A Fondo
Domingo 04 de Enero de 2015

Los poetas de Ramírez

Parte 1

Pablo Felizia / De la Redacción de UNO

 

 

Nada justifica la violencia es una de las frases más mentirosas y falsas que conozco. Nada justifica la violencia y otra vez me encuentro con algunos que bajan la cabeza, que dicen siempre que sí aunque frente a ellos una injusticia los arrincone y exprima. Nada justifica la violencia y en la calle lo mismo de cada día, los autos y sus bocinas, las motos y el desgaste de la paciencia y de los tímpanos. La vida ya no es lo que era, otra mentira atroz. Digo que nada justifica la violencia y me encuentro parado en la misma esquina de hace 45 años atrás. Soy Miguel Arrúa, a pocas cuadras de Sportivo Urquiza asesiné a Ignacio Héctor Presto y estoy en condiciones de afirmar que mi violencia está justificada.


No tengo miedo a las represalias y la impunidad, debo confesarlo, está de mi lado desde entonces. Quién será capaz de venir ahora a querer acusarme de algo que ya es polvo de camino o del mismo que se levanta frente a una tormenta antes de descargarse sobre las barrancas. Quién será capaz de señalarme con el dedo ahora que todo aquello es antiguo. Ya nadie recuerda o a lo sumo, no es más que un archivo periodístico en una sección amarilla por el tiempo, los bichos y la humedad. Igual no me desaliento y quizás alguien con el espíritu cansado, aún vuelva otra vez sobre aquellos años grises.

 

Si esperé tanto tiempo para mí confesión es porque no pude hacerlo antes, porque no tenía aún la claridad para estar seguro de cada palabra. Ignacio Héctor Presto o lo que queda de él, yace adentro de una caja de madera en el Cementerio Municipal. Me gusta el mármol, los bronces y una vez al año, en el Día de los Muertos me paseo por sus pasillos y calles para leer las placas de aquellos que no se llevaron nada al otro mundo. Hay una particular donde se lee Mirta Huggens 1924-1952 Muerta de amor y de miedo. Otra, por ejemplo, dice Oscar Osorio 1939-1962 Un amigo entrañable y más lejos, en una piedra gastada donde ya no se distingue el nombre ni los años, solo aclara Murió en su ley. La de Ignacio Héctor Presto advierte: Vivió como una gran persona, era un buen hombre 14 de octubre de 1943 - 13 de diciembre de 1969.

 

Somos necrológicos, hay que decirlo: cuando el cuerpo queda inerte, el espíritu, para los vivos, se transforma en algo bueno. Si alguien ha sido una lacra en su vida, lo mejor que le puede pasar es morirse para que otros, en el caso de recordarlo, levanten una copa y brinden en su memoria. Lo malo del hombre, parece desaparecer con su último trago de aire. Era un buen hombre, aclara el mármol por las dudas; es el epitafio de un muerto, de mí muerto.

 

Somos necrológicos, nos volvemos necrobuenos, necropiadosos, necrosensibles, pero eso no me pasó cuando maté. Tampoco después, ni al día siguiente, ni al mes, ni al año, ni ahora. Ignacio Héctor Presto fue un buen muerto y eso sí debo valorarlo. Nunca vino como un fantasma a reclamar algo, jamás apareció en mis sueños con un dedo acusador, hasta ahora no pisó mi conciencia cualquier tarde gris o de lluvia. Nunca volvió para decirme nada, y a eso, ya lo dije, debo valorarlo.

 

Sé, porque los años a uno lo hacen un poco más blando a las cuestiones humanas, que quizás ahora alguno me tome por resentido. Hay muchas formas en donde el resentimiento aparece como algo explícito. En mi lista de personas que se quedaron con bronca califico a los resentidos sociales y estos son los que más me gustan; a los resentidos amorosos y los llamo cornudos; a los resentidos intelectuales y siempre me parecen soberbios; y por último a los resentidos emocionales y a estos siempre trato de tenerlos lejos. Los resentidos emocionales son lo que en cualquier momento, bajo cualquier excusa y contra cualquiera, sacan desde sus tripas todo el odio y pudrición que llevan guardado, atacan al que menos lo espera y pretenden que otros, bajo una moralina inventada, vivan entre la misma porquería con la que ellos transitan a diario. Ese era Ignacio Héctor Presto, un resentido emocional.

 

Ahora que tengo tiempo, uno relativo que transcurre a su antojo, estoy en condiciones de aportar más datos, detalles, para que la cosa se entienda.

 

Era linda la ciudad en aquellos años aunque no estoy tan seguro. Lo correcto sería decir que la recuerdo linda, más ingenua, más de siesta, más de baile al anochecer, más de paisaje, menos de vida acelerada, menos de hambre, menos de no encuentro trabajo, más de esperanza, menos de espasmos, menos de libertad, más de orgasmos pausados simples con tardes largas, más sonidos de lluvia, más de agua y menos apuros. No sé; cuando recuerdo a la ciudad, recuerdo también a Georgina Strada y por eso, creo, me parece que era más linda. Extraño el blanco y negro, la música de esas películas con ruido de disco recién grabado. Ya dije que es una mentira atroz afirmar que todo tiempo pasado fue mejor, pero no es fácil encontrar comparación con una Isabel Sarli inalcanzable, en lo alto y a lo lejos, desnuda o casi desnuda; eran otros tiempos y punto.

 

Fue en un cine. Coincidimos en Ellas también son rebeldes o en Villa cabalga, un western de aquellos, pero pierdo precisión. Georgina miraba la pantalla como si fuera la primera vez, los ojos redondos frente a las escalas de grises móviles, sus ojos como si habría colores, desorbitados, claros, sin pestañear, la boca abierta, la boca fina, la boca, esa boca, como quien se encuentra por primera vez de frente al mar, esa inmensidad inabarcable, un agua salada y viva que fluía como la poesía cuando se digna en ir y venir, en pegarle a las piedras negras, en encontrar la rima y la métrica justa; así miraba Georgina y así la miré yo, y por eso, no me acuerdo bien qué película era.

 

Esa noche me acerqué en el intervalo con un pretexto en el bolsillo. Hola, me llamo Miguel le dije, Georgina se presentó ella y me dio la mano. Soy el que se sienta al lado suyo, me animé a contarle por las dudas. Si, ya lo vi respondió y ese ya lo vi aún hoy me resuena una y otra vez a cada paso, en cada mañana larga y en noches cuando pierdo todas las esperanzas que me quedan. Al terminar la película, fue ella la que se acercó con un pretexto en la cartera: mañana voy a ir a ver a un mentalista que vino de Brasil, sí quiere me puede acompañar.

 

El hombre había llegado a la luna y todos vimos en la televisión una imagen que parecía cortarse en cualquier momento, como si temblara. Nicolino iba por la gloria duplicada y Córdoba se había sacudido un poco la mugre de esos años; pero Georgina me había invitado a ver a un mentalista, un tal Profesor Joohn, así con doble o, astrólogo, quiromántico que aún no sé bien que significa, y consúltelo para orientarse en cualquier problema de viajes, negocios, sentimental, atiende de 16 a 21, se podía leer en la publicidad del matutino del día siguiente.

 

A la tarde fuimos y quizás eran dos trenzas, la forma que tenía de sonreír o lo predispuesta de su amiga que también la acompañó; algo de todo eso me hizo abandonar la guardia y en la sala de espera antes de que la secretaria del charlatán nos llame, ahí, en ese momento, ya había perdido para siempre o ganado, según quien mire.

 

El profesor Doble O habló generalidades, como hacen siempre. Que te vais a casar, que tendréis hijos, que la vida serái beia, que docientois peisos a mi secretaira, en un dialecto como los que ahora usan ciertos pastores. A Georgina la deslumbró. De ahí nos fuimos a un bar en San Martín, tomamos un café con leche, su amiga se fue y casi me quedé sin saber qué decir. Suena a cursilería, a tonteras de jóvenes o a simples seres que creen haberse encontrado y aunque tenga ese ritmo, el mundo, el mío y el de ella, cambió como si la pantalla del cine nos hubiera tragado.

 

Ignacio Héctor Presto quitó del camino esa posibilidad, la de crear para nosotros un pedazo de isla independiente, un riacho con árboles en la vera que tocan el agua. Por eso lo maté. No hubo celos, el problema fue otro, más jodido, uno que aún me aturde, uno que me hace matarlo una y otra vez en mi imaginación. Todo empezó cuando conocí a Los Poetas de Ramírez y esa es la historia que quiero contar.

 

 

Continúa el próximo domingo

 

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