La Provincia
Domingo 06 de Marzo de 2016

Los Larramendi: de benefactores a ilustres desconocidos

Paraná tiene una deuda con la poderosa familia de la época colonial, que generosamente donó las tierras donde hoy está asentada la ciudad. Los últimos descendientes de aquella herencia legada por los Garay y los Hernandarias son ilustres desconocidos de una comunidad que poco los honra.  

Daniel Caraffini/De la Redacción de UNO
dcaraffini@uno.com.ar

Más de 200 años después, los descendientes de los dueños de las tierras donde está asentada Paraná están olvidados, ignorados, sin reconocimiento y muchos en situaciones de precariedad social y económica. Son pocos los hombres y mujeres de las últimas generaciones de Larramendi que aún habitan en la ciudad; es más, su apellido queda hoy presente en unas pocas familias, uno de sus últimos eslabones es Fabián, 8º generación, y fundamentalmente sus hijos Jonatan e Ignacio, 9º generación de Simón Larramendi, proveniente de España y radicado en Santa Fe, en los comienzos del siglo XVIII.
María Francisca Arias de Cabrera y Saavedra de Larramendi donó en 1778 los terrenos a la Iglesia Parroquial para que la capital entrerriana pueda progresar; su sobrina, Gregoria Pérez y Larramendi de Denis fue la primera dama patricia argentina por su contribución a la expedición libertadora al Paraguay, al mando del general Manuel Belgrano.
Los Larramendi –por herencia de los Garay y de los Hernandarias- fueron los propietarios de los vastos terrenos ubicados sobre esta costa oriental del río Paraná, y más de dos siglos después, nada ha quedado de esa fortuna. Y ahora son ilustres desconocidos.
"Desde hace nueve años alquilo una casita en San Agustín, en calle Los Jacarandáes", contó Fabián Larramendi, de 44 años, que se dedica a "hacer changas" de herrería, electricidad, albañilería.
Hace dos décadas, o más, la familia Larramendi perdió uno de sus últimos grandes predios: se trata del ubicado entre las calles Garrigó, Crisólogo Larralde, avenida Pedro Zanni y Ricardo Balbín. "Eran de mi padre Pantaleón y mi tío Pedro Cayetano, y fueron quitadas por el Gobierno o no sé quien, algún chanchullo hubo", recordó, y comentó que aún tiene el plano de mensura donde se criaron y vivieron abuelos y tíos.
El interés en rescatar la historia de los Larramendi surgió tras una miscelánea de UNO, publicada en vísperas de la última Navidad. Entonces, se recordó la historia de Rito Desiderio Larramendi –ya uno de los últimos eslabones de la familia–, que hace más de 70 años atrás, había fallecido en la más absoluta miseria y olvido en el Hospital San Martín, durante esa fecha en que la grey católica festeja la llegada del mensajero de Dios.
"Muchas tierras se perdieron en deudas", contó Orlando Díaz, un reconocido dirigente social y deportivo de la ciudad, descendiente también de los Larramendi, aunque por rama materna. Fue quien se acercó a contar y aportó que muchas de las tierras pasaron a propiedad de José Gazzano, en la zona este, por deudas impagas en el almacén cuyo titular fue el mítico hombre cuyo parque lo reconoce.
El apellido, y su historia, se han ido relegando casi hasta su extensión. Casi como el poder territorial que ostentaban.
Su reconocimiento social actual está acotado a una escuela, una calle y un monumento, en el caso de Gregoria, y de sólo una calle para María Francisca, el enlace del centro hacia Bajada Grande. Es que por el camino del progreso urbano de la ciudad también perdieron más, hasta una plaza en su honor, que estaba ubicada en lo que hoy es Cinco Esquinas.
El 29 de diciembre de 1890, la Municipalidad de Paraná –durante la Intendencia de Enrique Berduc– reservó con ese apellido, una manzana para espacio público, que adquirió a Faustino y Alejandro Parera; tenía una superficie de 11.315 metros cuadrados, ubicada entre las calles Federación (hoy Echagüe), Gualeguaychú, bulevar Adolfo Alsina (hoy avenida Ramírez) y General Ramírez (hoy Adolfo Alsina). Pocos años después fue el primer predio del Club Atlético Paraná –en los años 20 se trasladó a su actual ubicación junto al hipódromo–y años más tarde, esa plaza fue dividida por una diagonal en dos triángulos y en uno de ellos se construyó la ex terminal de ómnibus.
Con el apellido pasó algo similar, y por lo que se conoce en la familia, solo son su continuidad Jonatan de 10 años, e Ignacio de 8 años –Fabián tiene también a Johana, de 21 años–.
"Mi tío Pedro Cayetano tuvo 13 hijos, pero no reconoció a ninguno, entonces todos quedaron con el apellido materno", contó Fabián.
-En la escuela te contaron algo de la importancia de los Larramendi para Paraná?
-No.
Ignacio cursa el 4º grado de la Escuela Nº 200 Soldado de Malvinas. Claro, no es responsabilidad de esa institución, sino de los contenidos curriculares y del escaso énfasis desde la comunidad, para alentar conocimientos sobre la ciudad.
"En mi época sólo me pidieron una vez que arme un árbol genealógico", contó Fabián, quien asistió a las escuelas Juan XXIII y José Martí. "Tenía un libro sobre la historia de Larramendi, que una vez me lo pidió un profesor, y nunca más lo recuperé. No sé quién era el autor", añadió.

Deuda con la historia
Como han esbozado algunos historiadores locales, Paraná está en deuda con los Larramendi. Muchos otros nombres y hombres, tal vez menos ligados a nuestra historia ciudadana, están más presentes a diario, chocamos con ellos en las calles, en las conversaciones sobre lugares y ubicaciones, barrios. Sin embargo, de María Francisca Arias de Cabrera y Saavedra de Larramendi sólo se la recuerda con la calle de Bajada Grande, mientras que en homenaje a Gregoria Pérez y Larramendi de Denis, una corta y casi oculta cortada entre calles Francisco Soler, Juan Pringles y avenida Don Bosco, y un monumento, en el extremo oeste de la ciudad, en Bajada Grande, cuyo abandono, vandalismo y descuido es tal, que ni siquiera hay identificación de quién es la homenajeada.
Algo similar pasa con un inmueble aún en pie, que data de 1850 en la esquina de Pedro Zanni y Ricardo Balbín, que perteneció a una de las ramas de la familia.
Está situado en un terreno que originalmente comprendía una hectárea aproximadamente –hoy quedó la casita, en un terreno de no más de 13 metros por 50 metros–, de estilo rural con techo a dos aguas y paredes de ladrillos. Y un aljibe construido presuntamente en 1900, acompaña la construcción.
El lugar fue incluido en el programa creado por Ordenanza Nº 7.035, dentro de los alcances del Decreto Nº 1.035/95 y declarado de Interés Municipal su edificio, para la preservación en su totalidad.
"Nunca pudo incorporarse al patrimonio urbano ni ser resguardado, porque permanece intrusado", explicó Orlando Díaz, que hace más de una década intentó gestionar su utilización como Museo Histórico.

Un lugar
"A mi me gustaría vivir más acá, como la zona del Ejército, o del centro, pero no tan centro", respondió Fabián, ante a consulta del lugar más atractivo para su gusto, de todos aquellos terrenos que pertenecían a gente de su “misma sangre”.
El 26 de septiembre de 1778, doña María Francisca Arias de Cabrera y Saavedra de Larramendi donó a la Iglesia Parroquial de la Bajada “para su mayor lustre y adelanto y en honor de aquel vecindario", una fracción de tierra compuesta de una legua de frente a partir del arroyo Lanches (hoy Antoñico), río arriba del río Paraná, por media de fondo. El área comprendía y excedía la extensión poblada de entonces.
"Cuando digo el apellido, alguno me pregunto si tengo algo que ver con la calle. Sí, le digo. Uno ve la historia, y se ve reconocido y orgulloso. Pero a su vez es un apellido común y corriente", soltó con una sencillez indisimulable.
Semanas atrás, y origen de esta nota, UNO rescató esa historia de Desiderio Rito Larramendi, hijo de Doña Rita M. de Larramendi, que había fallecido con 110 años cumplidos en 1924, descendiente de Francisca Arias de Cabrera y Saavedra de Larramendi, dama que donó las tierras donde Paraná comenzó a contar su historia como ciudad. “No tengo nada –dice el anciano–, vivo merced a la caridad cristiana de una buenas vecinas. La herencia de nuestros mayores se perdió, la llevaron otros, quién sabe quién; a lo mejor, aves negras… Algunos han venido después de inquirir datos sobre ciertas escrituras, pero no han vuelto más”, había dicho Larramendi, pocos días antes, a una entrevista que le realizara El Diario de Paraná, allá por la década del 40 del siglo XX. “Y como si quisiera deslegitimar la veracidad de sus afirmaciones, tiende la mirada hacia el interior del rancho donde la soledad y la miseria se confunden en contorsiones desesperantes”, agregaba en el escrito Adolfo Perotti, un reconocido periodista local.
“Somos todos secos los Larramendi”, no dudó en contestar Fabián, ante la consulta acerca de la realidad de otros familiares, en el que el apellido ha ido desapareciendo por las ramas femeninas. En realidad, nadie vive con la holgura de sus antepasados.
Pero más allá de los avatares y vicisitudes de una familia con el paso del tiempo, hay una historia de generosidad y contribución tristemente olvidada por una comunidad. Y es otra deuda más que la ciudad tiene con su identidad ciudadana.
La historia
El primer Larramendi en llegar a América fue Simón, proveniente de España, en los comienzos del siglo XVIII. En 1714 se casó con Juana de la Quintana, con quien tuvo siete hijos: uno de ellos, Pedro, contrajo matrimonio con María Francisca Arias de Cabrera y Saavedra, en 1746, hija de un descendiente de Hernando Arias de Saavedra y heredera de vastas posesiones en la región del Río de la Plata. Doña Francisca era descendientes de viejas familias de la colonia, por vía paterna: su padre Fernando Arias de Cabrera era descendiente directo de Hernando Arias de Cabrera, el gran jefe criollo; de Juan de Garay, fundador de Santa Fe y Buenos Aires; y de Jerónimo Luis de Cabrera, fundador de Córdoba.
La cesión de los terrenos de Paraná a la Iglesia, como relata la historia oficial, fue la contribución de doña Francisca para que evolucione la capital provincial, cuyo progreso era impedido por estar en terrenos privados.
Ese proceso no estuvo exento de inconvenientes, porque la Iglesia administró ese bien, pero pese a su dominio, el poder público estatal de entonces, dispuso indistintamente de la propiedad, vendiendo, transfiriendo, donando. Así se creó una superposición de títulos, y se diseminó una situación irregular por los actos jurídicos que produjeron la provincia y el gobierno de la ciudad, todo lo cual concurrió. Finalmente, con el paso de los años, se llegó a un acuerdo entre la Parroquia y el poder público de entonces, reconociendo la legitimidad de los actos de ambas partes.
La otra ilustre descendiente fue Gregoria Pérez Larramendi, nieta de Simón, nacida de Ángela Larramendi, una de las hijas del español. A Gregoria –contrajo enlace con Juan Ventura Denis– se la conoce como la primera dama patricia, al ofrecer todos sus bienes al general Manuel Belgrano, a su paso libertador hacia Paraguay.
Antes de la llegada de los españoles, las tierras de la ciudad estaban habitadas por los indios chaná-timbú y también se detectaba presencia de guaraníes.
Tras la fundación de Santa Fe en 1573, el territorio entrerriano quedó bajo la jurisdicción de ese cabildo y La Bajada –como se identificaba a la primitiva población paranaense– se convirtió en desembarcadero fundamentalmente para aquellos que se dirigían hasta Corrientes o Paraguay.
Con el traslado de Santa Fe, de su ubicación en Cayastá hasta su emplazamiento actual, comienzan a llegar los primeros pobladores a esta costa. Para ello fue necesario que se firmaran tratados de paz con varios grupos indígenas. Incluso, con esos nuevos pobladores llegados de Santa Fe La Vieja, se establecieron indios tocagües, encomendados por el Cabildo a don Francisco Arias de Saavedra.
En ese entonces se requirió la construcción de un fuerte, rodeado de palo a pique y fosos, con un mangrullo, ranchos y depósitos, para tratar de detener los avances y la resistencia a dejar la zona, por parte de los indios payaguáes y charrúas.
En su origen, las tierras fueron posesión del fundador de Santa Fe, Juan de Garay, posteriormente de sus sucesores, y a mediados del siglo XVII, de la Compañía de Jesús. Abarcaban desde el arroyo Las Conchas hasta Punta Gorda (hoy Diamante).
El derrotero de "la Gregoria"
Crónicas periodísticas escritas recurrentemente dieron cuenta del derrotero del monumento ubicado en la avenida Larramendi, en el mismo lugar en el que ascendiera el general Manuel Belgrano, en 1810, siendo Jefe de la Expedición al Norte, en proximidad a la fábrica aceitera de Bajada Grande.
Como parte de un homenaje para honrar la memoria de la primera dama patricia, en vísperas del Centenario de la Revolución de Mayo se conformó una comisión que decidió hacer una obra escultórica, encomendada a Torcuato Tasso, un barcelonés radicado en el país.
La escultura se completó en 1911, pero permaneció depositada en un galpón del ferrocarril Urquiza durante 12 años, luego más de cinco años en un corralón municipal, posteriormente en un depósito de la Dirección de Obras Públicas de la Provincia y más tarde a un corredor del subsuelo de Casa de Gobierno.
Unos 39 años después, el 16 de enero de 1950, el gobernador Héctor Domingo Maya firmó un decreto ordenando se lo emplazara en la última barranca del camino pavimentado del centro hasta Bajada Grande. La inauguración se produjo el 24 de febrero de 1950.
Hoy, es un monumento sin identificación, al que le quedan solo dos placas: una totalmente ilegible, y otra reciente, colocada durante la anterior administración municipal, en honor al paso de Manuel Belgrano por Paraná, pero que no menciona a la homenajeada.







 

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