algo particular, aunque me gustaban mucho los aviones deportivos y las maquinarias, motos y autos. Si hubiera tenido la posibilidad de estudiar, hubiera sido ingeniero aeronáutico, de máquinas o piloto. Estoy diseñando un avión y siempre los dibujaba. Sentía el sonido de un avión y salía corriendo para verlo. 

La escuela y el oficio

—¿Fue traumática la llegada a Paraná?
—No tanto, fue feliz y toqué el cielo con las manos porque venía de una matriz familiar bastante cerrada; además conocía porque venía cada tanto. Mis padres siempre me apoyaron, aunque hubieran querido que siguiera en el campo. Me di cuenta de que tenía limitaciones pero rápidamente me adapté. Vine a vivir a la casa de mi profesor de Cultura, quien insistió para que fuera a la Escuela de Artes Visuales –que luego abandoné, así que soy un autodidacta con esa base. Tuve relación con Amanda Mayor, Nelly Temón y Planas Casas. Como estudiante hicimos una exposición en el Club Social.  

—¿Qué te dejó ese aprendizaje?
—Un marco teórico, relaciones y el asistir a exposiciones, lo cual te abre la cabeza. Iba de noche, así que fue como descubrir un nuevo universo, porque veía que todo el mundo estaba de joda, pero luego entendí ese jolgorio y que todos trabajaban y creaban con buen humor y bohemia. Era un jolgorio sumamente creativo. Había muchas críticas a la escuela y seguirá habiéndolas, pero en mi caso –que venía del campo y ávido de conocimientos– me enriqueció.

—¿Algo puntual o una circunstancia relacionada con lo técnico?
—Una vez con Celia Schneider discutimos –ya que era bastante dictatorial– por el dibujo de una oreja. Me decía que tenía que dibujarla de una forma y yo desde los 6 años la observaba y dibujaba de otra (risas). Estaba perfecta pero bueno… ella era Celia Schneider. Una vez trajo a la escuela durante la dictadura a la Bauhaus, esa maravillosa escuela del modernismo y fue la primera vez que tomé contacto con ese tipo de arte, lo cual me marcó para toda la vida. Me impactó el diseño de los muebles, su concepto creativo, su historia y que el nazismo los barrió por revolucionarios. El profesor León –una vez que me mandé un dibujo bastante abstracto– me dijo que, primero, para destruir, hay que saber construir. Eso me quedó marcado. Planas Casas también era muy interesante.

—¿Por qué abandonaste?
—Por esas locuras que uno tiene… me había puesto de novio, comencé a faltar… 

—¿Qué más descubriste en Paraná?
—Los conciertos, ir a las peñas y relacionarme con gente del arte, aunque tampoco era un gran salidor y de andar por los boliches, sino en las peñas e ir al cine. 

—¿Cómo era tu trabajo en la agencia de publicidad?
—No me metí directamente en lo publicitario, sino que aprendí el oficio de la serigrafía, el cual hasta hoy me acompaña y gracias al cual viví casi 40 años. No tenía ni idea de lo que era y me enseñaron a trabajar de dibujante. El primer trabajito que hice fue una calcomanía chiquita –creo que para el Mayorazgo. Hacía los originales dibujados a mano y los textos con Letraset (risas) y luego pasaba al laboratorio de fotomecánica. Después de cinco años decidí irme a Buenos Aires. 

—¿Te definías como alguien de la gráfica o del ambiente artístico?
—No te lo podría decir, era un laburante de gráfica que me gustaba mucho el arte, pero era medio tarambana porque no asumía del todo el aspecto artístico. En Avero aprendí el oficio de dibujante publicitario –ya que no existía el diseño gráfico– y luego la serigrafía. Sabía que tenía una facilidad pasmosa para dibujar, ya que puedo hacerlo con los ojos cerrados. Nací con eso. 

—¿Hay algún disparador o motivador especial?
—No, hoy soy artista porque lo tomo con disciplina. Todos los días me obligo a dibujar, tenga ganas o no. Pero en aquel entonces… me gustaba mucho la joda y la diversión, no tomaba nada demasiado en serio, salvo ir a laburar. En la agencia trabajaba un muchacho que decidió irse a Buenos Aires, estuvo tres meses, la familia no se adaptó y volvió. Me comentó sobre el tallercito donde trabajaba, fui y me dijeron que lo trabajara, aunque no era mucho el caudal de trabajo. Fue una experiencia muy fuerte porque tenía que hacer de todo y por haber desembarcado en Buenos Aires. Viví casi 20 años. 

—¿Qué proyectabas a futuro?
—Andaba de novio con una chica de Victoria que también se fue a vivir allá. Al año y pico el taller comenzó a decaer –porque los dueños eran serigrafistas viejos de mucho tiempo y el mercado fue cambiando. Trabajaban para agencias de publicidad y descubrí todo ese mundo que acá no existía. En esa época me alejé de la parte artística, aunque seguía dibujando para mí, pero estaba medio resentido conmigo mismo. Cuando cerramos el taller hice de todo: encuestas, trabajé en la General Electric, en otros talleres… no me gustaba ni me pagaban bien, hasta que una amiga uruguaya me ofreció trabajo y estuve 12 años con ellos. Ahí comencé a dibujar publicitariamente de nuevo y para otros talleres, también apareció un pariente mío que me ofreció hacer historietas. Fue cuando se dio en los 80 el movimiento under ground de los fanzines en Buenos Aires y creamos una revista que se llamó HGO –las iniciales de Héctor Germán Oesterheld. 

—¿Cómo había sido tu experiencia anterior con la historieta?
—No me había impresionado mucho, tampoco hoy es una pasión, pero me crié leyendo El Tony, D´Artagnan… y cuando volvió la democracia y comenzaron a llegar las publicaciones extranjeras fantásticas, de las cuales me nutría, porque eran historietas para adultos. 

—¿Qué te aportó el oficio del dibujo publicitario y la serigrafía?
—Fue una gran experiencia y también di muchos cursos. Cuando volví a Paraná me instalé con un taller de serigrafía e hice diseño gráfico. Y con Danilo Zunzunegui y otros, la Asociación de Diseñadores Gráficos. Ahí me di cuenta de que los estudiantes de diseño no tenían ni idea de lo que significaba la serigrafía, cuando todavía era un elemento importante.

—Y con muchas posibilidades.
—He hecho cosas hermosas, desde calcomanías para MacDonal’s hasta reproducciones artísticas para Páez Vilaró y otros artistas que trabajaban con 20 colores. 

—¿El diseño gráfico te ha limitado como dibujante?
—No, lo he dejado totalmente, y no creo que esté atravesado por el diseño en cuanto a que haya una impronta en mi obra que haya salido del diseño. En cuanto al arte, voy por otros caminos. Estuve hablando con una chica que es diseñadora y está investigando el tema de las tipografías antiguas y estamos hablando de hacer algo con la serigrafía. 

—¿Alguna vez tuviste el impulso de tirar todo o alguna obra a la basura?
—No, a lo sumo me ha pasado que he abandonado ciertas obras –una en particular que comencé en Buenos Aires– y la retomé luego de seis meses. Son procesos. 

—¿Dos o tres con las cuales realmente te sentiste pleno?
—Un cuadro que está en la Galería Rembrand, sin título, pero es como un borracho, a quien se le terminó el vino y que está con su fantasma.

El mundo digital y rutina creativa

—¿Cómo te involucraste con el mundo digital?
—Significó hacer el salto del tradicional dibujante publicitario a trabajar en el Corel, con el cual también hice dibujos. Tengo una obra en arte digital, pero es una deuda que tengo. 

—¿No has profundizado?
—Hasta ahí nomás, y alguna cosita más. 

—¿Hay algo que te hace ruido del arte digital?
—Todavía no me convence. Un amigo –Juanci Barbagelata– trabaja muy bien en ello. Lo veo, es interesante pero no me identifico, no es algo que sienta…

—¿Orgánico?
—Exactamente, esa sería la palabra. Causa un buen efecto, es otro sentido de la composición y el color, pero no siento la necesidad de expresarme por esa vía. También tengo una deuda con el grabado porque la serigrafía hoy se está considerando como tal. Hay para trabajar.

—¿Cómo afrontás diariamente el riesgo de caer en la rutina?
—A veces, cansa un poco, entonces dibujo quince minutos y luego me voy a la computadora, y después vuelvo. Algo negativo es que antes de plasmar una obra tengo que tenerla resuelta en la cabeza. Los grandes y buenos artistas toman un papel, se le plantea la angustia, pero comienzan y se van por lugares y caminos desconocidos. Necesito tener la obra armada en la cabeza, lo cual no deja de ser una limitación, porque cuando lo terminás, no es lo que esperabas. Muchas veces no me ha gustado lo terminado. Me cuesta soltar. 

—¿Qué estás mostrando?
—Desde el viernes 11 en Galería Rembrand, con Guillermo Claro, Juan Barbagelata y Adriana Tessore exponemos obras en pequeño formato para regalos navideños. Es para fomentar la idea de “regalar arte de acá”, que la gente no tiene muy incorporado. Hay muchas posibilidades. 

—¿Quien quiera ver algunas obras puede verlas en el bar del Colegio de Abogados?
—Puede ir tranquilamente a tomar un café, porque no es exclusivamente para abogados.

El desafío de explorar materiales y texturas 

Milocco se siente atraído por los grandes referentes del impresionismo aunque no identifica su estilo con esa escuela francesa. “Rescato cierto elementos”, agrega. En cuanto a preferencias de materiales y tamaños, detalla que tanto el dibujo, las acuarelas, el acrílico, las miniaturas, la birome o “un palito quemado” tienen sus cualidades y posibilidades de texturas. 

—¿Cuándo consideraste que tu trazo tenía un estilo y se correspondía con lo que querías expresar?
—No sé exactamente, día a día voy descubriendo posibilidades que te otorga el laburo. Como decía Picasso: “Que la inspiración me encuentre trabajando”. Si no hay trabajo, no hay inspiración que valga. Voy viendo en mis obras que hay una evolución y es por el laburo permanente. La primera exposición en Paraná fue de acuarelas, salieron unas cositas lindas, me gustó y vendí. Comencé a tomarle el gustito y definir el camino del arte, sin dejar el diseño y  la serigrafía. A partir de ahí hice una o dos exposiciones por año, algunas veces de acuarelas, otras veces de dibujos, luego comencé a experimentar con el acrílico, tuve algunas participaciones en certámenes, y luego me enteré de que en Paraná hubo un gran miniaturista, vi obras y comencé a hacerlas con birome –de tres centímetros y medio por cuatro centímetros– trabajando con lupa. Hice varias exposiciones acá y una en Córdoba, y tengo una serie de arte erótico.

—¿Qué referentes te atraen del impresionismo y de otra corrientes?
—Renoir y Monet, me gusta también el puntillismo, Toulouse Lautrec, me gusta el concepto de la impresión no tan detallada, Lucian Freud…

—¿Te identificás con el impresionismo?
—No, tomo elementos pero no siento que esté atravesado por ese estilo, salvo algunos trabajos. Me identifico con algunos pintores nuestros como Carlos Alonso.

—¿Cómo incorporaste la birome al dibujo?
—La birome tiene sus posibilidades. Algunas veces había hecho dibujos y me gustó. Un día me enteré de que en Europa había artistas que se dedicaban a eso, pero no tenía mucha información, así que comencé a dibujar, descubrir y experimentar.

—¿Qué particularidades presenta?
—La birome tiene una inclinación particular en cuanto a la trama y nunca se mezclan las líneas de un color con las de otro, siempre están flotando unas sobre otras. No es como el lápiz de color que, por ejemplo, al amarillo le pasás rojo arriba y se hace un naranja. Con la birome se hace naranja por superposición de colores, como un fotocromo. Como todo elemento, lo transformás a tu modo de expresarte. Si tomás un ladrillo, un palito quemado o una carbonilla, le vas descubriendo sus cualidades y posibilidades que abren un mundo. Hay que tener cierta concentración, porque podés hacer una raya que no querés. 

—¿Una devolución que recuerdes particularmente sobre una obra tuya?
—Hace un tiempo comencé a hacer unos rostros en papel misionero, con lápiz blanco. Una amiga me dijo: “¿Te diste cuenta de que hay otra cara?” (risas) Le dije que no y lo tuve que mirar varias veces para encontrarlo. Miralo. (Muestra un dibujo de mujer).

—Sí, hay varios rostros.
—¡Mirá! Hasta que no me lo dijo, no lo descubrí, porque no me lo había planteado. Tuve que mirar varias veces. 

—¿Las obras con rostros están unidas por un denominador común?
—Las posibilidades técnicas que me brindan los materiales: trabajar sobre papel marrón (muestra unos dibujos realizados sobre cartones de envases) Es un papel buenísimo y me permite jugar. ¡Venga para acá, aunque también he comprado en la librería (risas)! 

—¿El material te predispone a determinada figura o temática?
—Te puede predisponer. En unos cartones telados que me trae una señora de Buenos Aires, por su textura y tamaño, hago figuras chiquitas, entonces la figura juega de otra manera, y te condiciona –favorablemente– a hacer figuras más impresionistas,  sin tanto detalle. En otros materiales, por el  color, te habilita a trabajar con lápiz blanco, que da una serie de posibilidades fantásticas en cuanto a efectos. 

—¿Qué te ofrece el blanco y negro, y qué significa el color para vos?
—El color me da mucha alegría, en algunos casos el blanco y negro es un recurso plástico, de contraste, sin una lectura muy profunda –que la puede tener pero no me doy cuenta.
 

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