A Fondo
Domingo 18 de Enero de 2015

Los Poetas de Ramírez

Parte III

Pablo Felizia/ De la Redacción de UNO

 


La primera vez que participé del grupo pensé que existía una pequeña posibilidad, minúscula, como un pedacito de aire, de que el mundo podría transformarse en un lugar bello o eso sentí cuando conocí a Georgina, ahora me confundo las fechas. Hubo un ritual de iniciación: en seco, sin tanto preámbulo, debía leer frente al resto algo que haya escrito. Mi voz se entrecortó en cada coma, pero superé la prueba y desde entonces formé parte de esa organización clandestina que iba a desintegrase dos meses después con la muerte entre sus filas.

 

Pasaron de entonces 45 años y la ciudad tenía por esos días un agite particular. Por primera vez en la historia iba a romper el aislamiento que la geografía había sometido, se iba a transformar, a recuperar el atraso y en la calle no se hablaba de otra cosa: los tambos venderían sus leches en provincias vecinas y todo cambiaría con la apertura de un túnel que años antes parecía un imposible. Los Poetas de Ramírez nos preparamos para panfletear nuestros propios textos y creíamos, ingenuos, que con ese acto podríamos hacer temblar un sistema construido por casi dos mil años. No nos oponíamos al progreso, siempre que esa palabra esté al lado de un pueblo que tenía esperanzas. Por aquellos días, cualquier actividad política por fuera de los interventores federales era considerada, al menos por la prensa, como un acto terrorista. Georgina me había dicho una tarde que tal vez deberíamos llamarnos Los Bombarderos de Palabras, le propuse Los Trotyles Literarios, ella retrucó con Los Desestabilizadores de La Rima, yo con autodenominarnos Los Proletarios del Soneto, ella Los Insurgentes del Octosílabo y yo Los Encapuchados del Pleonasmo. Así pasábamos cada momento, entre un sexo juvenil poco paciente e inmaduro; a veces no era más que una excusa para jugar a la literatura.
Las semanas previas a la publicación de nuestro primer y único número de la revista que llevaría el nombre de Los Poetas de Ramírez, el trabajo comenzaba con el sol o la noche y terminaba con la noche o con el sol según cada uno. Ocupó en nuestra vida un espacio privilegiado y con Georgina sentimos, o al menos yo sentí, que era posible una vida así, siempre así.

 

Teníamos un preámbulo, un juramento que leíamos siempre antes de comenzar cada encuentro y que iba a ser el primer escrito con el que daríamos inicio a la publicación. Lo discutimos tanto, que aún hoy recuerdo cada palabra: Los Poetas de Ramírez declaramos amar todo tipo de libertad y repudiamos de igual forma a las frases hechas, como al sometimiento del hambre. Respetamos a quienes usan la palabra como expresión de sus ideas, siempre que sus ideas sean espejos de sus actos. Somos poetas capaces de matar por amor, por odio, por la vida y por la muerte, usamos la rima como arma, el verso como punta de lanza, la síntesis como escudo y llevaremos hasta el fin de los tiempo la convicción de que un mundo distinto no solo es posible, es el rincón necesario que nos merecemos en el universo.

 

Eran conceptos muy generales, es cierto, pero entonces nos gustaba.

 

Mucho tiempo después comprendí que en tiempos de paz, los dueños de la libertad ajena son más eficaces. Cuando todo se relaja, la inteligencia de los perros es más peligrosa y un estado de sitio es la fase donde culmina el trabajo previo de recolectar fechas, nombres y direcciones. Pero todo eso no lo sabíamos. Ignacio Héctor Presto sonreía. Agudo en sus opiniones literarias, era grave en sus formas. Puntilloso para las metáforas, sus maneras algo refinadas, siempre llevaban consigo cierta bondad. Escuchaba más de lo que hablaba y cuando pronunciaba una idea tenía la claridad suficiente para no tener que repetirla. La literatura no es una forma de vida, es la vida en una de sus mejores manifestaciones, decía en algunos de los encuentros. Manejaba la lengua y la birome al unísono, era el primero en llegar, preparaba el mate, ofrecía cervezas o cigarrillos antes de que alguien se lo pidiera. Se trataba, para quienes no lo conocían, de una gran persona, de un buen hombre. La amabilidad parecía una característica predominante y certera, aunque calibrada. Lo maté con la certeza, ahora que el tiempo me ayudó a ver todo más claro, de que la frase nada justifica la violencia es mentira.
Mediocre es uno de los calificativos que suelo usar para cierta clase de personas. Siempre los mediocres son peligrosos porque no soportan que los sueños de otros sean posibles y concretos. Mediocres, son los que a sabiendas de sus limitaciones, quieren imponer una superioridad que no existe. Mediocre es aquel que no puede disfrutar de la vida, cuando la vida es lo único que tiene. Ignacio Héctor Presto no era un mediocre, era un traidor y esas son dos cualidades diferentes, aunque a veces los mediocres también traicionan. Nunca supimos de qué trabajaba y hasta el mismo 13 de diciembre, jamás llegué a relacionarlo con su hermano, uno de los jefes de la policía. Su padre, supe después, era un hombre que tenía aspiraciones de ocupar un cargo en algún ministerio. La política no era una ciencia que practicaba, ni siquiera ahora y me costó siempre entenderla. No éramos más que un grupo de jóvenes que queríamos mostrar nuestras poesías, pero otros estaban encargados de que eso no ocurriera nunca.

 

¿Cuándo ingresó Ignacio Héctor Presto a Los Poetas de Ramírez? ¿Quién lo presentó? Son preguntas cuyas respuestas aún no tengo, pero sí, ahora que el tiempo pasó y a juzgar por el desarrollo de los acontecimientos, no participaba en cada encuentro para crear imágenes con palabras, describir paisajes o dar cuenta de sus ideas. Tenía un trabajo que hacer y debo decirlo, fue certero y preciso.

 

 

Continúa el domingo

 

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