Descubriendo Entre Ríos
Lunes 31 de Julio de 2017

María Lourde, Juan de Dios: las dos orillas del mismo río

Paraná cuenta con dos santos del árbol y la biodiversidad, distintos y unidos a la naturaleza. Amorosas personas que no se van, porque son el paisaje, porque entregaron sus vidas a la madre tierra

María Lourde Cura es socialista mandato cumplido. Desde su solidaridad y cooperativismo llama a preservar el algarrobo.

Juan de Dios Muñoz es botánico mandato cumplido y desde la ciencia y algún ego crecido llama a preservar no sólo el algarrobo sino también el monte y sus relaciones, lo integral, la comunidad.

Parece un contrasentido, y no lo es. Con temperamentos diversos y distintas historias y lecturas, vienen del monte y al monte van.



La artista



Lourde sabe que cuidando el algarrobo cuidamos también sus circunstancias, las demás especies, las hierbas, los insectos, alas, escamas, la naturaleza, en fin, y en ella la mujer y el hombre. Con actitud política busca la vía del algarrobo y sabemos que su prédica dio resultado, aunque sea en los papeles.

Estudiosa, militante, entusiasta, bella mujer, con toda la polenta, Lourde se enfermó por curar los árboles y si salvó decenas de ejemplares del mundo vegetal no sabemos a cuántos nos salvó de la abulia y la ignorancia y el antropocentrismo.

Tiene Lourde además una condición menos conocida, y es su talento artístico. Lo comprobamos en reuniones de amigos. Además de sus bellos poemas y prosas, es capaz de redactar un guion en un santiamén y representarlo con enormes condiciones histriónicas, con hondura y humor.

Seguramente en la medida en que profundicemos en su vida hallaremos tesoros para disfrutar a esta felicianera de pura cepa que se ganó el corazón de Paraná.



El científico



De Juan de Dios hemos comentado su delicado conocimiento de las especies vegetales de la región, su modo suave. No fuimos alumnos pero sí gozamos de interminables charlas en las que nos manifestó su tormento por la tala rasa y otros ensañamientos contra la naturaleza.

Le gusta la fama pero se emociona con el árbol y las pequeñas vidas del monte, las frutitas que apenas se muestran a los ojos, la singularidad de una hoja, los atributos de las plantas para sanar a las personas, es decir, la simbiosis.

El espinal se llama un poco Juan de Dios también. Alguna vez recorrimos juntos relictos del monte en Santa Elena y escuchamos azorados, a cada paso, descripciones de hierbas, flores, frutos, como si fueran poemas. Allí participamos de su alegría por encontrar alguna planta impensada.

Su modo muy personalista se desvanece en presencia de la biodiversidad, que es su hogar.

Y así lo recordamos, como un algarrobo que da sus ramas al nido, su sombra a los habitantes de la selva, y con toda una vida entrelazada, potenciada con las lluvias, los trinos, los poemas, los vientos, las luchas, los amores.

Lourde y Juan de Dios son distintos y complementarios, como todos en el monte. Aquel debate del que fuimos testigos en charlas con ambos; que si el algarrobo o el conjunto... no fue otra cosa que una excusa para hablar de nosotros, de la vida, y hacerlo por vías diferentes y en códigos no siempre comunes. La vida se hace así entretenida, conversada, compartida.


Día del árbol


Los traemos a cuento con motivo del Día del Árbol Entrerriano, que recordamos cada 28 de julio, y para señalar cuántas veces nos hallamos frente a posiciones que parecen irreductibles y enfrentadas cuando en verdad van a lo mismo por otras vías, o son miradas de un mundo desde distancias y ángulos distintos. Y se da el caso en que no hay caminos mejores o peores.

A los que tuvimos la alegría del trato con estos dos vecinos en Paraná nos queda el mensaje vivo, la palabra sincera, el amor sin ocultamientos por los pares, por el prójimo, así se llame Juan, María, Chañar, calandria, surubí, algarrobo, en fin, un par.

Recordamos a Juan de Dios y María Lourde como se recuerda a un par, el hornero y el barro, la raíz y la copa, como las dos orillas de un mismo río.



En el centro, el árbol



Todos sabemos que la Argentina es Sarmiento dependiente, y de ahí tanto menosprecio por el indio, el negro, el cabecita negra, tanto hacinamiento, tanto destierro.

Cada 29 de agosto se recuerda el Día del Árbol en el país, y las instituciones repiten la cantinela del Sarmiento bueno con los árboles como si fuera fundador de algo. Mentira. La tala rasa llegó con la "civilización" que él tanto admiraba, antes no existía. Mucho antes, Tomás de Rocamora supo ver aquí el peligro de la destrucción del monte nativo en plena invasión del Entre Ríos, y mandó protegerlo. Incluso creó una suerte de juzgado de montes para cumplir con esa reserva.

Sarmiento creía que debíamos desplantar al indio y plantar europeos del norte, y así hablaba de plantar árboles. De su mirada productivista y racista no hay mucho para aprender.

Muy distinta es la conmemoración del Día del Árbol Entrerriano cada 28 de Julio, en recuerdo de la fundación de una obra gigantesca de la educación del país, el Colegio Histórico de Concepción del Uruguay. Si la cultura y el árbol van de la mano, allí encontraremos toda una simbología para el retorno del humano al seno de la naturaleza, para no ponernos enfrente, ni arriba, y jamás en el menosprecio de lo autóctono o la extracción de las especies nativas.

María Lourde Cura y Juan de Dios Muñoz amaron al árbol, el de aquí, el de allá, sin distinción. Sus aportes son maravillosos. Amaron y nos enseñaron a amar.



Erosión y tala



"Acabo de ver suelos que ya no son suelo sino talco. En Entre Ríos tenemos la erosión más tremenda del país y suelos muy difíciles de manejar; si les sacamos el monte los destruimos... Hace unos años íbamos de Paraná a La Paz y era puro monte, ahora ya está la provincia pelada". Lo dijo Juan de Dios.

"Cómo es posible que en un país con tanta extensión y tan pocos habitantes haya gente hambrienta. Y en este momento se está produciendo bajo un modelo exportador, para darle de comer a otros países".

"¿Por qué no a la corta? Porque el algarrobo, aparte de ser un prócer desde el punto de vista histórico y tradicional, cumple una función ecológica de primer orden. La naturaleza lo puso aquí para expresar una madurez necesaria. El árbol debe estar para proteger este tipo de hábitat por la gran cantidad de nitrógeno que aportan las hojas que caen... La protección del suelo del lavado de las lluvias y la gran cantidad de biodiversidad que albergan estas especies típicas de aquí, del Espinal... Si corto estos árboles voy a modificar el régimen de las aguas superficiales y subterráneas; se modifica la cantidad y la calidad de las aguas y el régimen hídrico de los ríos y arroyos".

"Si esto sigue así, en 25 años en la Argentina no queda un árbol. La Argentina es un país extraordinariamente talado. Desde la primera guerra mundial hasta ahora se han talado 70 millones de hectáreas. En la escuela nos enseñan que la Argentina es un vergel, y es todo lo contrario: es semidesértica o desértica en un 75 por ciento de su superficie. La partes verdes y húmedas quedarían en el litoral, un poco en el noroeste, la selva tucumano oranense, y los bosques andino patagónicos que sabemos que son una pequeña franjita... la gente no tiene conciencia plena probablemente del vergel que es Entre Ríos, este lugar que yo quiero tanto".


Plantar árboles y conciencia


Recuperamos aquí algunas expresiones de estos dos maestros que nos llaman a recuperar la conciencia ecológica y le ponen fecha a la destrucción definitiva.

Decíamos al presentar la obra Los árboles de la Biblia, de María Lourde, de Ediciones del Clé: Maestra en San Jaime de la Frontera, en Hásenkamp, en las afueras de María Grande, en Paso de la Arena, donde estuvo plantó un árbol. Y es tan vasta su vida dedicada a la naturaleza que dice que algún árbol que plantó ya tiene como 100 años...

Es que ya sabemos: el que interactúa con la naturaleza, con la diversidad, el que se entrega a la poesía vive el doble.

Dice Lourde en El roble de Abraham: "los árboles fueron puestos sobre la tierra para suavizar los pasos de toda criatura. Debemos comprenderlo antes que sea demasiado tarde".

La madre de María Lurde era una correntina llamada Leoncia Carolina Solís. Casualidad, la madre de Linares Cardozo era también correntina y se llamaba Delicia Bernabela Solís.

De Juan de Dios recordamos estos comentarios que hicimos con motivo de un viaje a Santa Elena. "Esperábamos también el adjetivo o el simple ademán del especialista maravillado, que nos transfundiera esa capacidad de asombro propia del poeta, y su inquebrantable rechazo a la resignación. Por dañado que estuviera un monte, siempre cultivar la esperanza de recuperarlo, jamás darse por vencido".

"¿Cómo se llama esta margarita?, aprovechó otro. 'Claro, margarita punzó. Grandularia peruviana', señaló Muñoz y se maravilló por la belleza de esa hierba rastrera tan sudamericana, con florcitas en racimos de color rojo intenso, de la familia Verbenáceas, que se deja ver en abundancia en las banquinas".

"'Juan de Dios, ¿tiene valor este monte?', le preguntó el bioquímico Sergio Daniel Verzeñassi. 'Yo no conozco monte sin valor, todo tiene valor. Y no vamos a pensar en monte sin degradar porque todo en Entre Ríos está degradado, pero se puede recuperar', respondió".

Hoy nos acompañan. Dialogamos, claro, de otra forma. Con María de Lourde y Juan de Dios aprendimos que el monte, los alimentos, el suelo, las diversas especies, la casa, la familia humana, no están separados ni enfrentados ni son incompatibles. Lindos recuerdos, estimulados por el Día del Árbol Entrerriano, una fecha ligada a la enseñanza, bien tagüé.



Erosión y tala


"Acabo de ver suelos que ya no son suelo sino talco. En Entre Ríos tenemos la erosión más tremenda del país y suelos muy difíciles de manejar; si les sacamos el monte los destruimos... Hace unos años íbamos de Paraná a La Paz y era puro monte, ahora ya está la provincia pelada". Lo dijo Juan de Dios.

"Cómo es posible que en un país con tanta extensión y tan pocos habitantes haya gente hambrienta. Y en este momento se está produciendo bajo un modelo exportador, para darle de comer a otros países".

"¿Por qué no a la corta? Porque el algarrobo, aparte de ser un prócer desde el punto de vista histórico y tradicional, cumple una función ecológica de primer orden. La naturaleza lo puso aquí para expresar una madurez necesaria. El árbol debe estar para proteger este tipo de hábitat por la gran cantidad de nitrógeno que aportan las hojas que caen... La protección del suelo del lavado de las lluvias y la gran cantidad de biodiversidad que albergan estas especies típicas de aquí, del Espinal... Si corto estos árboles voy a modificar el régimen de las aguas superficiales y subterráneas; se modifica la cantidad y la calidad de las aguas y el régimen hídrico de los ríos y arroyos".

"Si esto sigue así, en 25 años en la Argentina no queda un árbol. La Argentina es un país extraordinariamente talado. Desde la primera guerra mundial hasta ahora se han talado 70 millones de hectáreas. En la escuela nos enseñan que la Argentina es un vergel, y es todo lo contrario: es semidesértica o desértica en un 75 por ciento de su superficie. La partes verdes y húmedas quedarían en el litoral, un poco en el noroeste, la selva tucumano oranense, y los bosques andino patagónicos que sabemos que son una pequeña franjita... la gente no tiene conciencia plena probablemente del vergel que es Entre Ríos, este lugar que yo quiero tanto".


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