Diálogo Abierto
Domingo 24 de Septiembre de 2017

La violencia y las adicciones en la periferia de la ciudad, desde la mirada psicosocial

La Facultad de Ingeniería y el Instituto de Estudios Psicosociales de Entre Ríos desarrollan un proyecto conjunto en la zona oeste de Paraná, en el marco del cual la operadora psicosocial Ángeles Amore realizó sus prácticas

Desde la importancia que la Psicología Social atribuye a los vínculos, la operadora psicosocial Ángeles Amore brinda detalles de un trabajo con alumnos secundarios, atravesados por complicadas problemáticas de violencia, vulnerabilidad social y drogas. "Hay que trabajar en grupos interdisciplinarios para la promoción y prevención de la salud, buscar el polo de lo saludable", sugiere, y analiza, además, aspectos de la burocracia pública y la discapacidad.



Una zona y una escuela
—¿Dónde naciste?
—En Paraná, en calle Libertad y frente a la escuela Bavio –cerca de donde vivo ahora (calle Bavio). Allí viví hasta los 28 años.
—¿Cómo era la zona en tu infancia?
—Lo que cambió es el aspecto edilicio, el cual fue un boom y se continúa construyendo. Está más poblado, además del tema de la seguridad... Jugábamos a la escondida y a la rayuela en la calle, y ahora mis sobrinos no. En mi infancia eran casas y ahora hay edificios. Es una zona céntrica y la placita Sáenz Peña está cerca. No me gusta el deporte pero esa plaza refleja la actividad física y la salud.
—¿Cuáles eran tus lugares de referencia?
—La escuela Bavio –donde hice la primaria e íbamos mayoritariamente todos los chicos de la zona. Funcionaba un comedor y al turno tarde venían chicos de todos lados y otros estratos sociales. La maestra particular del barrio, también lo era de todos los chicos.
—¿Había límites que no podías trasponer?
—Nací en 1982 y no había tantos límites en ese sentido, aunque sí respecto al horario y cuando se hacía de noche había que volver a casa. A veces nos íbamos un poco más allá de nuestra manzana, pero nunca nos pasó nada.
—¿Un personaje?
—Una chica que iba al turno tarde, quien andaba por el barrio en un carro de cirujas. Una vez estábamos jugando con mis amigos en la calle, apareció con su familia, se bajó del carrito, mis amigos desaparecieron, quedé sola y viví una situación violenta porque me escupió y tiró de los pelos, y me fui llorando a mi casa. No lo entendí –tenía once años– y quedé con miedo. Era un personaje conocido. Siempre pienso qué será de su vida actualmente.
—¿Te sentías una chica "del centro"?
—Sí, porque tuve amigas que vivían lejos de allí y eso me hacía dar cuenta que lo tenía muy cerca.
—¿A qué más jugabas?
—A la cachada, la payanca y a la maestra; todo con mucha creatividad y el cuerpo.
—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?
—Mi papá es licenciado en Relaciones Públicas, trabajó en Ceremonial de la Policía, hizo la carrera y se retiró como jefe departamental de La Paz. Y mi mamá es profesora de Literatura, jubilada.




Ser o no ser
—¿Sentías una vocación?
—Jugaba mucho a la maestra y estaba hablando sola durante horas con alumnos imaginarios. Si bien tomé otro rumbo, hice unas prácticas de docencia y me apasionó. A los doce años hice teatro – durante seis años– porque veía novelas en la tele y quería ser actriz. Me gustaba el ambiente y el grupo que se hizo fue espectacular, hasta que tuve que dejar porque comencé Comunicación Social y cursé durante tres años. Fue un poco frustrante. Me llevó mucho tiempo encontrar mi vocación –a los 30 años– cuando comencé con la carrera de Psicología Social.
—¿Eras histriónica por fuera de las tablas?
—Siempre fui bastante desinhibida y me ayudó, pero para otra gente es distinto.
—¿Había libros en tu casa?
—Sí, novelas, y no nos dejaban tener errores de ortografía. ¡Era tremendo!
—¿Leías?
—No. Más de grande leí algunos libros de García Márquez.
—Cuando hiciste teatro lo habrás hecho.
—Protagonicé Don Juan –de Leopoldo Marechal– y fue espectacular, leímos Antígona Vélez pero no la hicimos, y también me quedó como deuda hacer Corrupción en el palacio de Justicia.
—¿Sentías que podías dedicarte profesionalmente?
—Me enamoré del personaje que hice –Inés– que era correspondida por Don Juan. A los 16 o 17 años me di cuenta que no tenía mucho futuro como actriz porque debía irme de Paraná, y no quería – porque me gusta la ciudad. Continuó siendo un hobbie saludable.
—¿Qué materias de la secundaria te gustaban?
—Elegí la orientación humanística y me gustaban las que tenían algo de Filosofía, Educación Cívica e Historia. Era buena alumna.
—Otra afición a la cual le dedicaste tiempo regularmente?
—Jugué al tenis tres años –desde los 9 a los 12 años. Es un hermoso deporte pero muy solitario.
—¿Lecturas en la adolescencia y la juventud?
—Cuando estaba terminando el secundario, para saber qué hacer. No tenía nada claro.





Pérdida de tiempo
—¿Por qué elegiste Comunicación Social?
—Fue por el apuro, porque se abrían las inscripciones y no había decidido nada (risas). Me habían mandado a estudiar inglés, fui un año pero no me gustaba –aunque hoy me arrepiento. Cuando comencé la carrera, no me veía trabajando en los medios, aunque aguanté tres años. Me tuve que buscar un trabajo y hace 14 años que estoy en el Instituto Provincial de Discapacidad –en el área administrativa y me gusta.
—¿Cuándo decidiste dejar?
—Sentía que era una pérdida de tiempo y comencé a sufrir la carrera. Es una facultad muy completa y te demanda que leas mucho, hermosa, pero no era para mí.
—¿Una materia o formador que influyó?
—En una materia había una partecita de teatro, que la daba Gerardo Dayub –quien además es vecino. Tenía que ver con la expresión corporal y me gustaba; también lo tuve a (Gustavo) Lambruschini en Filosofía, y me gustaba.




Trabajar, sin ideas
—¿Cómo viviste el ingreso a la administración pública?
—Tenía 19 años y es algo totalmente distinto, creo que era la más chica. La de la discapacidad es una temática compleja, no tenía herramientas y fue un universo nuevo.
—¿El primer impacto fuerte?
—Triste, porque lo gratificante solo es el trato con la gente. Una vez fue una nenita que tenía una sonda gástrica, le pregunté a la madre qué le pasó y me dijo que había dejado un líquido para destapar cañerías en una botellita de gaseosa, y se lo tomó. Otro nene, cuyos padres tenían una carnicería, el nene –de 5 años– metió la mano en la máquina picadora de carne. ¡No me lo olvido más porque fueron al principio, aunque vi muchos más!
—¿Qué ideas previas tenías sobre las problemáticas de la discapacidad?
—Entré como manotazo de ahogado para trabajar allí, no porque tuviera alguna idea sobre discapacidad. Antes de entrar, pensaba que todos en algún momento de nuestras vidas, seremos discapacitados. Por eso es tan importante el trato con las personas con discapacidad y sus familiares, porque uno puede estar de ese lado. Tenía muchos prejuicios por no saber y allí comencé a ajustar la fantasía-realidad.
—¿Hay una mayor visibilidad de estos temas y miradas más saludables en términos sociales?
—Se conoce y habla más; el Certificado de Discapacidad es un gran avance porque da muchos derechos, siendo el fundamental acceder a una obra social y el que la tiene, le debe cubrir la totalidad de lo que necesita. No obstante, socialmente, todavía hay miedos a lo diferente, aunque haya más inclusión en los ámbitos laborales y de estudio.
—¿Estudiaste algo tras dejar Comunicación Social?
—Hice un curso de relaciones públicas y organización de eventos, pero nunca trabajé de eso (risas). Sentía que algo me faltaba e hice otros cursos, hasta que llegué a la Psicología Social.





De vínculos y grupos
—¿Cómo la descubriste?
—Estaba en la búsqueda de mi pasión, escuché en la radio que abrían las inscripciones, busqué en Internet y me encantó un título que decía "crítica de la realidad cotidiana". Fui a un propedéutico y me enganché.
—¿Qué entendiste de eso?
—Fui con quien era mi novio, el docente me preguntó quién era y lo tomó como ejemplo de la importancia de los vínculos. Me atrapó desde ese día la cuestión de que no se está solo.
—¿En qué momento de la carrera sentiste ratificado que ése era el rumbo?
—Con la metodología de la carrera, además de estudiar la mente y las conductas. En primer año no entendía nada, porque la metodología es de vivencia en grupo durante los cuatro años. Tenemos un espacio que se llama grupo operativo –herramienta creada por Pichon-Rivière (ver Datos)– y nos decíamos de todo, aunque no era una crítica que desvalorizara. Nos hacían trabajar los vínculos entre nosotros, había gente que lloraba y se enojaba, pero luego te pensás y comienza la transformación. Decían que era una carrera que se le ponía el cuerpo y no entendía. ¡Salía devastada de los grupos operativos! Se pone el sentir, y se busca la coherencia entre el sentir, pensar y hacer. Era poder aportarle al otro en términos de cooperación para que se modifiquen conductas, que sean saludables, y recibir lo que el otro te daba, y verte en tu mundo interno. Es un juego dialéctico entre el adentro y el afuera.
—¿Qué gran sombra tuya descubriste o hiciste más consciente?
—No sé si fue una gran sombra pero ponía en cuestión todo, desde mis padres. Me dijeron competitiva y me dolió muchísimo, porque no quería serlo. Venimos de la escuela con la cuestión de que el abanderado y el escolta son los mejores alumnos, lo cual es una barbaridad. También me aportaron que me centraba en mi propia necesidad, pero luego las trabajás.
—¿En este caso te imaginabas trabajando en torno a estas cuestiones?
—Acompañando a grupos de aprendizaje en la Escuela de Psicología Social o dando docencia, y después me pude ver trabajando con un grupo fuera de ese ámbito, en lo comunitario y hasta en lo deportivo –que no es mi fuerte.
—¿En qué has profundizado?
—Me gusta mucho la docencia, una materia que era Teoría de la Conducta e Ideología, porque la Psicología Social lo es. Si no acordás con esa ideología, es difícil que puedas terminar la carrera. Es una forma de mirar la realidad basada en el materialismo histórico dialéctico y fue un gran filtro. Se hace un re contrato con la carrera.
—¿Qué comenzaste a observar en función de esto último?
—Poner en cuestión todo, hasta mis padres y todos los vínculos, y verme como un sujeto histórico y social, Por ejemplo, que mis padres se equivocaron y en otras cosas estuvieron bien... En un texto de Fernando Fabris decía "ten cuidado con lo que aprendes sin conciencia porque de la misma forma lo reproduces. Es una frase espectacular porque aprendés cosas inconscientemente y es peligroso porque lo reproducís de esa forma. Hice consciente muchas cosas y las puse en cuestión.
—¿Qué desaprendiste?
—Que no existe el "así porque yo lo digo" –porque sea un rol asimétrico... muchas cosas de los mandatos sociales, de responder, de lo que se nos impone social y culturalmente que debemos ser. Soy muy cuestionada hasta por mi propio entorno porque estoy cerca de los 35 y no soy madre ni estoy casada. En realidad fue un aprendizaje.
Burocracia discapacitada
—¿Y respecto a tu trabajo con la discapacidad?
—Una coordinadora nos decía que a partir de segundo año no tendríamos una mirada ingenua y me pasó eso. Si bien no estoy en mi trabajo en un rol de operadora psicosocial, miro desde ese lugar y visualizo en mi grupo de compañeros de trabajo, los roles que hay, si hay competencia o colaboración, entender de dónde viene la actitud de cada uno, y tratar de poner lo mío para que se fortalezca el grupo. Lo mismo con el trato con las personas que vienen, entendiendo que tienen una historia de un contexto.
—¿Qué herramienta te resulta eficaz?
—Es difícil porque la Psicología Social rompe con las estructuras, entonces... poder darles un aporte a mis compañeros en cuanto a que algo que están haciendo no está bueno y fijarse por qué atiende de determinada forma a una persona... También choca, porque no está asumida la autocrítica. Si me dicen algo, lo tomo, porque lo practiqué y me acompaña.
—¿Es muy dificultoso tornar permeables estos enfoques en estructuras tan densas e ineficaces como las de la administración pública?
—Sí, sí (risas), es dificultoso. La mayor parte de la administración pública hace siempre lo mismo. Estoy cargando certificados de discapacidad desde hace ocho años. Tratar de que aparezcan cambios en la interacción demanda reforzar lo humano y el compañerismo, que es lo que falta.
—¿Por qué la esencia de la burocracia estatal es así?
—Porque se coarta la capacidad de creatividad de las personas. Se necesita más apertura, reuniones en las cuales las personas puedan exponer su parte creativa y propuestas, lo cual es sinónimo de salud. Por eso tanta gente está con parte psiquiátrico, se agotan de hacer lo mismo.
—¿No se hace por miedo, comodidad o incapacidad?
—Venimos mecanizados, con una inercia, y éstos son nuevos paradigmas. No es fácil romper con eso e imponer una nueva idea, genera miedo.
—¿La falta de premios y castigos no influye?
—No comparto esa idea.
—¿La competencia no es compatible con la cooperación?
—Me parece muy lineal que ante tal actitud, te doy un premio, y si te salió mal, un castigo. Es más dialéctico porque hay que hacerlo desde el sentir, no por el premio.
—Convengamos que en la administración pública no se hace ni por una ni por la otra razón.
—(Risas) Sí, es verdad. La administración pública es complejísima y Paraná es una ciudad marcada por eso.





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Datos


Enrique Pichon-Rivière en la década de los 50 participó en la creación de la primera escuela privada de Psicología Social y del Instituto Argentino de Estudios Sociales (Iades).
Fue un psiquiatra argentino, considerado uno de los introductores del psicoanálisis en Argentina y generador de la teoría de "grupo operativo".
Define a la Psicología Social como "la ciencia de las interacciones orientadas hacia un cambio social planificado".
Postula como objeto de estudio "el desarrollo y transformación de una relación dialéctica entre estructura social y fantasía inconsciente del sujeto, asentada sobre sus relaciones de necesidad".
Su concepción de salud y enfermedad incluye categorías vinculadas a la capacidad para participar activamente –con capacidad de transformación– en el mundo.
De ahí que desde la Teoría del vínculo, no puede entenderse la emergencia de la enfermedad mental como un hecho aislado, sino como resultado del interjuego de múltiples factores –biológicos, psicológicos y sociales.





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Un trabajo integrativo como alternativa a los estigmas adjudicados


Los estudiantes de Psicología Social trabajaron con adolescentes tanto de la Escuela Pablo de Tarso, detectando problemáticas y aplicando técnicas psicosociales en función de ellas, como de la Escuela Gaucho Rivero, entre las cuales detectaron "cierta rivalidad, que logró ser revertida".
—¿Por qué eligieron trabajar el tema de las adicciones en el oeste de Paraná?
—Cuando me tocó esa temática, me enojé. Hasta la promoción anterior a la mía, para sus prácticas los estudiantes elegían la temática, en cambio cuando nos tocó a nosotros nos propusieron el tema y comentaron sobre un proyecto que comenzó en 2015 desde la Facultad de Ingeniería, dirigido por el rector de esa carrera, el bioingeniero Fernando Sasetti –también a cargo de la cátedra de Salud Pública. Si firmó un convenio con el Instituto de Estudios Psicosociales de Entre Ríos y comenzaron a trabajar interdisciplinariamente bioingenieros, operadores psicosociales, gente de comunicación social y estudiantes de Psicología. Nos propusieron hacer nuestras prácticas colaborando con este proyecto de formación de jóvenes preventores en adicciones en la zona oeste –iniciado en 2015 y protagonizado por chicos de la Escuela Gaucho Rivero.
—¿En qué barrios trabajaron ustedes?
—Anacleto Medina, Padre Kolbe y Escuela Pablo de Tarso. La práctica nos devolvió que la problemática de nuestro grupo de trabajo –de entre 13 y 15 años– no eran las adicciones, sino una comunicación violenta entre ellos, con roles asimétricos y que el contexto social violento se reproducía en las aulas. Se trabajó la integración entre chicos de esa escuela con la Gaucho Rivero, entre quienes había cierta rivalidad fantaseada. Por eso se hizo un paseo a la Escuela Alberdi con técnicas y actividades planificadas, donde pudieron integrarse. Además grabaron su CD de rap en la radio de la UNER con letras propias.
—¿En el grupo que trabajaron no había emergentes de la problemática del narcomenudeo?
—No tenemos certezas pero no veíamos chicos adictos. Visualizamos que todos tenían contacto con las drogas, el padre vendía o era alcohólico, el hermano consumía o había muerto un familiar por eso, y conocían el nombre de todas las sustancias. Pero también visualizamos que no sabían el daño que hace cada una.
—¿La violencia era lo dominante?
—Sí, se tiraban piedras, trataban mal a las docentes, se insultaban entre ellos... es un rol asumido y adjudicado –ya que a determinados barrios se le atribuye todo lo malo y todo el peligro. Eso mismo pasa internamente con los integrantes de los grupos. El aprendizaje fue espectacular porque hicieron muchos cambios y pudieron verse en lo que podían, ser protagonistas y, por ejemplo, escribieron canciones. Tienen en común que a todos les gusta el rap, entonces para la Jornada de la Paz pensaron en el otro polo: había un rap que decía "me voy a drogar para terminar en un hospital" y lo cambiaron por "no me voy a drogar para terminar en un hospital". También comenzaron a comunicarse entre ellos de otra forma.
—¿No sucede que determinadas problemáticas no repercuten en la escuela tan directamente porque sus protagonistas y víctimas ya ni siquiera tienen acceso a ella?
—No son familias idealizadas o constituidas: hay drogas en sus hogares, realidades durísimas, viven con padrastros o abuelos, o no cuentan algo porque en la casa "los cagan a trompadas". Sin dejar de lado ese contexto, nos centramos en el grupo que acompañamos.
—¿Qué aproximación hicieron al respecto?
—Estos barrios tan vulnerables están expulsados del centro y por eso son la periferia. La primera exclusión es desde lo geográfico, y además allí "se deposita lo malo y la inseguridad".
—¿Cómo opera sociológicamente ese estigma?
—Ésa es la palabra. Se hacen cargo, lo asumen y está naturalizado. Por eso hay que mostrar un abanico de posibilidades.
—¿A priori pensaban que la violencia no era un elemento tan presente?
—Tuvimos un trabajo previo en nuestra escuela para limpiarnos de prejuicios, porque apareció el terror por ir al barrio.
—¿Cuál es la conexión entre violencia y adicciones?
—En algún porcentaje puede ser pero tampoco es lineal; la violencia es un fenómeno policausal. Hay que ver si ese sector ha sido maltratado socialmente y la violencia que hay en la familia. Horacio Tabares dice que una adicción monstruosa es una respuesta a una carencia monstruosa.
—¿Qué duración tuvo la experiencia?
—Tres meses.
—¿Algo que nunca imaginaste?
—Hubo un solo caso de inseguridad –aunque no nos pasó nada: íbamos al barrio en colectivo y paró tres cuadras antes porque "estaban a los tiros", así que caminamos.
—¿Un personaje del grupo?
—Uno que en un taller nos hizo la vida imposible y cuando terminó la actividad nos dijo que lo hacía para que nos acordáramos de su nombre. ¡Fue tremendo! Trabajamos con el registro de datos objetivos o sea que un compañero escribe a mano y en forma textual todo lo que sucede, para luego analizarlo. En un taller en el cual no nos daban bolilla, luego apareció en ese registro un portavoz que denunció que "no tenía ganas de hacer nada porque hacía dos días que no comía". Para el próximo taller nos fuimos preparados con una merienda antes de comenzar.
—¿Te superó emocionalmente una situación?
—Lo que dijo ese chico... me tiró muy abajo. Chicos de doce años que no tienen dientes... Causa mucha impotencia.
—¿Los docentes de estas escuelas están devastados por la realidad?
—Sí, están devastados... vi que tienen naturalizada la resignación y eso pone al estudiante en determinado lugar.
—¿Cómo es cruzar el trabajo social con los ingenieros?
—Un desafío increíble pero un aprendizaje brutal. Teníamos reuniones interdisciplinarias cada quince días y nosotros, aparte, otro espacio en la escuela –como apoyo.
—¿Posibilidades de cambio?
—Trabajamos desde la promoción y prevención de salud, en grupos y en el terreno. Igualmente, lo interdisciplinario es espectacular. Siempre miramos el polo de lo saludable y de lo que se puede.
—Las fortalezas.
—Exactamente, la potencialidad que tiene el sujeto. Propusimos que se hagan espacios en la escuela, entre docentes, y luego con los estudiantes, para mejorar la comunicación y los vínculos.
—¿Qué alcance tienen las propuestas del proyecto?
—En 2015 también se trabajó con un centro de salud de la zona, pero yo no estuve. El proyecto de extensión tiene continuidad y los estudiantes de Psicología Social lo hacen con sus prácticas.
—¿El trabajo ya está editado?
—Hicimos una devolución a la institución y a los chicos, mostrando todo el proceso según lo que se registró.
—¿Cómo resumís la experiencia en cuanto a lo vivencial?
—Fue un aprendizaje muy grande desde lo interdisciplinario y por la pisada en el barrio –porque uno vive dentro de un termo–, para limpiarme de prejuicios y entender. Fue gratificante porque la realidad te sorprende. Ahora acompañaremos a los estudiantes que hagan las prácticas ahí.





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El operador psicosocial y una profesión socialmente necesaria

Por Ángeles Amore


Considero que la Psicología Social es necesaria porque profundiza en los vínculos, fomenta el trabajo grupal y la cooperación, algo muy importante en estos tiempos, donde se podría visualizar que mayoritariamente prepondera el individualismo y la competencia.
Pensamos, desde nuestro marco ideológico, que el aprendizaje lo hacemos con otros, en una interacción, que se da en un proceso, en función de una tarea y hacia un proyecto en común; donde se trabajan las resoluciones de contradicciones internas y las que emergen en la relación del sujeto con el mundo.
El objeto de estudio de esta disciplina, a diferencia de otros planteos de psicologías individuales, no es el individuo, la persona o el sujeto en sí mismo, sino el vínculo que un sujeto pueda establecer con otro sujeto y la relación con su contexto determinado.
El doctor Enrique Pichon Riviere (psiquiatra, psicoanalista, psicólogo social ver Datos) fundamenta una psicología y la define como social, a partir de una concepción de sujeto, como emergente de una complejísima red de vínculos y relaciones sociales, con una historia y dentro de un contexto determinado, en la que el sujeto se configura. Plantea un sujeto en situación, lo que nos llevaría a pensar que no somos de una manera que se da de una vez y para siempre, sino que "estamos siendo", en esta situación determinada, en este aquí y ahora, donde el hombre es productor y protagonista de la praxis de la historia, que a su vez es producido y determinado por su contexto (por otros sujetos). Esto posibilitaría pensar en un movimiento constante y en la posibilidad cambios y transformación de conductas en pos de la salud.
El operador psicosocial –como agente de cambio y como promotor de salud– trabaja desde esta concepción pichioniana, la cual propone como parámetro indicador de salud mental la capacidad de desarrollar una actividad transformadora, un aprendizaje. Lo que Riviere denomina como adaptación activa a la realidad: "El sujeto esta activamente adaptado en la medida en que mantiene un interjuego dialéctico con el medio y no una relación rígida, estereotipada".
Para finalizar –como he intentado plasmar aquí– considero que no somos personas aisladas, sino que desde esta mirada pensamos que necesitamos del "otro" para un hacer, sentir, pensar y pensarse.
Transformar la realidad y transformarnos, por lo que terminaré estas palabras mencionando aquellas del doctor. Pichon Riviere: "En tiempos de incertidumbre y desesperanza es imprescindible gestar proyectos colectivos desde donde planificar la esperanza junto a otros".

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