Femicidio
Martes 08 de Noviembre de 2016

La prevención de la violencia tiene que ser integral

Cuando el domingo me enteré de la noticia del doble femicidio perpetrado en Paraná sentí una gran desazón, ya que conocía a una de las víctimas, porque hace unos años habíamos sido compañeras de trabajo. Fui siguiendo durante el día las publicaciones de los medios, tratando de entender lo inentendible, preguntándome si existe previamente una señal, una pista de que alguien va a terminar asesinando a quien fue su pareja o la persona con quien se tiene o se tuvo un vínculo, y qué se puede hacer para evitar tan cruento desenlace.

A estas muertes se sumaron cuatro más, en Concepción del Uruguay, ayer a la madrugada. Un hombre apuñaló a su exesposa, a sus dos hijas y a la pareja actual de la mujer. En estas formas tan extremas de violencia, donde la sociedad entera se conmociona y reclama castigo para los culpables, cabe preguntarse qué es lo que se hace en materia de prevención, antes de que se genere un desenlace fatal que acarrea tanto dolor. Y sin dudas las charlas, campañas, marchas, restricciones y acciones punitivas para los agresores cuando atacan a sus víctimas –entre otras iniciativas–, contribuyen pero no son suficientes para frenar esta ola de crímenes.

En el caso de Orlando Ojeda, el hecho de que la fuerza de seguridad a la que pertenecía no le retirara su arma reglamentaria a pesar de tener una denuncia en su contra por violencia de género, desnuda la desidia que hay en torno a este tema. Sin embargo, con quitarle la pistola 9 milímetros quizás no hubiese alcanzado, ya que es evidente que estaba decidido a quitarle la vida a sus exparejas. Hay que tomar otra serie de medidas, antes, previo a que alguien mate.

En cierta forma, a veces muy limitada, el Estado y las organizaciones intermedias asisten a las víctimas. Pero se desatiende la asistencia psicológica para el varón violento. No digo que esto sea la solución ni que pueda aplicarse en todos los casos, pero es una falta que no deja de alarmar. Contener al agresor puede contribuir de algún modo a disipar su odio, su frustración, su ira, para que no termine descargándole un balazo en la sien a una mujer con quien mantuvo una relación en algún momento de su vida, o apuñalándola, golpeándola, exponiéndola a vejámenes y humillaciones. En Santa Fe y otros lugares ya se aplica un programa que apunta al tratamiento de los hombres violentos e incluir esta iniciativa entre las políticas de prevención debería considerarse en todo el país.

Las falencias de un Estado sin una determinación efectiva para impedir más asesinatos de mujeres, que no actúa a tiempo cuando se denuncia o lo hace de manera parcial o deficiente, se manifiestan en cada nuevo femicidio. Y cuando se sale a clamar enarbolando la consigna #NiUnaMenos, se manifiesta un pedido desesperado que encierra la urgente necesidad de declarar la emergencia pública por violencia de género, para que los organismos gubernamentales dispongan, de una vez por todas, de los recursos que se precisan para que no haya más muertes evitables. En esto hace falta un abordaje sistémico, integral, que atienda todas las aristas y variables de un problema profundamente grave que reviste acciones urgentes.


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