A Fondo
Lunes 17 de Agosto de 2015

La violencia institucional que se roba vidas

Vanesa Erbes / De la Redacción de UNO
verbes@uno.com.ar



El escritor Mark Twain decía que “viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de la mente”. 

Cuánta razón encierra esta premisa. Existe una gran diferencia entre los que optan por contratar un paquete en una agencia de turismo y quienes cargan la mochila al hombro y emprenden una búsqueda a través del conocimiento de otros lugares y otras culturas, relacionándose de la manera más cercana posible con los lugareños, compartiendo sin asimetrías de clientes y consumidores y experimentando las costumbres regionales del lugar que se visita.

Para eso, no hace falta cruzar las fronteras. Dentro de los límites de la Argentina existen las realidades más diversas, y muchas veces adversas. 

Con la posibilidad de viajar al Noroeste para presenciar alguna de las ceremonias en la que los pobladores de la región honran a la Pachamama, recalé a fines de julio en Tilcara, un pueblito de 10.000 habitantes situado a 85 kilómetros de San Salvador de Jujuy.

Se trata de uno de los puntos predilectos por quienes llegan buscando los paisajes más atractivos. Pero es una zona que encierra las situaciones más disímiles y hasta difíciles. Según publicó un medio local, Tilcara “es un pueblo sin industria, donde la especulación inmobiliaria crea un estado de incertidumbre donde muchas familias tienen que dejar el pueblo y vender su pequeña parcela de tierra o casa para después emigrar a la ciudad o a otros pueblos aledaños. Allí las ofertas culturales para jóvenes están destinadas mayormente a los turistas, y las ofertas laborales (muy pocas) se dan en los hoteles o casas de comida que son exclusivamente para el turismo”. No hace falta pasar largo tiempo para conocer el estado de la vulnerabilidad social por el que atraviesan los de esa franja etaria del lugar. 

Cuando llegué a Tilcara me encontré con un piquete en la ruta N° 9. Un puñado de familiares de un chico de 24 años que perdió la vida en la comisaría de pueblo tras ser detenido, supuestamente por estar ebrio en la vía pública, pedía justicia, en medio de la desazón de una muerte evitable e inexplicable.

Elber Cusi era remisero y locutor. Se sospecha que la policía de la seccional Nº 13 lo golpeó hasta morir.  Sin embargo, se adujo que se suicidó ahorcándose con una campera. La causa está en manos de la Justicia y ya provocó la remoción de los uniformados que estaban esa noche en la dependencia.

El caso no llegó a los medios nacionales, como tantos otros que quedan relegados en poco tiempo al olvido, aunque se destruya una familia y se trunque el futuro de muchos. Un caso más entre tantos, consecuencia de una violencia institucional que aún hoy se naturaliza: una de las peores cosas que nos pueden pasar como sociedad.

 

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