Descubriendo Entre Ríos
Domingo 16 de Julio de 2017

Entonces el sol y la banda volverán y seremos millones

Una nueva lectura del sentido de las banderas que ondean en nuestra provincia facilita la recuperación del camino por ahí extraviado en la acumulación de intereses sectoriales y en la vorágine productivista y consumista moderna

Volveré y seré millones, dijo Túpac Katari para relativizar los efectos negativos de su muerte y en desafío al poder que lo torturaba.

Nuestros pueblos milenarios, descuartizados, quedaron en nuestros símbolos. El sol del altiplano en la bandera nacional, la sangre charrúa, guaraní, gaucha, derramada por la independencia en nuestra bandera federal. Todavía figuran allí, pero distantes. Si bien fue un acierto sostener estos emblemas con tanto arraigo, ambos revolucionarios, como ocurre con el aire, o el agua, quizá su ausencia nos ayudaría a tomar conciencia de la hondura de su significado.

La vida veloz, la importancia que ha cobrado el consumo en lo cotidiano, las discusiones de ocasión, dejan para después los fundamentos de nuestra comunidad. Por eso hasta podría parecer ocioso ocuparnos del significado de las banderas.
La reina Letizia de España apareció en estos días, en un encuentro con su par de Inglaterra, con una banda celeste y blanca que le cruzaba el pecho.

Es el origen borbón monárquico de la bandera argentina, por eso no hay diferencia con la banda en el pecho de las o los presidentes de nuestro país. Lo que distingue nuestro símbolo es el sol inca.

Hace algunas décadas, sólo la bandera de ceremonias llevaba un sol, le llamaban bandera de guerra, las del día a día no tenían sol. Si miramos láminas de los años 60 y 70, veremos en muchos casos a un Belgrano con bandera sin sol, o a los chicos haciendo flamear esos paños y sin sol.

Un decreto de 1943 había establecido que sólo los gobiernos federal y provinciales podían usar la bandera con el sol, en los demás casos se usaría la bandera sin sol. En 1985 el uso de la bandera con el sol se extendió a todo el pueblo.

En Entre Ríos izamos durante algunas décadas una bandera de los tiempos de Echagüe, pero con buen criterio se oficializó en 1987 la banda artiguista, como símbolo de autonomía, federalismo, república, independencia, distribución de tierras, comprensión de la pluralidad de comunidades que constituyen nuestra provincia. Es una bandera con sabiduría, con historia.

Así es que con el nuevo período democrático y más allá de la compleja trama social y cultural que mantuvo vivos los ideales, desde el Estado los partidos mayoritarios colaboraron (nobleza obliga) para que el conjunto social recuperara el sol y la banda roja.
Vale insistir: aún en el paño. Falta mucho para que esos símbolos se expresen en toda su magnitud por una verdadera independencia, un verdadero federalismo, una república, y lo obvio: un sistema que impida la acumulación de tierras y bienes por unos pocos.


Tilinguerías

El riesgo de la incursión de los partidos mayoritarios en temas tan hondos y delicados como los símbolos (que jamás deben quedar expuestos al interés sectorial, el dinero, la cantidad circunstancial y cosas por el estilo); ese riesgo radica en licuar el sentido de esos símbolos, es decir: desvirtuarlos. Como ocurre con la proliferación de imágenes del Che Guevara en un sistema que está en las antípodas de sus pensamientos.

Las banderas son símbolos de la emancipación, la identidad y la unidad, y los partidos políticos parecen vías de fragmentación, de competencia interminable. Si no lo son, lo disimulan bien.

Los partidos debieran adecuarse a nuestras banderas, y no a la inversa.
Las asambleas expresan, en cambio, el conocimiento y la lucha pero siguen por ahora un camino de fragmentación y con enfoques puntuales. Además no están habilitadas para trasladar sus estudios y sus convicciones a otros planos, por el monopolio de la partidocracia.

El cantor y autor cuyano Jorge Marziali, que acaba de morir en Cuba, recuperaba de Arturo Jauretche su actitud combativa contra la tilinguería y la tendencia extranjerizante.

El tilingo espera que al diagnóstico lo envíen de afuera, es decir, menosprecia la capacidad propia de discernimiento. De afuera deben ser las categorías y las soluciones para pensar. Y los importadores presumirán de sabios. Ese mal aqueja a los partidos, a la universidad, al periodismo, es decir, penetra las instituciones. Nos alinea, nos uniforma.

¿Qué nos dicen nuestros símbolos sobre problemas tan actuales como el trabajo, el desarraigo de tantos, el hacinamiento y la mercantilización de la tierra? ¿Cuál es el mandato de las banderas?

Los pueblos originarios lo saben mejor que nadie. Durante las Jornadas de indianidad realizadas en la Argentina en 1984 dejaron en claro el principio. "Los indios reclaman la tierra por cuanto su existencia separada de ella no tiene sentido".

Claro que nuestras culturas no separan por "razas", como occidente, de modo que lo que vale para unos vale para otros. Es el humano, en suma, el que no tiene sentido sin sus vínculos armoniosos con la madre tierra, con la Pachamama, de la que forma parte.
De ahí se desprende la enfermedad del hacinamiento, que distancia al humano de su entorno.

El hacinamiento es una enfermedad social producto del racismo, y muy cruel en la Argentina cuando al lado del pueblo hacinado hay estancias de miles de hectáreas sin personas y sin montes.

El capitalismo explota al hombre, la víctima del capitalismo es una mujer o un hombre explotado. A ese sistema le viene al pelo un colchón de personas desocupadas para asegurar la plusvalía, es decir: amenazar a los trabajadores con el desplazamiento porque hay muchos haciendo cola.

Pero el hacinamiento es fruto de otra cosa. Los enfermos de amontonamiento no están en lista de espera. El capitalismo no los espera, ni siquiera para explotarlos. El hacinado está peor que el sobreexplotado.

El capitalismo busca extraer de la persona el mayor rédito posible, la hace trabajar quince horas por día y en condiciones poco saludables para devolverle un sueldo miserable, en la medida de lo posible. Pero el racismo amontona a las personas porque molestan en el espacio que el gran capital quiere para medrar, y porque las considera una sobra. La víctima del racismo por hacinamiento no es un hombre explotado, es un humano lavado de su cultura y tratado como inútil, una persona por debajo de la línea de lo humano.

Lo que decimos es evidente, o por lo menos merece un estudio profundo. Pero el medio pelo argentino (siguiendo a Jauretche) parece esperar que un apellido francés o estadounidense baje línea, para entonces sí analizar el hacinamiento argentino.

El tema es invisibilizado, no se trata. Se habla de sus consecuencias: adicciones, femicidios, violencia, motochorros, falta de expectativas, sobornos varios, discriminación negativa, pero no del sistema que es el caldo de cultivo de esas enfermedades.

La burguesía y sus aledaños se entretienen en temas importantes pero secundarios al lado de la enfermedad del hacinamiento. Eso nos tiene siempre ocupados en las consecuencias, y por eso más o menos dentro de los planes del poder. Somos previsibles.


Sin correspondencia
El sol del altiplano y la sangre derramada del litoral dicen armonía en el paisaje, dicen independencia y dicen autonomía. Reconozcamos el talento de los que nos legaron tamaños distintivos.

Los símbolos están en las banderas pero distantes. Ahora vemos que algunos políticos no sólo sostienen esas divisas sino que levantan la revolución artiguista, el Congreso de Oriente, el federalismo. Tanto en el peronismo como en el radicalismo, por nombrar a los mayoritarios. Pero sus palabras son como esos símbolos: presentes y a su vez distantes, no se corresponden con sus plataformas y políticas.

La juventud radical y peronista, y la juventud de los demás partidos, podrían revertir esa tendencia al relato prolijo sin cimientos.

Si los símbolos como el sol y la sangre derramada por nuestra independencia se desprenden del paño y nos bañan, entonces podrá cumplirse el sueño de Túpac Katari que un poeta atribuyó a Evita, con buen olfato. Volveré y seré millones.

Conclusión: si vamos a usar una celeste y blanca que sea con el sol y que sea con la banda roja. ¿Por dónde volverán aquellos principios? No tenemos respuestas, o mejor sí: los símbolos vuelven con los pueblos sin recetas, sin anuncios, sin mucho barullo y donde menos los esperamos.

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