Una herencia común
Lunes 26 de Diciembre de 2016

La misteriosa concurrencia de saberes sin dueño ni fronteras

Acaba de salir del horno en Rosario la obra "A la luz de la tradición eterna", de Fortunato Calderón Correa, con cuna en Paraná y domicilio en La Picada. Una gira imperdible por conocimientos compartidos, y con los colores del Abya yala

Conocemos la pluma del entrerriano, principalmente a través de la agencia AIM donde colabora sin firmar las columnas por una cuestión de principios: los conocimientos no tienen propietarios. O en el quincenario digital Chasqui del Litoral, bajo el seudónimo Fuente Ovejuna.

Pensamientos y doctrinas de China, India, regiones del África y culturas diversas del Abya yala (América) aparecen aquí y allá, en el abordaje de los más diversos temas de la actualidad. Los asuntos del día, por insignificantes que parezcan, pueden dar pie a Fortunato Calderón Correa para sumergirnos en el mundo de las esencias y los saberes milenarios. Con actitud, principalmente, para recuperar pensamientos y modos de pensar de nuestra región, ocultos o distorsionados por la invasión y el genocidio.



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Perlas de un collar



Dicen los editores en la contratapa: "A la luz de la tradición eterna es un conjunto de notas sobre temas muy diversos: la música que no se oye; la poesía visionaria de un poeta muerto a los 20 años; personas que alumbraron en vida a sus amigos y que alumbran el mundo desde el recuerdo; mujeres ordinarias que fueron extraordinarias; las enseñanzas inapreciables de la América originaria, ignorada y despreciada; invenciones y descubrimientos. Todo está unido como las perlas de un collar por un hilo capaz de sostener universos: la doctrina eterna, herencia común de toda la humanidad, que espera para guiarnos hacia la salida de una crisis que parece sin salida".

Hay capítulos sobre Juan Sebastián Bach, Juan L. Ortiz, Angelus Silesius. No faltan alusiones al continente (Abya yala), tradiciones como el mate, símbolos como la chacana, y referencias a la condición excepcional de José Artigas.

Ente las mujeres que despiertan la atención del autor: Minga Ayala, la diosa Gularte, Salvadora Medina Onrubia, Lilith, por ejemplo.



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Nosotros los comemos


La obra es una crítica sin atenuantes a la modernidad y el antropocentrismo. En la página 342 leemos esta Parábola de la ilustración: "En los juicios de Nürnberg un jerarca nazi fue preguntado si era posible matar a miles de personas por día en los campos de concentración. 'Sí, cómo no iba a ser posible; la dificultad estaba en deshacerse de los cadáveres'. Contestó".

"Podemos tomar esta respuesta como el resultado de siglos de evolución de la razón cartesiana, depurada de intuición, voluntad, sentimiento y todo lo demás, librada a sí misma y en pleno uso de sus atribuciones propias".

"Prosigue así el largo camino que va desde Descartes, el primero que expuso el programa racional moderno, hasta el iluminismo, el positivismo, el materialismo y a Auschwitz y las cámaras de gas, las bombas atómicas, el sistema financiero internacional, el mantenimiento de la ilusión consumista y la construcción de refugios en previsión de una hecatombe final", escribe Calderón Correa.

El autor lleva esa posición al límite para enfrentarnos a la tortura y las masacres de los animales: "Estos establecimientos, si consideramos que los humanos no tenemos más dignidad que una brizna de pasto o que los astros, son como Auschwitz una muestra de la razón instrumental actuante. La planificación del nazi en los campos de concentración tenía un punto débil: la dificultad para eliminar los cadáveres; pero los frigoríficos no tienen ese problema porque todos los cadáveres están colocados de antemano: nosotros los comemos".

Más adelante se lee: "la diosa razón, que pasearon los revolucionarios y que luego obnubiló a Augusto Compte, era esta razón discursiva, un modo de conocimiento inferior para los antiguos pero que ahora estaba por encima de todo, al punto de merecer la deificación como expresión de lo más noble del ser humano".



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La poesía


Anticapitalista y antiacademicista, la obra de Calderón Correa se hace un lugar para censurar a los libros como "pretenciosa escoria del pasado", y no por eso menosprecia la literatura, que es fuente fundamental pero además se nota en un espacio muy especial dedicado a la poesía "visionaria" de Duilio Heriberto Graf, oriundo de la ciudad de Ramírez.

"'Vidas' Es una obra juvenil, pero la muerte del autor a los 20 años la convirtió en definitiva", dice del poco difundido poeta ramirense, del que copia dieciséis páginas de versos. Todo un descubrimiento que comparte con un amigo de Duilio: Roberto Campitelli.

La poesía, los símbolos, las tradiciones cruzan la obra de cabo a rabo.

Calderón Correa habla de la vida y la muerte, del paisaje y la naturaleza, inspirado en Juan L. Ortiz, con quien compartió diálogos en su juventud, en su casa de la barranca.

"Juan sugiere que sin haber disuelto totalmente las formas humanas no es posible al sentimiento ofrecer la compañía adecuada a las tenuísimas sugerencias del paisaje".

"Cabe quizá citar a Sri Nisargdatta Maharaj en 'Conciencia y Absoluto': 'A medida que crece nuestro conocimiento espiritual, disminuye nuestra identificación con un cuerpo-mente individual y nuestra conciencia se expande en conciencia universal", recuerda el autor.


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De aquí y allá


Escritor inclasificable, decidido estudioso de los conocimientos y modos que pudieron salvarse del genocidio de 500 años en el continente, implacable contra el eurocentrismo, Fortunato Calderón Correa frecuenta de los más diversos autores como Eduardo Galeano, Rodolfo Kusch, Lao Tse, Shankara, René Guénon, Antonio Machado, Gonzalo Abella, Ananda K. Coomaraswamy, Vandana Shiva, Titus Burckhart, Henry Borel, Tekumumán, Ungaretti, y los historiadores de la región Juan Vilar y Juan José Rossi, por nombrar algunos.

Ciencia, tradición, magia, mitos, tierra, felicidad, amor, luchas, acción y no acción, sabiduría en el mundo, y doctrinas del Abya yala compartidas con otros continentes como la del tercero incluido tienen un trato delicado, severo y no sin humor, en la obra editada a través de un acuerdo de organizaciones sociales de Rosario y Paraná.

Calderón C. nació en Paraná en 1943. Estudio en la Escuela del Centenario, la Escuela Normal, el Colegio Nacional del Paraná y la facultad de Ingeniería Química, en Santa Fe. Durante dos décadas fue corresponsal de Telam en Entre Ríos.

Antes publicó su obra Luz, con interpretaciones y poemas que giran en torno del mismo eje: el conocimiento.


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Autores del Litoral


A la luz de la tradición eterna fue publicada por el colectivo rosarino Último Recurso, el mismo que ha editado obras de Carlos del Frade y que pronto hará pública una voluminosa historia del continente escrita por el historiador argentino radicado en Chajarí Juan José Rossi.

Las obras de Rossi y Calderón Correa forman parte de una Colección llamada Ñe'é Nandí, del centro de estudios JAPL, que antes publicó "Fibras del Abya yala" del gualeguaychuense Julio Majul, y un cuadernillo referido a las energías renovables, junto al Grupo de Reflexión Ambiental Mingaché.

En esa misma Colección se prepara un libro sobre los pueblos alfareros orilleros antiguos de las costas del Paraná, del antropólogo santafesino/entrerriano Carlos Natalio Ceruti, otro referido a las cooperativas entrerrianas, pioneras de Sudamérica, a cargo del cordobés/entrerriano Ricardo Bazán, y uno con cuentos del Abya yala del paranaense Andrés Petric.


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¿Para qué vivimos?


Transcribimos aquí el prefacio de la obra de Fortunato Calderón Correa, donde el paranaense da indicios de lo que será el libro a lo largo de casi 400 páginas. Textual.

En primavera y verano suelen flotar en el mar témpanos que el aumento de temperatura estacional ha separado de la masa de hielo polar.

Los témpanos parecen flotar libres, a la deriva, impulsados por las corrientes marinas o el viento, sin otro límite que los choques al azar entre ellos. Pero a poco que observemos veremos que en primer lugar están retenidos en su nivel por el mar en el que flotan sin hundirse ni ascender. Para sumergirlos o levantarlos sería necesaria una energía enorme.

Los bloques tienen autonomía limitada. Están todos vinculados como por un hilo invisible al centro de la tierra, desde donde se ejerce una influencia determinante: la del campo gravitatorio que hace de la interface entre el mar y la atmósfera lo que la física llama una superficie gravitatoria equipotencial, esférica en este caso.

Cada témpano está "atado" al centro de la tierra como por un hilo invisible, una de las líneas de fuerza dirigidas hacia el punto virtual donde la masa terrestre origina el campo gravitatorio.

Este libro es una colección de notas sueltas, como parece, o es algo más, según se mire. Las notas están unidas a un centro, pero deberían ser más amables y ligeras que témpanos.

La imagen que acabamos de considerar es solamente eso: una imagen, en que el nivel físico debe trasuntar realidades de otro orden, ya que todos los niveles de la realidad están vinculados y cada uno expresa a los otros en la medida de sus posibilidades.

El simbolismo tradicional considera al centro el origen y punto de partida de todas las cosas, del que parten y en el que se resuelven. El centro es imagen de la Unidad, del Eso que es cada uno de nosotros en esencia. Un centro físico como el de la Tierra permite simbolizarlo.

Pero es necesario decir algo sobre ese centro del que hablamos –cambiando un poco de tono y de enfoque– aunque por ahora esté fuera de nuestra experiencia y nuestras facultades no puedan abarcarlo. Es necesario para plantear una cuestión de mucho mayor alcance: la del sentido final de nuestra vida temporal, ella también destinada a disolverse como un témpano en el mar. Un poemita del poeta sufí Rumi puede guiarnos:

Ven, Te diré en secreto/ Adónde lleva esta danza./ Mira cómo las partículas del aire/ Y los granos de arena del desierto/ Giran sin norte./ Cada átomo,/ Feliz o miserable,/ Gira enamorado/ En torno del sol.

Lo que parece ser un giro alocado es una revolución sabia y amorosa alrededor del centro, simbolizado en el sol por Rumi. De manera similar, Dante termina la Comedia con los versos: "El amor que hace girar el sol y las demás estrellas".

Ese amor, símbolo también de la unidad final, aunque no la unidad él mismo, es una figuración de aquel centro que impulsa todas las cosas, incluido el sol y las demás estrellas.

...por toda senda se llega a un lugar igual salvo que te extravíe el espejismo, la ilusión del creer que eres. No digas nunca ¡yo soy...! De El Orfebre, poeta sufí turco.

¿Cuál es el sentido final de nuestra vida? ¿Para qué vivimos? Rara vez las distracciones puestas a nuestra disposición por una industria diligente y omnipresente; o la dura necesidad de ganar el pan meramente para seguir vivos, o la apatía y la abulia, o por el contrario la agitación, la velocidad, el trajín que la vida moderna hace parecer naturales, nos dejan algún momento para detenernos a reflexionar en el sentido final de nuestra vida. No obstante, "eso" siempre está ahí, solapado junto al temor a la muerte. Si por fin nos formulamos la pregunta con claridad, el "yo" con el que nos sentimos totalmente identificados se niega a contestar, arguye que no puede, que no sabe, que no tiene tiempo, que no está para tonterías o que es una cuestión para filósofos o para los que tienen tiempo que perder. Además, siente frente a la pregunta abrirse un abismo del que mejor mantenerse lejos, huele el peligro.

En realidad, ese "yo" no puede responder a una pregunta que lo pone en cuestión, lo saca del centro de actor y experimentador donde siempre estuvo, que cree su lugar indiscutible.

El nombre, nuestro nombre personal, con el que estamos identificados al punto de que si nos preguntan quién somos contestamos con él, nos ha sido impuesto como todas las demás cosas familiares y lo hemos aceptado, hemos "acordado" con él sin reflexión. Es un nombre que se relaciona con nuestros ancestros, depende de nuestro idioma o quizá del idioma de los abuelos inmigrantes, pero no de nosotros y presentimos que no roza "eso" que somos. Es él también como un par de zapatos que nos acostumbramos a usar, o como el camino que recorremos todos los días de vuelta del trabajo. Bien: no somos nuestro nombre, y menos todavía son parte de aquello que verdaderamente somos los zapatos a que estamos acostumbrados, el auto que idolatramos por lo mucho que nos costó, nuestra familia, nuestra casa. A esas cosas no sabemos renunciar, pero llega un momento que nos abandonan o que las abandonamos, o que cambian tanto como para volverse desechables o irreconocibles.

No somos el cuerpo ni el sexo, ni la estatura, ni el color de los ojos, ni la edad, ni la condición mental, ni social, ni económica, todas ellas derivadas de factores ajenos a nuestro ser verdadero.

Son como capas superpuestas por la costumbre, y mantenidas en su lugar por la memoria sobre el ¿quién soy? qué buscamos, que no puede ser el "yo" que designa nuestro nombre, que ahora vigila, antes dormía, está un rato alegre, otro triste, chispeante o tonto según la ocasión, se pierde a veces, a veces se encuentra, y que a veces se descontrola.

Ese "yo" sigue un río fluctuante de sensaciones, de deseos, de aversiones, de olvidos y recuerdos, de simpatías y antipatías que lo lleva de un lugar a otro como un barco en la tormenta, y solo ilusoriamente podemos seguir adjudicándole una unidad que no tiene, que es ilusoria. Si retiramos una a una todas las capas que recubre "eso" que buscamos como respuesta a la pregunta "quién soy", no nos queda en apariencia nada. Nos sentimos ante el vacío y retrocedemos con lo que parece una certeza: después de todo, no había nada ahí. Sin embargo, al negar sistemáticamente todo aquello con que estamos identificados, a lo que estamos habituados, advertimos que hay algo que permanece. ¿Quién se mantiene como testigo invariable de todas las vicisitudes y temores, quién nos da la unidad que hace que sepamos que el que dormía sin soñar, totalmente ajeno a toda sensación o idea, es el mismo que está bailando en la confitería o siente el agobio de las deudas?

Ese testigo de nuestra búsqueda permanece y parece estar ahí desde siempre y para siempre, innombrable, inabarcable. Además, cada uno que emprenda una búsqueda similar a la nuestra desde su propio "aquí y ahora" deberá desechar un nombre diferente, quizá un idioma diferente, una posición social diferente, un sexo, una edad, un color de ojos, una estatura, una cultura diferentes. Y al final, dejando de lado todo eso, el fondo que permite abandonar todo pero no es posible retirar, queda y es uno y el mismo para todos. En el fondo, todos somos "eso", y no solo nosotros sino todos los seres del universo: Una unidad profunda que nos recuerda la sabiduría invariable: no puedo lastimar al otro sin lastimarme. O mejor: lastimo en un nivel exterior: siento que me lastimo en un nivel más hondo y llegado al fin de la búsqueda, no hay herida posible porque Eso está en todas las cosas pero ninguna cosa está en él, nada lo afecta como advertimos cuando lo reconocemos como el testigo impasible de todos los acontecimientos. En ese punto todos somos iguales, todos somos uno, eso somos, eso es la Realidad. Hemos llegado a ella abandonando completamente todo de manera casi sobrehumana, sobre todo para la modalidad actual de nuestro mundo, pero que a todos está abierta, y solo así hemos alcanzado el Todo. Lo que es transitorio en nosotros, aquello con que nos sentimos identificados por ignorancia, mostrándonos su insuficiencia nos invita a llegar al Todo permanente que somos. Para eso vivimos.



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