Río 2016
Domingo 21 de Agosto de 2016

Las olimpíadas nos rescatan de la uniformidad del fútbol

Celebración del esfuerzo, la comunidad, la diversidad, el arte, la buena onda en el gran encuentro deportivo de la humanidad en Río de Janeiro, que brilla desde la ceremonia inaugural con un claro mensaje ecológico de excepción

Los juegos de Río son un bálsamo. El monocultivo del fútbol durante el año opaca los restantes deportes, y los fondos que colocan allí ciertos poderes (incluido el Estado) colaboran con la uniformidad como el glifosato con la soja, pero las olimpíadas nos devuelven la diversidad y nos curan de la monotonía.
En estas jornadas los argentinos escapamos por un instante del coro monocorde.
A los que nos agrada sobremanera el deporte con origen quizá en el Paraguay y que se juega con un pie en el aire nos viene muy bien, de tanto en tanto, esta lluvia de jabalinas, balas, raquetas, discos, garrochas, de la mano de atletas admirables.
Entonces recordamos que, además del fútbol, están el hándbol, el hockey, las distintas formas de lucha, el vóley, por nombrar algunos bellos juegos. Y tantas carreras a pie o en el agua, y tantas destrezas y formas del arte y tantos artistas llenándonos el corazón.
¿Es el fútbol el sol y los demás deportes sus satélites? De ninguna manera. Probablemente el gran Messi no alcance 40 metros con una jabalina, por caso, y Toledo superó los 80.

Usain y Phelps
Vayamos a otro ejemplo: si pensáramos que la única forma de hacer deporte pasa por el genial Usain Bolt, entonces ¿cómo apreciaríamos a Michael Phelps? Distintos y geniales ambos. (El jamaiquino más simpático, qué duda cabe, si estos días hemos gozado de su personalidad extravagante, del personaje que se ha creado, además de la manera insólita de correr compartiendo unos chistes).
Ahora, si admitiéramos que la vara es Phelps, Usain quedaría en segundo plano, como perdido, y hasta nos daría lástima por su estilo perrito en la pileta olímpica.
Si se nos permite, usamos este fenómeno de las olimpíadas para pasar a un problema que padecemos a diario desde hace siglos, y que se compara con la prepotencia del mundo futbolero (por bello y solidario que sea jugar a la pelota) sobre los demás deportes: es que la soberbia del llamado primer mundo ha dejado en un abismo modos distintos de conocimiento.
Occidente es como la acacia negra en nuestra zona, que no tolera nada al lado, y perdón al arbolito invasor, pero hoy nos queremos demorar no en el que se impone sino en los miles que son menospreciados, empujados a un rincón, erradicados.

Las víctimas
Dice y pregunta Boaventura de Sousa Santos: "el imperialismo cultual y el epistemicidio son parte de la trayectoria histórica de la modernidad occidental. Tras siglos de cambios culturales desiguales, ¿es justo que se trate como iguales a las culturas?"
Si vamos a hablar de deportes, pondremos especial atención pues en las competencias que no son usuales, cuyos reglamentos ignoramos, y con modos que, por falta de costumbre, nos resultan a primera vista a veces poco atractivos.
Con los saberes ocurre algo similar. Si por 500 años hemos escuchado la campana europea, dedicarnos al Lejano Oriente, el África y el Abya yala (América) nos exigirá tiempo y paciencia, tomarle el gusto. Y es que muchos de esos conocimientos nos llegan como hilachitas.

El sombrero a la cabeza
Para el conocimiento, como para el amor y la amistad, hay que tener actitud. Las flores no deben adaptarse al florerito de cada cual. Si tenemos uno para rosas, claveles, jazmines, difícil que entre allí la torta del girasol y no por eso dejará de ser una bellísima flor, o a lo mejor quedará bailando el lirio del bajo, pero qué lindo ¿no? Arturo Jauretche lo explicó mejor cuando habló del desatino de adaptar la cabeza al sombrero.
El poder dominante impone sus mercancías, su dinero, sus creencias, sus formas de pensar, sus nombres y destruye el resto, o lo menosprecia y tergiversa.
De ahí la comparación que nos surge con estas olimpíadas, como un inesperado remedio contra la uniformidad, un aire fresco.
Sin dueños
El poder dominante le da patente a los conocimientos. A esto lo dijo Fulano, a esto Mengano. Pero el conocimiento no tiene dueños, y sus fuentes variadas son insondables.
Anteayer veíamos en el diario Clarín una treintena de fotografías rescatadas de los museos y exhibidas en las plazas de Buenos Aires, muy bien. Los "blancos", todos con su nombre y apellido; en el caso de los no "blancos" se lee: "indios de la Patagonia", "esclava de los tiempos de Rosas".
Heredamos mucho de esos NN: ritmos, mate, modos, libertad. Fueron los primeros en dar el sudor en el trabajo a destajo, la sangre en las batallas de la independencia. Pero sus saberes y valores no pueden ni deben ser atribuidos a nombres propios. Entonces, nos gustó ese ejemplo de las fotos: allí no hay narcisismos, allí hay pueblo, hay comunidad. En esos indios hay un nosotros, en los esclavizados hay un nosotros. Los saberes tejidos con el tiempo no encajan en la ciencia ni en la filosofía ni en la teología, disciplinas que la modernidad sí acepta.
Pasar de autor en autor es, pues, un engaño porque nos obliga a perdernos una diversidad exquisita, y así terminamos poniendo a un pequeño subcontinente como Europa en el ombligo del mundo, y dejando al 95% del planeta y de la humanidad en un plano de subordinación.
Es como decir que el maíz es de Monsanto, cuando en verdad hay unas pocas variedades transgénicas patentadas (que ni son maíz), y cientos de variedades sin dueño, maíces de la naturaleza y de los pueblos, por supuesto, dejadas de lado porque no le rinden al sistema dominante.

Pagani: mal ejemplo
"La imposibilidad de captar la infinita diversidad epistemológica del mundo no nos disculpa de buscar conocerla, por el contrario, la exige", dice Boaventura de Sousa Santos.
Ese poder dominante, en nuestro caso el occidental-europeo, ha destruido culturas para luego acusarlas de incompletas o incomprensibles y negarles la capacidad de pensamiento propio, o en el mejor de los casos concederles una suerte de condición de bajo rango, en un escalón inferior.
El modo es muy sencillo: si tomamos como medida recta nuestro idioma y lo rodeamos de prestigio y promesas de éxito, por ejemplo, todo lo que sea diferente quedará como torcido, sin brillo y fracasado.
Hace pocas semanas escuchamos al periodista Horacio Pagani decir en la televisión que tal equipo de fútbol era malo e iba a perder porque él no lo conocía. Si fuera bueno, Pagani debía conocerlo. Lo comentaba medio en broma, como es su estilo.
Bien: el ejemplo no nos sirve, porque luego se demostró que tenía razón, era un pésimo equipo. No por ausente en el horizonte siempre limitado de un periodista, claro, pero resultó así la suerte.
Ahora, si buscamos conocer los saberes y modos de pensar de África, Asia y Abya yala (América), esos saberes sin dueño, en general, en muchos casos tradiciones cuyo origen desconocemos, y sus maneras de relacionarse y entender, lo que corresponde es mirar esas flores, gozar esos ramos sin pensar en nuestro florero, apreciar esas cabezas sin compararlas con un sombrero.

Los prejuicios
Hace unos años publicamos algunas columnas sobre los temas de la región que están vedados en la educación (monte, árboles, hierbas, peces, pájaros, insectos, ritmos, mamíferos, corrientes migratorias, oficios, deportes, modos de la lengua y de relacionarse, rubros de la economía). Un conocido profesor universitario nos comentó que eso estaba totalmente superado, que no debíamos darle mayor relevancia porque un autor europeo había explicado ya lo que era la cultura localista, de campanario, de aquel que solo ve lo que está en su pequeña localidad, lo que mira desde la torrecita.
No coincidimos, claro. Nosotros hablamos de patria grande y comadreja sin observar allí una contradicción.
Con el tiempo, otros autores recuperaron la importancia del lugar, la región, y llegaron a la conclusión de que aquella visión con pretensiones globales no hizo más que uniformarnos y provocó un epistemicidio, es decir, mató toda una diversidad maravillosa de modos del saber.
En estos días, la Universidad Nacional del Litoral también reconoce, por ejemplo, "la falta de conocimiento sobre la diversidad de la flora y vegetación nativa, su riqueza y sus usos actuales y potenciales como también sobre los servicios ambientales" en la provincia del Espinal.
"Las escuelas primarias y secundarias de la zona se ven limitadas en la enseñanza de estos temas fundamentalmente por la falta de bibliografía y de ilustraciones disponibles sobre la flora nativa. Es a partir de este problema que la Facultad de Ciencias Agrarias se propuso la realización del Proyecto de Extensión de Interés Social Nuestras plantas del Espinal", dice la noticia.
Si el fin fuera productivista como se huele en la noticia, si pusiera la naturaleza al servicio del humano, entonces poco conoceremos por esa vía, solo registraremos lo que nos conviene. Pero siempre hay margen para el conocimiento, cuando ponemos el acento en nuestros compañeros de ruta, en este caso hierbas y árboles.
Y bien: si hoy nos encontráramos con aquel profesor nos diría, muy probablemente: eso está totalmente superado, ya el escritor Arturo Escobar habló del conocimiento local, el lugar y la cultura, etc. Es decir: de antemano estamos resignados a que nos bajen línea, que los aportes desde el pie no tienen prestigio y los vamos a descartar al toque.
Tenemos (y no siempre) una tendencia a recibir recetas, a no dar crédito a lo que está a la vuelta de la esquina.

Argumento de autoridad
Eso es depender de lo que han dicho autores con algún prestigio. Y en algunos casos muestra una precaria suma de datos, no mucho más. "El aprender cesa cuando solo hay acumulación de conocimientos", dice Krishnamurti.
Aquello entra en una suerte de argumento de autoridad, de creencia. ¡Magister dixit! Y, casualidad, el "maestro" estará casi siempre bendecido por el poder. Si es francés, inglés, norteamericano, tanto mejor.
Es la colonialidad del saber, que ha estudiado con espíritu crítico el Movimiento Modernidad/Colonialidad (MMC), una revolución en los estudios sociales que, precisamente, busca los caminos no hegemónicos y deplora la intolerancia occidental, el relato que se inventó una historia para quedar en la cúspide y ser único.
Conocer un mundillo y pretender que eso sea el planeta es síntoma de intolerancia a la diversidad.
Y nos sirven, para denunciar ese sistema único, las imágenes que nos regala en estos días la televisión, desde Río de Janeiro. Lamentamos que el seleccionado de fútbol se despidiera rápido, pero en alguna medida nos hizo un favor.
Diríamos lo mismo si un día, luego de 500 años de predominio (y atropellos) de pensamientos y autores europeos, esa élite impuesta a sangre y fuego y propaganda cediera el protagonismo por un tiempo a Abya yala, África, Oceanía o el Lejano Oriente.

Abiertos
Hace 500 años que nos ocultan el Abya yala. Es muy comprensible que insistamos en nuestro tema de estudio, los pueblos, la naturaleza, las relaciones, las comunidades, los principios del vivir bien y la complementariedad.
Eso no nos convierte en antieuropeos ni en eurofóbicos, de ningún modo. El problema con los europeístas es que quieren que se hable de Europa, bien o mal, pero que se hable. El narcisismo no les permite estar un rato afuera del ring.
Abrirnos hoy a los que lanzan un martillo, se desviven en el ping-pong o vuelan en una carrera, es como abrirnos a las maneras de conocer y a esas sabidurías e incluso los rituales muy antiguos, y lo mismo, abrirnos a ritmos, melodías, artes, libres de prejuicios.
También han sido oxigenantes ciertos gestos de los deportistas sanos, que reconocen al otro, e incluso muy vivificantes algunos comentaristas como es el caso de Sergio Vigil, Cachito, que no pronuncia dos frases sin recuperar un valor profundamente humano.
Hemos sentido, quién sabe, un mundo de honestidad, una confianza en el equipo, en la comunidad, al escuchar sus impresiones, análisis, arengas. "El lenguaje del cuerpo es el lenguaje del alma, no miente", dice Cachito con su media voz.
Desde el primer día, Río de Janeiro nos está llenando de esperanza. La ceremonia inaugural fue inolvidable. El que se la perdió, que la busque por allí, que disfrute de ese regalo de hondo contenido ecológico, histórico, que nos brindaron nuestras hermanas y nuestros hermanos brasileños. No solo de pan vive el hombre. De fútbol, sí, pero no solo de fútbol. Por eso hablamos de este encuentro fraternal y no hemos hecho mención aún a las medallas, que también celebramos, y cómo no.

Admiración a la creatividad
"Estoy seguro de que los brasileños admiran la creatividad y la belleza de la hinchada argentina", no vaciló en afirmar el prestigioso sociólogo brasileño Ronaldo George Helal, al opinar sobre la rivalidad deportiva mostrada por simpatizantes de ambos países durante el desarrollo de los Juegos de Río 2016.
Helal, un estudioso del tema deportivo, actualmente profesor en la Universidad de Ciencias Sociales de Río de Janeiro, admitió que "también hay un poco de envidia, porque los brasileños no son tan creativos" y subrayó que "el Mundial de fútbol, en el que los hinchas argentinos coparon Río fue muy fuerte para los cariocas. Y desde allí la rivalidad se acentuó".
El prestigioso académico brasileño, que tiene un grado en Ciencias Sociales por la Universidad Federal y otro en Comunicación por la Universidad Católica, ambas de Río de Janeiro, subrayó que "a los brasileños los impactó la fiesta de los argentinos al final del partido de básquetbol con Estados Unidos, que hasta lo pasó el noticiero televisivo de Globo. También lo de Del Potro. Ese apoyo cuando se pierde".
Helal, que habla muy bien el español porque vivió dos años en la Argentina para realizar un posdoctorado en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, no ve "peligros en esta rivalidad. No se verifica en otros episodios, se da en los estadios porque hay un público muy futbolero. Los argentinos tienen fama de soberbios, pero en la cotidianeidad la relación es buena. De cualquier manera hay que estar atentos".
Y ejemplificó que "Brasil nunca miró como rival a Argentina, y para ustedes las hipótesis de conflicto siempre fueron Gran Bretaña y Chile. Que inclusive llevó a acciones militares". Uno de los pioneros de los estudios académicos de sociología del deporte en su país, Helal consideró un acierto de Lula promover la candidatura de Río de Janeiro a los Juegos Olímpicos.
"La idea fue que Brasil fuera una vidriera al mundo en el Mundial 2014 y en los Juegos de Río. Que no somos solo samba, fútbol y pizza, como alguna vez se dijo. Y creo que más allá de algunas fallas en la organización se consiguió". "Las críticas al Mundial se usaron para desgastar al gobierno de Dilma por parte de los medios -prosiguió-. En ambos casos las encuestas empezaron desfavorables para su realización, pero el sentimiento fue cambiando con el correr de los días, al margen de la decepción que fue para Brasil el Mundial de fútbol y el 7-1 con Alemania".
Helal, que también tiene una maestría en sociología en la Universidad de Nueva York y es autor de varios libros sobre el deporte y la sociedad, está convencido de que "Río aprobó el examen de los Juegos. Días antes el brasileño estaba deprimido, pensaba que iba a ser una vergüenza, que el mundo se iba a burlar, que no teníamos condiciones para organizarlos. Y creo que se cumplió a pesar de algunas fallas".
Y añadió que "los brasileños observan mucho qué se dice de ellos en el exterior. Hubo fuertes críticas de medios periodísticos. Se habló del zika y no era cierto. Y la delincuencia no aumentó, sí la sensación de inseguridad. Es un problema con el que cargamos desde hace muchísimo tiempo. El trabajo de seguridad en las favelas fue muy bueno, porque el primero que lo sufre es el que vive allí. Ahora hay que continuarlo. En la cuenta del balance favorable mencionó "las mejoras en la integración del transporte, que se van a disfrutar cuando los Juegos terminen, porque ahora hay muchos cortes por el tema seguridad, y la remodelación del puerto. Cuando se habla de lo que se gastó y no se volcó a educación o salud, yo digo que es tarea del Estado asegurar ambas al margen de la realización o no de los Juegos".
Helal cree que "cuando esto termine el brasileño va a sentir orgullo, no euforia. Eso sería esquizofrénico porque tenemos muchos problemas: hay preocupación por la situación económica y política, el impeachment a Dilma, la corrupción, que por otra parte viene de lejos, el descreimiento en la política es masivo". Pero aclaró que "más allá de las noticias, que parecen todas terribles, es la primera vez que en Brasil hay políticos e importantes empresarios presos. Y eso también es noticia".

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