Espectaculos
Domingo 27 de Marzo de 2016

La magia del flautista Luis Barbiero

Mario Daniel Villagra Segovia / Colaboración especial para UNO
editor@uno.com.ar


En general, flautista y flauta tienen una tradición en el arte: La Flauta mágica fue la última obra en vida de Mozart, en 1791;  La Flauta de Bartolo, es el primer cortometraje de animación en 3D realizado en Latinoamérica en 1997. En particular, para Luis Barbiero, la flauta dulce fue su primer instrumento cuando tenía 12 años. Desde entonces, llevado por el entorno musical de su hogar, vive en la esquina de la música y el río Paraná. Integrante de la Orquesta Sinfónica de Entre Ríos desde 1987, en el 2015 editó, bajo el sello discográfico Sagrada Medra, un CD Música Argentina de Cámara. “Son composiciones originales para diferentes agrupaciones instrumentales donde se abordan algunas especies folclóricas argentinas y rioplatenses”, aclara Barbiero ni bien tenemos la oportunidad de intercambiar información.

Barbiero, como músico, acompañó a María Silva, Aníbal Sampayo, Miguel Zurdo Martínez, Carlos Negro Aguirre, entre otros. Como compositor, en 2010 obtuvo el primer premio en la categoría Arreglo del Concurso Nacional de Composición y Arreglos, realizado por la Banda Sinfónica de Santa Fe. Actualmente conforma el trío de música de raíz folclórica Cuerda pa’rato, conjuntamente con Juanjo Cáceres y Andrés Rondano. Como así también una formación de choro, música brasileña, llamado Proyecto Yacaré, con Mauricio y Pedro Guastavino y Damián Ortiz.  

Nació el 31 de marzo de 1966. Hijo de Teófilo Carlos, médico, y Zulema Elvira Perotti, profesora de Plástica, más conocida como Kity. Es hermano mayor de Julia, Jorgelina y María. Luis Barbiero convive con la pianista Celina Federick y  sus tres hijas, en la esquina de las barrancas del río. Allí nos cuenta cómo vive la experiencia de la música, sus agradecimientos y los pasos que los condujeron hasta aquí.

Artista y productor 

Gabriel García Márquez, en Lo que aprendí, decía que una buena nota “es como una salchicha. Tenés que anudarla al final para después poner todo adentro y que no se te caiga nada”. Tarea difícil, pues ¿cómo reescribir lo que no queda registrado en la grabadora? ¿Eso no sería falsear lo narrado? Quizás sean los peligros que corre el lenguaje entre la oralidad y la escritura. El de perderse o el de falsearse. Le comenté mi inquietud al entrevistado, para darme el pase a la situación de entrevista, mientras encendía la grabadora. 

—¿Se podría decir que la música es un lenguaje?
—Hay diferentes lenguajes, como las lenguas. No se puede pretender que sea el mismo tipo de comunicación, con el mismo  grado de utilitarismo que tiene el lenguaje hablado. Hay cosas específicas que te comunican y que son con los que ha crecido la humanidad. Es decir, la cultura se formó gracias al lenguaje. La música tiene otro rol. Pero, para mi vivencia personal, también tiene una importancia fundamental, parte constitutiva para la humanidad. La gente precisa de la música, se identifica con la música. A mí siempre me sorprende con qué fervor la gente defiende un músico, una estética. Porque es parte de su identidad. Vos tenés vagos que se ponen la remera de Los Redondos y dicen “vamos los Redondos”, y tienen toda una cultura alrededor donde está la música presente. Y así en otros órdenes musicales.

La situación de entrevista parecía no escapar a su destino. Al peligro de perderse se le sumaban los ruidos de la obra en construcción, que provenían del terreno de al lado; más el ladrido o la estampida de los dos perros que Barbiero tiene en su patio. De mi parte, trato de no falsear el orden de las preguntas, y digo tocás Choro con Proyecto Yacaré, has tocado Bossanova, Tango: ¿cómo explicarías, a alguien que no conoce, qué es esto?

—Eso que vos nombraste son todas rítmicas del folclore americano. A mí me atrae el folclore de los países. Esa cosa del folclore particular de la historia propia, y que a su vez tiene algo de Universal, lo digo en el sentido de Occidente. Todo está atravesado por la conquista, la esclavitud, los pueblos originarios que vivían acá. Están presentes los saberes de todas estas culturas que fueron chocándose, mezclándose y resultaron, más allá de la conquista, en esta cosa fresca que está lejos de agotarse. Uno va descubriendo cosas maravillosas.
—En el CD de Música Argentina de Cámara, que sacaste bajo el sello Shagrada Medra en 2015, intentás plasmar esa mixtura.
—Intento plasmar un recorrido. Recién estuvimos hablando de las orquestas, por otro lado, y, por otro, un camino personal. No es que yo hice un estudio formal de composición. Sí la misma experiencia de tocar distintas músicas y la música clásica en la orquesta. Desde lo interpretativo yo he captado ciertas formas, ciertas modalidades del tratamiento de la música. Y me he puesto a experimentar en la masa de los sonidos, empezando a componer y a escribir. Siempre tiene que ver con la vivencia de la música popular y con lo melódico también. ¡Quizás porque soy flautista! el lugar desde donde empiezo es el de la melodía. La melodía, en general, siempre está presente en las cosas que escribo. Entonces, el punto de encuentro ahí tiene que ser con esa rítmica. Y, por otro lado, con la idea de escribir para gente que no necesariamente tiene que conocer esos ritmos. Es decir, en el cómo traducir al código de la música escrita, comienza el aprendizaje para mí. Cómo reflejarlo cuando se me ocurre algún motivo popular, o por lo menos con rítmica popular. Cómo reflejar esa llevada, ese swing en las notas. Yo creo que ese es el desafío de toda persona que se pone a escribir. Por lo menos desde esa premisa, hay gente que ya lo hace. Yo me sumé.

Las ideas

Luis Barbiero confiesa que aún está algo dormido. La noche anterior fue a ver el espectáculo Ricardo Panissa Group, conformado por José Luis Vigiano, Víctor Malvicino, Mariano Parrilla, Alexis Tavella y Flavio Valdez, por lo que se acostó entre el gallo y la madrugada. “Nos encontramos con muchos amigos. Ir a ver a otros músicos te hacer crecer”, dice, y agrega mientras se levanta del sillón en busca de una fruta. A su regreso, repregunto:

— ¿En qué punto decís que lo clásico y lo popular se pueden encontrar? 
—Para mí siempre existió un ida y vuelta. La música es música. Me parece que es esta época, no sé mucho de otras épocas, pero se está viviendo una separación del músico. Quizás no es tan así. Por lo menos por respecto a los pocos años que uno puede transitar. Pero me parece que hay mucha gente que no necesariamente tiene que leer la cosa que está escrita y puede orejear también. Tiene otro tipo de experiencia en la música. En general, la música popular tiene una gran tradición oral. Y la música clásica se transmite principalmente porque el compositor escribe todo, o por lo menos, está en esa tradición. El compositor puede o no estar vivo, muerto hace 200 años y vos podes estar leyendo algo de cuando el tipo la escribió. Y el intérprete clásico está acostumbrado a esa metodología de leer las notas, traducir lo que está escrito en el papel a la música. La práctica de la música popular no tiene esa mediatización –delibera Barbiero, mientras me mira y hace un silencio.

En ese momento recuerdo que Paulo Freire recomendaba no tener miedo al silencio. Él lo decía reflexionando con las Cartas a quienes pretenden enseñar. Quizás el mismo objetivo que tiene la entrevista. Luego de unos segundos, el flautista siguió:   
—Estoy extremando un poco las formas, no es que todo el mundo sea así. El tango es un claro ejemplo de cómo lo clásico y lo popular están hermanados. ¡Ya no existe lo clásico y lo popular! El tango tiene un nivel, sobre todo las músicas instrumentales, las orquestas tienen un gran piso de interpretación que es muy exigente. Hay muchos músicos de las orquestas, que son de una sólida formación, que son grandes músicos del tango. No ha habido, no sé si decirlo, división entre lo popular y lo clásico. El tema es que hay una música exigente con fuerte carácter rítmico popular que hay que tocar, y, a su vez, es un lenguaje que hay que aprehenderlo, como cualquier rítmica. No es que porque sepas tocar un instrumento sabés tocar cualquier música. Por eso te decía hoy que hay distintos lenguajes. Vos escuchás un europeo o un japonés que toca tango, toca bárbaro y te sorprende, pero vos sentís que le falta algo. Falta esa cosita, esa pausa, esa mugre que vos te das cuenta del sabor del tipo que está en el lugar y en la vivencia. También me lo planteo cuando hacemos Choro; desde Paraná hacemos Choro, que es música de Brasil, y allá nos deben escuchar y seguramente dirán: “Estos no son de acá”. Más que punto de unión siempre hubo áreas de complementación de esas tradiciones. Las tradiciones tienen que ver con que la gente nace en la misma ciudad; el guitarrero que toca chamamé nació acá en Paraná; y el otro que toca el violín en la orquesta también nació en Paraná. Conviven y hay diferentes escuelas; caminos que te van conduciendo en la música que es tan amplia y tiene tantas formas de hacer. A su vez, uno admira al otro. Cuántas veces escucho “yo no sé leer música”, como un desmedro. Otros no, dicen “yo no leo, ni me interesa”, que son súper orejeros. Hay tipos que han tocado en orquestas toda la vida y escuchan a un tipo que no sabe leer pero no importa, reconoce que ese tipo toca bárbaro. Se reconoce si la música está viva dentro de él.

—Desde los 12 años, donde tocaste una flauta dulce por primera vez, hasta hoy, ¿qué te ha enseñado la experiencia de la música?
— Yo siempre vuelvo a la música. Para mí es como respirar. Yo lo siento como una necesidad, como tomar agua o respirar. Y también, por otro lado, la misma música es un vínculo con otra gente. Que a partir de compartir, disfrutas con el otro hacer música. Es una forma de vincularse con el otro desde lo humano, más allá de los sonidos.

— ¿Qué tiene que ver la infancia de Luis Barbiero con el actual?
—Vos sabés que mi viejo era un apasionado por la música, él tocaba el violín. Y fuimos compañeros de la orquesta, incluso. La música tiene mucho que ver con la vivencia de la infancia, con ese amor por la música en la familia. Mis viejos se conocieron en un encuentro de coros; los dos cantaban en coros diferentes e hicieron un picnic, en el Tigre, porque vivían en Buenos Aires. En el disco que presentamos en 2015, yo sentía, a lo último cuando ya estaba la música grabada. Me di cuenta de lo vinculado que estaba con esos momentos de la infancia, de convivir en mi casa. Se escuchaba de todo tipo de música y se disfrutaba. Se escuchaba mucha música de cámara, no tanto sinfónica; porque la música sinfónica la fui conociendo en la orquesta misma, tocándola. Pero mucha música de cámara es popular, de todo tipo. ¡Y es más, cuando yo empecé a escuchar cosas, por una cuestión generacional me llegaban primero a mí, mi viejo las escuchaba y se las ponía a los pacientes que estaban en la sala de espera! Allí él tenía un tocadiscos y ponía la música. O dejaba al paciente con una lámpara y se ponía a tocar el violín en la pieza de al lado. Ese desprejuicio de escuchar música, es una síntesis de un recorrido que se nutrió de esa experiencia.

La persona

— ¿Cómo te gustaría ser presentado dentro de 50 años, para alguien que puede no haberte conocido?
—Yo me imagino parte de una comunidad de Paraná. Porque uno piensa, retrospectivamente, qué pasaba hace 50 años  y digo qué poco que hoy sabemos. Cómo era Paraná o la provincia, qué testimonios hay, qué registros de aquella época. Conocemos personas descollantes, fundamentales, pero hay también entornos que favorecen; favorecedores de algo, por ejemplo: vos tenés tipos que son escultores en el Chaco, porque ahí se ha desarrollado la escultura. Es muy particular de ahí, vos vas caminando por las calles de Resistencia y ves esculturas. Esa pregunta puede apuntar un poco al ego. A mí me interesa ese río que va fluyendo. 

—Algunos dicen que uno busca el arte para escapar de la soledad, ¿en tu caso?
—El acto creativo, por lo general, lo hacés solo. Yo no necesito aislarme, pero necesitás un grado de separación para no tener tanta interferencia. Te conectás con un canal, pero ese canal no es la soledad. Al contrario, hay un bagaje de un montón de voces. Y, por otro lado, una vez que tenés la obra no termina su ciclo. No termina de cerrar si no es mostrada. Cuando algo en lo que vos trabajaste llegó a una entidad, eso tiene que tener una entidad ante lo público. Como que la misma cosa te lo pide. Porque, en mi caso, uno es uno ahí puesto. Y uno es uno con los otros también, hay una parte tuya. Esto que me preguntás me resuena en algo que me ha pasado en esta última época, en que yo me propuse escribir. Encontré un material que es este CD, como otras cosas. Las tengo en los cuadernos, en la computadora, las canto en mi casa, pero hay una necesidad de que eso se exponga. No siento que sea para salir de la soledad. Sí disfruto del acto creativo, cuando están saliendo las cosas, solo, más que en soledad. También he participado de experiencias de composición grupales. Con el Moli Verón y Leandro Drago compusimos juntos. Es una vivencia muy presente la de la composición. Me viene una canción de Fandermole, Me han pedido una canción creo que se llama. Consiste en que un amigo le pide que componga una canción como regalo de cumpleaños. Donde dice cuáles son las cosas que a él lo motivan para escribir. Y finaliza diciendo: “Agradezco porque por lo menos me ha permitido ganarle unas horas a la muerte”. O sea, ese acto de estar vivo que él siente en el momento de estar presente en el acto creativo.

—Y la última, ¿guardás algún rencor?
—No. Más bien estoy agradecido a los compañeros músicos. Si uno se pone a buscar odio, lo va a encontrar. Pero ahora me gana la gratitud a lo que uno va aprendiendo en el compartir. Agradecido por tener la experiencia de estar con gente que transmite, que es generosa.

Un dicho popular que se ha hecho clásico dice: “Dime con quién andas y te diré quién eres”.  Y si Luis Barbiero agradece a las personas generosas que han nutrido su experiencia, no queda más que ser agradecido también con él. Por la magia de crear con su flauta y dejar registros. Pues, así seguimos. 

Comentarios