A Fondo
Lunes 29 de Febrero de 2016

Los males del hacinamiento derivados del éxodo masivo

Descubriendo Entre Ríos. ¿Debemos resignarnos al amontonamiento, a las ciudades calientes, los barrios inhóspitos, los espacios reducidos, o existen posibilidades de recuperar antiguas sabidurías de este suelo que llaman a la armonía?

Tirso Fiorotto / De la Redacción de UNO
tfiorotto@uno.com.ar 


La asamblea llamada Mesa Entre Ríos sin Agrotóxicos trató en algunas reuniones las enfermedades directas e indirectas del régimen agropecuario.

Aquí apuntamos en especial los males que genera el hacinamiento, provocado por la expulsión de miles de campesinos y de familias de pequeños poblados, ocurrida por décadas.

Los pueblos fantasmas y las taperas del Litoral encuentran un correlato en el amontonamiento de las familias en los conglomerados urbanos. 

La producción a escala, y particularmente los granos transgénicos cultivados con el rocío de sustancias químicas y grandes máquinas, llegaron para consolidar un régimen de por sí expulsor.

Los efectos de esas sustancias y la acumulación en el organismo se expresan en varias enfermedades, incluida la alteración genética de los embriones para derivar en malformaciones, como han demostrado estudios de especialistas como Andrés Carrasco y Rafael Lajmanovich. 

Pero aquí nos centramos en los primeros escalones de la decadencia: el desarraigo y el destierro. Unas familias se van afuera de los límites del territorio, otras son hacinadas en ciudades, y a veces en barrios de alta densidad y escasos servicios. Eso es moneda corriente en Entre Ríos y otras provincias. 

Oídos sordos

Si hace 70 años la mitad de la población vivía en el campo y hoy el 90% habita en ciudades, el cambio abrupto ha generado la destrucción de una red de conocimientos milenarios guardados en las comunidades rurales, y también ha afectado el normal desenvolvimiento de las comunidades urbanas, ahora presionadas por la “invasión” rural. 

Principalmente en grandes ciudades capitales. El fenómeno se ve con nitidez en Buenos Aires, el conurbano, Rosario, Paraná, Concordia, Santa Fe, y decenas de urbes similares.

La destrucción de la red de conocimientos del campo y las presiones sobre las familias urbanas provocan violencia, pero además tienen una serie de efectos, no todos conocidos, sobre los grupos y las personas por la ruptura de un equilibrio que los pueblos del Abya yala (América) llaman yanantin en el altiplano (yanantin: pares complementarios).  

En otro orden, también se ha estudiado el menosprecio del lugar como una forma de colaboración o complicidad con el epistemicidio. Los lugares poseen modos diversos de conocer y la invasión occidental ha buscado uniformar esos modos al estilo europeo.

Desacreditar los conocimientos del lugar y los modos de acceso al conocimiento parece una forma eficaz para facilitar el desarraigo y luego el destierro, además de constituir una marca sutil de racismo.

(Recordemos que la invasión occidental comenzó hace exactamente 500 años cuando en febrero o marzo de 1516 bajó Juan Díaz de Solís, con suerte aciaga, en la desembocadura del río Uruguay).

Perder los conocimientos, las relaciones y los ámbitos y maneras del conocer es también una fuente insondable de enfermedades sociales.

Hay sin dudas ciudades habitables de entre 5 y 25.000 habitantes, que constituyen modos culturales que se complementan con los sectores semi rurales y campesinos. Ese diálogo entre culturas (yanantin, pares complementarios) se fue perdiendo y sus consecuencias son negativas.

Biodiversidad

Los pueblos del Abya yala ya entienden al humano en-la-naturaleza, en relación con las demás especies y con el paisaje. Hay culturas actuales que despliegan argumentos esclarecedores sobre el concepto de ambiente.

Dice el estudioso Arturo Escobar (1) que en Colombia los activistas negros del bosque tropical definen biodiversidad como “territorio más cultura”.

Diversas comunidades del Abya yala han reiterado y reiteran su concepción del mundo con el humano “en” la naturaleza y no “frente a” la naturaleza ni “sobre” la naturaleza. 

Isabel Hernández (2) recopila documentos desde los años 60 y 70 del siglo XX. En las primeras Jornadas de la indianidad realizadas en abril de 1984 en Buenos Aires, por caso, el primer punto de la mesa de trabajo sobre Derechos territoriales dice: “Los indios reclaman la tierra por cuanto su existencia separada de ella no tiene sentido”.

Es difícil encontrar mayor claridad y síntesis para expresar la filosofía y las sabidurías del Abya yala.

El hacinamiento es fuente de males, y nuestros vecinos lo advirtieron de distintas formas. Su existencia (nuestra existencia) no tiene sentido sin la interacción en el paisaje, ¿qué puede derivar, entonces, del destierro y el hacinamiento?

Y sigue el texto de 1984: “por sus derechos inmemoriales sobre ella (la tierra). Y por ser indispensable para su subsistencia y su integridad como Nación su relación con ella responde a la cosmovisión propia de los pueblos indios que consideran a la comunidad humana como parte integrante de la naturaleza y no su propietaria administradora”.

Esa definición, con distintos términos, predomina en todas las reuniones en que se traten los puntos en común del pensamiento de los pueblos de Abya yala.  

Artigas y Belgrano

En la mesa de trabajo 2 de aquel encuentro, referida a derechos socieconómicos, se lee: “reconocimiento de la organización familiar y comunitaria y exigir el respecto a esa forma de organización, base de la ancestral idiosincrasia de los pueblos indios”. Y en la mesa 3 sobre derechos culturales: “Es preciso reconocer que este país es un estado multiétnico y pluricultural”.

Como podemos advertir, aquí nuestros hermanos nos esclarecían sobre el estado pluricultural hace muchas décadas. Bolivia dio el paso, nosotros no.

La mesa 4 de política y organización, de aquellas Jornadas de la indianidad, dice de los habitantes del Abya yala: “se resume su filosofía en una dialéctica de opuestos, no antagónicos sino complementarios, guiados por una visión unificadora del ser humano con la naturaleza toda y el cosmos… La unidad cósmica y existencial es ley de la naturaleza y motor de la historia”.

Como queda claro, yanantin no es una novedad, es la raíz milenaria de este suelo.

Después, en la misma mesa 4: “para que exista una participación equitativa entre las culturas indias y la occidental, el Estado argentino debe reconocer a los pueblos indios como naciones enmendando la Constitución para que Argentina sea una confederación pluricultural y plurinacional. Teniendo así cada uno derecho a la autogestión y a desarrollar la propia cultura según el derecho internacional. Toda opción realista de la participación política debería ser iniciada por la tenencia real de la tierra en forma comunitaria”.

 Aquellas enseñanzas y advertencias y reclamos que interpretaban pensamientos imperecederos han cumplido tres décadas ya, y adquieren más vigencia que nunca. 

Nadie atendió esas verdades. Las políticas se desplegaron en las antípodas. Y así vamos de tropiezo en tropiezo.

Los pueblos desplegaban allí una visión milenaria pero coincidente con posiciones más cercanas en el tiempo como, por caso, la visión de la revolución federal encabezada por José Artigas que a esas autonomías llamaba “soberanía particular de los pueblos”. 

Artigas decía que los indios debían gobernarse “por sí”, y el principal contenido social de la revolución que encabezó se expresó en la distribución de tierras entre indios, negros, criollos pobres, viudas con hijos…

También Belgrano advirtió la relación indisoluble del humano y su territorio en la región, y firmó un reglamento para el régimen político y administrativo y reforma de los 30 pueblos de Misiones en diciembre de 1810.

Pocas semanas después de haber organizado el ejército revolucionario en Entre Ríos, dispuso: “Todos los Naturales de Misiones son libres, gozarán de sus propiedades, y podrán disponer de ellas, como mejor les acomo­de, como no sea atentando contra sus semejantes. Desde hoy los liberto del tributo; y a todos los Treinta Pueblos, y sus respectivas jurisdicciones los exceptúo de todo im­puesto por el espacio de diez años… A los Naturales se les darán gratuitamente las propie­dades de las suertes de tierra, que se les señalen que en el Pueblo será de un tercio de cuadra, y en la campaña según las leguas y calidad de tierra que tuviere cada pueblo su suerte, que no haya de pasar de legua y media de frente y dos de fondo. A los Españoles se les venderá la suerte (el predio), que desearen en el Pueblo después de acomodados los Naturales…”. 

Comunitaria

Aquellas Jornadas de la indianidad sugirieron en 1984: “la aprobación de una legislación, producto de una amplia participación y discusión en las comunidades, que garantice la propiedad comunitaria de la tierra”. 

Es decir, estaba todo dicho, pero desde entonces los gobiernos (con matices) colaboraron en estas décadas, y ya entrado el siglo XXI, con la concentración de la propiedad y la tenencia en pocas manos. El Estado apuntaló la invasión del capital financiero (pooles) que llegaba a competir con ventajas con el campesinado, con resultado obvio: un nuevo proceso de expulsión, destierro y hacinamiento.

El Congreso del Consejo Mundial de Pueblos Indios desarrollado en Panamá en setiembre de 1984 dice que los pueblos indígenas “deberán ser liberados de toda acción o proceso que de manera directa y/o indirecta resulte en la destrucción de la tierra, aire, vida animal ambiente o recursos naturales”.

Isabel Hernández recuerda que diez años antes el Parlamento indio americano del cono sur, realizado en San Bernardino, Paraguay, en octubre de 1974, concluyó: “el indio americano es el dueño milenario de la tierra; la tierra es del indio. El indio es el dueño de la tierra con títulos de propiedad o sin ellos”.

No podía ser más contundente, y dejaba para después las consideraciones acerca de la relación del humano con la tierra. 

Seguiremos con testimonios  que revelan las razones del hacinamiento, pero por hoy apuntamos, en recuadro aparte, algunas enfermedades que sobrevienen al hacinamiento, producto de una concepción contraria a los principios del Abya yala. 

1-LANDER, Edgardo y otros. La colonialidad del saber. Clacso. Página 149.
2-HERNÁNDEZ, Isabel. Los Mapuche. Galerna. 

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Comprometer la salud de las comunidades

Y bien: ¿cuáles son las enfermedades de la ciudad y más aún del barrio en la gran urbe?

Hay estudios abundantes sobre los males del amontonamiento familiar y social. En este caso señalamos sólo algunos, y con efectos insospechados. 

¿Cuánto nos afecta como sociedad y como personas el desarraigo, la mudanza, el destierro, el epistemicidio, el distanciamiento entre el humano y el resto de la naturaleza, la pérdida de ciertas bases para el sumak kawsay y el yanantin?

Veamos algunos puntos tomados al azar, cada uno de ellos para profundizar.

1-Desaliento de las madres y los padres que ven inútiles sus oficios aprendidos en zonas campesinas o semirrurales, y encuentran que su cultura está menospreciada, desacreditada, y sus conocimientos no se pueden aplicar en ese nuevo contexto. Y desaliento por la pérdida de un lugar amable y sereno.

2-Confusión y violencia de jóvenes que no encuentran en qué ocuparse en sociedades hacinadas y marginales, y que ignoran la paz de la vida en relación con la naturaleza.

3-Amontonamiento artificial, sin tiempo suficiente ni ámbitos adecuados para los lógicos lazos de amistad, familiaridad, diálogo, etc, comunidad en fin, y consiguientes masificaciones.

4-Accidentes originados en el hacinamiento, la aglomeración y el apuro en que se desenvuelve la modernidad urbana. Y cuyas consecuencias son más dañinas cuando sobrevienen a la pérdida de normas culturales convenidas con tiempo y confianza, dado el estado de agitación y descontento en general de los desterrados, desplazados, desocupados, discriminados. 

5-Drogadicción a la vuelta de la esquina, gracias al estado de una juventud cuya familia fue arrancada de su ámbito, donde los padres deben ocuparse de sus esforzados trabajos y viajan muchos kilómetros al día, de modo que deben dejar a su prole en cierta soledad. Y gracias a la desocupación de tantos que fueron expulsados también por el sistema educativo y encuentran una salida, aunque engañosa, en la plata dulce del delito.

6-Enfermedades de la alimentación, por la imposibilidad de cultivar hojas, frutas, semillas, hortalizas propias en cercanía, y porque las familias se ven obligadas a consumir de apuros los productos del sistema artificial, con transgénicos y abundancia de sustancias químicas y grasas dañinas. Enfermedades de la comida chatarra que los padres consumen en los resquicios de sus tareas y sus viajes.

7-Muerte en calles y rutas (21 personas por día en la Argentina, mayoría jóvenes), debido en gran medida a la confluencia de viajes de placer y transportes de cargas voluminosas en un sinsentido de comercio, por la ausencia de alimentos en cercanía; y por el crecimiento urbano desorganizado que pone las calles al servicio de los prepotentes, contra las mayorías de a pie o ciclistas que no encuentran senderos adecuados.

8-Enfermedades propias de oficios insanos como el cartoneo, en contacto con los desperdicios, y por la contaminación de las napas de agua y el aire propios del hacinamiento.

9-Accidentes y enfermedades producto del desarraigo que padecen las familias, obligadas a abandonar una cultura que no es reemplazada siquiera por otra, sino copada por organismos estatales destinados más a la contingencia, a la emergencia, que a la cultura profunda de los pueblos. Enfermedades no debidamente identificadas, producto de la disconformidad general, que rompe lazos de amistad, solidaridad, tolerancia, e invita a una sociedad del sálvese quien pueda.

10-Violencia provocada por las asimetrías crecientes entre sectores repletos de bienes suntuarios y sectores que, desprovistos de todo (no sólo en lo material), padecen una agresiva propaganda para adquirir lo que sus ingresos no les permiten.  

11-Enfermedades psicológicas originadas en la ausencia de expectativas y el sentimiento de inutilidad que embarga a familias desplazadas, desocupadas, trasladadas a ambientes que consideran poco hospitalarios para sus costumbres; y familias que se ven obligadas a soportar el sistema punteril de compra de conciencia para sobrevivir, o a realizar labores informales de alto riesgo y conflictividad. 

12-Enfermedades por la ausencia de seguridad y comodidades en el hogar, servicios cloacales, agua potable segura, desagües pluviales adecuados, y accidentes e inseguridad por falta de atención adecuada y servicios de energía inapropiados. Las familias que mueren en invierno por incendio o asfixia debido al mal uso de la electricidad o los sistemas de calefacción, son un ejemplo. 

13-Riesgos para la salud por la ausencia de caminos y veredas adecuados, y las dificultades de transporte e incluso para el ingreso de ambulancias o carros de bomberos en circunstancias extremas

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