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Domingo 22 de Noviembre de 2015

Luego de doce años de kirchnerismo, habrá nuevo Presidente

Los encuestadores se mostraron cautelosos luego de los fallos de octubre. El voto de los indecisos y el aumento del voto en blanco son parámetros a analizar. Las campañas publicitarias y de comunicación tienen un rol determinante. Mirà la inforgrafìa 

Carlos Matteoda / De la Redacción de UNO
cmatteoda@uno.com.ar


La elección de hoy será sencilla, sin cortes de boleta, sin combinaciones, sin mesas interminables dentro de los cuartos oscuros donde se apilen  30 o 40 boletas producto de los pegados y las colectoras. Se vota por A o  por B, y sino nada. Paradójicamente nada no es nada, sino que importa y mucho; aunque para el caso del voto positivo lo de hoy es como un Boca o River, Chevrolet o Ford, Braden o Perón... 

Dos décadas después de la última reforma constitucional se pone en marcha el mecanismo de la segunda vuelta electoral para elegir a un Presidente, tras el fallido de 2003 por el desistimiento menemista. La rareza de la elección no es para tanto: tan obligatoria como la primaria del 9 de agosto o la general del 25 de octubre, con este capítulo se cierre la carrera electoral de este año. 

Párrafo aparte, esa “carrera” no fue tan larga como parece, aunque sí existió durante 2015 una saturación de información electoral desde aquellas primarias salteñas a principios de abril; y también producto de la persistente postura periodística de sostener que cada elección provincial, y aun algunas municipales, tenían un carácter decisivo; que finalmente no fue tal, según se observa ahora.

Más allá de esas predicciones fallidas, hoy usted y yo, y otros 32.037.321 electores, estamos en condiciones de elegir como presidente a Daniel Scioli o a Mauricio Macri. La definición debería conocerse, salvo que exista una enorme paridad, no más allá de las 22.30 o las  23 ya que -resulta obvio- el escrutinio será mucho más sencillo que el del 25 de octubre y que el del 9 de agosto.

Los pronósticos electorales

A la elección del titular del Poder Ejecutivo se llega tras unos comicios generales en los que la amplia mayoría de las encuestadores estuvieron lejos de acertar con su pronóstico. El gobernador bonaerense Daniel Scioli se impuso por tres puntos porcentuales de ventaja, a pesar de que en la previa le atribuían una diferencia superior a los ocho puntos porcentuales, e incluso algunas consultoras arriesgaron que podría ganar en primera vuelta si estiraba a 10 puntos esa diferencia. 

La victoria ajustada tuvo sabor a derrota para el oficialismo, que permaneció en un sopor del que logró salir definitivamente con el debate de los candidatos presidenciales, cuando tras espabilarse comenzó una campaña más potente, que muchos lamentaron no hubiera tenido desde antes ese tono. 

La oposición, por el contrario, festejó como un triunfo el resultado de octubre y no pudo evitar que el triunfalismo tuviera un halo de arrogancia. Claro, en favor de esa idea aportaron la mayoría de los  pronósticos electorales, que ahora indican que hoy habrá un triunfo de la alianza Cambiemos.

Es innecesario decir que no resulta tan sencillo el pronóstico, e incluso se ha dicho que el sondeo de intención de voto es más complicado en estos casos, donde las opciones son dos, que en una elección general.

Para explicar estas dificultades se ha dicho, por ejemplo, que la actitud de los indecisos resultó más difícil de prever que en elecciones generales, y que la dispersión que mostraron en aquella oportunidad esos votantes -los que se manifestaban sin decisión tomada hasta la semana previa- hace más difícil prever su conducta.   

También dicen los encuestadores que el error que ellos cometen en el relevamiento de la intención de voto ahora se duplica, porque en el balotaje al voto que en realidad no tiene un candidato, lo tiene siempre el otro. 

La experiencia palpable del error está cercana. Algunos prominentes encuestadores admiten que enfocaron erróneamente todo el proceso electoral, suponiendo que las elecciones primarias serían como una primera vuelta, y que en la primera vuelta habría polarización entre dos candidatos. Pero eso no sucedió. De hecho, Sergio Massa es el candidato más votado de todos los que han salido terceros en las elecciones presidenciales realizadas desde 1983.

Las dificultades para establecer esos repartos se vieron también con los nuevos votantes de octubre. En esa elección votaron positivamente 2,6 millones de personas más que en las Primarias, y Macri logró 1,7 millones de esas adhesiones; cuando la suposición indicaba una distribución más equitativa entre todas las fuerzas.

Hay también quienes han planteado una diferencia en lo que denominan el clima de cada elección. Al de los comicios de 1995, 2007 y 2011 lo caracterizaba el deseo de continuidad, y a las de 1989, 1999 y 2003, el de cambio. Esto parece una simplificación de la situación. Claro está que mañana cerca de la medianoche podrá señalarse si la de 2015 tuvo un clima o el otro 

Para mirar con atención

Muchos de los análisis periodísticos que se elaborarán mañana estarán apuntados a lo que surja de la comparación de los resultados de octubre y de hoy, para determinar cuáles candidatos  de la boleta completa traccionaron  más o menos votos. 

Será una cuestión dificultosa y opinable la de establecer esas diferencias. Si, por ejemplo, Mauricio Macri logra más votos en la provincia de Buenos Aires que la candidata vencedora de octubre para la Gobernación (María Eugenia Vidal) se deberá seguramente a que Macri compite solo con Scioli, y Vidal lo hizo con seis o siete candidatos más.

Más sencillo será el análisis si en determinados distritos el resultado se revierte. Claramente las chances de Scioli se juegan en gran medida en la provincia de Buenos Aires, donde Cambiemos viene de desalojar al peronismo tras 28 años de gobierno. En el mismo sentido, Macri depende para una victoria de lograr que allí se repitan los números de la elección general, dado que allí residen 11 millones de votantes, un tercio del total.   

También podrán vislumbrarse otras cuestiones. Por el lado del oficialismo está claro quién ejercerá la conducción en caso de darse un triunfo de Scioli, pero la hipótesis de la derrota plantea numerosos interrogantes. ¿Serán los gobernadores justicialistas? ¿Será Scioli igualmente? ¿Será Cristina Fernández y los legisladores kirchneristas? ¿Podrá Sergio Massa intentar instalarse como conductor disputando las elecciones partidarias, pese a que su postura en el balotaje parece favorecer a Macri?

Para el caso de que Cambiemos triunfe hay un primer interrogante que es el rol del radicalismo en el nuevo gobierno, donde los mismos dirigentes del centenario partido advierten que no les resultará sencillo ganar lugares. Cada vez se habla menos de un gobierno de coalición y los contactos entre partidos se redujeron drásticamente en la etapa  final de la campaña. 

Igualmente son tantos los cargos a definir tras el balotaje, en menos de 20 días, que las expectativas se mantienen; pero la duda no refiere a los planes políticos de determinados dirigentes sino a la participación como tal de la UCR. 

En caso de una derrota, lo primero a resolver es la continuidad de la alianza opositora, y a partir de ese dato, los caminos de la construcción política.

También deberá analizarse la situación de diferentes dirigentes a la luz del resultado de hoy. Tal vez en Entre Ríos el caso más claro sea el del gobernador Sergio Urribarri, que será un importante ministro de Scioli si el Frente Para la Victoria gana, y que será titular de la Cámara de Diputados de la provincia si triunfa el macrismo. Esas circunstancias tendrán a la vez una incidencia importante en la gestión del gobernador electo Gustavo Bordet.

Está claro que a Bordet no debe ser este aspecto el que más le preocupa, sino con qué presidente deberá entenderse desde el 10 de diciembre, con qué matriz ideológica y con que práctica política deberá lidiar entonces. 




El voto en blanco

En la elección de octubre el voto en blanco osciló el 2,5% para la categoría de Presidente de la Nación. Había tenido porcentajes más altos en las Primarias pero no trató del resultado de la determinación de votar en blanco, sino de los cuerpos electores faltantes en algunos votos por los cortes o por utilizar boletas que no tenían todas las categorías electivas. Eran técnicamente votos en blanco, pero la mayoría no fueron totalmente en blanco.

Como se dijo, en las generales esa tendencia disminuyó al dos y medio por ciento, con una importante incidencia de las boletas cortadas. 

A diferencia de eso, ahora, lógicamente votar en blanco significa echar a la urna el sobre vacío. Y a diferencia de las elecciones, hubo incluso una fuerza electoral que impulsó el voto en blanco. (El candidato izquierdista Nicolás Del Caño llegó a solicitar también espacios gratuitos en los medios de comunicación para promocionar su postura).

Claramente, dos o tres puntos porcentuales de votos en blanco  pueden definir la elección. Los encuestadores coincidieron en que resultaba inevitable que el voto en blanco crezca; y la mayoría además sostuvo que favorecía a quien ellos consideran mejor posicionado, que el candidato opositor. Sin embargo, la incógnita persiste. Sólo está claro, según quienes sondean la intención de los votantes, que habría que esperar más esa conducta de los sectores progresistas y de izquierda; que de los conservadores o de derecha. 

Entre 1983 y 2001, el promedio de voto en blanco en las elecciones generales fue del 3%. El máximo nivel se registró en 2001, con más del 6%, por la influencia del fenómeno conocido como “que se vayan todos”, cuando alcanzó un promedio nacional del 6%.

En la reciente segunda vuelta para elegir al jefe del gobierno porteño, entre Horacio Rodríguez Larreta y Martín Lousteau, el porcentaje de voto en blanco fue 5% pese a que era la postura impulsada por el kirchnerismo y otras fuerzas políticas. El candidato kirchnerista Mariano Recalde había logrado 21,5% de los votos en la primera  vuelta.

Los indecisos

Para la mayoría de los encuestadores el porcentaje de personas que esta  semana no tenían definido aún a quien votar se ubica entre 4% y 11%, dos porcentajes capaces de dar vuelta una elección binaria como la de hoy. Es notorio que la campaña del balotaje estuvo apuntada a esos electores.

Lo que se dirá

Un ejercicio predictivo simple consiste en imaginar como se explicarán esta noche o mañana el resultado del balotaje.

Si gana uno de los candidatos se dirá que la gente se cansó de la corrupción y la prepotencia instalada del kirchnerismo; que era imposible que Scioli ganara si no lograba despegarse del gobierno nacional y de La Cámpora; que falló la campaña del miedo, o que fue mayor el miedo a la continuidad del kirchnerismo; que la gente pensó que él no iba a gobernar en realidad o que el mérito fue de la campaña electoral diseñada por Jaime Durán Barba, el publicista ecuatoriano que asesora a Macri.

También diremos que las encuestas habían anticipado este triunfo; que era imposible revertir la tendencia de la renovación que se percibía en la sociedad; que los centros urbanos de importancia fueron más proclives a Macri; que los votantes de Massa se inclinaron por Macri, o que Scioli radicalizó su campaña y dejó de representar al electorado medio de un escenario divido en tres tercios (cambio, continuidad o cambio moderado con algo de continuidad).

En cambio, si gana Scioli analizaremos que la gente no quería cualquier cambio, ni cualquier renovación, sino un cambio con garantías de continuidad para determinadas políticas; que la gente se cansó de la campaña de pastor evangelista que hizo Macri sin precisiones y cargada  de buenas intenciones y generalidades; o que el a triunfalismo de los últimos días terminó jugándole en contra.

También se podrá decir que la campaña para advertir lo que representaba Macri dio resultado; que Scioli se desmarcó a tiempo del kirchnerismo y de la Cámpora; que es imposible ganar una elección si se anuncia una devaluación durante la campaña electoral; que las encuestas fallaron y no pudieron advertir la toma de conciencia que se venía gestando y/o la tarea militante desarrollada en las últimas semanas.

Igualmente se dirá que las referencias económicas del macrismo terminaron de espantar a los votantes de los sectores medios y bajos ; o que el FPV logró motorizar su penetración vertical en los sectores más postergados; además de indicar que los votantes de Massa se inclinaron por Scioli, pese a la indefinición de su líder que se interpretó favorable al macrismo.

Los argumentos, en general, ya están pensados. Para quien gane la transición será vertiginosa, para el que pierda los días transcurrirán más lentos. Sin embargo, la redefinición del mapa del poder políticos será más intensa en el sector derrotado que en el vencedor.

Tal vez nos quede algo de tiempo para evaluar también la conveniencia del sistema electoral de elección con balotaje; un sistema surgido de   una acuerdo político (el Pacto de Olivos) propio de una Argentina que hoy ya no existe. Nadie pudo asegurar en ese momento que era la mejor manera de elegir al presidente, y menos puede afirmárselo hoy.

A votar tranquilos y a conciencia, en este día tan especial en el que la magia de la democracia nos iguala como nunca. Todos valemos uno, y eso ocurre muy de vez en cuando.

 

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