La Provincia
Domingo 07 de Febrero de 2016

La Moringa, un espacio abierto al espectáculo y la formación

La actriz Gabriela Trevisani explica el espíritu del nuevo proyecto de Teatro del Bardo en Paraná, cuyas características lo convierten en único para la región. “El espacio está abierto a cualquier artista”, expresó

Julio Vallana/ De la Redacción de UNO
jvallana@uno.com.ar


Tras dos meses de su inauguración, la carpa de circo y teatro La Moringa –próxima al centro cultural Juan L. Ortiz, de la capital provincial– ya se presenta vigorosamente como un espacio acogedor de variadas y destacadas propuestas escénicas y de formación –fiel al espíritu de sus impulsores, el grupo Teatro del Bardo. La actriz Gabriela Trevisani es la presidenta de la asociación civil que la gestiona y da cuenta de su historia con relación a dicho grupo, y del presente y futuro del nuevo emprendimiento.
Calles de arena
—¿Dónde naciste?
—En Helvecia –provincia de Santa Fe–, que está frente a Santa Elena.

—¿Hasta cuándo viviste allí?
—Hasta los 18 años, cuando me vine a estudiar a Paraná.

—¿Cómo era tu barrio?
—Vivíamos a una cuadra del río. Mi casa tiene más de 100 años. Es un pueblo muy pequeño, con calles de arena y donde los chicos se crían en la calle, en el parque y en la casa de los vecinos.

—¿Por qué las calles son arena?
—Todas son de arena salvo una que está asfaltada, llamada “la vuelta del perro”, que es la calle principal y un paseo.

—¿Las mantienen así por una decisión de la población?
—La verdad que no sé… comenzaron a asfaltarse algunas pero si conciliaban todos los vecinos. Cuando llueve se puede transitar y acceder igual. Generalmente se saca arena de ellas.

—¿Qué ancestros llegaron a esa zona?
—Mis abuelos por un lado y mis bisabuelos por el otro. Tengo un abuelo que nació casualmente en Norteamérica porque se equivocaron de rumbo, pero luego vinieron para acá. Mis otros abuelos vivieron en Felicia –Santa Fe– y luego en Helvecia. Conocí a tres de mis cuatro abuelos.

—¿De qué región de Italia eran originarios?
—Del norte.

—¿Relataban algo de su tierra?
—Todos los cuentos que tengo son de mi abuela Matilde –la mamá de mi papá–, la más allegada a mí porque era una lectora compulsiva. Hizo tres veces sexto grado porque no tenía la posibilidad de irse a estudiar y en ese momento no había secundario. La segunda vez lo repitió porque tenía ganas de seguir estudiando y en la tercera la maestra la invitó para que fuera su ayudante. A la vez compraba libros y tenía muchos sobre Historia. Incluso en la época en que se prohibían algunos libros, los compraba de contrabando. Heredé muchos libros de su biblioteca.

—¿Vivías en su casa?
—La casa es la misma –con el patio compartido– y todos los días la veía. En realidad mis papás vivían en Santa Fe. Mi mamá es maestra y mi papá era jefe de Cómputos en una empresa de seguros. Mi abuelo tenía una estación de servicio en Helvecia, tuvo cáncer y murió en poco tiempo. Entonces mis viejos dejaron todo y se fueron a vivir a Helvecia. Mi viejo se transformó en un ogro (risas), aunque es muy sensible. Tuvo que hacerse cargo de todo –según lo que contaba mi madre, porque él no habla.

—¿Por qué tan próximo el vínculo con dicha abuela?
—Todo el tiempo me incentivaba a leer y me pasaba libros; juntas leíamos Mafalda. Fueron mis primeras lecturas, que ella me explicaba. Tenía una colección enorme de libros con cuentos, efectos de Magia, obras para títeres y cosas para niños –que no recuerdo el nombre. Ella tenía fotos de una obra de teatro que había hecho cuando era joven, lo cual siempre me llamaba la atención. Cuando me vine a estudiar a Paraná y me invitaron a hacer una asistencia en una obra de títeres, pensé que yo tenía que estar adelante no detrás de la escena, corriendo de un lado para otro. Después fui técnica en algunos espectáculos y fue cuando comencé a estudiar con Judit Diment. Cuando le contaba a mi abuela me decía que estaba buenísimo y que siguiera por ese camino, al contrario de mi papá, que quería que fuera abogada.

—¿A qué jugabas en Helvecia?
—Vivíamos arriba de los árboles. Teníamos un mandarino gigante donde habíamos hecho una casa. La esquina de mi casa era un lugar de encuentro y allí –cuando éramos jóvenes– pensábamos qué podíamos hacer, porque no había mucho por hacer en el pueblo.

—¿Travesuras?
—Era una chica muy… Recuerdo una anécdota muy graciosa: mi hermana más chica tenía un oso de peluche con el cual iba a todos lados y nunca lo abandonaba. Una vez se le descosió la cabeza, comentábamos que estaba “enfermo” y mi mamá se la cosió. Otra vez se le descosió totalmente, estaba mi primo y dijo que el oso “había muerto”. Hicimos un gran velorio y cavamos un pozo donde lo enterramos. Mi primo le decía a mi hermana que llorara, porque era “la viuda”. Lo enterramos y a la noche fue un desastre porque mi hermana lloraba y quería el muñeco. Nunca supimos dónde lo habíamos enterrado así que al otro día le compraron otro (risas). Teníamos una relación muy fuerte con nuestros primos, quienes vivían en Rincón y nos visitábamos mucho.

—¿Cuál era una salida muy esperada?
—Ir a visitar a nuestros primos. Durante mucho tiempo mi casa fue un asentadero de gente y todos los fines de semana venían unas amigas que vivían en Santa Fe. A veces mi vieja tenía diez adolescentes durmiendo en una pieza.

—¿Qué atractivos hay actualmente?
—Hay muchas casas de fin de semana y la gente va a pescar.

—¿Cuál fue el mayor cambio del pueblo?
—Cuando se instaló la primera radio y comenzamos a hacer programas, luego apareció el cablevideo.

—¿La proximidad con el río te influyó en algún sentido?
—El río siempre fue un lugar para pensar. Cuando estaba ofuscada por algo, me iba y me sentaba a la orilla del río. Desde chicos tuvimos relación con el agua; nuestro tío nos tiraba al río y nos decía “flotá”.

—¿Alguna lectura de las que compartías con tu abuela?
—Todos leíamos la colección de Mafalda. Mi maestra decía que se aprendía a leer, leyendo de todo. Siempre me preguntaba qué leía y le decía “el diario”, con mi abuela, Mafalda, cualquier cosa. Se ponía a mi lado y me hacía leer, incluso sus novelas sobre las cuales no entendía demasiado. Tenía una novela –El callejón de los milagros– que era sobre la vida en un callejón de la India, y fue el primer libro que me prestó para que lo leyera sola, cuando yo tenía once años. Era sobre una persona que vivía en la India y contaba su historia en esa calle. A los 17 años tomé de la biblioteca de mi mamá una novela llamada Bajo el sol de Kenia, que era “muy gorda” y la leí en tres días. Era sobre unas personas que ejercían la Medicina tradicional y se iban a pasar un tiempo con gente de un pueblo aborigen y confrontaban sus conocimientos con los de los chamanes. Me pareció alucinante porque a ellos les parecía que la cura era como una puesta teatral. No solo los curaba el yuyo que les daban sino todo el ritual.

—¿Por qué la inclinación hacia la comunicación?
—Tuvimos una profesora de Filosofía –y que tenía otra materia de investigación– que fue muy influyente en ese sentido. En algunos contenidos juntaba las dos materias y nos hizo hacer un trabajo sobre el tiempo libre de los adolescentes en Helvecia. A partir de ese trabajo comenzamos a pensar qué cosas que no había podíamos hacer los adolescentes, porque en todos los trabajos salía que no había muchas actividades para hacer. No obstante durante mi infancia hice folklore –durante muchos años–, vóley, danza clásica y todo lo que llegaba, lo hacía. Hasta kung fu hice (risas). A partir de ese trabajo –que lo hicimos cuando estaba surgiendo la radio–, propusimos hacer un programa, a partir de lo cual se me ocurrió que estaba bueno trabajar en los medios.

—¿Qué fantaseabas ser cuando eras niña?
—Quería ser vedette (risas). Es re loco porque no teníamos tele cuando éramos chicos, porque a Helvecia todo llegaba tarde. En realidad teníamos uno blanco y negro, y veíamos pocas cosas. Con mi viejo veíamos a Olmedo y novelas con mi mamá, a la siesta. Pero no había mucho. Con mi prima, hermana y vecinos hacíamos show en la vereda, en los cuales nos pintábamos, bailábamos, cantábamos y hacíamos coreografías. Para el Día de la Madre armábamos una coreografía especial y las invitábamos.

—¿De dónde observaste la idea de vedette?
—De la tele

—¿En el programa de Olmedo?
—Sí, claro.

—¿Cómo te imaginabas como vedette?
—Cantando y bailando, que era lo que me gustaba. Cuando éramos más chicas mirábamos Las trillizas de oro, que eran nuestras ídolas (risas). Todo el tiempo cantábamos y bailábamos.

—¿Cuál fue la actividad que más desarrollaste de las que practicaste?
—Folclore bailé casi siete años y estudié piano –durante cinco años– con una profesora que tenía un caniche que cuando te ponías a tocar se sentaba a tu lado y aullaba (risas). En un momento dejé de estudiar porque si no tenías un piano en tu casa no podías dedicarle todo el tiempo que necesitaba.

—¿Qué presencia tenía la música en tu casa?
—En la casa de mi abuela y en la mía se escuchaba mucho folclore. Mi papá era fanático de Los cantores de Quilla Huasi, Los cantores del alba y Los chalchaleros. Mi recuerdo más feliz era que los domingos nos levantaba con música de Los Iracundos, lo cual era un momento muy feliz. Tenía un reproductor de magazine. Ahora escucho esa música y enseguida me transporta a esos momentos.

—¿Por qué elegiste estudiar Comunicación? ¿Descartaste lo de vedette?
—Lo de vedette lo descarté cuando comencé a crecer, cuando me comenzó a crecer el culo (risas). Era un juego de niñas. Cuando fuimos más grandes hice teatro porque a las profesoras de Lengua se les ocurrió que estaba bueno hacer un taller de teatro por la tarde. Yo iba a todo, así que me anoté e hicimos un espectáculo de (Eduardo) Pavlosky, que luego hicimos en Santa Fe. Me encantó. Además desde primer grado hasta quinto, siempre leía y actuaba. No obstante cuando vine a estudiar a Paraná no tenía como prioridad el teatro, sino que lo descubrí después. Siempre me gustó Literatura, Filosofía y las materias humanísticas. Primero pensé estudiar Ciencias de la Educación pero también me atraían los medios. Me inscribí en la Facultad de Rosario, fui dos días y me di cuenta que ese lugar no era para mí, así que me inscribí en Paraná. Me vine a vivir a una pensión horrible, pero después de un tiempo nos pudimos mudar a un departamento, y así cambié de casa 15 veces.

—¿Qué impresión te provocó Paraná al llegar?
—Que era parecido a estar en mi casa. Al principio me costó porque fui a una pensión, aunque era alucinante porque era una mezcla de chicas de distintos lugares. Era una pensión evangelista, aunque todos no pertenecían a ese credo. Solo estuve dos meses y luego alquilé un departamento con otras chicas.

—¿Te entusiasmó la carrera de Comunicación?
—Me encantó. Los primeros años fue alucinante porque todo el tiempo había que leer y estudiar. El problema fue cuando comencé a pensar en lo que quería ser porque después de unos años los medios no me interesaban tanto y me gustaba más la comunicación institucional. Así que todo lo que estudiaba lo perfilaba hacia allí y fue lo que apliqué a lo que hago, ya que somos productores de nuestros propios espectáculos.


Dos mujeres importantes
—¿Cuándo decidiste abandonar?
—En tercer año, no obstante que iba con todas las materias al día. Fue cuando alguien me invitó a participar del grupo de títeres, viajé mucho ese año y cuando volví sentí que quería actuar. Ahí fue cuando me anoté en un taller municipal, de Judit Diment, con quien trabajé tres años y fue hermoso.

—¿Fue un redescubrimiento?
—Sí, en ese sentido hubo dos mujeres importantes: Judit y Valeria (Folini), porque un compañero de teatro, Carlitos Fernández, me dijo que había unos chicos que andaban dando vueltas, que harían una obra que estaba buena y que harían un taller en La Hendija. Fui al taller y a los tres meses estaba haciendo un espectáculo con ellos.

—¿Qué herramientas esenciales incorporaste con Judit?
—Una de las cosas fue que volví a cantar, lo cual había dejado cuando dejé de estudiar piano –lo cual fue muy triste–, incluso había dejado de escuchar música y de cantar. Ella propuso una actividad en la cual dijo que todos podíamos cantar y en ese momento me explotó algo internamente.

—¿Entendías por qué te habías alejado de la música?
—No. Ella decía que todos cantábamos y que la voz se podía utilizar para muchas cosas en el teatro, mientras que cantar es otra forma de decir los textos. Volví a cantar en todo sentido. Con ella también descubrí la confianza en el otro porque todo el trabajo que hacíamos era para generarla. En ese momento no vi al teatro como algo profesional pero cuando los conocí a los chicos en el Laboratorio teatral El puro errar, comprendí que podía ser una forma de vida.

—¿Cuál fue la clave para ese convencimiento?
—Que había una forma de construir. Leí mucho los libros de Eugenio Barba –quien escribe en forma muy atractiva y simple, y te insta a hacer tu propio camino– cuyo grupo (Odin Teatret) era muy organizado en el sentido profesional, todos vivían de esa actividad y veían al teatro como una profesión cualquier que se construía como cada uno la quiere construir. En ese momento los chicos vivían de hacer funciones en las escuelas. La idea del laboratorio era que tenías que buscar tus propias limitaciones y aspectos que trabajar, y te tocaba una fibra muy interna. Humanamente era muy movilizador, sumado a que lo de la vedette se podía cumplir por otro lado. Fue un gran descubrimiento.

—La mencionaste a Valeria.
—Por las muchas herramientas y técnicas que aprendí con ella. Hacíamos lecturas y confrontaciones que estaban muy buenas. Fue mi maestra y la relación que tenemos me hizo aprender un montón de cosas. Por ejemplo, me decía que en un espectáculo quería que hiciera tales cosas pero a la vez hay otras que no se pueden decir o enseñar, que se descubren actuando, como el hecho de entregar todo o emocionarte más que nunca. Pero vi que ella podía hacer actuar a cualquiera, lo cual es impresionante. Con cada uno tiene una relación distinta y lo hace actuar desde el punto que le hace encontrar a cada persona. Además y lo que considero más importante, es que el arte siempre es político. Por eso cada nuevo espectáculo tiene una posición frente a lo que narramos, es un punto de vista y puede haber otros, pero es importante ser consciente de cuál es el tuyo.

—¿Qué rescataste de los estudios de Comunicación a partir de allí?
—Todas las lecturas que había tenido y utilizar en el equipo de Educación por el arte el teatro como una forma de comunicación para proponer y trabajar contenidos en el aula.




El oficio y una manzana
—¿Un momento, un ensayo o situación que en aquella época resultó un salto cualitativo?
—Después que nos conocimos comenzamos a hacer Medea, lo cual fue un proceso muy largo. Venía un director de Buenos Aires a dirigirnos y nos encerrábamos tres o cuatro días, con muchas horas de ensayo. Era mi primer trabajo profesional y me resultaba muy difícil, hasta que un día dijimos “hagamos otra cosa”. Con Vale estábamos haciendo un seminario de Dramaturgia y comenzamos a escribir una idea a partir de la poesía de Miguel Hernández. Era sobre dos mujeres que se encontraban atravesadas por esa poesía: una era la mujer de Hernández –que lo iba a visitar a la cárcel– y la otra, la muerte, que se lo iba a llevar. Ese espectáculo –La muerte acecha– lo hicimos muy rápido –en tres meses– porque teníamos la necesidad de actuar y hacer algo, ya que el otro proceso era muy largo. Recuerdo una función en la cual me olvidé del texto porque había escenas que comenzaban de forma igual y se repetían. Cuando comenzamos a hacer la escena y ante la desesperación, comenzamos a actuar de otra forma, a través de un movimiento interno y ahí me di cuenta que “pensaba” con todo el cuerpo. Hay momentos en una función en los cuales se descubren ese tipo de cosas.

—¿Cuál fue la primera vez que te sentiste actriz?
—No sé si hubo un momento en particular aunque tengo algunos recuerdos: una función en Córdoba con una compañera durante la cual actué sola, porque ella no tenía energía y contestaba tarde. A veces uno tiene un mal día pero las estructuras ayudan a sostener el actuar. Esa vez fue un esfuerzo terrible y cuando terminó la función Vale vino y me abrazó, así que me confirmó que lo que yo estaba sintiendo era lo que estaba pasando.

—¿Un enojo o ganas de dejar todo?
—Me enojé mucho conmigo durante esa obra sobre Miguel Hernández, en la cual tenía una manzana en una canasta. Toda la escena giraba en torno a la manzana, ya hacíamos una reconstrucción en la cual la muerte se la daba envenenada a Josefina, la comía, la tiraba desconfiando y tomaba una cebolla y la comía, mientras cantaba La nana de la cebolla –que escribió a partir de una carta a Josefina cuando le dice que solo tenían cebolla para comer. Ese día me olvidé la manzana, los ojos de Vale me atravesaban y me enojé mucho conmigo, porque no podía pasar de ninguna manera. A todos nos ha pasado de olvidarnos un vestuario o algo, pero lo que sucedió fue que me di cuenta en escena, con lo cual no pude resolverlo ni reemplazarlo.

—¿Qué momento es el que más disfrutás de todo el proceso teatral?
—El juego de la construcción y los ensayos. Nos proponemos distintos disparadores, incluso, a veces, copiar una escena de una película, o estudiar y leer algo. En el espectáculo nuevo que estamos haciendo estamos trabajando con las cartas de Tarot, armando los personajes que figuran en ellas. La idea de Vale era ir al hueso del asunto y cada uno tenía que buscar el arcano con el que se identifica, a partir de lo cual armábamos escenas y ahora estamos buscando sobre qué trabajar. Pero mucho tiempo estuvimos jugando con eso, como si fuera un mundo de sueños.

—¿Tenés alguna vedette como referente?
—Conocí a una (risas), Cristina Prates. Cuando comenzamos a hacer el Cabaret (Brejt) se me cumplió el sueño (risas) porque nos poníamos las medias de red y el corset, y bailábamos. La habíamos conocido y ella había trabajado como vedette en Rosario, así que nos preparó en un momento en que estábamos copiando escenas y tomando ideas de la película Cabaret. Teníamos que aprender a bailar de esa forma. Fue uno de los espectáculos que más disfruté.


La Moringa y sus propiedades
—¿Cómo comenzó a gestarse la idea de La Moringa?
—Después de muchos años como Teatro del Bardo pensamos que teníamos que abrir otro espacio para otras búsquedas. Además nos agota mucho el tener que pedir sala para ensayar y andar ambulando por todos lados –lo cual es muy desgastante y te quita tiempo creativo. Decidimos hacer una asociación civil y organizamos algunos seminarios, hasta que se ofreció un subsidio del Instituto Nacional del Teatro para tener una carpa en Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba. Juan (Kohner) trajo la iniciativa de que había que pedirlo porque si no se perdía, pero pensábamos que queríamos tener una sala. No obstante nos comunicamos con algunos chicos que hacen circo, le dijimos que teníamos la asociación civil y que no perdiéramos esa oportunidad. A medida que se generó el proyecto nos dimos cuenta que demandaba mucha responsabilidad y los chicos se sumaron a la asociación civil, con lo cual pasó a ser un proyecto.

—¿La pensaron como una carpa para circo?
—No, como un espacio cultural donde todos podemos trabajar y no solo hacer circo. Es un lugar para el aprendizaje y de convocatoria a artistas. El circo ha crecido mucho en los últimos años y que haya un lugar específico también está muy bueno. Todo lo que sucedió en la carpa hasta ahora no tuvo una dirección específica ya que hubo música, percusión, teatro… es un espacio cultural.

—¿Por qué el nombre?
—Hicimos un concurso de nombres y mi madre –que tiene un grupo de teatro en Helvecia– encontró que este árbol de la India tiene 300 propiedades y la carpa tiene capacidad para 300 espectadores, resiste en cualquier lugar, con lo cual tiene que ver que se puede levantar y poner en otro lado. Elegimos diez nombres y la gente votó ése.

—¿Qué adaptación han tenido –teatralmente hablando– en cuanto al hecho de actuar en un espacio no convencional como la carpa?

—Es muy pronto para pensarlo porque nuestra actividad más fuerte es cuando comienzan las clases, ya que hacemos muchas funciones en escuelas a través del proyecto Educación por el arte.

—¿Cómo asumís lo de estar al frente de una asociación, que demanda actividades que no son muy creativas, aunque necesarias?
—Sí, pero por suerte somos un grupo muy democrático. Somos diez que estamos trabajando en el proyecto, y hay otros que van y vienen. Tratamos de dividirnos en algunos roles y me tocó ése, y tengo que firmar los papeles.

—¿Te ha significado algún aprendizaje?
—En este tiempo estoy pensando mucho que soy una persona que vive en grupo y que me potencio y soy más creativa trabajando con otras personas. Tenemos un grupo al cual entra y sale gente pero hay un círculo de confianza que cree en el trabajo del otro, y eso es muy importante. Confío en quien está fijándose si la carpa está segura y en quien está haciendo la prensa. Ese trabajo comunitario es muy fuerte y es lo que sostiene este proyecto, porque si no, no existiría.

—¿Han resuelto todo lo vinculado con trámites y cuestiones legales?
—Hay cuestiones pendientes ya que estamos gestionando la habilitación. Fue un proceso muy largo, pensábamos que la carpa estaría este año, pero igualmente la inauguramos porque estábamos muy entusiasmados. Estaba por venir el cambio de gestión, pedimos permiso a la Municipalidad, nos hizo la bajada de luz, trabajamos con la unidad de ferrocarriles y nos apoyaron con el préstamo de un vagón. Cambió la gestión y estamos en ese momento. Ya hicimos nuestra parte y seguimos trabajando con las cuestiones de seguridad y otros aspectos como el seguro de responsabilidad civil. Queremos que esto funcione y que legalmente esté ordenado de la mejor manera. Nos falta la tenencia del predio, que es lo que estamos gestionando para poder ser habilitados por la Municipalidad.

—¿Es buena la predisposición de las nuevas autoridades?
—Estamos esperando una audiencia con el intendente porque necesitamos el permiso para seguir estando en este lugar, y esas cosas a veces se resuelven por voluntad política.

—¿Cómo han logrado mantener el grupo teniendo en cuenta que los grupos teatrales son bastante inestables en cuanto a que se forman y disuelven regularmente?
—La clave es la confianza plena en el otro e igualmente hay mucho amor porque somos casi como una familia en muchos sentidos. Con el otro aprendés mucho, y el otro también, todo el tiempo vamos cambiando, pero hay algo que nos permite seguir trabajando. Cuando estoy siendo dirigida, tengo que confiar absolutamente en ese director, porque es el primer espectador que me está mirando, y quien hará que no hagas ninguna paparruchada. Esa relación creativa y la confianza entre nosotros es lo que nos sostiene, al menos a mí, no sé qué dirán mis compañeros.

—¿Programación para este año?
—Cuando montamos la carpa hubo un llamado a gente que hace circo, mucha gente colaboró y hoy están haciendo La variete de circo. El espacio está abierto a cualquier artista y han llegado distintas propuestas, a partir de las cuales armamos la programación. Hubo un ciclo de trasnoches musicales –muy bueno y con mucha convocatoria–, obviamente circo –también con mucha gente– y han surgido talleres. Todavía hay muchas propuestas pendientes para hacer.

—¿Qué condiciones se requieren?
—Como todo, es un aprendizaje, y cada propuesta se evalúa en sus particularidades. En cuanto a lo económico, las condiciones son como cualquier sala del instituto, un porcentaje para la carpa y el mayor porcentaje para los artistas –quienes pueden proponer si cobran entrada o es a la gorra. Económicamente cuesta mucho mantenerla.

—¿En cuanto a Teatro del Bardo lo de la carpa no es una forma de volver a los orígenes del teatro?
—Claro, nosotros hicimos Bardo Criollo y giraba en torno a eso. Ahora pensamos en hacer otro espectáculo pero no hemos tenido tiempo para ponernos a pensar.





 

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