A Fondo
Domingo 11 de Enero de 2015

Los Poetas de Ramírez

Parte II

Pablo Felizia / De la Redacción de UNO

 

 

 

Soy Miguel Arrúa, he matado y la frase nada justifica la violencia es una mentira. En 1969 conocí a la mujer con la que pensé que la mugre del mundo podía limpiarse; Georgina era poeta como yo. Poetisa es una palabra que creíamos inútil. Ignacio Héctor Presto borró toda es posibilidad de nuestras vidas.

 

Éramos capaces de entrelazarnos en la métrica, despuntar el amor y el odio en un soneto, masticar un octosílabo o abrazarnos a un verso libre, cuando la libertad aparecía enmarañada, oscura y compleja. Durante una semana, después de habernos conocido, con Georgina no salimos de mi casa y en mi casa, no salimos de la habitación a no ser porque entonces trabajaba media jornada en una librería y eso nos regalaba toda la tarde. Ella era hija de una familia que los domingos comían como si nada importara. Su padre vendía azulejos y proveía a la construcción del túnel que iba a inaugurarse el 13 de diciembre. Su madre acompañaba a una señora que habían contratado para la limpieza del hogar con el único fin de no aburrirse y hacía las compras en un autoservicio de moda y recién abierto que entonces era una novedad. Había tardes que las pasaba bajo la frivolidad de sus amigas y cuando no tenía que ir de compras o los quehaceres cotidianos y sociales estaban hechos, se recostaba en una cama y se dejaba llevar por la pasión del litoral.

 

Así hablaba Georgina, mi mamá se deja llevar por la pasión del litoral, y no era más que un sexo cargado de culpas con uno de los socios de su marido. A lo de la culpa lo intuía por la cara de amargada que tenía la mujer siempre que volvía de misa con su esposo. En esa familia, la única hija, salió revoltosa. La furia que depositaba Georgina al pronunciar la palabra régimen, dictadura o machismo, fue la que me hizo pensar que tal vez era posible cachetear un poco al sistema y a otros engranajes de la tristeza.

 

Una tarde en la que no paramos, o en la que solo paramos para tomar agua, Georgina me contó del grupo que habían formado unos estudiantes escapados de Rosario, corridos por las persecuciones posteriores al cordobazo. Se llamaban Los Poetas de Ramírez y planificaban una demostración pública para el 13 de diciembre, en el mismo momento en que Onganía diera el discurso por la inauguración del túnel: iban a repartir una revista con su literatura.
 

 

Georgina me invitó a formar parte y al principio me negué. Quizás, era la situación política y social la que me encerraba en mi cobardía. Se juntaban, Los Poetas de Ramírez, en secreto, leían sus poesías y cada integrante criticaba al otro en un esfuerzo por mejorar lo hecho.

 

Fue ella la que me enseñó a llamar poetas a las mujeres, decía: no me vengan con esas cosas de la etimología, somos todos poetas. No tenía muchos fundamentos, es cierto, pero cuando alguien en la calle la llamaba poetisa no se daba vuelta a saludar. De apurarla un poco, sostenía que poetisa era una distinción de los hombres para designar a mujeres que hacían del color rosa, una forma de literatura. Así hablaba Georgina, que fumaba cigarrillos largos, desnuda y en mi cama cuando vivía sobre la entonces calle Alsina. Por esos días, se transformó en Avenida Ramírez, y la coincidencia fue festejada por el clan de los poetas perdidos, como me gustaba llamarlos a mí por ingenuidad y por celos.

 

Nunca fui un buen poeta y siempre lo admití, pero había días en donde la necesidad de escribir era insoportable, una idea caminaba conmigo, me acompañaba y perseguía hasta que me sentaba en una mesa cualquiera, en el bar, en mi casa, en el banco de la Plaza 1° de Mayo, en el Parque Urquiza, en cualquier lado, y al escribirlas, las palabras formaban un engorroso y barroco mole de texto que luego esculpía. Georgina era distinta, su forma era diferente. Escribía a toda hora y cuando no lo hacía, leía; cuando no leía ni escribía, hacíamos cualquier cosa siempre que tuviéramos sábanas limpias; y cuando no escribía, ni leía ni teníamos sábanas limpias, corregía aquello que había hecho la tarde anterior. Jugábamos a la poesía. Ella decía es una música de silencios, y yo un atardecer de silencio callado, y ella un atardecer de entrada la noche, y yo el filo de la noche cortada, y ella una gracia triste de payaso en la comisura, y yo me quedaba sin saber como continuar y perdía casi siempre. Era como si repitiéramos una y otra vez las mismas ganas, pero caíamos tan opuestos que nos atraíamos, o tal vez había un lazo de continuidad que nos daba libertad.

 

Después de pensarlo y de aceptar que la poesía no era mi fuerte sino una necesidad humana para vivir y morir, accedí a participar de Los Poetas de Ramírez. Fue una noche y el encuentro tuvo lugar en una casa de campo que había lejos del centro. Quedaba entre los corrales y las luces de las avenidas se veían a lo lejos.

 

El clan de los poetas perdidos me aceptó de inmediato y estaba compuesto por cinco varones en los cuales me incluyo y tres mujeres, entre ellas Georgina. Carla Villagra, María Josefina Marzo, Pedro Vegas, Mauricio Fernández, Gonzalo Alonso y un muchacho siempre alegre, predispuesto, un organizador de cada encuentro, un tal Ignacio Héctor Presto a quien asesiné dos meses después.

 

 

Continúa el próximo domingo

 

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