La Provincia
Lunes 21 de Marzo de 2016

Máquinas para qué y para quiénes: Aquellos ludditas les hablan al oído a los panzas verdes

Descubriendo Entre Ríos. ¿Deberemos romper máquinas para que el poder entienda que el desplazamiento del humano ha llegado a un límite intolerable? ¿Volverán los destructores de telares por sus fueros?

Tirso Fiorotto / De la Redacción de UNO
tfiorotto@uno.com.ar


Entre Ríos debía afrontar desde principios del siglo XX el desafío de las máquinas, cuando era necesario arraigar a los campesinos y abrir fuentes de trabajo a los obreros.

La incorporación creciente de las máquinas en las faenas agropecuarias favoreció a proveedores, exportadores, importadores, gobiernos de los estados; favoreció a terratenientes, comerciantes, industriales. Pero ¿qué ocurrió con los obreros y campesinos?

El envión progresista fue tan arrollador que convenció a las mayorías. Las máquinas facilitaban el trabajo, y el monstruo poco tardaría en mostrar los dientes: de facilitar el trabajo a expulsar al obrero había sólo un paso.

Negocio para pocos

Con una aureola de novedad, la tecnología seduce. Algunos pensamos que Internet, por ejemplo, es una herramienta extraordinaria, y si estamos por el conocimiento, la libertad, la igualdad de acceso al conocimiento y los bienes, entonces no podemos sino maravillarnos.

Sin embargo, cuando de tecnología y máquinas se trata a veces hay que abrir los ojos y taparse los oídos para no escuchar los cantos de sirenas.

Veamos si no lo que ocurrió en nuestra región en este siglo. 

Como las máquinas se convirtieron en un seguro contra el destierro, el que podía adquirirlas estaba mejor pertrechado. La libertad de acceso a la tierra y al negocio a cualquier sociedad terminó por expulsar a los trabajadores de la tierra.

Es decir: en un sistema que permite la especulación con bienes en los que no debieran admitirse títulos de propiedad, las máquinas sirven a los más poderosos. 

Si una máquina puede desplazar a 20 obreros, y el empresario debe garantizar la ganancia como requisito sine qua non para subsistir, ¿hay elección?

En el fondo de la expulsión está, entonces, el sistema que admite que el motor de la economía sea la ganancia, y por tanto la sociedad se rige por la ganancia y no por la vida. En un sistema así, la máquina ¿no lo hace más brutal aún, si a las miserias le añadimos el flagelo de la desocupación, el destierro y el hacinamiento en un “no lugar”?

Unos pocos propietarios terratenientes, unos pocos banqueros, unos pocos productores, unos pocos empleados, unas pocas marcas de máquinas, desplazaron y extirparon del suelo (máquinas mediante), a decenas de miles de trabajadoras y trabajadores, y destruyeron una compleja cultura.

Y aquí la brutal paradoja: el despoblamiento se dio a la par de la tala rasa, y todo al grito de viva el progreso. 

Progreso y zozobras

Cuando el problema ya se tornaba insoportable por el destierro masivo de entrerrianos, llegó en los 90 el plan de transgénicos con sustancias químicas que, desde la concentración del capital, consolidó la estructura expulsora de habitantes.

Nuevamente la tecnología y la máquina conspirando contra el humano.

Se imponía pensar en el arraigo, el trabajo, los servicios para la familiar rural, pero desembarcó una receta importada, sin consulta, sin relación alguna con nuestros problemas ya acumulados.

Precisábamos chacras y llegó la escala. Necesitábamos el diálogo y llegó la uniformidad.

La tecnología, la máquina, las inversiones, suelen provocar zozobras en las familias trabajadoras panzaverdes. Al cabo de las décadas, hoy celebramos que un hijo consiga un conchabo en algún servicio, y que ni sueñe con el trabajo registrado. O que se acoja a un plan social. Porque los ricos y las  máquinas se quedaron con todo.

El maquinismo puede tener algún efecto positivo en el consumo masivo, pero no necesariamente en el trabajo. Y eso se extiende a otras tecnologías.

Lo mismo ocurre con la velocidad de transporte y comunicaciones. En el periodismo, por ejemplo, si hoy podemos cumplir con una nota en pocos minutos, eso no se traduce en un mayor tiempo para el ocio creativo o el estudio.   

Provincias como Entre Ríos, de escaso interés como centro de consumo, y despobladas por el capitalismo y las máquinas, se van tornando casi inviables en su autonomía.

Hoy se habla de “zonas de sacrificio” por la explotación del subsuelo, sea la megaminería o la fractura hidráulica, y en verdad hay territorios agropecuarios como Entre Ríos que son pioneros en la destrucción del ambiente y el destierro al mismo tiempo.

A los defensores a ultranza de las máquinas podríamos preguntarles: ¿por qué cuanto “mejores” y más complejas y grandes máquinas, menos personas?

Máquinas, productividad, apuro, consumismo, ¿esa es la receta? ¿Para responder a qué diagnóstico?

Derechos humanos

Dentro de la Argentina existen regiones que expulsan a sus hijos de modo habitual y por décadas, es decir, sufren crónicos males en la sociedad y la economía.

Entre Ríos sobresale entre las provincias por el destierro de sus hijos. Por eso se la conoce como la patria de las taperas y los pueblos fantasmas, y sorprende cuando sabemos que es la patria del agua, el suelo fértil, las aves, el monte. Impacta el contraste.

Una razón principal y no excluyente del destierro como norma es la falta de trabajo decente. Es decir: aquí se violan los derechos humanos como norma. 

La Organización Internacional del Trabajo establece unos parámetros para reconocer el trabajo libre, digno, igualitario, seguro, y en Entre Ríos no se cumplen esas normas pero hay algo más: ni siquiera se puede acceder con facilidad a un trabajo de servidumbre, desigual, inseguro. Así es como se prepara el camino del destierro.

Por eso se impone enfrentar este flagelo. Habría que declarar la emergencia del trabajo por varios lustros. Pero si bien la emergencia haría visible el problema y lo colocaría como prioridad, quizá faltaría una etapa anterior y abarcadora que es la conciencia sobre el problema, es decir, un diagnóstico amplio y profundo de sus causas y un debate social.

La resistencia

Cuando el auge de la industria, en Inglaterra afloraron grupos que advertían los males de la tecnología sobre el trabajo humano, y optaron por destruir las máquinas. Eran los ludditas, o luditas.

Así fueron conocidos y el origen del nombre es un tanto confuso, pero se debería a un Ludd que los guiaba, aunque quizá ese Ludd no fuera sino un pseudónimo, o una bandera, en la estrategia de lucha obrera.

Los artesanos veían, entonces, que los telares industriales los desplazaban, que el motor a vapor era su enemigo, y es que, para el manejo de las máquinas, los capitalistas contrataban a unos pocos empleados mal calificados y peor pagos.

Entonces emprendieron una lucha de resistencia: atacaron a la patronal rompiendo los fierros.

Algunos no tenían animadversión contra las máquinas, pero las dejaban fuera de juego para negociar en posición de fuerza con el patrón.

El caso entrerriano

Entre Ríos sufrió en estas décadas un claro reemplazo de hombres por máquinas, sin otro plan que el importado, la receta foránea automática, que ignoraba por completo nuestra realidad, nuestra historia. 

Como ocurrió paulatinamente, y había una válvula de escape llamada éxodo, los mismos expulsados desconocieron en general las razones del destierro. Murieron como la rana del cuento, hervida a fuego lento.

Muchos se culparon, muchos familiares señalaron supuestas fallas de organización de esas familias, siempre se halló una razón dentro del hogar, un culpable en lo local, sin advertir que el sistema debía funcionar con muy pocas personas, de modo que si no caía uno caería el otro.

Ese sistema consistía y consiste en una confluencia de la concentración de las riquezas en pocas manos, la concentración de la propiedad y el uso de las riquezas, con la irrupción de máquinas en general no construidas en este territorio, y sobre las cuales nuestro pueblo nunca fue consultado.

La adoración del mercado fue nuestra ruina. 

La vida rural o semirrural da trabajo directo. La concentración de la propiedad en pocas manos puede generar empleo asalariado, pero si ese proletario puede ser reemplazado por máquinas, el resultado es obvio: tierras en propiedad de personas y sociedades que no la conocen, y máquinas manipuladas por pocos trabajadores especialistas.

El Estado ha sido principal actor en este proceso de destrucción de la sociedad campesina. Dificultar el empleo y aceitar la irrupción de la tecnología es un modo, a veces indirecto, de empujar al destierro.

La desconexión

Los que se marcharon al conurbano bonaerense o lugares similares, ya urbanos, pasaron a reclamar otro tipo de ayudas y derechos; los hacinados en barrios de ciudades entrerrianas se acomodaron como pudieron y sus hijos ya ignoran la otra vida y naturalizan un estado de cosas perverso.

Desconectar a las personas de las riquezas naturales. Ese es un logro perfecto del capitalismo, para que el humano no moleste sus negocios.

El éxito se nota en la tremenda injusticia de la tenencia y el uso concentrados de la tierra, y en el escaso o nulo reclamo social, porque los barrios desarraigados no alcanzan a ver un origen y un destino más allá.

Grandes terratenientes foráneos, grandes pooles de la especulación, grandes comerciantes de maquinarias, grandes banqueros y proveedores de semillas transgénicas e insumos, grandes oligopolios del comercio exterior y sus socios en la política y a veces también en el sindicalismo, fueron favorecidos así por un sistema perverso, y las mayorías quedaron anestesiadas. Una anestesia eficaz para evitar la respuesta es la ignorancia.

Veremos, aparte, cómo las máquinas plantean interrogantes en industrias y servicios urbanos.

Chacra familiar, cajero y contestador

La chacra familiar, la huerta orgánica, la biodiversidad productiva a escala pequeña, es más prometedora que la economía de escala. Da más trabajo, arraiga a las familias.

La chacra salva a las personas del hacinamiento, y permite a las mujeres y los hombres una vida plena en la naturaleza, muy en camino del vivir bien, en armonía.

Los mismos chacareros creyeron que las máquinas llegaban para favorecerlos, no advirtieron que son armas de doble filo. Hubo productores medianos que celebraron tener que contratar menos peones, hasta que las máquinas amigas se los fagocitaron a ellos. No vieron que, arriba de ellos, otros pensaban lo mismo.

Los entrerrianos tendremos que luchar para que se anulen las formas de proscripción o discriminación negativa contra los trabajadores.

Los cajeros automáticos, por caso. Si pueden trabajar una chica, un muchacho, ¿por qué dar prioridad a un robot?

No pasará mucho tiempo para que los ludditas vuelvan a interrogarnos. Es obvio. Los banqueros la juntan con pala, o como se dice hoy, la pesan, y en vez de dar un puesto de trabajo colocan cajeros automáticos, con la complicidad de los gobernantes.

Así es como el capital financiero, principal enemigo de la soberanía y la independencia, es también en eso principal enemigo del trabajador. 

Los contestadores automáticos, otro atropello. Que atiendan chicas y muchachos, que haya trabajo genuino para nuestros jóvenes y no tan jóvenes, y que los usuarios de los servicios tengan la posibilidad de conversar con personas, para no ser víctimas del atropello de las máquinas que no distinguen situaciones distintas y a veces extremas.

Como queda a la vista, las máquinas del campo no son el único fraude al trabajo. 

El sistema debe facilitar el trabajo, jamás dificultarlo. En la construcción, ¿cuántos obreros se quedan sin lugar por una hormigonera gigante?

En las industrias ocurre algo parecido. Parques industriales que prometían fuentes laborales al por mayor no superan, con 20 plantas, lo que era antes solo un frigorífico. 

Conclusión: en este sistema, las máquinas sirven al sistema, y están en deuda con el ambiente y el humano en el ambiente. 

Las máquinas, como el neoliberalismo, engañan con el cuento de la copa que rebalsa y derrama.

Nosotros no decimos no a las máquinas. Decimos sí a la participación de la comunidad, y rechazamos las recetas del mercado. Es decir: el pueblo tiene que estudiar y decidir qué máquinas quiere y cuáles no.

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