Derechos Humanos
Martes 27 de Septiembre de 2016

Los testimonios sobre las torturas en la Jefatura de Policía de Paraná

En el juicio contra Céparo se escuchan relatos que ponen a la Policía de Entre Ríos como protagonista de las graves violaciones a los derechos humanos cometidos durante la dictadura.

Dos días de juicio de la causa Céparo han sido suficientes para dejar al descubierto el rol de la Policía de Entre Ríos al servicio del terrorismo de Estado durante la última dictadura cívico militar, y específicamente el papel que cumplió la Jefatura Central de Policía de calle Córdoba como centro de detención ilegal y torturas. Aunque se trata de un juicio pequeño en comparación con otros de lesa humanidad por la cantidad de acusados (solamente uno), víctimas y testigos, su importancia está en que deja a la vista, blanco sobre negro, que la fuerza de seguridad entrerriana también puso sus hombres, sus inmuebles y su logística para la violación de derechos humanos de los perseguidos políticos y de cualquiera que pudiera resultar sospechoso.
En la causa contra el ex policía Atilio Céparo este martes declararon dos hombres, primos hermanos entre sí, que fueron secuestrados juntos cuando ambos tenían 19 años, el 26 de septiembre de 1976. Los dos fueron sometidos a salvajes torturas con picana eléctrica y otros maltratos y vejámenes. También debieron enfrentar padecimientos de ese tipo la madre y la hermana de uno de los primos. Y hasta se mencionaron conductas que podrían ser consideradas abusos sexuales, otro de los crímenes que formaba parte del plan sistemático de represión ilegal. Todo esto ocurrió dentro de la Jefatura, frente a Casa de Gobierno.
La denunciante de Atilio Céparo –imputado en la causa– declaró que allí vio a esos jóvenes y también a la madre. Este martes uno de los primos dijo que pudo ver allí a su mamá, a su hermana y a otra mujer que bien podría ser la autora de la denuncia.
Oscar Eduardo Tissera y Arturo Fernández, sentados ante el Tribunal cada uno a su turno, contaron el calvario que vivieron desde la siesta de aquel 26 de septiembre, un domingo, cuando un grupo de al menos diez policías de civil y de uniforme irrumpieron en la casa de la abuela de ambos, donde ellos se encontraban en ese momento. Los amenazaron con armas de fuego y golpes, mientras les preguntaban por supuestas armas que les decían que habían enterrado.
Lo que en realidad habían enterrado eran libros. Libros que Oscar había heredado de su abuelo comunista y que consideraba peligrosos en aquel contexto de represión. Por eso los metieron dentro de una lata de galletitas Terrabussi y los enterraron en el patio de esa casa de calle Churruarín al 1.000, que fue saqueada por la patota.
Los trasladaron en un patrullero con un impresionante despliegue de seguridad. Tanto que muchos vecinos se asomaban para ver quiénes eran los peligrosos delincuentes que llevaban detenidos. A Arturo le preguntaron donde vivía y a la dirección que dio, San Martín y Feliciano, irían luego a realizar un allanamiento y secuestrar también a su madre y su hermana.
En la Jefatura de Policía los tuvieron alrededor de 15 horas semidesnudos en el patio. Los torturaron por separado con picana eléctrica por todo el cuerpo. Para provocarles más dolor le arrojaban agua y le tapaban la cara con una almohada, lo cual les provocaba dificultades para respirar. "Realmente ahí creí que me iba", dijo Fernández. "Cambiaría un año de detención por una hora de picana", expresó para dar idea de la magnitud del padecimiento que significa la tortura.
De allí fueron trasladados a la Comisaría Segunda, luego a un calabozo de la cárcel de varones, más tarde a la Unidad Penal de Gualeguaychú y finalmente a la cárcel de Coronda. En diciembre, poco antes de Navidad, los retiraron de allí, los subieron a un colectivo y los transportaron al Comando del Ejército en Paraná, donde el entonces coronel Juan Carlos Ricardo Trimarco los puso en libertad luego de una arenga en contra de la subversión.
Arturo declaró que su madre fue sometida a maltratos que podrían encuadrarse como abusos sexuales. Sobre lo que vivió su hermana dijo: "Ella nunca pudo contar nada de lo que le pasó". Este muchacho, fotógrafo de profesión, le vio la cara a varios de los policías que lo tuvieron secuestrado y los siguió viendo luego de que recuperó la libertad. A uno de ellos le tuvo que llevar una foto de bautismo a su casa.

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