Derechos Humanos
Viernes 25 de Agosto de 2017

Ratificaron las denuncias contra el médico militar Jorge Capellino

Declararon víctimas del represor juzgado por delitos de lesa humanidad. Lo acusan de ser cómplices de asesinatos, privación ilegal de la libertad y torturas.

Una víctima directa y dos familiares de víctimas de la última dictadura declararon este viernes en la causa que se le sigue al médico Jorge Horacio Capellino, quien está acusado de cometer graves delitos de lesa humanidad cuando se desempeñaba en el Hospital Militar de Paraná. Fue durante una audiencia oral correspondiente a la etapa de plenario de esta causa, que tramita por escrito por aplicación del antiguo Código de Procedimientos en Materia Penal. En la ocasión los tres testigos ratificaron las distintas denuncias que efectuaron a lo largo de los años y que involucran al profesional de la salud.
Ante el juez de sentencia, Pablo Seró, prestaron declaración Clarisa Sobko, hija del detenido desaparecido Pedro Miguel Sobko; Rubén Osuna, hermano de Juan Alberto "Beto" Osuna, quien fue víctima de la Masacre de la Tapera junto a Carlos José María Fernández, y Sergio Gustavo Hennekens, sobreviviente del terrorismo de Estado. Luego fue el turno de los testigos propuestos por la defensa.

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El imputado, quien no estuvo presente en la sala, está acusado de ser responsable del delito de Privación ilegal de la libertad en concurso material con Aplicación de vejaciones, apremios ilegales e imposición de tormentos contra Hennekens, quien estuvo detenido en el Hospital Militar, en calidad de partícipe necesario. También de homicidio doblemente calificado por alevosía y concurso premeditado de dos o más personas, en calidad de partícipe secundario, en perjuicio de las víctimas de la Masacre de La Tapera –Osuna y Fernández– y de Sobko, crímenes enmarcados dentro del tipo genérico de delito de lesa humanidad de desaparición forzada de personas.
Según la acusación, efectuó el traslado de los restos de Osuna y Fernández la madrugada del 25 de septiembre de 1976, hacia el Hospital Militar, luego del simulacro de enfrentamiento que las fuerzas represivas montaron en una vivienda de calle Rondeau 1396 en el que ambos militantes fueron asesinados. Los restos de Osuna fueron recuperados por sus familiares, mientras que los de Fernández continúan desaparecidos. Oportunamente, en su declaración indagatoria, Capellino negó haber hecho el traslado, pero reconoció que estuvo presente en la vivienda de calle Rondeau para constatar la muerte de ambas víctimas. Dijo que lo hizo por orden de un superior cuyo nombre aseguró no recordar.
Este viernes, Rubén Osuna, hermano de Juan Alberto, ratificó sus anteriores denuncias y contó que aquella noche escuchó desde su casa los disparos de la Masacre de la Tapera, ya que vivía a unas diez cuadras de distancia. Al día siguiente incluso vio cuando retiraban los cuerpos y una semana después se enteró de que uno de esos cuerpos era el de Beto. Relató también que fue el propio Juan Carlos Ricardo Trimarco, autoridad militar de Paraná, quien le dijo que había sido sepultado en el cementerio municipal en una tumba sin nombre. La familia pudo recuperar los restos años después.

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El caso Sobko
Se le atribuye a Capellino haber sido partícipe del asesinato del detenido-desaparecido Sobko, perpetrado el 2 de mayo de 1977, ya que fue quien firmó el certificado de defunción. Pero en ese documento asentó el fallecimiento de un "NN masculino" por anemia aguda debido a herida de bala en hipocondrio derecho, por "accidente". Sobko, militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP), no murió por accidente, sino que fue asesinado en plena avenida Ramírez de Paraná y frente a numerosos testigos, luego de que se escapara del baúl de un auto en el que era trasladado tras haber sido secuestrado en calle Bolivia. Después de ser baleado por el policía federal condenado Cosme Demonte, fue nuevamente metido en el baúl y trasladado al Hospital Militar, donde falleció. Esto fue acreditado en la sentencia de la megacausa Área Paraná.
La hija de Sobko y de la también desaparecida Élida Goyeneche, Clarisa Sobko, ratificó sus denuncias este viernes y contó cómo fue la búsqueda que le posibilitó encontrar aquella constancia. La referente de la agrupación H.I.J.O.S. precisó también que el certificado se corresponde por el número de orden con el registro en el libro del cementerio del enterramiento de un NN proveniente del Hospital Militar, el 3 de mayo de 1977.
Clarisa comentó ante el juez que la búsqueda de los restos de su padre siempre ha sido un eje de su historia familiar, que empezaron sus abuelos maternos, Oscar y Pepita Goyeneche. En ese sentido mencionó que haber encontrado esos registros "fue importante para desmentir las versiones de se habían ido de viaje, dejando a sus hijos abandonados". Las excavaciones que se efectuaron no han permitido localizar los restos.

Contar el terror

A Capellino se acusa de haber estado presente durante sesiones de tortura en dependencias del Hospital Militar, para controlar el estado de salud de la víctima y así permitir que siguiera siendo torturada. Asimismo, le endilgan haberle efectuado vejaciones a la misma persona.
Esa víctima, Hennekens, declaró en la audiencia y ratificó sus denuncias contra el médico castrense. Relató que fue detenido el 27 de febrero de 1977, domingo de carnaval, alrededor de las 4 de la madrugada, cuando llegaba a su casa en calle 25 de Mayo en la misma cuadra del Correo. Regresaba de la estación de trenes de despedir a un amigo, cuando lo capturaron cuatro personas vestidas de civil. En ese operativo recibió cinco balazos en su cuerpo. Luego lo trasladaron a una playa de estacionamiento que estaba ubicada enfrente, donde lo torturaron. Posteriormente llegaron alrededor de 40 miembros de la Policía de Entre Ríos. En medio de ese gran operativo de seguridad fue llevado en ambulancia al Hospital San Martín, donde lo operaron, y luego al nosocomio de Avenida Ejército. Allí estuvo esposado de pies y manos a una cama de la guardia y luego fue sometido a torturas en otro sector del mismo establecimiento, estando atado con cadenas.
Hennekens contó que mientras estaba detenido su vivienda fue allanada. "Se robaron todo, menos los muebles más grandes, defecaron en medio de la casa y secuestraron a mi mamá y mi hermano", dijo. El hermano estuvo en la Dirección de Investigaciones, donde hoy funciona el Museo de Bellas Artes. Cuando los liberaron los arrojaron a un zanjón.
Hennekens describió físicamente a Capellino y lo caracterizó como un hombre de "ojeras marcadas, mirada afiebrada y cargada de odio". Sobre cómo intervenía en las torturas, dijo que lo auscultaba y le tomaba el pulso. En una oportunidad –recordó– le introdujo un catéter en una vena con una tijera, en vez de usar un bisturí. El cautiverio de este preso político, que por entonces era un joven estudiante universitario, continuó tras dos semanas en la Unidad Penal de Paraná y luego en muchas otras cárceles del país, siempre en condiciones inhumanas, hasta que finalmente recuperó la libertad con el retorno de la democracia en 1983. Consultado sobre la razón de su detención, dijo: "Se me identificaba como subversivo, pero en ningún momento me informaron por qué hechos estaba detenido".

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