Hoy por Hoy
Jueves 27 de Octubre de 2016

Lo peligroso de no tener sueños

En estos días volví a toparme con un spot que promociona un determinado país de Sudamérica como destino para viajar. Está diseñado de una manera muy creativa, en la que se muestra a un hombre español de un poco más de 40 años sentado en su moderna pero fría oficina, atestado de trabajo, con ese evidente mal humor que provoca la rutina. Al ingresar su secretaria, ofuscado le pregunta: "¿Qué parte de que estoy ocupado no ha entendido?". Ella lo mira con cierta resignación y le responde: "Disculpe. Es que ha llegado un paquete urgente". Cuando él le consulta quién lo envía, la mujer le contesta: "Usted mismo, hace 20 años".

El envoltorio recibido contiene un video que él mismo grabó en Perú, a los 20 y pico. Quien aparece en la imagen filmada dos décadas atrás, con una sonrisa plena interroga: "¿Sorprendido? Si estás viendo esto es que han pasado 20 años", y entre otras cosas dice: "Recuerda que hubo un tiempo en que fuimos viajeros, no turistas; en el que nos guiábamos por la curiosidad, no por un libro. Y no necesitábamos reserva para pasar una gran noche". Enseguida el joven apura: "Si eres feliz apaga este video", mientras las imágenes lo muestran distendido y dichoso, mientras disfruta de los paisajes y las experiencias que ayudan a ampliar los horizontes. El hombre maduro sigue mirando, sorprendido y sonriente, escuchando a quien lo interpela: "Recuerda que siempre teníamos tiempo para hacer amigos y para aprender. Y sobre todo recuerda que la vida es una sucesión de momentos y que depende de ti cómo los vivas".

Mas allá de lo ingenioso del spot para mostrar a Perú como un lugar inolvidable, es fuerte el mensaje sobre las elecciones de vida por las que cada uno puede optar a cada instante para ser feliz. Y acepto que quien esté leyendo esto no esté de acuerdo conmigo: muchas veces respetar las elecciones y concepciones ajenas no es una tarea sencilla, sobre todo porque nos han enseñado a naturalizar los dogmas y a condicionar nuestras percepciones, aun cuando eso nos lleva por caminos de intolerancia y descalificación hacia lo que es distinto o no se ajusta del todo a nuestras ideas.

Tiene que ver con un proceso de internalizar sin cuestionamientos los mandatos sociales que impulsan, entre otras tantas, la idea de que debemos obligarnos día a día a inventarnos problemas para sentirnos protagonistas de algo; a cumplir con las responsabilidades, los compromisos, las disposiciones e imposiciones ajenas, y otras tantas cuestiones que estresan, que llenan nuestro camino de ansiedades y desesperanzas. Cuando en realidad de lo que deberíamos ocuparnos es de cumplir nuestros sueños.

Y a veces es peor: con los años, en el trajín diario nos olvidamos de lo importante que son los sueños, y dejamos de tenerlos.

A esa infelicidad cotidiana la terminamos somatizando, enfermando nuestro cuerpo y nuestra alma con alguna dolencia que buscamos calmar en la millonaria industria farmacéutica. O proyectándola en quienes tenemos cerca, y eso puede volverse destructivo y hasta peligroso.

Aunque dejar que decidan por nosotros sea más fácil y más cómodo, siempre se está a tiempo de rescatar ese espíritu joven y libre que seguro cada uno lleva en su interior, para volver a soñar. Solo hay que proponérselo.


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