A Fondo
Domingo 25 de Enero de 2015

Los Poetas de Ramírez

Última parte

Durante dos meses, Los Poetas de Ramírez, trabajamos sin descanso para llegar al 13 de diciembre de 1969 con la revista terminada. Sabíamos que en la ciudad había otros escritores y muchos de ellos, mejores que nosotros. Los leíamos con la convicción de que estábamos a su altura. Eso ahora no es relevante, éramos felices, Georgina lo era. Pero el día antes de la inauguración del túnel, todo ese mundo que nos habíamos inventado se desvaneció como el vinagre hace con la sal.

Cuando las poesías estaban terminadas y corregidas, logramos que alguien nos preste una prensa e hicimos la cantidad de copias que pudimos, unas 200. Debimos pagar el papel, la tinta y a un muchacho que se encargó del trabajo; uno peligroso ya que no cualquiera tenía una máquina sin declarar en el galpón del fondo de su casa. No recuerdo el apellido, creo que se llamaba Juan y cada dos palabras decía compañero: compañero aquí tiene las copias, compañero cómo anda, compañero no se preocupe, compañero no le saldrá tan caro.

Con Georgina jugábamos. Cerca del lugar donde nos iban a entregar las revistas, ella me dijo: compañeros comparten el pan, camaradas la cama y correligionarios la religión; eso me gusta. Los dos nos ofrecimos como encargados de buscar las copias y de llevarlas a la casa de campo en las afueras de la ciudad, pero nunca pudimos reencontrarnos con Los Poetas del Ramírez.

Golpeamos la puerta, Compañero Juan nos hizo entrar y nos pidió que lo acompañáramos al fondo. Era un galpón que ya conocíamos cuando habíamos llevado los originales. El muchacho estaba nervioso, transpirado y se frotaba las manos cada vez que hablaba. Compañeros, las tengo sobre la mesa, dijo entrecortado como sí arrastrara cada letra. Georgina me miró y en sus ojos noté preocupación; sabíamos que algo había pasado. Salimos al patio, lo esperamos y volvió con un paquete envuelto en papel madera.

Le pagamos y nos fuimos rápido, pero en la esquina, cinco hombres nos emboscaron. Intentamos correr y no pudimos. Peleamos, pegamos y nos pegaron. Querían llevarse las revistas. Georgina se aferró a ellas como si las abrazara. Algunos vecinos salieron de sus casas, pero cuando vieron lo que pasaba volvieron a meterse de inmediato. Les grité hijos de puta todas las veces que pude. Nos arrinconaron contra una pared. Ellos levantaron sus voces, intentaron golpearnos otra vez y nos defendimos hasta que se escuchó un tiro, uno solo con su pequeño y diminuto pedazo de plomo que entró por el pecho y salió por la espalda de mi compoeta. Era de noche, la quise sostener, reanimarla, pero solo escuché el chirrido de las ruedas de un auto al doblar y a esos hombres llevarse mucho más que la literatura nuestra.

Georgina murió en el hospital después de pasar tres horas en coma y en los últimos 45 años reviví varias veces las mismas secuencias: ella con las revistas y yo que me pongo adelante; ella con las revistas y el tiro que no sale; ella con las revistas y yo que los empujo y corremos; o la más fácil, yo con las revistas y ella viva. De todo aquello, solo me quedó el silencio imaginado de la sala de velatorio cuando su madre me prohibió la entrada. El sol ya había despertado en ese 13 de diciembre de 1969.

Era el día de la inauguración del túnel y en la ciudad había una alegría profunda. La obra más esperada, la que podía cambiar para siempre la historia, la que iba a unir lo que parecía una gran isla, una tierra entre dos grandes ríos, iba a presentarse al resto del continente. Todos estaban ahí, los que tenían auto y los que llegamos a pie. Hubo quienes en sus camiones cargaban desconocidos desesperados por cruzar al otro lado y volver; por vivir eso que durante años parecía que nunca iba a suceder. Quien pasaba a mi lado se encontraba con una sonrisa desgarrada, tenía escrita en la expresión de mis ojos la palabra bronca y era el odio lo que apretaban mis dedos para formar un puño. Pude haberme acostado a dormir, tirarme a llorar en cualquier rincón, pero eso no iba conmigo. En el medio de la confusión y del dolor, necesitaba una respuesta. Solo Los Poetas de Ramírez sabíamos donde íbamos a imprimir la revista, a qué hora y cuál era el camino que tomaríamos ese anochecer.

A lo lejos, cerca del palco oficial donde ya habían dado los discursos por la inauguración, estaba parado Ignacio Héctor Presto. Me acerqué y lo llamé una, dos o tres veces hasta que se dio vuelta y me vio. Quería contarle lo que había pasado y los detalles, buscar juntos a quien nos había entregado. Sin embargo, al verme, agachó la cabeza. Lo volví a llamar, pero ya ni siquiera giró para encontrarse conmigo. Estaba del otro lado de unas vallas que lo separaban de mí y de un montón de gente que festejaba. Un presentador empezó a nombrar a distintos artistas de la ciudad para darles una distinción por sus tareas y por la defensa de intereses comunitarios, así lo dijo. Solo aprendí el peso que tiene la palabra traidor, cuando su nombre salió por los parlantes y bajo los aplausos de quienes estaban presentes, no borró esa expresión de triunfo que ponía cada vez que leía cualquiera de sus poemas. A lo lejos, reconocí a su padre, después a su hermano y comprendí que ser delator y desleal es uno de los trabajos más despreciables de la historia.

A Ignacio Héctor Presto lo seguí desde que terminó el acto hasta Sportivo Urquiza, donde había un baile para festejar la apertura del túnel. Apuré el paso y di la vuelta a una manzana para encontrarlo de frente. Es un amigo, yo los alcanzo, les dijo a otros que iban con él, pero los dos ya sabíamos que no éramos amigos. Nos miramos o yo lo miré a los ojos. No era necesario intercambiar conceptos y pareceres, pero él me dijo nada justifica la violencia y agachó la cabeza una vez más. Sé que ahora puede parecer un exceso, ya no tiene importancia. Me acerqué lo suficiente, a paso lento, con una respiración que marcaba cada paso como si encontrara las comas y los puntos precisos. Él entendió y yo entendí. Quiso defenderse, pero no pudo. La primera y única puntada le entró al costado de la panza e hizo un ruido a algo que se rompe, como un papel. Fue justo, certero, prolijo, limpio, claro, con música, como debe hacerse cuando uno es poeta.

Hay dos lápidas que siempre leo en el cementerio como si fuera por obligación. La primera dice Georgina Strada 14 de Agosto de 1947 - 13 de diciembre de 1969. No tiene ninguna otra inscripción, como si a su familia le hubiera dado vergüenza tener una hija revoltosa o como si la producción de azulejos dependiera de un epitafio. A veces entiendo que el tiempo es un inmaterial relativo y en todos estos años hubo días grises en los que solo caminé de un lado a otro.

A veces vuelvo a encontrarme también con la única certeza de mi existencia. Recuerdo y repito en mi imaginación el puntazo final que le di a Ignacio Héctor Presto y de inmediato hay un ruido, uno nuevo, un disparo, uno solo con su pequeño y diminuto pedazo de plomo que entró por mi espalda y salió por mi pecho. Leo también, en una pequeña lápida, Miguel Arrúa - El Poeta de Ramírez y me voy con la certeza de que al menos mi vida se convirtió en ese verso compuesto, contradictorio, en ese oxímoron que siempre me costó escribir y los días parecen desde entonces, un perpetuo repetido pleonasmo.

 

FIN

 

 

Pablo Felizia

Escritor y periodista de UNO

pfelizia@uno.com.ar

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