La Provincia
Viernes 05 de Agosto de 2016

Llegó desde Angola el salesiano que dedicó su vida a cambiar realidades

Andrés Randisi vino a ver a su madre y repasó su experiencia en el país africano, llevando la esperanza en medio de cruentas guerras

Andrés Rafael Randisi tiene 74 años y desde hace 29 vive en Angola. Oriundo de Paraná, desde muy joven decidió ser misionero salesiano y consagró su vida a educar y brindarle las herramientas para un mejor porvenir a miles de jóvenes, primero en Argentina y luego en el país africano, devastado por las guerras y sus consecuencias.

Llegar a la capital entrerriana le lleva dos días de viaje, ya que no hay vuelos directos y las escalas de los aviones demoran el trayecto. Sin embargo, regresa cuando puede y esta vez vino a ver a su mamá de 95 años, que sufrió una caída y debe permanecer postrada por un tiempo hasta que se recupere.

Habla pausado y con una cadencia regular. Sin embargo, no hay forma de aburrirse escuchándolo narrar cada capítulo de su vida, desde que sin pensarlo demasiado partió hacia tierras lejanas para ayudar al prójimo.

Primero se fue a los 20 años a Buenos Aires, a prepararse para la vida religiosa como hermano salesiano; y luego de una década instruyendo a sus pares lo enviaron a Puerto Deseado, un pueblito entonces desconocido de la Patagonia, donde los jóvenes pasaban su tiempo libre emborrachándose en los bares y en prostíbulos. Llegó con su música dispuesto a conquistar con el arte y lograr que reemplazaran los vicios por tareas que los acercaran a una vida más saludable y promisoria.

Ahora reside en Kalulo, una aldea a la que llegó hace poco más de un año, luego de estar en otros poblados de Angola. Situada en un valle, con tierra roja y muy fértil, está rodeada de ríos y un clima parecido al que hay en Misiones, donde abundan las frutas, las legumbres, se crían cabritos, chanchos y gallinas. "Hay muchos pájaros y selvas, hay bananeros y cafetales. Es una tierra muy rica en Angola", contó a UNO Randisi.

El país africano fue colonia de Portugal hasta 1975, y si bien hablan portugués, la lengua kinbundu predomina en la aldea. Corresponde a la tribu que gobierna desde hace más de 40 años y al que ninguna de las sangrientas batallas tribales pudo derrocar. "Nuestro superior en Roma dijo que necesitan brazos en África, donde las guerras son tremendas. Y me anoté para ir. Tenía 48 años de edad y ya llevaba 20 años como hermano salesiano. Me fui a Angola pero antes estuve dos meses en Brasil practicando la lengua portuguesa", dijo, y recordó: "Los primeros 15 años fueron difíciles, sobre todo por la guerra. En ese entonces éramos 10 misioneros salesianos, todos extranjeros. Hoy somos 100 y 25 somos de afuera, los demás son oriundos del lugar y es el fruto de nuestro trabajo: siguen nuestros pasos y esto es una bendición de Dios, ya que no en todos los países salen esas vocaciones para continuar la tarea de misionar, que en el caso de los salesianos es educativa y tenemos escuelas en todo el mundo".

Pero más allá de enseñar a leer y escribir, la formación profesional formó parte de la labor en Angola, ya que el gobierno les permitió impartir conocimientos de algunos oficios, pero no ingresar a las escuelas para hacerse cargo de la educación formal.

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Enseñanza

Al respecto, comentó: "Podíamos enseñar a trabajar y casi todos los jóvenes habían sido reclutados como militares, así que tenían que dejar por un rato de ocupar las manos con armas para aprender a usar las herramientas". En aquellos tiempos se hicieron talleres de diversos oficios, como albañilería o electricidad, aunque por entonces no había la luz eléctrica en todo el pueblo. Su hermano Nuncio fue a ayudarlo y estuvo en Angola 16 años, hasta que hace tres años falleció. "Mi hermano se fue a hacer una escuela de mecánica y electricidad".

Andrés asegura que nunca se arrepintió de la vida que eligió, aunque hubo veces que el miedo lo hizo dudar.

"Pensé en irme de Angola, pero fue un pensamiento pasajero", aseguró. Incluso cuando casi pierde la vida al contraer malaria cerebral y de casualidad consiguió salir de la aldea y llegar a la ciudad de Luanda, zafar de bombardeos y conseguir un pasaje a San Pablo, en Brasil, donde estuvo un mes internado, de los cuales pasó 10 días en terapia intensiva.

"El médico me envió de nuevo a Argentina para que me alimentara bien y me recuperara, y muchos me aconsejaron no volver, pero sentía que tenía que estar en Angola", dijo.

Cuando su madre se reponga volverá a seguir cultivando la esperanza de un mundo mejor entre los jóvenes.

"Siempre traté de contar con la música como medio de educación. En Buenos Aires y en Puerto Deseado formamos orquestas y coros y enseñamos a tocar distintos instrumentos. Lo mismo realizamos en Angola y hay unas seis bandas de música que se crearon. La última es una orquesta sinfónica con niños y jóvenes y ya actuaron con sus violines varias veces en Luanda y en Kalulo. Tocan muy bien y hoy está catalogada como la orquesta más grande de África", comentó por último, visiblemente emocionado.


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Un balance de 26 años de vivencias en tierras lejanas

Cuando está en Kalulo, Andrés Randisi se levanta a las 5. De 5.30 a 6.15 medita junto a sus compañeros de congregación y luego tienen una misa con el pueblo. "A las 7.15 tomamos el matabicho", dijo, y explicó que así le llaman allá al desayuno. "Le dicen así porque sirve para matar el hambre", agregó. Luego van a las aulas, ya que de mañana concurren los niños, al mediodía los jóvenes de Secundaria y al atardecer quienes asisten a la escuela nocturna.
Afirma que lo más lindo de su elección de vida es encontrarse con personas que agradecen. "La gratitud es una virtud muy hermosa. Quien tiene esa flor dentro del corazón es una buena persona. Con Internet y Facebook encuentro muchas personas que pasaron por mi vida, me saludan y son agradecidas", expresó.
Pero también recordó los momentos tristes que le tocaron atravesar, sobre todo cuando le tocaba enterrar los muertos que dejaba la guerra, ya que la gente huía de los poblados y solo quedaban los misioneros, que salían tras los ataques a ver si había heridos y ocuparse de darles sepultura a quienes habían fallecido. O cuando en una aldea que fue incendiada en un combate encontraron, tras dos días, a una niña de 7 años gravemente quemada agonizando. Afortunadamente pudieron rescatarla, curarla, llevarla a otra ciudad para que la internaran en un hospital del quemado y a los dos o tres meses se recuperó. "Fueron cosas fuertes que me tocaron pasar", aseguró.

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