La Provincia
Jueves 09 de Julio de 2015

Martín Nani, enfermero: “Los primeros auxilios dan una posibilidad a la víctima”

Diálogo Abierto. El especialista de la Cruz Roja analizó falencias permanentes de la salud pública y determinados factores de discriminación que operan en ella. Consejos para tener en cuenta para evitar accidentes domésticos

Julio Vallana / De la Redacción de UNO
jvallana@uno.com.ar


La correcta intervención tras los primeros momentos de un accidente –de cualquier índole– puede resultar gravitante para la víctima y sus allegados, de ahí que la capacitación en primeros auxilios debiera tener una prioridad y presencia de la cual hoy carece en numerosos ámbitos donde, además, resulta más indispensable. Martín Nani –docente de Cruz Roja-Paraná y especialista en la temática– se refiere a este déficit –al igual que a falencias estructurales del sector público de salud– y recomienda medidas de prevención y acción para tener en cuenta.

Entre cortes,  golpes y partos

—¿Dónde naciste?
—En Viale, el 19 de marzo de 1977.

—¿En el pueblo o en la campaña?
—En el hospital de la ciudad, si bien mis viejos todavía viven en el campo –a tres kilómetros.

—¿Hasta cuándo viviste allí?
—Hasta los 18 años, cuando viene a estudiar a Paraná Instrumentación quirúrgica y después Enfermería, en la Cruz Roja –donde doy clases de Primeros auxilios y Bioética, además de dar cursos a través del voluntariado.

—¿Cómo era el lugar donde vivías?
—Viale es un pueblo muy lindo y próspero, y en aquel entonces podías andar en bicicleta, caminar y no había problemas con los horarios. Eran tres casas cercanas, con primos de mi edad y con quienes salíamos a hacer macanas a la siesta.

—¿A qué jugaban?
—A todo, éramos cazadores de conejos, andábamos a caballo y jugábamos al fútbol.

—¿Frecuentaban el pueblo?
—Todos los días íbamos a la escuela en bicicleta.

—¿Cuál era la mayor atracción?
—Estaba el polideportivo, el Club Arsenal –del cual fui jugador y soy hincha–, disfruté muchos de los Juegos Evita y la Expo Viale –que desapareció.

—¿Qué otra afición tenías?
—Soñaba con el fútbol pero la naturaleza me demostró que no era para eso. Mi mamá se acuerda que desde chico yo decía que trabajaría en salud, siendo enfermero o médico.

—¿Hubo alguna situación relacionada con eso?
—En el campo siempre hay cortes y golpes, los partos de las vacas, y yo siempre estaba; ni la sangre ni las heridas me chocaba y me resultaba familiar. Cuando estaban por salirme los dientes, me los sacaba solo de un tirón y los miraba; cuando tenía una infección de garganta, abría la boca y me miraba las placas. O yo mismo me curaba las heridas.

—¿Travesuras?
—El grupo de la secundaria hacía muchos “emprendimientos” que a alguien no le gustaban. Organizamos una fiesta en la cual culminamos con una payada en la cual el blanco eran los profesores y preceptores, la cual quedó para la historia.

—¿Tu papá y tu mamá se dedicaban a la actividad agropecuaria?
—Al tambo, que todavía sigue.

—¿Eras buen alumno?
—Más o menos; en la secundaria teníamos un grupo que se dedicaba más a andar de vagos que a otra cosa, pero no repetí nunca.

—¿Te atraía alguna materia?
—No, fui a una escuela comercial, lo cual no me gusta y fue una mala elección. Fui por el hecho de que mis amigos iban ahí.

—¿Había biblioteca en tu casa?
—No, solo algunos libros. No pertenezco a una familia apegada a la lectura. La gente de campo se levanta temprano, duerme la siesta para reponer energías, sigue trabajando a la tarde y cuando llega la noche es la hora del descanso. Mi viejo ha sido un gran educador pero sin palabras, con sus gestos decía todo y fundamentalmente me enseñó el sentido de la responsabilidad, en cuanto a que si se daba la palabra, es suficiente, y, además, que muchas veces no es bueno reaccionar cuando uno está con emociones encontradas. Me ha servido mucho para evitar malos momentos. También la humildad, siempre se sintió humilde y algo tengo de él.

—¿Hubo algún gran cambio social y urbanístico en Viale?
—Es una ciudad –como Cerrito y Crespo– que crece continuamente y siempre hay algo nuevo. El Cristo que está a la entrada de la ciudad, cambió un poco la fisonomía de las calles. No recuerdo un gran cambio.

—¿Personajes?
—Un pariente de mi viejo –don Agustín Nani– cuya despensa es muy conocida, el comercio de Vitor, el kiosco Pirola –que tenía de todo– y José María.

—¿Uno pintoresco?
—No sé… Hugo Schimpf –el mecánico. Auto que le llevabas, lo sacaba a probar y hacía todo con ese auto: iba de compras, llevaba los gurises a la escuela… su auto nunca lo usaba.

—¿Qué pensabas sobre Paraná, antes de vivir acá?
—Para la gente que es del campo es como para la gente de acá ir a Buenos Aires y salir a caminar, que no sabés hacia adónde vas –salvo que seas habitué. Era una ciudad inexplorada, si bien tengo dos tías acá. Cincuenta kilómetros era mucho pero ahora se han acortado las distancias. Me gusta el río y la pesca, lo cual hacía en un arroyito cerca de mi casa, así que cuando vi tanta cantidad de agua, fue muy placentero. Ahora pesco en el río.

Descubrimientos y discriminación

—¿Cómo definiste estudiar la carrera?
—No pensaba demasiado en lo que iba a hacer. Comencé a ver lo que había en cuanto a salud: Medicina era inalcanzable porque no estaba la oferta de ahora. Un primo había estudiado Instrumentación quirúrgica en la Cruz Roja, me habló y me gustó la idea.  

—¿Qué imaginabas?
—Que era muy seductor estar en una cirugía y ver cuando abren. Fue un puente para lo que me apasiona –que es la enfermería. Cuando me recibí, volví a Viale a trabajar en una clínica como instrumentador y en el Hospital Castilla Mira, donde también trabajé de enfermero –aunque no tenía noción,  Comencé a percibir el contacto con el paciente, su familia y el contexto, lo cual me atrajo y comencé a querer. Así que estudié Enfermería, nunca más ejercí la instrumentación quirúrgica y me quedé en Paraná.

—¿Cuál fue el saldo del tránsito por esa profesión?
—Fue una linda experiencia. Recuerdo la primera cirugía que fue de una hernia bastante complicada –a las dos de la mañana.

—¿Qué contrastes fuertes viviste entre lo que aprendiste y la realidad?
—Tuve unos buenos encontronazos porque yo tenía bien marcado que la parte pública no tenía que ser para aquellas personas sin acceso a la privada, sino que sueño que lo público sea la primera elección de cualquier persona.

—Como sucede en muchos países serios.
—Así es, aunque desgraciadamente tenemos contextualizado que quien va al hospital es porque no puede ir a una clínica. Una de las primeras peleas que tuve en el hospital fue porque los pacientes internados mutualizados iban a un sector y los no mutualizados, a otro. No lo compartía y cuando me tocaba internar, los mezclaba. Otra cuestión era que cuando la gente hablaba preguntando quién estaba de guardia, yo les decía, entonces una vez las enfermeras me retaron. Es un derecho saber quién te atenderá y no es un dato confidencial. Los derechos del paciente son de él. Trabajar en el hospital también me sirvió para sacarme determinados prejuicios y calificaciones que hacemos sobre las personas, que allí son un paciente más con quien convivís. Te das cuenta que la idea que tenías formada no se ajusta a la realidad, y de quienes aprendés mucho.

—¿Un caso particular?
—Un hombre que vivía en el campo, analfabeto, que llegó con una enfermedad aguda y progresiva, y con miasis (enfermedad parasitaria ocasionada por larvas de mosca). Lo veía en ese estado deplorable y cuando fue tomando confianza, hablaba con él y vi que tenía grandes conocimientos –desde su punto de vista.

El factor humano

—¿Qué contenidos de la carrera de Enfermería te atrajeron particularmente?
—La materia Enfermería médico-quirúrgica, para la cual compré mi primer libro de (Sholtis) Brunner. Era todo lo relacionado con lo clínico y en la cual se analizaban las enfermedades.

—¿Un maestro o formador particular?
—No recuerdo el nombre pero era una docente muy estricta, quien andaba con una libretita negra y se encargaba de las prácticas hospitalarias. Una vez tuvo palabras para conmigo que me marcaron. Me dijo: “Si querés ser buen enfermero, así como vas, vas bárbaro; tenés que hacer esto, esto y esto”.

—¿Qué claves o fundamentos eran?
—Las de conocer al paciente; éramos muy técnicos. La enfermería –desgraciadamente– se encasilló en lo técnico, que es llevar a cabo prescripciones de otros. Soy docente y les digo a mis alumnos que eso es fácil –como tomar la presión y poner vacunas– pero la enfermería es mucho más que eso. Es una herramienta fundamental si se la sabe utilizar, porque estás en contacto con el paciente las 24 horas, mientras que él médico solo diez minutos. Con el lazo afectivo que se establece, el paciente se anima a decir determinadas cosas, o luego aparecen otros síntomas. Esa profesora me abrió los ojos en este sentido. En el momento libre que tenés luego de hacer las indicaciones, podés tener el momento real de la enfermería –en vez de tomar mates– en cuanto a que podés sentarte con el paciente, charlar e investigar. Depende de cada uno, enriquece a la profesión y cada vez hay más gente que lo hace.

—¿Se había perdido ese enfoque y esa práctica?
—Tiene que ver con la historia de la profesión: al contrario del médico, la Enfermería no era una profesión bien vista, ni tan poco la practicaba la élite de la sociedad. Esta visión de a poco se fue transformando –gracias a Florence Nightingale– y comenzó a verse como una profesión y no un oficio –lo cual ha avanzado. Uno de los inconvenientes que tenemos hoy es el doble trabajo, que lleva a un cansancio progresivo con lo cual las tareas adicionales de las que hablábamos, no se hacen de manera completa.

—¿En Paraná notaste algunos parámetros de discriminación social como el que me comentaste de Viale?
 —Trabajé en la clínica Chapino –que tiene sectores de 1ª y 2ª– lo cual son diferencias económicas mientras que en el Hospital San Martín –donde siempre he trabajado– no. La buena persona y la sabiduría no pasa por el dinero, los estudios ni el estatus social, lo cual pude observar en el ámbito hospitalario.

—¿Cuál ha sido tu enfoque sobre la relación médico-enfermero, y en qué medida lo has ido modificando?
—Durante mis primeras experiencias observé el modelo médico hegemónico –que todavía sigue vigente– en cuanto a que lo que dice está bien. Por suerte tuve buenas formadoras que sostienen que el enfermero tiene que ser parte del equipo y no un mero colaborador. Tenía compañeras que cuando llegaba el médico, se paraba el mundo, pero para mí no, es uno más. Nunca le dije “usted” o “señor”, sino de la misma forma que me trataban. Trato de inculcar a los alumnos que somos parte de un equipo de salud y eso es lo que la enriquece. Si un médico indica algo que uno sabe que no es correcto, no hay que administrarlo sin antes hacer la observación, lo cual tiene que ser una práctica normal. En ese sentido se está cambiando.

Un sistema que falla

—¿Qué deficiencias estructurales notás en el sistema?
—Hay de todo. En 2001 fue fulero y faltaban cosas. Hoy faltan algunos insumos y además hay todo un sistema que falla. Muchos de quienes trabajamos en salud hemos sido derrotados, así que cuando pedimos algo –y sabemos que demorará un montón– pedimos demás, o directamente no se pide porque no hay. Te envolvés en eso cuando se podría cambiar con solo modificar la visión. A veces el insumo está, pero como fuiste derrotado, no lo pedís. Una de las grandes falencias de la salud pública es la burocracia, son muchas manos por donde pasa algo para un solo fin. Lo otro es que remunerativamente no nos satisface las necesidades y tenemos que ir al sector privado, y mucha gente no tiene la misma dedicación en ambos casos.

—¿Cuán determinante es la burocracia pública al momento de la eficacia de la respuesta?
—Es mucho. Trabajo en quirófano y –si bien se ha agilizado lo de prótesis e implantes– antes llegaba el paciente, se diagnosticaba y comenzaba toda una peripecia burocrática perversa de varios meses. Imaginate desde el punto de vista del paciente: meses internados y cuando llegaba el implante, tenía otra enfermedad. A muchos pacientes le significó un retroceso en un contexto en que está estudiado que el hospital es uno de los factores más importantes que afecta la salud de las personas. En cuanto a lo estructural, el San Martín está sobrepasado por la demanda –e imagino que el San Roque también. Esperemos que el hospital nuevo sea un alivio. En cuanto a lo edilicio en muchos aspectos ha quedado obsoleto: la sala de Traumatología es amplia, con una cama al lado de la otra, es un concepto que no es utiliza más en Salud, además de muchas falencias.  

—¿Cómo influye eso en el concepto de trabajo del enfermero que me describías?
—Todos los días te encontrás con una realidad adversa en varios aspectos, lo cual de a poco hace que la mayoría pierde las ganas porque no hay motivaciones. Una de ellas fue la remodelación del quirófano aunque varias cosas no están como debieran. El hospital nuevo renovará las energías.

Hogar y accidentes

—¿Cuál es un concepto moderno de primeros auxilios?
—Los primeros auxilios son la primera asistencia que se da a una persona que necesita ayuda –cuando muchas veces la da una persona que no trabaja en el ámbito de salud o no tiene los conocimientos necesarios. Hasta que llega el servicio de emergencia o un profesional. Hacemos hincapié en que se trata no solo de un primer auxilio de la lesión física sino también de las psicológicas y psicosociales.

—Que generalmente se descuidan.
—La mayoría de las veces. Se ven accidentes y una persona tirada en el piso, otra a los gritos pidiendo ayuda, se piensa que la víctima es una pero son dos. El que está caminando a los gritos puede atravesar una avenida y ser atropellada por un auto. Se deben tomar como víctimas a las dos personas. Y cuando no se tiene conocimiento de cómo solucionar el aspecto físico, sí puede calmar a otro u ofrecerle asistencia, lo cual es un primer auxilio.

—¿En cuánto mejora la respuesta asistencial o médica posterior, al realizarse primeros auxilios?
—Hay estadísticas en cuanto a que 80% de las muertes súbitas, ocurre fuera de un hospital. En cuanto a la mayoría de los accidentes –que no son por casualidad o azar– suceden en los domicilios, por eso es donde más preparados tenemos que estar. No hay una estadística certera en cuanto a la posterior recuperación de la víctima de una herida, asfixia o hemorragia, porque no se puede certificar que la lesión que tuvo fue por no haber tenido un buen primer auxilio. Lo que se sabe es que personas que han tenido paros cardiorrespiratorios y fueron reanimados al inicio del paro, tuvieron una sobrevida de entre 14 y 20%.

Una técnica determinante

—¿Por qué ponés el acento en la RCP?
—De las muertes súbitas, entre 70 y 80 por ciento se debe a infartos cardíacos, uno de los principales factores del paro. La reanimación cardio-pulmonar no es a lo que uno se enfrentará día a día. Nunca me ha tocado en la calle pero tengo la tranquilidad de saber cómo responder. En otros aspectos, como un sangrado, una caída, un golpe en la cabeza o una asfixia, es fundamental saber qué hacer. La RCP toma cierta relevancia por la diferencia que hay entre la actuación y no actuación: si actuaste, puede pasar algo positivo, y si no, se murió. En los otros casos es relativo, salvo algunos sangrados como el caso de la nieta del ex presidente Alfonsín –quien tuvo un corte en la arteria femoral en la escuela. Igualmente está lo relacionado –cuando son casos de muerte– con los que quedan: no es lo mismo hacer algo que no, no obstante que nadie puede resucitar a nadie. Son herramientas para que una lesión no se agrave o que una lesión grave se pueda frenar hasta que llegue el servicio de emergencia. Es darle una posibilidad a la víctima.

—¿Cualquiera –estando capacitado en primeros auxilios– puede responder ante una emergencia?
—Sí, cada uno desde su lugar. Los cursos son para mayores de 16 años –por una cuestión legal. En agosto haremos un  curso para adultos mayores, con quienes generalmente dejamos a cargo a los chicos. Aunque no pueda brindar asistencia por una cuestión física, sí le puede decir a otro qué hay que hacer, lo cual es fundamental.

—¿Organismos oficiales e instituciones –como por ejemplo la Policía– tienen capacitación?
—Quienes tienen responsabilidades legales profesionales –como el policía, el bombero y quien trabaja en salud– tenemos que responder. Con el policía sucede que no tocan a un herido porque pueden agravar la situación, lo cual en ciertos aspectos es cierto y en otros no. Por ejemplo, el conductor de una moto que chocó y cae tendido sobre un charco, hay que moverlo porque si no muere ahogado. O sea que en determinadas situaciones hay que mover y tocar, como en una herida con hemorragia o si no respira, o si la posición de la cabeza le impide respirar. Los suboficiales de la Policía en su formación tienen primeros auxilios, aunque no sé en el caso de los agentes. El primer respondiente en todos los accidentes, generalmente, es la Policía. Tienen que dar seguridad en la escena como función primordial, siempre que no haya alguien que se debate entre la vida y la muerte –cuando las prioridades cambian. Hay que tener la capacidad para evaluar esa situación, hasta que llega la asistencia.    

—¿Quién puede acceder a los cursos que ofrece Cruz Roja?
—Tenemos varios focos de atención: hacemos dos cursos anuales –en abril y setiembre– para la comunidad en general y el único requisito es ser mayor de 16 años. Son cuatro sábados seguidos y el último sábado, doble turno con prácticas. Por suerte hay mucha gente interesada de distintos ámbitos. También capacitamos a las instituciones que lo piden: hace poco lo hicimos en el Club Universitario y comenzamos con Echagüe. Y escuelas, aunque tenemos el problema que somos voluntarios y no podemos cubrir toda la demanda, por falta de tiempo. Ojalá pudiera vivir de esto y recorrer todas las escuelas.

—¿No hay ningún programa que lo promueva desde el Estado?
—Hicimos tratativas para un convenio con el Consejo de Educación –que no tuvo respuesta– para que Cruz Roja sea el formador de los instructores que vayan a las escuelas. Yo podría estar adscripto a ese programa y en vez cumplir el horario en el hospital, lo haría recorriendo las escuelas. 


“La intervención en accidentes exige estar capacitados”

Nani asegura que intervenir en un accidente o tragedia sin la debida capacitación y correcta lectura de la situación, es inútil –razón por la cual recomienda la adquisición de conocimientos específicos–, a la vez que señala algunas actitudes generalizadas en estos casos, que incluso pueden agravar la situación. “A veces, lo mejor que se puede hacer es llamar a alguien o ayudar a los que están al lado de un accidentado”, enfatiza el docente de la Cruz Roja.

—¿Qué factores de prevención se pueden tener en cuenta en el hogar? 
—Las zapatillas (enchufes) con varias entradas toman mucha temperatura y son un riesgo de incendio, al igual que el lavarropas –que tiene su corrosión a lo largo del tiempo– porque están presentes la electricidad y el agua, en un lugar donde confluyen muchas cosas amontonadas tales como ropa sucia, pintura y desinfectantes, entre otros. A veces la mujer dice: “Pongo el lavarropas y vamos al súper”, lo cual es peor porque no está cuando se genera un chispazo o foco de incendio. Cuando se sale de vacaciones, hay que saber a qué números telefónicos llamar y enseñárselo a los chicos –por ejemplo, el 107, el 100 o el 911. En un hotel, hay que fijarse si hay salida de emergencia y conocer la escalera de emergencia.

—¿Dónde debiera haber un botiquín de primeros auxilios?
—En el hogar, porque es donde ocurre la mayoría de los accidentes, y en el auto. Tiene que tener cosas que sepa usar aunque algunas son esenciales: guantes, gasas, cinta adhesiva, curitas, vendas, apósitos, alcohol en gel… Si le meto cosas que no sé para qué son, lo único que hacen es entorpecer. A medida que aprendo, las agrego. Lo que no tiene que haber es medicación –de ningún tipo– salvo si, por ejemplo, soy alérgico a las picaduras de las abejas y tengo recetado determinado medicamento, o si soy asmático. 

—¿Cuáles son los mayores riesgos a prevenir en verano y en invierno?
—En invierno, la intoxicación por monóxido de carbono y en verano, los golpes de calor y la insolación.

—¿Primeros auxilios en uno y otro caso?
—En el primer caso, ventilar convenientemente. El problema de la intoxicación por monóxido es que no te das cuenta. Uno de los indicios es el estado somnoliento y el mareo, que se puede confundir con el sueño. Si alguien no se da cuenta, está complicado. En cuanto al sol, ha pasado un poco la moda de que estar bronceado es estar como un pollo al espiedo. En ese caso hay que salir del sol e hidratar, y tratarlo como una quemadura –sea superficial o profunda. El golpe de calor generalmente les pasa a las personas que no tienen acceso al agua –tales como adultos mayores o niños– y sus mecanismos de compensación están deteriorados o no desarrollados. El golpe de calor es alta temperatura en el cuerpo y la imposibilidad de sacarla, y es muy grave.

—¿Qué acciones o actitudes incorrectas generalizadas observás en cuanto a lo que estamos hablando?
—Lo vimos con el chico que falleció –del Club Paraná– y el otro jugador que murió al golpearse con el paredón. Una de las primeras cosas que se hace es amontonarse, lo cual no es una ayuda, como tampoco sirve para nada hacer viento con una remera. Por eso es bueno interiorizarse sobre los primeros auxilios. Amontonarse donde sucede una tragedia es una irresponsabilidad si no se tiene conocimiento, y fomenta más el caos –como sucedió en el caso de la AMIA. Lo primero que hay que hacer es analizar la escena para saber si uno está seguro o no de su accionar, y si está capacitado para ver lo que verá. Si no lo está, no se entra a la escena. A veces, lo mejor que se puede hacer es llamar a alguien o ayudar a los que están al lado. Otra cosa muy generalizada es dar un vaso de agua cuando se siente algún malestar, como si el agua fuera mágica. Si uno tiene ganas de ayudar, hay que aprender, porque hasta ese vaso de agua puede perjudicar. 

La ley sobre Reanimación Cardiopulmonar no se cumple en la provincia

Mientras que la capacitación en primeros auxilios es indispensable en las escuelas, la Ley (N° 10.249) de promoción y capacitación en técnicas de Reanimación Cardiopulmonar (RCP) –a la cual Entre Ríos adhirió– nunca se ha puesto en práctica. Esta legislación obliga a la enseñanza de RCP.

“La escuela es el lugar ideal para comenzar a educar a los chicos, como sucede con la educación vial. Eso se replica en la casa y cuando tengan a su cargo una familia ya lo tendrán incorporado. Igualmente los docentes hoy –desgraciadamente– no saben qué hacer porque si tocan a un chico tienen miles de problemas, por eso el conocimiento ayuda a despejar ciertas dudas, por ejemplo en el caso de una hemorragia”, explica Nani.   

 

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