A Fondo
Martes 20 de Enero de 2015

La muerte como mensaje

Carlos Matteoda / De la Redacción de UNO
cmatteoda@uno.com.ar

 

 

Sin pretensión de originalidad alguna, entiendo que una de las sensaciones más potentes que generó -al menos inicialmente- la muerte del fiscal Alberto Nisman es la de entender/aceptar que será difícil saber qué ocurrió.


Hace un par de décadas, en Entre Ríos  se podía hacer política desde Buenos Aires, por teléfono, habiendo leído el Clarín antes que los residentes en la provincia. Esa simpleza explicaba la capacidad de análisis que parecían tener a la mañana algunos legisladores nacionales al ser entrevistados telefónicamente.


Un tiempo después, leyendo dos o tres diarios se tenía la idea de conocer la realidad. De un tiempo a esta parte, la misma  receta puede favorecer la confusión.


No fue sencillo para los ciudadanos de a pie enterarnos, o pretender enterarnos, de lo ocurrido con Nisman. Y no será sencillo en ningún momento.


Tal vez exista un mínimo punto de acuerdo en lo que suponemos. La hipótesis de un suicidio “tradicional” no le cierra a nadie fácilmente.  La de un suicidio inducido sí  suma adherentes, pero sería claramente otro escenario, donde Nisman es víctima de otras personas, del mismo modo que si alguien lo hubiera asesinado.


No quiero generalizar, pero supongo que muchos pensamos que nunca sabremos qué pasó con el denunciante de la Presidenta. Y tratar de hallar al culpable por las repercusiones del hecho parece una simpleza, pero una simpleza que es casi lo único que nos queda.


El funcionario judicial que investigó la voladura de la AMIA y había denunciado a Cristina Fernández como responsable de un plan para exculpar a los autores del hecho, aparece con un tiro en la cabeza un día antes de presentarse en el Congreso. Tenía 10 experimentados policías federales que lo custodiaban desde hace años. Nadie vio nada.


Evidentemente el Gobierno no sale favorecido. El impacto político de esta muerte podrá  evaluarse recién con el correr de los meses. Ayer en redes sociales comparaban el efecto del  cajón (ataúd) incendiado por Herminio Iglesias en la campaña del 83 con el del cajón de Nisman; parece también una simpleza, pero una de esas que, en el fondo no es tan errada.


“Los argentinos somos mejores que esto”, afirmó Mauricio  Macri en una conferencia de prensa que dio para hablar del tema.  Sí, claro que somos mejores, pero esto existe. Nadie puede pedirle a Macri que no hable del caso, aunque lo haga con un propósito electoral. Si no existiera preocupación electoral, la noticia sería menos relevante.


Se exagera sobre el tema. “Toda la gente anda en la calle con la mirada perdida, producto del miedo que todos tenemos”, explica en Radio Mitre la compañera de Alfredo Leuco.


Otro columnista reclama que digan algo a quienes unas horas antes criticaron a Nisman por su denuncia. ¿Qué van a decir? “Hubiéramos querido que Nisman muera de viejito”. El silencio parece respetuoso, aunque uno supone que es producto del desconcierto.


La muerte no mejora a nadie, ni le da la razón. Es una obviedad, pero la gravedad de la denuncia planteada por Nisman exige el esclarecimiento completo del caso. Ese esclarecimiento del que dudo que finalmente suceda, como tal vez dudan algunos de quienes ahora lean estas líneas.


Si suponemos que a Nisman lo mataron;  ya sea  agentes de uno de los bandos de la estructura de los espías estatales, o los servicios iraníes, la CIA, o alguien al servicio del gobierno, o un sector criminal de la Justicia, o quien fuera; podemos coincidir que podía preverse que el hombre estaba en una situación riesgosa.  Su tarea como fiscal de la causa AMIA era riesgosa, claramente.


Desde ese punto de vista, vemos que no se le pudo dar la seguridad adecuada; cuánta expectativa entonces  es razonable tener en que el tema será esclarecido. Parece que hubiera sido más fácil cuidarlo que investigar quién lo mató (reitero, si finalmente se trata de un homicidio o suicidio inducido).


Por lo pronto el Gobierno tiene un muerto arriba de la mesa. Deliberadamente evito  usar la frase “le tiraron un muerto” -aquella que se usaba mucho en el caso Cabezas- porque las hipótesis están abiertas.


La muerte del fiscal no debería afectar la investigación que llevaba adelante en lo relativo al atentado a la AMIA, más allá del mensaje intimidatorio. Nisman no trabajaba solo, su equipo puede continuar el trabajo. Debería poder hacerlo.


La cuestión pasa por la contundencia del cadáver como mensaje.  Los argumentos se relativizan frente a un muerto. No alcanzo a imaginar cómo podría explicarse que se trató de un “simple suicidio” (dicho con todo respeto) si la investigación judicial arrojara ese resultado. 


Los  poderes e intereses  que están detrás de esta trama matan al que se les cruce. Eso es básicamente lo que indica la muerte de Nisman, si se entiende que fue un homicidio o un suicido inducido.


Para sostener la democracia, es necesaria la verdad y la justicia; eso es indudable. Lo que está en duda es si podremos saber qué ocurrió y si tendremos un resto de credibilidad para aceptar como válida esa versión.

 

 

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