A Fondo
Lunes 14 de Marzo de 2016

Las violaciones de Europa que llegan impunes al siglo XXI

Descubriendo Entre Ríos. De la Madre Patria al Genocidio. El relato que menosprecia todo lo que no calce en el modelo europeísta legitima actualmente la colonialidad y la subordinación, sea en la economía como en las aulas. Pero la resistencia vuelve a florecer

Tirso Fiorotto/De la Redacción de UNO
tfiorotto@uno.com.ar


Si reconocemos y amamos tantos aportes de Europa en la música, la poesía, el pensamiento, la ciencia, el esfuerzo de algunos de nuestros abuelos, ¿cuáles son entonces nuestras prevenciones con ese subcontinente?

De la respuesta depende nuestra comprensión del pasado como del futuro.

Por grave que haya sido la presencia europea en el Abya yala (América), los pueblos no son ni invasores ni colonialistas ni genocidas. Por ahí participan con mayor o menor conciencia de un poder constituido que, invasión y genocidio mediante, favorece a los nacionales de determinada región a expensas de la muerte de otros. Pero el imperialismo está en el sistema y el poder, no en los trabajadores, estudiantes, campesinos.

El problema con Europa, y que los europeístas se niegan a admitir, radica en que hemos sufrido un empalago de relato europeo durante 500 años.

Lo mejor y lo peor

Europa tiene candidato para todo. Si hay que matar tiene quién mate, si hay que bendecir tiene quién bendiga… Cada vez que abramos la boca contra Europa terminaremos escuchando loas a los europeos que no calzan en el molde que cuestionamos.

Y bien. Queremos decirle a Europa con serenidad: muchas gracias por los servicios prestados. Pero Europa responde como un niño malcriado que teme perder su chupetín.

Bella e iluminada, Europa no ha aprendido a estar al margen. Quiere seguir de protagonista, aunque sea con su hijo, los Estados Unidos.

Un relato bien armado le ha hecho creer a Europa que nació con coronita, y que todo el mundo le está en deuda.

Pero eso no nos debe sorprender: religiones muy antiguas (también difundidas desde Europa) le hicieron creer al humano que nació para reinar, y que fue creado a imagen y semejanza de Dios… Por si hacía falta un ejemplo de soberbia superlativa de una especie.

Europa inventó una “modernidad” hecha de ciencia, tecnología, conocimiento, democracia, y alejó su partida de nacimiento de su verdadera cuna: el genocidio y el saqueo de Abya yala, la esclavización de Abya yala y África.

Pero claro, qué difícil es confesarle a la pretendida madre patria que nosotros no la tenemos por patria, y menos por madre.
Mafalda lo dijo
Los europeos nos han dado su sopa por 500 años. Un día nos apetece una manzana y la pretendida mamá nos reprende: primero la sopita eh.

Europa no cree que podamos cruzar la calle si no es de la mano, y todo empezó hace 500 años cuando a Europa le convino pensar que los humanos de aquí éramos no humanos, o por lo menos, inferiores, y lo mismo los habitantes de África. ¿Cómo sacarnos después la marca a fuego del racismo?

En algunos sucesores no hay maldad siquiera, sino un afán paternalista, como se ve entre el burgués y el obrero.

Sopa, sopa, ¡puaj! dirá Mafalda.
Habían pasado casi 500 años, y marcábamos con puntitos en el mapa los viajes de Colón y los demás embarcados. Pasaron los 500 años y tenemos ciudades llamadas “Los Conquistadores”, y unos modos de conocer con casilleros donde los modos milenarios de nuestro continente no encajan.

Nos pasa como en las normas de la Municipalidad de Paraná que excluyen de las calles a los árboles con espinas (justo en la región llamada “Espinal”).

A los europeístas les cuesta entender el empalago. ¿Pero pasaremos otros 500 años escuchando el mismo tono, mismo timbre, mismo sonsonete?

Tradiciones

Cuando el colonialismo se tornó imposible siguió la colonialidad, que incluye una fuerte dosis de resignación. Europa ha sido una borrachera de 500 años, ¿qué tal un tiempo de abstinencia?
Hay grupos, corrientes, personas individuales, pueblos, que mantienen la llamita encendida. Si hemos sido violados sistemáticamente por Europa, la resistencia no ha sido menor.

Pueblos de la Argentina, Bolivia, Perú y otros hablan de sumak kawsay, tekó kaví, ayllu, ayni, yanantin, Pachamama; dicen armonía, comunidad, complementariedad, madre tierra… En 500 años Europa mató, menospreció las culturas y practicó un epistemicidio, es decir, no sólo quemó libros (códices) sino que marcó la cancha del conocimiento para excluir todo lo que fuera distinto. No hace falta demostrar que todos esos conocimientos de nuestro suelo han sido extirpados precisamente de las aulas. De esta manera no hay modo de volver a nuestros pensamientos milenarios sino es hurgando en las tradiciones del Abya yala, pero Europa tiene prevenciones con las tradiciones y las ciencias que no se adecuan a sus moldes. Atropella de modo tan feroz que ni deja válvulas de escape.

Tradiciones milenarias nos dieron decenas de variedades de maíz, mientras que la ciencia ha reducido toda esa riqueza a un par de variedades transgénicas… La ciencia matará así una bella diversidad tradicional.

Tradiciones milenarias interpretan la pertenencia del humano a la naturaleza, mientas que la ciencia antropocéntrica permite e impulsa actitudes invasivas que ignoran o subestiman la complejidad y la interrelación de los seres.
Nuevo patrón
Dice el estudioso Aníbal Quijano (La colonialidad del saber. Clacso): “La globalización en curso es, en primer término, la culminación de un proceso que comenzó con la constitución de América y la del capitalismo colonial/moderno y eurocentrado como un nuevo patrón de poder mundial. Uno de los ejes fundamentales de ese patrón de poder es la clasificación social de la población mundial sobre la idea de raza, una construcción mental que expresa la experiencia básica de la dominación colonial y que desde entonces permea las dimensiones más importantes del poder mundial, incluyendo su racionalidad específica, el eurocentrismo. Dicho eje tiene, pues, origen y carácter colonial, pero ha probado ser más duradero y estable que el colonialismo, en cuya matriz fue establecido. Implica, en consecuencia, un elemento de colonialidad en el patrón de poder hoy mundialmente hegemónico”.

“El capitalismo mundial fue, desde la partida, colonial/moderno y eurocentrado”.

Y sigue Quijano: “El hecho de que los europeos occidentales imaginaran ser la culminación de una trayectoria civilizatoria desde un estado de naturaleza, les llevó también a pensarse como los modernos de la humanidad y de su historia, esto es, como lo nuevo y al mismo tiempo lo más avanzado de la especie. Pero puesto que al mismo tiempo atribuían al resto de la especie la pertenencia a una categoría, por naturaleza, inferior y por eso anterior, esto es, el pasado en el proceso de la especie, los europeos imaginaron también ser no solamente los portadores exclusivos de la modernidad, sino igualmente sus exclusivos creadores y protagonistas”.

Para Quijano, los países del sur del continente (Chile, Uruguay, Argentina), procedieron al exterminio de los pueblos originarios, como en Estados Unidos. Pero a diferencia de los Estados Unidos en la Argentina la tierra fue concentrada en la propiedad de pocos.

Eso facilitó el predominio de la oligarquía, a lo que se agregó más tarde la inmigración masiva de europeos que rechazaban su asociación con la población india.

(Es decir: colonia hace 500 años, hace 200, hace 100 años, y colonia hoy).
Europa y el europeísmo no han quedado en el pasado: su molde enferma a las comunidades del siglo XXI, y lo hace en los planos del conocimiento y la economía.

Castillo de naipes
¿Cómo entender los efectos de una concepción filosófica e histórica sobre las relaciones sociales de los argentinos en pleno siglo XXI?
Dice Santiago Castro Gómez: “el surgimiento de los Estados nacionales en Europa y América durante los siglos XVII al XIX no es un proceso autónomo, sino que posee una contraparte estructural: la consolidación del colonialismo europeo en ultramar. La persistente negación de este vínculo entre modernidad y colonialismo por parte de las ciencias sociales ha sido, en realidad, uno de los signos más claros de su limitación conceptual. Impregnadas desde sus orígenes por un imaginario eurocéntrico, las ciencias sociales proyectaron la idea de una Europa aséptica y autogenerada... La racionalización habría sido el resultado de un despliegue de cualidades inherentes a las sociedades occidentales (el ‘tránsito’ de la tradición a la modernidad), y no de la interacción colonial de Europa con América, Asia y África a partir de 1492”.

La tradición queda así abajo, aplastada por la modernidad, y quien ose buscar las tradiciones allí estará atacando la ciencia. Así es que Europa deslegitima todo lo que no sea… Europa.
Abajo, los indios
Y Sigue Castro Gómez: “Desde este punto de vista, la experiencia del colonialismo resultaría completamente irrelevante para entender el fenómeno de la modernidad y el surgimiento de las ciencias sociales. Lo cual significa que para los africanos, asiáticos y latinoamericanos el colonialismo no significó primariamente destrucción y expoliación sino, ante todo, el comienzo del tortuoso pero inevitable camino hacia el desarrollo y la modernización. Este es el imaginario colonial que ha sido reproducido tradicionalmente por las ciencias sociales y la filosofía en ambos lados del Atlántico”.
Europa propone, así, que no conozcamos, no critiquemos, y nos inclinemos en señal de agradecimiento.
Luego de mencionar interpretaciones de estudiosos como Mignolo, Dussel, Wallerstein y Quijano, dice Castro Gómez: “la mayoría de los teóricos sociales de los siglos XVII y XVIII (Hobbes, Bossuet, Turgot, Condorcet) coincidían en que la ‘especie humana’ sale poco a poco de la ignorancia y va atravesando diferentes ‘estadios’ de perfeccionamiento hasta, finalmente, obtener la ‘mayoría de edad’ a la que han llegado las sociedades modernas europeas”.

Para este modelo, señala, el estadio más bajo en la escala del desarrollo humano es el de las sociedades indígenas americanas tal como éstas eran descritas por viajeros, cronistas y navegantes europeos. La característica de este primer estadio es el salvajismo, la barbarie, la ausencia completa de arte, ciencia y escritura.

Un panzaverde contesta
Desde Chajarí, el estudioso Juan José Rossi (entrerriano por adopción) revela los cimientos de arena de la construcción europeísta, cuando enumera la serie de engaños que nos legaron los viajeros europeos, convertidos en jueces y partes.

“Se ha considerado fuente de información directa y confiable al cúmulo de relatos, diarios de viaje, cartas, documentos de autoridades, misioneros, espías de distinta índole y escritos de crónicas oficiales propiamente dichos, por cierto muy disímiles unos de otros. En todos los casos se trató de informes minuciosos de la gestión ‘conquistadora’ o de relatos más o menos fantasiosos y poco o nada profesionales académicamente (desde un ángulo histórico, antropológico y etnográfico), de la compleja realidad que encontraron en su avance y toma de posesión”.

En la obra “América, el gran error de la historia oficial”, insiste Rossi: “El objetivo primordial y casi exclusivo de las crónicas y epistolario era informar a sus superiores europeos sobre la marcha de la invasión, es decir, de la sistemática toma de posesión territorial y desarrollo de la gestión político-religiosa”.

“La estructura formal de las crónicas, su contenido y el producto final resultaron ser verdaderos espionajes del comportamiento de los súbditos de ambas instituciones (iglesia y estado) y de la realidad nativa que iban encontrando y que destruían o, a lo sumo, utilizaban en función exclusiva de sí mismos y de Europa. Todo el resto, en aquella andanada de tediosos relatos, es relleno superficial”.

Para Rossi, el historiador podría ser “indulgente” con los cronistas por su desconocimiento de idiomas y el alboroto del hallazgo. “Pero luego, durante tres siglos, obstinadamente, crearon un enorme globo, inflado con aires de vencedor”.
Para el relato somos hijos y deudores de Europa, y ese relato sigue siendo sostenido.
Ciencia interesada
Y volviendo a Santiago Castro Gómez: “Conceptos binarios tales como barbarie y civilización, tradición y modernidad, comunidad y sociedad, mito y ciencia, infancia y madurez, solidaridad orgánica y solidaridad mecánica, pobreza y desarrollo, entre otros muchos, han permeado por completo los modelos analíticos de las ciencias sociales”.

“Las ciencias sociales funcionan estructuralmente como un ‘aparato ideológico’ que, de puertas para adentro, legitimaba la exclusión y el disciplinamiento de aquellas personas que no se ajustaban a los perfiles de subjetividad que necesitaba el estado para implementar sus políticas de modernización; de puertas para afuera, en cambio, las ciencias sociales legitimaban la división internacional del trabajo y la desigualdad de los términos de intercambio y comercio entre el centro y la periferia, es decir, los grandes beneficios sociales y económicos que las potencias europeas estaban obteniendo del dominio sobre sus colonias”.

Desde esta perspectiva es interesante analizar los gobiernos, la dictadura, la deuda externa, las multinacionales, la universidad, el modelo sojero… La modernidad europeísta nos quiere aún excluidos y acorralados.








 

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