A Fondo
Domingo 04 de Enero de 2015

La Matanza de Trujillo

Enigmas y misterios. Los Expedientes “X” Peruanos. De Trujillo: ¿Genocidio político, ataque de Chupacabras o venganza demoníaca?

Gustavo Fernández/Especial para UNO
gusfernandez@yahoo.com.ar

 

Cuando se habla de historias trágicas, resulta -para la lectura “políticamente correcta” casi una falta de respeto argumentar razones “paranormales” o “sobrehumanas” que expliquen esos hechos. Pero, al decir de Sherlock Holmes, “cuando las explicaciones posibles fallan todas, lo improbable, aunque parezca imposible, querido Watson, debe ser la verdad”.
Tengo una copiosa colección de hechos e historias que he denominado “Muertes desde el Más Allá”, casi como una crónica negra de la historia de los misterios y los enigmas. Algunos de esos casos los he contado en esta columna. El caso Diatlov, y los nueve expedicionarios destrozados por una fuerza desconocida en Siberia. Las dos primas que aparecieron muertas en una bañera en Buenos Aires, en un éstado irracional de descomposición cadavérica con pocas horas de muertas. La aparición de ovnis durante el ataque a las Torres Gemelas. El caso Gill, la desaparición de los seis miembros de una familia entrerriana... en todos los casos he recibido, mínimamente, insultos y bromas sarcásticas sobre la “locura” (seguramente episódica) de la que se supone yo debía ser víctima a la hora de escribir esas líneas. En otros casos extremos, incluso amenazas de muerte. En el medio, el escepticismo y cierta reacción escandalizada por ser poco “serio” de mezclar fantasmas con el sufrimiento “real” cotidiano. Pero o cierto, lo único cierto, es que en todos esos casos hasta ahora ninguna de las explicaciones “convencionales” ha resultado satisfactoria. Sí, supongo que el lector avisado puede suponer lo que quiera. Pero eso no significa que su suposición refleje ciertamente la verdad. Y en tanto, querido Watson, cuando las explicaciones posibles fallan...
Como en esta extraña historia peruana.
En el año 1932 la ciudad de Trujillo, en el norte peruano, se levantó en armas en contra del Gobierno del Luis M. Sánchez Cerro. En menos de una noche de combate, las autoridades sanchecerristas, civiles y militares, fueron capturadas y encerradas en la cárcel de Trujillo. La ciudad se convirtió en un pequeño Gobierno provisional, en medio de la alegría y el festejo de la población trujillana. Se esperaba que la rebelión fuese apoyada por otras ciudades y guarniciones del país, derrocando así al entronizado en el sillón de Pizarro.  
Pero las fuerzas gubernamentales actuaron rápidamente. Apenas se tuvo noticia del levantamiento armado de Trujillo, desde la capital se enviaron tropas leales al dictador, armas, cañones, municiones, explosivos y hasta aviones de guerra (hidroplanos «Corsario», lo más moderno que poseían las Fuerzas Armadas Peruanas de entonces; capaces de ejecutar bombardeos y ametrallar objetivos en tierra). Todo este ejército y su material bélico fueron transportados por tierra y mar hacia el norte peruano.
Trujillo fue salvajemente bombardeada por aire y tierra, pero la ciudad y sus habitantes resistieron valerosamente el brutal asedio armado. Pero, tras casi una semana de heroica lucha, las fuerzas sanchecerristas lograron entrar a sangre y fuego a la medio arrasada ciudad.
Y fue entonces cuando sucedió algo insólito, que desafía toda explicación lógica. Las pocas fuerzas rebeldes que aún quedaban, al ver que la lucha se había perdido, abandonaron la ciudad aprovechando la oscuridad. Los sanchecerristas que habían estado prisioneros todo el tiempo en la cárcel trujillana vieron con alegría que los ejércitos de su caudillo habían tomado la ciudad. Los rebeldes ya habían huido. Era sólo cuestión de horas para que los soldados vinieran a ponerlos en libertad.
Una vez acabados los combates en las calles y habiéndose impuesto las tropas por la fuerza de las armas, los soldados averiguaron que las autoridades civiles y militares de Trujillo estaban prisioneras en la cárcel de la ciudad. Los rebeldes ahí los habían dejado.
  Un destacamento de soldados fue a dicha cárcel para liberar a los fieles sanchecerristas encerrados. Mas, al llegar a la desierta cárcel, sólo entrando se hallaron con un increíble espectáculo, en exceso macabro. Ni uno solo de esos solitarios prisioneros que habían sido abandonados hacía horas se hallaba ahora con vida. Todos habían muerto de la manera más insólita. Sus cuerpos estaban destripados, decapitados, seccionados, descuartizados, triturados, reventados... sangre y vísceras cubrían el suelo, y hasta habían saltado a parte de las paredes y el techo. Un observador moderno podría haber creído que una estampida de “chupacabras” hambrientos había pasado por ahí.
Inmediatamente, la maquinaria propagandística del Gobierno sanchecerrista se puso en movimiento. La inexplicable muerte atroz de los cuarenta y ocho prisioneros de la cárcel trujillana sirvió de punto de partida para que el dictador creara una especie de “leyenda negra” acerca de la revolución trujillana. Los valerosos rebeldes levantados en armas fueron presentados a la opinión pública como verdaderos salvajes a quienes poco les faltó para ser caníbales. Aparecieron falsos testimonios de falsos testigos que aseguraban que los rebeldes, tras torturar ferozmente a los prisioneros, los acribillaron, los destriparon y les arrancaron el corazón, mientras bailaban una danza macabra sobre los destazados cadáveres de sus víctimas, en medio de rituales hechos por brujos norteños; asimismo, las cabezas de los sanchecerristas eran paseadas en picas por la ciudad, en medio de la noche, sólo alumbrados con luces de antorchas.
La verdad es que hubo una intencional negligencia en averiguar la verdad acerca de quién realizó la misteriosa “matanza” (si es que realmente fue un “alguien” quien los mató). Al igual que Nerón tras el incendio de Roma, Sánchez Cerro y sus partidarios se esforzaron para que la culpa de esta tragedia cayera sobre sus enemigos políticos.
    El resultado fue el triste episodio de los fusilamientos de Chan-Chan. Usando las famosas ruinas precolombinas como patíbulo, las tropas sanchecerristas ajusticiaron, sin un juicio previo, a miles de trujillanos, ya sean rebeldes, simpatizantes de los rebeldes o simples sospechosos. A ninguno de los fusilados se les dio sepultura siquiera; sus cadáveres eran arrojados a las pampas, para que fuesen comida de los animales de rapiña...
 A los muertos en la cárcel trujillana, en cambio, se les trajo a Lima, donde el dictador en persona les dio un pomposo funeral de héroes.
En contra de lo que publicaron los periódicos peruanos de 1932 (controlados por la dictadura), es imposible que hayan sido los rebeldes levantados en armas quienes dieron muerte a los prisioneros de la cárcel de Trujillo. En ese momento, en medio de salvajes bombardeos y cuando hacían hasta lo imposible por defender la ciudad y evitar que ésta sea tomada, resulta absurdo pensar que iban a desperdiciar esfuerzos y tiempo valiosísimos en matar y arrancar las vísceras a los prisioneros, sin ningún fin práctico. Además, de haberlo hecho, podrían haber empleado armas de fuego, que hubieran ahorrado tiempo, esfuerzos y riesgos; nada de ellas se encontró en el lugar de la masacre. Y algo más importante aún. Deseoso de encontrar justificativos legales, si no morales, a los postreros fusilamientos, Sánchez Cerro ordenó iniciar una investigación sumaria, buscando testigos, denunciantes y evidencias para darle nombres y apellidos a la masacre de la cárcel. Y, como relatan los libros de Historia, nada de esa evidencia apareció. Y si no apareció, es simplemente porque no la había. Por eso se pagaron falsos testigos, que contaran la truculenta historia descrita, tan falsos que a la vuelta de pocos años ya se sabía de la mentira orquestada. Lo que nos lleva, otra vez, a la pregunta: ¿Quién -o qué- fue?
 Desde ese entonces, han circulado muchas versiones sobre lo sucedido en Trujillo en 1932. Todas se contradicen entre sí. Y, como ya dije más arriba, la versión oficial que se dio entonces puede ser descartada.  Entre la poca documentación fiable a la que se puede tener acceso, he leído testimonios de algunos de los héroes que participaron en el levantamiento armado trujillano. Tampoco ellos se explican cómo sucedió la inexplicable masacre de los prisioneros, asegurando que huyeron de la ciudad dejándolos vivos, y que lo que ocurrió en ese lapso de horas (sea lo que haya sido) no pudo ser obra de los rebeldes.
Entonces, ¿quién? O, deberíamos preguntar mejor, ¿qué?

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