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La Provincia Domingo, 25 de marzo de 2012 | 09:52

Una vida dedicada a alimentar la fe y a devolver la esperanza

Se llama Esther Gardella y hace 34 años que atiende a 210 personas por día. Es la vidente y sanadora de Gobernador Febre: una localidad entrerriana que vivió al ritmo del ferrocarril.

Pablo Felizia

De la Redacción de UNO


Cuatro días a la semana y desde hace 34 años, Gobernador Febre se llena de gente. A las 4.30, en madrugadas frías o calurosas, la cola de autos supera los 300 metros. Todos van en busca de Esther Gardella. La mayoría llega desde Rosario, Buenos Aires, el sur del país y desde distintas localidades de Entre Ríos. Dicen que sana enfermedades difíciles; solo con tocar a una persona es capaz de hacer como una radiografía para ubicar el problema exacto. Además es vidente y las dos virtudes juntas son la esperanza de quienes esperan en la puerta de su casa. A nadie le cobra y en dos turnos atiende a más de 210 personas diarias. “Para qué voy a cobrar si yo lo tengo que hacer igual. Miro a la gente y le veo el cuerpo por dentro”, dijo a UNO Gardella mientras se reía en la sala de espera. Con sencillez y sin ningún atisbo de arribismo, agregó: “Al principio ni yo creía, pero podía; de verdad que podía”.


Gobernador Febre a la siesta parece Macondo en Cien años de soledad, del escritor García Márquez. “Buen día”, dijo el policía Raúl Cardozo. Sobre los costados de la comisaría había solo un perro en franca pelea contra un hueso. “Acá llegan en camionetas, camiones, colectivos y tiempo atrás hasta acampaban. Es conocida la Esther y la quieren todos”, dijo Cardozo mientras daba las indicaciones precisas para llegar a la casa de esta mujer.

Vías de esperanzas
“La gente viene por salud, pero también porque tiene problemas económicos. Necesita vivir mejor”, dijo Gardella. Lo cierto es que todos llegan a Febre con esperanza. Esther es lo que mantiene vivo al pueblo que el ferrocarril abandonó.


Febre nació como tantas otras ciudades entrerrianas: el tren de carga era la garantía para el desarrollo de las economías regionales. Aún persiste con cierta firmeza, contra el polvo y el tiempo, su estación roja de ladrillos, solitaria y vieja.


A 10 kilómetros de Nogoyá se abre el arco de la entrada. Una escuela, una iglesia, casas con arquitectura de la época de Justo José de Urquiza y 30 familias son el corazón del pueblo. A los costados y para todos lados hay grandes extensiones de tierra; son, en su mayoría, ajenas a los habitantes de la localidad.


Donde termina el asfalto

El camino de tierra se vuelve angosto. Gallinas, patos, cerdos en los corrales y perros acompañan al costado de cada vehículo. Las casas de Febre son de trabajadores rurales: en todas está al descubierto el esfuerzo por su construcción y su mantenimiento.


Hay carteles escritos a mano sobre veredas de pasto y tierra. Son simples y claros. Con seguirlos se alcanza la puerta de la habitación donde atiende Esther Gardella: “Circule despacio”, “aquí no se puede tirar basura”, “acá, sí se puede tirar basura”, “torta fritas y agua caliente”, “espere su turno”, “los días jueves, sábados y domingo, no atiendo, gracias” y “atiendo dos fotos por persona”.
En la entrada de la casa de techos bajos, la gente habla con murmullos tan débiles que se escucha a Esther dar indicaciones desde adentro de su habitación y un roble de 100 años regala su sombra a quienes esperan.

Sin mirar a quién
Esther Gardella se levanta a las 4.30. A las 5, aún de noche en otoño, sale de su casa y le da un número y un horario posible de atención a cada persona. A veces las colas de autos superan los 300 metros. Tiene dos turnos: el primero comienza cuando termina de dar el último número y termina a la 13.30. El segundo comienza después de comer y se extiende hasta las 0.30 y así cuatro días a la semana. “Estoy cansada. Ya no puedo como antes”, dijo Esther y explicó que solo atiende lunes, martes, miércoles y viernes. También se toma vacaciones desde el 15 de diciembre hasta el 15 de enero. Acepta dos fotos por persona para poder atender a todos los visitantes.


Entre la gente que llega a Febre hay dos denominadores comunes: la esperanza y el respeto por el trabajo de Esther.


Sobre la calle hay hasta autos de alta gama con la impaciencia de alcanzar un turno. Cada persona le paga con lo que puede: hay quienes le llevan pan casero y es su máximo esfuerzo. Otros, por ejemplo, el auto cero kilómetro que está estacionado en el garaje de la familia Gardella.

Una foto
Esther Gardella nació el Día del Trabajador y este año va a cumplir 53. No pudo terminar 6º grado y hasta los 18 trabajó como empleada doméstica en una estancia cerca de su casa actual. Tiene ojos claros, nariz pequeña y un pelo teñido de rubio con bucles sobre las puntas. Los anillos le adornan casi todos los dedos de las manos y entre los colgantes, sobresale una cruz de madera.


El aspecto que le determina los rasgos de la cara es la sonrisa constante. El dialecto le pertenece y la arraiga a los trabajadores rurales: sencillez y profundidad como en una misma cosa. “¿Una foto, para qué? no hace falta, la gente viene igual”, dice Esther y deja entrever la preocupación de que se vuelva su trabajo un negocio con publicidad. A las afueras no se vende nada: solo una familia vecina se encarga de preparar empanadas, tortas fritas y pastelitos.


Llegan hasta la casa de Esther Gardella hombres y mujeres de todas las religiones; profesionales, incluidos médicos; y ricos y pobres de todas las edades.


“Cuando tenía 18 soñé que Cristo me tocaba la frente y me decía ‘yo te lo ordeno porque el mundo es así’ y desde entonces hago esto”, dijo Esther, y explicó que al principio no sabía qué hacer o cómo hacer. Una tarde llegó un hombre que traía a su mujer para pedirle que le sane un dolor en las piernas. Dos curas habían enviado a la pareja a la casa de la familia Gardella. “Estaba muy asustada ¿Yo curar a alguien? Pero sabía lo que había soñado” y le pasó su mano por la pierna de la mujer.


La entrada y salida de gente de la casa de Esther es permanente desde aquel día. Desde entonces ha dedicado su vida a sanar con sus manos y a ver más allá de los ojos comunes.
Quizás no importa tanto lo que cada uno crea o deje de creer. Lo cierto es que cada persona al llegar hasta ella, al volver, se lleva una sonrisa de regalo.


“Adiós, que le vaya bien muchacho y que tenga un buen día”, se despidió Esther Gardella, desde la ventana de su habitación en una siesta otoñal en Gobernador Febre.


La alegría de contar la historia de su hija con 79 años
Isabelino Gardella, papá de Esther, dijo a UNO: “Siempre nos preguntamos el porqué, cómo pudo salir vidente porque ella es una chica de campo, como yo nomás”. Isabelino pasó toda su vida en Gobernador Febre y está por cumplir 80 años. Trabajó en la misma estancia donde Esther fue empleada doméstica en su juventud. “Siempre fui trabajador de campo. Siempre con patrones”, dice Isabelino y agregó: “No lo podíamos creer, principalmente mi señora se enojó muchísimo: qué iban a decir los vecinos que la vieron nacer acá. Pero Esther pudo salir adelante”.


A los 14 años entró a trabajar en la estancia que lo vio crecer día a día. “A los 27 años tal vez la tuve a Esther y me dijeron que soy el padre”, dice en chiste y se ríe a carcajadas. Esther es su única hija.
Isabelino Gardella contó que al principio Esther curaba a escondidas para que nadie se enterara. Pero un día llegó un hombre a su casa a agradecerle por haberlo curado. “Yo no entendía nada. Entré a la casa a buscarla y cuando salí con ella ya había siete personas. Al otro día se vino todo Nogoyá, había colas hasta la escuela”.


Al tiempo cobró una herencia y pudo comprar una casa a varios kilómetros. “La mamá después aceptó, pero no quiso estar acá porque no había paz, era de madrugada y estaban golpeando la ventana y no podíamos descansar”, dijo Isabelino, contento por poder contar la historia de su hija.


Aliento ante una enfermedad mortal
“Vine por primera vez en al año 1995” , dice Marta Portorreal, oriunda de San Lorenzo, y era estudiante de enfermería. “Tengo una cirugía plástica en el lado izquierdo de mi cara porque me extrajeron un tumor maligno. Creí que lo iba a poder superar, pero de ánimo quedé destrozada”.


Llegó hasta Febre por un conocido, de boca en boca, como la mayoría. “Vine mal y a la semana noté mejorías. Volví a recobrar mis actividades”, dijo Portorreal.


Con voluntad y esfuerzo salió adelante, pero a los tres años la tuvieron que operar de la pierna derecha y al tiempo de la izquierda. “Me habían extraído otro tumor así que me vine de vuelta”. A los tres años empezó a sentir dolores en los brazos. “Un doctor de San Lorenzo me hizo una resonancia magnética y el resultado fue: tumores encapsulados cancerígenos”, explicó Portorreal.


Otra vez decidió volver a Febre en busca de una respuesta alentadora. “Al llegar, Esther me dijo: “Te vas a morir de cualquier cosa, menos de todos los diagnósticos que te vienen dando”. La mujer santafesina asegura que se ha hecho controles clínicos y que está sana. “No es una cosa que una inventa. Es una realidad”, remató.

Ayudar a todos
Daniel Muzo llegó a Febre hace cinco años con 28 kilos de más y diabetes. Era remisero. “Traje unos pasajeros jubilados que conocían, yo no sabía nada”. Muzo explicó que cuando Esther Gardella comenzó a dar los turnos auto por auto, le preguntó a él cuántos pasajeros traía. “Le respondo cuatro, y ella me dice: “con vos cinco”. Yo muy incrédulo”. Ese día, Gardella le dijo la enfermedad que tenía y que iba a adelgazar. “Fue así y desde entonces la recomiendo”, dijo Muzo.


Ver más allá
“Como toda profesional no creía en estas cosas. Soy jubilada docente y tuve cargos directivos”, dice Mercedes, y aclara que llegó a Febre para acompañar a su hermana. Cuando le tocó el turno entró con ella para acompañarla. En un momento, Esther Gardella la miró y le dijo: “Tu marido se va a curar con una planta que tenés en tu casa de Corrientes. Cuando viajes dentro de un mes para asentar la camioneta que se compraron, a la vuelta, tenés que traerla”. Mercedes asegura que todo era verdad y que no había forma de que Gardella se enterara de ese viaje. “Fuimos a Corrientes, encontramos la planta, durante un mes mi marido la tomó con el mate y bajó de peso y se puso mejor”, dijo Mercedes bajo la sombra del roble.

Llegar temprano
Gobernador Febre está ubicado a 10 kilómetros de Nogoyá, antes de llegar a Victoria.
Algunos visitantes llegan el día anterior para tener turno.

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