La Provincia
Domingo 26 de Abril de 2015

Laureano Larrosa: “La idea es lograr una escuela de autoconocimiento”

Diálogo abierto.  Espacios Elementales: una experiencia personal, de conjunto y fusión entre la psicología y las manifestaciones artísticas, con un objetivo terapéutico y de exploración personal

Julio Vallana / jvallana@uno.com.ar

En el lugar en cuestión –Elementales es el nombre del espacio definido como creativo-terapéutico– desarrollan sus actividades instructores de yoga, danza contact, reiki y teatro terapéutico, además de funcionar consultorios que para nada se corresponden con el estereotipo clásico de, por ejemplo, el de un psicoanalista. Fiel a este concepto y y vivencia personal, el licenciado Laureano Larrosa explora –además de las herramientas de su propia formación– diversas disciplinas y manifestaciones artísticas con fines terapéuticos y de evolución personal.  

—¿Dónde naciste?
—En Paraná, en calle Cruz del Sur.

—¿Cómo era la zona en tu infancia?
—Era muy paradójico porque estábamos cerca de avenida De las Américas y Racedo –cerca del centro– pero había calles de tierra, campo, caballos, vacas y víboras. Pasé mi infancia con la gomera, armando casitas con los amigos –de los cuales yo era el más chico– de cañas y una frazada, o de ladrillos y chapas. Jugábamos al fútbol, todo era muy simple, saludable y en contacto con la naturaleza.

—¿Un lugar particularmente atractivo?
—Un ombú donde nos juntábamos a charlar, compartir, nos trepábamos e imaginábamos que era una nave espacial.

—¿Travesuras?
—No sé…

—Ya prescribieron.
—Agarrábamos abejas y abejorros, los atábamos con un piolín, los “sacábamos a pasear” y también hacíamos luchas de matapiojos y langostas. El líder del grupo era sádico y les sacaba las patitas, y era al que se le ocurrían las travesuras. De un árbol a otro poníamos una soga con una rondana y nos largamos. En un árbol poníamos una víbora muerta atada con un piolín y cuando pasaba alguien la bajábamos para que se asustara.

—¿Había límites del barrio que no se podían trasponer?
—Mi papá no me dejaba pasar más allá de un cañaveral que estaba antes de la vía de ferrocarril, la cual dividía mucho.

—¿Practicaste alguna disciplina durante bastante tiempo?
—Siempre amé el deporte, el fútbol, hice fisicoculturismo durante un tiempo, fui campeón mesopotámico, estaba a cargo de un gimnasio y tal vez hubiera sido profesor de Educación Física. Me cuidaba y a veces me resultaba difícil cuando un amigo consumía porro.

—¿Qué materias de la secundaria te gustaban?
—Me iba bien en Educación Física y nunca me llevé ninguna. Lo importante de la secundaria fue el grupo de amigos –que tengo hasta hoy.

—¿Continuaste leyendo comic en esta etapa?
—Sí, hasta hoy, me encanta Quino, Fontanarrosa y Rep. Me gusta Ángel Boligan que muestra  cómo el consumo masivo de tecnología nos conecta pero a su vez nos incomunica. Muestra como pocos el desarraigo, la contradicción, la desigualdad y los cambios de la humanidad. El humor es importante porque permite descomprimir una situación pesada e ingresar de otra forma, por ejemplo en un caso de depresión. Aunque depende del momento y de cómo se lo presenta, es saludable y reparador.

—¿Qué actividades laborales desarrollaban tus padres?
—Mi papá fue bancario en Banco de Entre Ríos y luego estuvo en Banco Central. Es muy humilde y recién cuando se jubiló me enteré que era el mejor de los suyos. Mi mamá es psicóloga social, psicopedagoga y directora de un servicio hospitalario domiciliario; tampoco decía mucho sobre su trabajo. Tengo un hermano mayor –a quien amo– y es muy estudioso. En la infancia se peleaba mucho conmigo –para demostrar su poder–  pero después de la primera clase de yudo a la cual fui en la adolescencia, lo pude derribar y me di cuenta que ya era grande. Fue lindo para los dos y muy importante para mí. Cuando tuvo su primer trabajito se compró algo, y para mí, unos botines. Me di cuenta cómo expresaba su cariño.

—¿Qué imaginabas sobre la profesión de tu mamá?
—A esto siempre lo cuento como chiste porque, como no me decía en qué trabajaba, pensaba que era prostituta, cuando en realidad estaba abocada al servicio de personas con discapacidades profundas.

—¿Cuándo te enteraste sobre su trabajo?
—Cuando vi algunos de sus pacientes y –ya siendo más grande– cuando fui al lugar donde trabajaba.

—¿Cómo fue ese impacto?
—Respecto a aquella fantasía fue un alivio (risas).

—¿Le preguntaste por qué no te lo había dicho?
—Era para preservarnos y por amor, porque eran casos muy profundos y a veces las personas fallecían.

—¿Tu mamá tenía libros en tu casa?
—Sí, mi papá era el de los números –son los opuestos complementarios. Cuando me fui a vivir solo, él decía que estaba a dos kilómetros y medio, y mi mamá “¡Por qué te fuiste tan lejos, por qué me hiciste esto!” Jugaba mucho con los test de ella porque era muy curioso. El humor y las historietas siempre me gustaron y lo que más leí fue Patoruzú, Condorito, Isidoro… y también dibujaba –lo cual mantengo.

—¿Te imaginabas dedicarte profesionalmente?
—Sí, me gustaba pero en la Escuela de Dibujo no me incentivaron y fue negativo, aunque cuando vino Quino le dije a (Ricardo) Jaimo  (Jaimovich) que me ayudara a pulir mi estilo. También me ayudó Graciela Gianetti, con los diálogos. Recomencé a hacerlo más formal –aunque amateur–, escribir cuentos y gané un premio de poemas ilustrados.

—¿Qué canalizabas a través del dibujo?
—Era tímido cuando era chico, incluso cuando salía a bailar estaba mucho tiempo haciéndolo y sin decirle nada a una chica, entonces me decían que estaban cansadas y lo tomaba como un rechazo. Pasaron muchos años y logré integrar todo.

—¿Qué posibilidades evaluaste cuando decidiste estudiar?
—Estaba entre Medicina, Psicología y Educación Física, pero me di cuenta que esta última no me completaba, decidí Psicología, me gustó y sentí que faltaba algo.

—¿Cuánto influyó tu madre?
—A mi papá le hubiera gustado que fuera médico y mi mamá, lo que quisiera. Su influencia fue más sutil. Mi mamá tuvo un paciente con una discapacidad muy profunda, y una vez mi papá llegó del trabajo y le resultó muy fuerte. Le dijo a mi mamá que le hacía mal verlo y ella decidió dejar de trabajar con esa población –lo cual quedó como un tabú. De grande trabajé en un centro de día, vi casos similares y me di cuenta de que ese era el trabajo de mi mamá.

—¿Cuál era el enfoque dominante en tu facultad?
—Estudié en la UCA de Paraná, con un perfil humanístico, fue cambiando con los años y hubo bastante de psicoanálisis y logoterapia. Sentía que me faltaba algo, así que comencé a coordinar grupos de autoayuda en ALCO (Asociación de Lucha Contra la Obesidad) durante varios años. También hice un curso de guardavidas –una experiencia significativa por el trabajo en equipo–, grafología y fui secretario de mi hermano en su escribanía. Buscaba otras herramientas y tanto ALCO como el ser paciente gestáltico, de psicoanálisis y lacaniano me sirvió. La primera vez que me entrevisté con Sonia Solari (psicóloga gestáltica) me atendió descalza, cuando yo venía de un ámbito más formal. Me ayudó mucho para comenzar a romper esquemas, decidí hacer terapia con ese enfoque e ir a Buenos Aires a formarme.

—¿Cómo fue el encuentro con ella?
—Le hice unas preguntas para ver qué me respondía y ante determinada pregunta me dijo: “No sé” –de forma auténtica– lo que me liberó –porque soy bastante exigente– en cuanto a que se puede ser un buen terapeuta y humilde. Y me permitió experimentar otras cosas.

—¿Estudiaste grafología como medio de diagnóstico?
—Para conocerme y conocer a los otros. Me di cuenta que la palabra tiene un límite, no obstante que la escritura expresa rasgos de la personalidad. Te permite ver aspectos que tal vez es difícil verlos en una entrevista.

—¿La aplicás?
—Sí, aunque es una carrera universitaria y solo hice un curso de formación, suficiente para detectar los rasgos. Como se presenta el texto es como se presenta la persona.

—¿Descubriste en tu grafía algo desconocido o de lo cual no eras tan consciente?
—Hay cosas que vas confirmando. Me di cuenta de que estaba muy contenido en cuanto a la creatividad y fui encontrando un equilibrio.

—¿Qué te atrajo de la gestalt, además de la actitud informal de la psicóloga?
—Sacarme la presión de que tenía que saber todo y me atrajo como enfoque holístico que busca una coherencia entre lo que uno piensa, hace y siente. Aunque resulta obvio, mucha gente no se da cuenta de determinadas situaciones disociadas. Me gusta el lugar del terapeuta respecto del paciente, en cuanto a la humildad y que somos pares –con roles distintos. Me gustó que no busca interpretar, sino que hace foco en lo que aparece.

—¿Conciliaste el enfoque freudiano y lacaniano con la gestalt?
—El psicoanálisis –como paciente– me sirvió hasta un punto. Como terapeuta, por ejemplo, no es lo mismo que el paciente hable “del cuerpo” que “desde el cuerpo”, porque se pierde lo más rico. Cuando trabajás con la gestalt “se pone el cuerpo”. Cuando me di cuenta del límite de la palabra comencé a explorar otras áreas y todos los aspectos de la persona, sino es un recorte.

—¿Referentes importantes?
—Ernesto Vitale y Mónica Nigro –directivos actuales de la Asociación Gestáltica de Buenos Aires. Otra es Adriana Schnake –La Nana– una psiquiatra chilena que trajo la terapia gestáltica a la Argentina. Vive en Chiloé –una isla de Chile–, en 2010 fui de mochilero al sur y crucé caminando. Cuando tuve que llenar el formulario con el ítem del vehículo, el de “caminante” no estaba, así que lo añadí. Los gendarmes se reían. Conocí a muchas personas de quienes aprendí mucho, sobre todo en Anchimalén el centro (de Terapia y Desarrollo) de la Nana. Ken Wilber –uno de los principales teóricos de la psicología transpersonal– es una referencia porque se destacó por su lúcido intento de sintetizar las disciplinas modernas de la psicología occidental, las  corrientes de la Filosofía y las grandes tradiciones espirituales. Busca la integración y síntesis de los diversos paradigmas psicológicos y filosóficos orientales y occidentales, no excluyendo a ninguno sino registrando hasta dónde y para quiénes es necesaria una disciplina u otras –según su evolución. Rescato un viaje como mochilero a Cuba, porque fui a un congreso en el Centro de Salud Mental que me sirvió para saber cómo abordan a las personas con adicciones. A la vez hice un curso de buceo recreativo. Viví con ellos y alquilaba en casas porque me interesaba saber sobre la idiosincrasia y forma de ver la vida, a partir de lo cual valoré nuestra libertad interna –más allá de que nuestro país sea impredecible.

—¿Te sucedió que la gestalt era insuficiente?
—A medida que pasan los años me doy cuenta de que todo es un gran rompecabezas, por eso sigo buscando aunque haya cosas que están más claras. Todo –en algún punto– se conecta, abrís una puerta y se abren cinco más… aunque tampoco es para estar revolviendo la olla todo el tiempo. Los procesos de autoconocimiento necesitan decantar, más allá de lo acelerado y competitivo de esta época. Hay que disfrutar el camino y el proceso. No es casual que esté de moda el yoga y la meditación, es una reacción lógica.

—¿Qué observas en este sentido cuando te recibiste y actualmente?
—Lo que observo como positivo y distinto es que a través de los años hay más pacientes varones. De por sí, antes, la psicología era un tema tabú, para los “locos”, se la atacaba desde el machismo, se decía que “lo resuelvo solo, con un amigo, me voy a comer un asado o a jugar al fútbol, y a otra cosa”. Ahora son muchos los hombres que están rompiendo con esta idea y este mandato de ser duro, por eso frente a una situación de estrés, se quiebra, al contrario del junco, que se dobla y luego puede volver a su centro, por la flexibilidad. Está predominando mucho el hemisferio derecho –aunque no se lo puede plantear como una cuestión de blanco y negro– el cual tiene que ver con la intuición, la creatividad, la sensibilidad y el suave –lo cual no implica que uno no pueda ser firme.

El arte dramático como terapia

  Teatro y gestalt es la combinación de un enfoque terapéutico y un arte escénico que tiene como objetivo el crecimiento y desarrollo del ser humano a través de la utilización de la filosofía gestáltica y las técnicas escénicas teatrales.

Fritz Perls –creador de la terapia gestalt– fue en su juventud actor y discípulo de Max Reinhart –uno de los directores teatrales europeos más influyentes del siglo XX. De su experiencia con Reinhart, Fritz absorbió actitudes y técnicas que más tarde incorporaría en su quehacer cotidiano como terapeuta.

Tanto uno como otro concebían la escena y la sala de terapia como un espacio sagrado, un lugar de experimentación, de autoconocimiento y de libertad donde el ser humano puede expresarse íntegramente en plenitud.

“El obeso no se puede expresar, y lo hace comiendo”

Larrosa realizó su trabajo de tesis final tras una pasantía en la Asociación de Lucha Contra la Obesidad (ALCO) experiencia que destacó por los vínculos logrados en el grupo como por las conclusiones que estableció. “El obeso es un adicto que toma distancia del mundo a través del sobrepeso”, definió.

—¿Cuándo consideraste que la gestalt te resultaba eficaz e integraste los distintos conocimientos adquiridos?
—Cuando confié en el vínculo que se puede establecer y me saqué ciertas ideas. Me ayudó mucho el trabajo en ALCO porque era coordinador pero me consideraba parte. Me fogueé al estar solo, siendo estudiante y la gente era mayor; fue muy profundo el vínculo. A fin de año hacíamos muestras de teatro, así que puse en juego lo artístico y fue un espacio de experimentación. Los compañeros me decían que tenía que ser director de teatro.  

—¿Qué relaciones estableciste entre obesidad y factores emocionales?
—Me recibí haciendo la tesis final sobre este trabajo, con el título El grupo, fortalecedor de la autoestima en personas con obesidad desde la mirada del enfoque gestáltico. Hay muchas lecturas que se pueden hacer –además de la de los factores hormonales y orgánicos– pero sencillamente se puede decir que lo que la persona no puede expresar hacia afuera, posiblemente lo haga hacia adentro, o sea ante un conflicto se puede explotar o implotar. Un rasgo que se puede establecer en personas con obesidad –un tipo de adicción– es que le cuesta decir. Como no lo puede hacer, lo expresa comiendo y tomando distancia con el mundo a través del sobrepeso. Los seres humanos nos armamos como podemos ante el dolor a través de las corazas emocionales. Algunos ante el dolor pueden llorar, negar, sonreír… La psicología transpersonal habla del eneagrama (Ver recuadro) que son nueve tipos de personalidad y ése es el carácter que uno se armó como pudo cuando niño –una especie de esqueleto. No es lo más auténtico pero es lo que nos mantuvo vivo, y la idea es reflexionar y estimular el potencial para no quedar atado a esa forma no creativa. Todos pensamos, sentimos y hacemos, pero hay personas que hacen, piensan o sienten en exceso, por lo cual hay que tender al equilibrio.

Arquetipos del eneagrama

El eneagrama describe las personalidades y sus interrelaciones, asociadas a esa figura. La idea básica es que existen nueve arquetipos con sus estrategias básicas para tratar sus asuntos, y que –según estén frustradas o en un estado proactivo– se integran o desintegran unas en otras. Es decir, un arquetipo puede degenerar o aproximarse hacia los rasgos de otro tipo según su grado de frustración o proactividad.

Son el tipo racional, idealista, de sólidos principios, determinado, controlado y perfeccionista; el tipo interpersonal, preocupado por los demás: generoso, demostrativo, complaciente y posesivo; el tipo pragmático, orientado al éxito, adaptable, sobresaliente, ambicioso; el tipo sensible, reservado, expresivo, dramático, ensimismado y temperamental; el tipo cerebral, penetrante, perceptivo, innovador, reservado y aislado; el tipo comprometido, orientado a la seguridad, encantador, responsable, nervioso y desconfiado; el tipo activo, divertido, espontáneo, versátil, ambicioso y disperso; el tipo poderoso, dominante, seguro de sí mismo, decidido, voluntarioso y retador, y el tipo indolente, modesto, receptivo, tranquilizador, agradable y satisfecho.

 

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