La Provincia
Domingo 28 de Febrero de 2016

Mario Taborda, el cura motoquero

El padre Mario Taborda recorrió junto a dos amigos 8.400 kilómetros, uniendo la vocación con su gran pasión por conocer otros paisajes

De la redacción de UNO
Por Vanesa Erbes | verbes@uno.com.ar


Mario José Taborda se ordenó como sacerdote hace 31 años y desde entonces la vicisitudes de la vida lo llevaron hacia diferentes destinos, incluidas otras ciudades del país y también de la República Oriental del Uruguay. Desde hace poco más de cinco años está a cargo de la parroquia Inmaculado Corazón de María, en Bajada Grande. Presto siempre a llevar la palabra de Dios adonde más lo necesitan, desde hace dos años también es el cura que se ocupa de visitar a los presos de la Unidad Penal Nº 1 en Paraná, de confesarlos, casarlos y bautizar a sus hijos. “Es un lugar al que no voy solo, colaboran unos 20 laicos. No es fácil encontrar personas que quieran dedicar tiempo a esa realidad. Nuestra tarea es compartir, llegar a su corazón, estar con ellos dispuestos a hablar y escucharlos”, señaló a UNO el sacerdote, que predica la religión católica sin tantos protocolos que lo alejen de un lugar más solidario.

Coherente, fiel a su estilo, inquieto y convencido de que se pueden compartir los valores humanos y las experiencias religiosas en cada espacio que se transita, el padre que oficia sus misas llevando alegría, desenfundando su guitarra a veces para amenizar con su música la realidad adversa de alguno de los fieles que precisa contención y consuelo, es capaz de combinar su vocación con su pasión por los viajes en moto. 



A bordo de una Suzuki 250 visita, en sus tiempos libres, los más recónditos lugares del país: estuvo en la Quiaca y hace pocas semanas logró llegar también a Ushuaia. En esta oportunidad recorrieron 8.400 kilómetros en tres semanas, pasando por diferentes lugares ineludibles de la Patagonia, como Bariloche, los Hielos Continentales, Calafate, el Glaciar Perito Moreno, entre otros. “Hace unos años que estoy haciendo viajes en moto. Me han hecho todo tipo de comentarios, que soy loco por ejemplo; ya no discuto con nadie y respondo que estoy totalmente de acuerdo”, contó entre risas, y agregó: “Es algo que uno hace porque le gusta la aventura. Con otros moteros planificamos viajes a distancia. Lo hacemos en período de vacaciones y no importa tanto el lugar sino el viaje. En el trayecto se van conociendo paisajes, lugares, personas, y viviendo situaciones que uno ni se imagina”. 


Lejos de cualquiera de los lujos que el márketing impone, suelen dormir en carpa y cocinar en los camping los platos que la ocasión amerita. Taborda recordó que nació en el campo, y que luego su familia se trasladó a Crespo. Antes de ingresar al Seminario, a los 13 años, aprendió los quehaceres rústicos del ámbito rural y por eso, dice, no le cuesta la vida en un campamento. “Por lo general me toca ser el cocinero, porque me gusta. Vamos con el dinero justo, calculando los gastos. Preparamos algún guiso o un estofado, pizza a la parrilla y de vez en cuando un asadito”, señaló, a la vez que destacó: “El de los moteros es un mundo lleno de confianza, de cercanía. Hay gente grande y matrimonios a los que les gusta viajar de este modo. Si bien no son personas que tengan prácticas de la vida religiosa, compartimos un montón de valores, nos respetamos mucho y vivimos esto con una gran alegría. Yo por mi parte ejercito en las travesías mi vida de sacerdote, y profeso la parte religiosa, espiritual, en la carpa, en la montaña; en la costa de un río celebro una misa”.
Asimismo, aseguró: “Los paisajes y la soledad de viajar en moto son motivo de mucha reflexión. Nunca me imaginé que iba a ser un espacio donde puedo repensar un montón de cosas y cambiar, y donde se puede orar. Yo uso mucho el rosario como herramienta de oración y meditación”.


Otra de sus pasiones es la música y si bien reconoce que es poco práctico cargar la guitarra en la moto, las oportunidades de entonar alguna melodía nunca faltan: “En un camping había un chico de unos 8 años al que le regalaron una guitarra. Uno de mis compañeros le dijo que yo se la podía afinar. Luego de afinarla, me puse a tocar y cantar canciones del Litoral y el nene quedó entusiasmado. También se acercó otra gente y se armó un fogón. Nadie se quería ir”, rememoró, visiblemente emocionado, y afirmó a modo de conclusión: “La vida es un regalo pero se la vive de acuerdo a lo que lleva adentro. Que sea hermosa y disfrutarla es una elección de cada uno”.

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