Espectaculos
Domingo 15 de Mayo de 2016

Laly, la costurerita que dio el buen paso

Laly Mainardi se llama Gladys pero nadie la llama por ese nombre. Desde hace 12 años es responsable de la Sastrería Teatral de la Municipalidad de Paraná. Una vestuarista cuyo trabajo es requerido por muchas personas.

Ferny Kosiak/Colaboración Especial para UNO
editor@uno.com.ar

Laly Mainardi siempre está vestida de negro y el cabello platinado le fulgura en contraste. Laly Mainardi tiene de esas personalidades que te hacen odiar o querer mucho a una persona. Laly Mainardi se llama Gladys pero nadie la llama por ese nombre. Desde hace 12 años es la responsable de la Sastrería Teatral de la Municipalidad de Paraná. Este espacio que guarda cientos y cientos de prendas de vestir, zapatos y accesorios está en el corazón del centro cultural Juan L. Ortiz y ella está y es el corazón de la sastrería.
Aunque esta nota usa en el título el sustantivo “costurerita” ella es mucho más que eso, obviamente. Laly es una vestuarista cuyo trabajo es requerido por demasiadas personas porque saben que ella pondrá la mirada en un tejido completo, que sea capaz de abarcar actores, actrices, escenografía, historia y esencia. Los artistas de la ciudad que suelen necesitar prendas o distintos elementos para sus producciones teatrales, para realizar fotografías o desfiles, saben que pueden contar con la amabilidad de Laly y con sus consejos, sus sugerencias o sus comentarios, porque saben que vienen desde la simpatía, desde las ganas de hacer que siempre tiene y no se cansa de demostrar.
Sin embargo en el momento en que sabe que sus palabras están siendo grabadas la Mainardi llena de desparpajo con la que me suelo reír a carcajadas desaparece por un rato y aparece una Laly mesurada, prolija, consciente de sus palabras, una Laly que decanta en cada una de sus frases años de experiencia, de trabajo, de pasiones. mucho más que eso, obviamente.
Laly es una vestuarista cuyo trabajo es requerido por demasiadas personas porque saben que ella pondrá la mirada en un tejido completo, que sea capaz de abarcar actores, actrices, escenografía, historia y esencia. Los artistas de la ciudad que suelen necesitar prendas o distintos elementos para sus producciones teatrales, para realizar fotografías o desfiles, saben que pueden contar con la amabilidad de Laly y con sus consejos, sus sugerencias o sus comentarios, porque saben que vienen desde la simpatía, desde las ganas de hacer que siempre tiene y no se cansa de demostrar. Sin embargo en el momento en que sabe que sus palabras están siendo grabadas la Mainardi llena de desparpajo con la que me suelo reír a carcajadas desaparece por un rato y aparece una Laly mesurada, prolija, consciente de sus palabras, una Laly que decanta en cada una de sus frases años de experiencia, de trabajo, de pasiones. 
—¿Qué fue lo primero que cosiste en tu vida?
—Fue un desastre. Fue para mi hijo más chico: un traje de indio sin sisa, entonces cuando se lo quise poner, pobrecito, parecía que se había puesto una funda de almohada. Pero bueno, así comencé en este oficio tan lindo.
—¿Qué estudiaste a lo largo de tu vida?
—Soy autodidacta. Lo que sé hacer lo he aprendido y son cosas que tengo adentro mío. Después de que terminé el colegio trabajé, me casé, tuve niños y un día me di cuenta de que me gustaba este mundo. Antes era ama de casa, era madre, pero determinados momentos te muestran otra cosa. Yo me separé siendo grande y eso por ahí me permitió entrar en este mundo del que ya no voy a poder salir nunca más. Tenía un hijo que hacía comedia musical con Favio Vides y me comenzó a llamar la atención este mundo detrás del escenario, este mundo de vestuario este mundo de la ropa. Viéndolo a la distancia es como que aquello que sucedió antes de que entrara a esto nunca lo viví, es así de fuerte lo que me pasa con este trabajo, con esta pasión, con la gente que tengo al lado. Cuando empecé a meterme en este trabajo fundamentalmente me atrajeron los tocados, todo lo que se podía llevar en la cabeza, todo lo que eran accesorios y por eso también trabajé mucho para distintos carnavales. Me parece que el arte del carnaval es el primer comienzo para poder crear cosas maravillosas, que alguien puede llevar tanto en un escenario como en una calle. Adornar algo para llamar la atención del otro.
—¿Cómo pasaste de esta atracción por los tocados y los accesorios a otros intereses? —Yo trabajé con la gente de Fundamús, de Buenos Aires, que vino a Paraná en 2005 para la puesta en escena de la ópera Aída. Durante 2004 y hasta 2006 se realizaron muchas puestas en escena de diferentes óperas en la ciudad. Ahí confeccionábamos ropa, zapatos, adornos, accesorios para el cabello y hasta pelucas. Cada uno nos ocupábamos de algo pero, a la vez, todos debíamos saber todo. Y ellos hablaron bien de mí y de lo que hacía para que yo pudiera seguir con este trabajo. Creo que fueron muy generosos y que confiaron en mí, y creyeron que podía seguir trabajando acá o en Buenos Aires. En ese momento el secretario de cultura municipal, Gerardo Dayub, llevó a cabo el proyecto de la creación de la Sastrería Teatral Municipal y él decidió que yo debía estar a cargo de este lugar. En ese momento fue abrir la puerta y encontrarme con un saco y un chaleco y decir “¿qué hago con este lugar?”. Pero poco a poco la gente de esta ciudad se fue involucrando, fue tomándolo como propio.
—Ese involucrarse de la gente ¿creés que pasa por el espacio en sí o porque estás vos?
—Sin pecar de engreída, creo que en buena parte pasa por mí, porque hay mucha gente que viene a hacer donaciones y te dice “te traigo esto porque sé que estás vos” o que me preguntan qué va a pasar con este lugar cuando yo no esté. La gente sabe que cuido las cosas, que tengo un fuerte compromiso con este lugar, hasta el punto de que mucha gente cree que es mío y eso también es una responsabilidad. Creo que tengo un diez por ciento de trabajo municipal y un noventa por ciento de trabajo mío porque esto que dice la gente para mí es importante, es saber que debo hacer las cosas bien. Por eso estamos siempre acá creando y esperando que la gente acerque vestuario y accesorios y la gente trae cosas como dos vestidos que tenemos en la sastrería y que tienen 200 años. La bisnieta de la due- ña consideró que debían estar acá y no en un museo por una cuestión de que ahí nadie los iba a ver y acá sí, porque se prestan para fotografías, para desfiles. Y me parece que eso está bueno. Porque la sastrería es un lugar que tenemos que cuidar entre todos, que tiene 12 años de trabajo intenso, no solamente mío sino de mis compañeros del centro cultural y de toda la gente que ha estado, como, por ejemplo, de las pasantes anuales del Paideia y de la escuela Carbó, que pueden ver y aprender el trabajo en vivo, por decirlo de alguna manera. Que por ahí no conocen cómo es un casquete de los años 30 y que acá lo pueden ver y tocar. Igual con las carteras que acá hay una colección de más de 200 que son de los años 20 hasta la actualidad. Y eso no es fácil de encontrar. A veces para crear necesitamos ver el objeto real, más allá de lo que se pueda ver en un libro o en una revista. Por eso a mí cuando me toca hacer el vestuario para una obra, aunque hagamos las prendas acá, con materiales nuevos, me gusta poner algún objeto antiguo, algún accesorio que sea de la época, con la calidad del objeto real de ese momento de la historia.
—A mí me parece muy loable, por decirlo de algún modo, cómo no bajaste los brazos después de que te dio el accidente cerebrovascular en 2007.
—Ese fue un golpe duro para el cual no estaba preparada porque creo que ningún ser humano está preparado para sufrir. Cuando me vi en esa silla de ruedas, sin poder caminar, escribir, comer, cortar, etcétera, jamás se me cayó una lágrima, sino que por el contrario siempre pensé cómo podía volver a trabajar. Y no sé cómo me recuperé pero creo que tiene que ver con el trabajo que tengo, por toda la gente de teatro que fue a cuidarme, por toda la gente que elegí tener al lado, como la sigo eligiendo. Fue un golpe duro pero yo siempre digo que somos dos personas en un cuerpo: lo que soy y lo que era. Intenté ser lo más parecido posible a lo que era. Por supuesto que no se puede, que he cambiado, entonces convivo con otra persona de la cual me tuve que hacer amiga. Y las cosas evidentemente me cuestan mucho más, me cuestan el doble. Pero el volver a trabajar me generó tranquilidad.
—Me acuerdo que cuando nos conocimos me contaste que no podías leer y hoy en día no hay manera de separarte del Facebook o del Whatsapp…
—Es que se trata de ir exigiéndose. También la cosa pasa porque yo vivo con un hijo de 24 años que me trata como si yo no tuviera absolutamente nada y creo que eso también es una ayuda. Esa forma de tratarme, esa forma de hablarme me llevan a que tengo que hacer las cosas o a tratar de estar bien. Esto que me pasa con él y mi trabajo, más que nada con el hecho de que no me hayan incapacitado sino que me hayan dejado seguir trabajando, creo que han sido totalmente beneficiosos. Fijate que la gente que viene acá no me pregunta qué me pasa o cuando alguien que no me conoce me lo pregunta se quedan sorprendidos por cómo estoy. He tratado de ser lo más autosuficiente que pude, a mí no me gusta que me ayuden, si no puedo con algo te lo voy a pedir. Creo que es un tipo de defensa que tengo también. La gente no tiene la culpa de lo que a vos te pasó, así que no te podés pasar la vida enloqueciendo al resto del mundo porque aunque la gente tiene que aceptarte como estás no te podés pasar por la vida dando lástima. Con esta enfermedad tenés dos posibilidades: salís de la silla de ruedas o te quedás en ella. Y si salís te la tenés que bancar. Pero son decisiones personales, nadie te va a sacar de la silla de ruedas si vos no querés. A la gente le encanta dar lástima y no está bueno eso porque los demás se terminan cansando y uno debe tratar de alejarse de la gente nociva, de la gente que genera cierta intranquilidad, porque todo tiene que ver con cómo y quiénes son las personas que tenemos al lado.
—¿Cómo es el mundo de las giras que hacés, con diferentes obras y diversas compañías por todo el país?
—Tengo la suerte de hacer giras con el Teatro Cervantes de Buenos Aires y de haber conocido personas que son actores maravillosos. He tenido la suerte de trabajar con grandes artistas, que no son ni actores ni actrices, son artistas. Trabajar con grandes modistos o para grandes bailarines y creo que son sumamente generosos y educados. Y esas son virtudes que no las tiene todo el mundo. A la horade elegir los elijo para trabajar por esta cuestión de su educación, siempre te piden las cosas con un “por favor”. Cuando me preguntan sobre la gente con la que trabajo yo no hablo de esa privacidad. Solo digo que hay gente a la que le gusta que la mimen más y otros que se conforman con menos. Es un mundo glamoroso porque la gente los hace glamorosos, pero ellos son personas totalmente como nosotros. Es más, muchos son más humildes que muchos de nosotros porque están tan seguros de quiénes son que no necesitan fingir absolutamente nada. Son generosos con sus palabras, con sus acciones y con el paso de los años he ganado que me tengan un cariño y un respeto infinitos. Con muchos de ellos sigo relacionándome y es un trabajo interesante porque uno aprende y creo que si están ahí es por algo. Entonces nosotros también debemos observarlos a ellos y saber que está bueno ese mundo. Hay actores más serios, otros más divertidos, pero todos son copados a su manera.
 —¿Pensás qué vas a hacer después de jubilarte?
—No. No lo quiero ni lo quiero pensar. De todas maneras, como no tengo muchos años en la Municipalidad me deberán jubilar por oficio, porque si vamos por años recién a los 80 me voy a poder jubilar. Pero si me retiro antes seguiría en el mundo teatral de alguna manera, tendría una sastrería en algún rinconcito.
—¿Qué te gustaría que dijera tu lápida?
—Acá se fue una laburante.
—¿Con qué palabra te definirías?
—Constante. Aunque en la grabación queda registrada otra palabra que quizás sea más acorde pero más tarde me manda un mensajito de Whatsapp pidiéndome que la cambie por la que aparece acá arriba. Y no le puedo decir que no. Como muchos de los que la conocemos, sabemos que a Laly Mainardi no se le puede decir que no.

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