Entrerrianos por el mundo
Sábado 12 de Noviembre de 2016

La maravillosa experiencia de tender puentes entre dos países

Ingrid Williams tenía en Paraná una exitosa carrera como psicóloga clínica, pero hace un lustro se enamoró y se fue a vivir a Italia.

En sus planes estaba continuar desarrollándose como profesional, seguir creciendo y alcanzar sus metas. Pero dicen que el amor llega sin que uno lo espere y de esa forma irrumpió en la vida de Ingrid Williams, una joven psicóloga clínica de Paraná que no dudó en partir rumbo a Europa con ese hombre que la obnubiló después de una salida con amigos.
El destino suele presentar a veces caminos que se bifurcan y en medio de sensaciones encontradas y a tal vez alguna duda, tomó la decisión y eligió lo que le dictó su corazón. Así fue que partió a Italia, con quien ya en ese entonces se convirtió en su esposo, prácticamente sin hablar la lengua del país que la adoptó, hace ya casi cinco años y medio.
"Estaba muy bien en Paraná y me fui por elección, por amor", dijo a UNO desde Nápoles, la ciudad donde reside en la actualidad. Asimismo, comentó: "Los italianos son muy educados, tienen muchas costumbres que me parece que los argentinos hemos perdido".
Ni bien llegó a Italia Ingrid fue a vivir a Pádova, una pintoresca localidad situada al norte. "Ahora estoy en Nápoles, que queda en el sur. La Italia del norte y la del sur son como dos mundos totalmente distintos, con diferentes formas de vivir y de relacionarse. En Pádova la vida es mucho más europea, más organizada, incluso más adaptada a las costumbres de la Comunidad Europea. En cambio en el sur se ve todo mucho más desorganizado, más caótico; la gente es más sanguínea y en eso se parecen más a nosotros", contó, y agregó: "Además de adaptarme a otro país tuve que acostumbrarme al cambio de una ciudad a otra y eso fue muy fuerte".
Después de casarse tramitó la ciudadanía y si bien por momentos aún se siente extranjera, aseguró: "Los argentinos somos bien recibidos en Italia, nos quieren un montón. Somos como primos hermanos; esa es la sensación que se tiene. No es como los inmigrantes de Francia o de África, que reciben un trato diferente. Creo que tiene que ver con los movimientos migratorios de nuestros bisabuelos o tatarabuelos".
También indicó que la calidad de vida en Italia es mejor que en la Argentina y que allá la situación económica y la estabilidad de los precios permiten vivir con tranquilidad y proyectar hacer otras cosas, como por ejemplo viajar. "Se puede viajar a lugares maravillosos y a muy bajo costo. Con 40 euros es posible irse ida y vuelta a Londres. Y los hoteles también son baratos acá".
Asimismo comentó: "El sueldo básico de una persona que trabaja en un comercio es de 1.200 euros. La cuestión laboral sí es similar para los jóvenes en un país o en otro. No es que no se puede conseguir trabajo, pero esta franja etaria tiene los mismos problemas que la Argentina para insertarse en el mundo laboral, ya que en Italia se extendió la edad jubilatoria y hay una segmento de personas que sigue trabajando y ocupando los puestos a los que podría acceder la gente joven".
En su caso le fue posible dedicarse a su profesión, aunque con un extenso peregrinar que le demandó esfuerzo y sacrificio, ya que primero tuvo que aprender bien el idioma para poder comprender a quienes fueran sus pacientes, luego estudiar el Código de Ética de Italia y más tarde validar su título. "No hablaba nada de italiano. Lo aprendí en cuatro meses yendo todos los días a un instituto privado de 9 a 15. Siendo psicóloga el idioma es mi herramienta de trabajo. Fue un curso caro pero no me quedaba otra. Para el reconocimiento del título tuve que rendir y exponer ante un comité del Ministerio de Salud, que es donde se toma la decisión de quién se convierte en psicólogo o no. Salí bien pero tuve que estudiar un montón", contó Ingrid y reflexionó: "Me llevó un año prepararme y al principio pensé que era una pérdida de tiempo, pero mientras tanto fui conociendo la cultura de ellos, que es importante para estar acá. Si no conocés la cultura de nada te sirve tener un paciente, porque no podés entenderlo".
Más tarde, fiel a su espíritu emprendedor y con ganas de superarse aún más, inició un doctorado y a los cuatro años se recibió con el máximo puntaje y con honores. "En ese momento lloraba, porque la verdad fue un sacrificio enorme llegar a eso. Hacer una tesis y exponerla frente a un comité en otro idioma y lograrlo me generó una emoción muy grande y obtuve otro título. No se puede explicar la sensación", aseguró, y analizó: "Ahora me siento mucho más fuerte. Me siento más capacitada para cualquier circunstancia a la que me deba enfrentar en la vida, y aparte la cantidad de cosas que aprendés en otro país a uno le sirven también para poder proyectarlas en el propio".
"Ahora estoy llevando propuestas académicas a la Argentina, porque hay cosas que acá se hacen y allá no, y estoy tratando de tender un puente entre ambos países dentro de Psicología y globalizar un poco más la información, porque sino no llega", contó. Agregó que mientras esté en Paraná dictando una serie de seminarios en la región, atenderá a algunos de sus pacientes europeos por Internet: "Tengo una paciente italiana que está en París, otra que está en Londres y las atiendo de este modo. A eso en Argentina nunca lo hice y en Italia sí".
Paraná
En referencia a las cosas que más se extrañan, sostuvo: "Acá hay hermosos paisajes, pero de la Argentina extraño su arquitectura. Las casas en Italia son de una determinada forma y son todas similares, ya que las puertas y ventanas deben tener medidas que están definidas. Hay pocas casas fuera de lo común y generalmente son de personas muy ricas".
Por otra parte, confió: "Cuando más extrañé fue durante los primeros tres o cuatro meses después de partir. Fueron terribles, porque es alejarse de todo y sentir un vacío. Después me fui acostumbrando, pero hay cosas que igual se van a seguir extrañando".
"Una cosa que extraño es el humor. Cada chiste que uno hace tiene que ver con la cultura en la que vive. Hacemos un chiste y sabemos de qué estamos hablando, y al no formar parte de la misma cultura hay cosas que no entendés y no podes reírte. Los italianos tienen chistes históricos, de formas que tienen ellos de hacer las cosas y eso te limita, es difícil y complicada esa parte y tenés un poco que resignarte. Siento que desde que estoy acá no me río tanto como en Argentina", sintetizó.
En cambio, sí pudo sostener uno de los hábitos más arraigados de la mayoría de los argentinos: tomar mate. "Llevo mate cuando voy a la playa o al consultorio. La gente que viaja no se asombra, aunque por ahí no saben si es de Brasil o de Argentina y yo les explico. Acá se puede encontrar mate, yerba, alfajores, dulce de batata. Hoy en día en el mercado hay, se consigue y conviene comprarlo por Internet. Te llega a tu casa tipo encomienda. A veces me río porque incluso hay cosas que las conseguís más baratas que en Argentina".
No es el caso de un medio kilo de una yerba de marca, que en Italia sale 5,5 euros (casi 100 pesos argentinos). En cuanto a la costumbre de compartirlo con amigos, comentó: "Acá lo prueban pero lo miran con cara rara. Preguntan qué es, y cuando digo que hay que compartir al bombilla, dicen que no. En Italia toman mucho café y te acostumbrás a tomar cuatro o cinco por día".
Como conclusión, manifestó: "Se extrañan los afectos, los amigos, un buen asado, la arquitectura, el sentido del humor. Ahora al mundo lo veo diferente, pero sigo pensando en Paraná".

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