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Sábado 10 de Enero de 2015

Los paranaenses no pagan por sus excesos

“En Paraná viven en la opulencia” espetó Aníbal al criticar en voz baja a la señora que a baldazos de agua potable lavaba la vereda de su casa. El que opina viene de un barrio periférico de la ciudad de Río de Janeiro, en Brasil, donde el consumo del vital elemento se hace “casi por goteo” como él mismo describió.

Mientras aquí –adonde llegó para visitar amigos– el agua en condiciones de ser bebida por las personas se utiliza libremente para todo lo que sea necesario, en su casa tienen un sistema de medición familiar que asombrará a más de un paranaense habituado a dejar la canilla abierta para atender el teléfono, por mencionar apenas una de las tantas nimiedades que protagonizamos generando un gasto enorme del recurso natural.

Ellos, por ejemplo, se duchan en cinco minutos o menos: pasado ese tiempo suena un despertador accionado por un cronómetro que empieza a contar al abrir la canilla. El sistema fue instalado por el mismo Aníbal y aquí se impone precisar que es técnico electrónico de profesión. Otro dato notable para la vida cotidiana de quienes vivimos acostumbrados a la abundancia es el método para lavar los platos: al vapor. Tiene una máquina de fabricación familiar que desprende la suciedad de los enseres de la cocina con más calor que agua. Pero como el artefacto no limpia muy bien que digamos, reconoció, montó en su casa un tanque con una bomba que provee a su familia de agua no potable que viene de un pozo al que acceden cientos de vecinos por imperio de una gestión oficial.

Aníbal no daba crédito a las precisiones que le dábamos sobre nuestra manera de consumir, culturalmente aceptada: entre 10 y 15 minutos de ducha es lo normal y la canilla abierta a media potencia todo el tiempo que dure el lavado de platos o lo que sea que se limpie en la cocina. También le impusimos de la sana costumbre de baldear casi a diario el patio en los meses de verano con el fin de refrescar y el hábito de los más chicos de jugar con la manguera abierta. Todo con agua potable. Se agarraba la cabeza Aníbal a la vez que la meneaba de un lado a otro: “Yo tendría que ser millonario para hacer eso” nos dijo, y quedamos todos con la boca abierta ya que le habíamos contado lo que aquí hace gente más bien de recursos modestos. Hay otros que incluso limpian sus piletas a diario y desagotan unos cuantos miles de litros que son repuestos de inmediato.   

Aníbal no quería creer que en Paraná todavía haya vecinos sin medidores de agua potable. Y que durante años casi nadie pagó por su consumo más que un puñado de monedas. En su lugar en el mundo el costo del servicio lo obliga a ser racional: según confió paga en promedio unos 250 dólares mensuales (poco más de 2.500 pesos de los nuestros). Y llega a esa cifra a fuerza de insistir en el uso inteligente del recurso.   

Por mundano y vulgar el relato de los hábitos familiares de este hombre no deja de ser contundente. Sirve para comprender que aquí, en nuestra ciudad, vivimos en la abundancia. Pensemos por unos segundos en los dramas que se arman en los barrios paranaenses cuando la provisión de agua se suspende por cuestiones de mantenimiento. El ejercicio basta y sobra para concluir en que aquí no valoramos lo que tenemos, en este caso el acceso al agua.

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