La Provincia
Lunes 13 de Julio de 2015

La telaraña de la Berduc

Mano a mano. La poeta paranaense Stella Berduc habla de su infancia, su escritura, la poesía, su historia y sus amores. A veces rápida y mordaz, otras adornando las palabras, la Berduc no utiliza tapujos a la hora de hablar

Ferny Kosiak / Especial para UNO
ferny.kosiak@gmail.com


A Stella Berduc la conocí dentro de un galpón. Posábamos para una fotografía. Ella estaba disfrazada de monja y yo estaba desnudo. Después los años nos cruzaron vestidos y con decenas de sus palabras pícaras de por medio. Hoy vive a tres cuadras de casa y cruzármela en la vereda ya es un gozo asegurado: “Acabo de salir de la carnicería. Una mujer se quejó diciendo que ella estaba antes que yo. ¿Sabés qué le dije al carnicero? Atendela a ella antes que no me gusta discutir con mujeres espantosas.” Así de rápida es siempre. Rápida y mordaz. 

—¿A qué jugabas cuando eras gurisa?
—Cuando era gurisa jugaba a que era médica de la guerra. Tenía muñecas que personificaba. Pero en realidad era medio marimacho. Me gustaba andar en bicicleta. Cuando nos mudamos de la casa que hoy es el Banco Francés de Paraná (que era excesivamente grande y que la alquiló la Policía Federal, con el perdón de la palabra) a calle Tejeiro Martínez, andaba en bicicleta y me gustaba jugar con los varones porque las chicas me aburrían. Tenía una bicicleta y me colgaba del tranvía, mirá la inconsciencia. 

—¿Por dónde pasaba el tranvía?
—Por cale Rivadavia e iba hasta Parque Gazzano. De adolescente tomaba el tranvía con un amigo y llevábamos un termo con cerveza y leíamos ida y vuelta. Para mí era un viaje. 

—¿Por qué obra literaria te llamaron Stella?
—Por la novela de Emma de la Barra, que firmaba como César Duayen, porque en ese tiempo estaba mal visto que la mujer escribiera. Pasó lo siguiente: mi abuela, que vivía en Montevideo, estaba de novia con su primo hermano Julio Herrera y Reissig , que era un poeta fantástico porque fue el primero que se animó a decir que tenía amantes y cosas así. Pero resulta que mi tío abuelo Andrés vino a Concepción del Uruguay. Cuando regresó, mi abuela estaba tomando el té con sus amigas de Pocitos y Andrés le dijo: “Mirá, Julieta, vine de Concepción del Uruguay con este caballero que te voy a presentar. Es juez federal y se llama Alfredo Berduc”. Mi abuela decía que sintió una corriente eléctrica cuando él le dio la mano. Rompió su noviazgo y se casó sin fiesta porque los parientes estaban furiosos. Y él le dice: “Le quiero dar un libro porque me han dicho que usted es una intelectual. Se llama Stella. “Mi abuela le respondió: “No, yo no leo literatura argentina.” “Pero este le va a gustar” le respondió mi abuelo. Y cuando se casaron tuvieron dos hijos, ninguna mujer. Cuando mamá estaba embarazada, papá le preguntó: “Si es mujer ¿no le querría poner Stella?” Y me pusieron el nombre por esa novela encantadora. 

Para hacer más hermosa la historia en el fondo suenan unos boleros desde la radio. 

—Solo has editado poesía…
—Solo publiqué un libro.

—A la mínima luz.
—Claro, después he escrito libros pero no los he publicado. Los escribía y los perdía. Roberto Trevesse me publicó unos poemas que se llamaban Desde Camila, que están incluidos en A la mínima luz. Son poemas conjeturales de Camila O’Ghorman. 

—¿En qué quedó ese bello proyecto tuyo llamado Antología de Poetas Pésimos?
—Ahí está. Estoy buscándolos (comienza a reírse) y buscando un pasaje para irme de Paraná también. ¿Por qué no se dedican a cocinar mejor? Se me van muriendo todos los amigos poetas buenos, solo van quedando los pésimos. Una lástima. 

—¿Seguís pensando que tus cenizas tienen que estar desparramadas en el motel Tijuana?
—Sí, plantadas en un árbol, en algo que florezca. 
Por momentos es concisa y sentencia sus respuestas con una sonrisa. Por momentos extiende las palabras, las adorna con filosofía de abuela apasionada, de brasa latente. 

—¿Cómo fue tu paso por las revistas Claudia y Para Ti?
—Escribía y me publicaban lo que yo quería. Por ejemplo escribí un cuento que se llamaba Elegida para nacer que era la historia de cómo yo decido tener una hija, mi hija mayor Marie Constance. Después escribí un cuento que llamó mucho la atención: Mamá tenía treinta años. Yo estaba harta de que la gente me dijera: “Sos igual a tu mamá pero ella de joven era mucho más linda”. Y yo me acostumbré a ser la hija “no tan linda como mi mamá”. Ese cuento tuvo éxito. Mamá me mandó una carta que decía que se me había ido la mano exagerando su belleza. Mentira, estaba chocha ella. 

—Hablame de tus hombres.
—Yo empecé a casarme a los 21 años con un muy buen escritor. Desgraciadamente también era muy abogado y prefirió dedicarse a las leyes para hacer plata. Motivo por el cual no me interesó más. Yo siempre tuve la libertad de poder elegir. El amor no es eterno y cuando ya no te perfumás para recibir a tu marido, o como quiera llamarse, es que ya se terminó el amor. Podés seguir viviendo con alguien, pero… Yo tuve hombres muy inteligentes, que es lo que yo más respeto en un hombre. El padre de mis dos últimos chicos fue un personaje muy pintoresco, lugarteniente de Camilo Cienfuegos.

Y así, casi sin querer, comienza a extender sus redes y es increíble cómo se relaciona con personajes de la historia, de la farándula mundial, del barrio. 

—¿Cómo conociste a Serrat?
—Yo estaba trabajando con un escritor, Diego Baracchini, y me dice que íbamos a hacerle una entrevista a Joan Manuel Serrat, que acababa de estrenar Los Debutantes, una de las canciones más bellas, dedicada a los amantes debutantes y cómo se van cansando. Como yo digo en un poema: “se te cansa la piel”. Yo no creo en los amores eternos. Creo que duran un tiempo y después, si sigue, hay cariño, pero pasión, no. Y la pasión en realidad es un poco de sufrimiento ¿no? Bueno, la cuestión es que le estaban haciendo preguntas estúpidas que a mí me daban vergüenza ajena. Le preguntaban, por ejemplo, si pensaban que él tenía que escribir canciones con mensaje. Yo pensaba “¿Qué será eso? ¿Una canción al cartero?”. Entonces me mira y me dice “Y tú ¿no vas a preguntar nada?”. “Sí”, le dije yo, “¿Sabés hacer las gambas al ajillo?” Me dijo que sí y compramos las cosas y nos cocinó. 

—¿Cómo se relacionan los Berduc con Francisco Ramírez?
—Norberta Calvento, que se estaba por casar con Ramírez, no lo quería. Estaba enamorada de Martín Berduc, mi bisabuelo, que fue un tipo que en la revolución jordanista, como no lo pudieron agarrar, le fusilaron un retrato en Concepción del Uruguay, como símbolo. 

—Fuerte.
—Sí, fuerte. 

—Cambiemos de tema. ¿Cómo llegás a la actuación?
—De inconsciente. Yo había escrito una historia con Diego Baracchini, en Buenos Aires, que se llamaba Memorias de mis amores inmorales, que era sobre una mina que quería perder la virginidad y no lo puede lograr con nadie. Y un día mi hija Marie Constance me dijo que la habían programado para que la hicieran en la Sala Berduc de la Biblioteca Popular. ¿Vos sabés por qué se llama así esa sala?

—No. ¿Por cuál de todos?
—La Biblioteca Popular era la garantía del palacio municipal, de la intendencia, y como no pagaban iban a rematar la Biblioteca Popular. Entonces mi tío abuelo Enrique Berduc pagó de su bolsillo para que siguiera la Biblioteca Popular. Es una vergüenza que no se gaste plata en un ascensor para llegar a esa sala. Yo soy una mina feroz y libertina y subo tranquilamente las escaleras, pero tengo muchísimas amigas, menores que yo, que no pueden. Se gasta tanta plata en imbecilidades… Bueno, volvamos a la obra. Al final termina bastante triste porque es una mujer que tiene amores con un burgués y todo se pone trágico. Terminaba con una canción que decía “Burguecito de mierda me tenés harta, pero me desespero cuando me faltas”. La sala estaba llena porque les hice creer que iba a dar nombres de mis amores. Tiritaban. No hay cosa más linda que ganar plata con lo que uno desprecia. Yo no voy a negar que tengo orígenes burgueses, que me gusta la comodidad, que me gustan los buenos perfumes, pero lo que detesto de la burguesía es la falta de contacto humano, se limitan a una sola clase social. Eso me parece lamentable pero cada uno maneja sus miedos como puede ¿no?

—¿Cómo olvidás esos amores?
—No me olvido. Siempre los tengo presentes. Me acuerdo de las cosas lindas. A Dios gracias que hay olvido porque si no uno se acordaría de todo, también de lo triste. 

—¿Qué te hace feliz?
—Escribir, fundamentalmente. El contacto con grandes amigos, para mí la amistad es la forma más apta del amor. Y como digo yo en esa novela que no sé si voy a terminar: “En una de esas la felicidad es sentirse amada y bañarse con agua caliente”. 

—Qué hermoso. Qué simple y qué hermoso. Última: ¿Con qué palabra te definirías?
—Gozadora.

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